Arturo del Villar*. LQSomos. Mayo 2017

El fallecimiento de Roger Moore, uno de varios intérpretes de James Bond en el cine, nos anima a meditar sobre la aceptación popular de las novelas y películas protagonizadas por agentes secretos y espías. En nuestro tiempo hacen el mismo papel que las novelas de caballerías en el siglo XVI, contra las que Cervantes lanzó una parodia divertidísima, convertida en clásico de la literatura universal. Las parodió porque había leído muchas, como se demuestra en el escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano llevada a cabo por el cura y el barbero representantes de la intelectualidad inquisitorial en aquel ignoto lugar de la Mancha. Las leían los intelectuales, los eclesiásticos y los menestrales, los duques y los lacayos, según se desprende de lo relatado en El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, según el título de la primera edición de 1605. En resumen, todos los que sabían leer, que no eran muchos en aquel reino descompuesto por unos fantoches coronados dedicados a las labores propias de su sexo, mientras el pueblo padecía hambre y miseria.

Hoy existen también parodias de las novelas y películas sobre agentes secretos. Sin salir del Reino Unido se encuentra a Johnny English, representado por Rowan Atkinson, muy popular como Mr. Bean, un necio vasallo de su graciosa majestad británica, que nos hacer reír (Atkinson, no la reina, aunque a veces también ella) con sus meteduras de pata. Claro que sin conseguir la grandeza de Don Quijote, porque eso es difícil.

Lo mejor de todo es que Johnny English resulta el agente secreto menos adecuado para que se le encargue el cumplimiento de una misión tan delicada como son siempre las relacionadas con ese trabajo. Sin embargo, acaba triunfando después de cometer toda clase de absurdos y barbaridades. Por lo tanto, sirve a su país y a su reina con tanta eficacia como Bond.

Un éxito compartido

Roger Moore ha muerto en Suiza este 23 de mayo a los 89 años, dejando siete películas de James Bond, filmadas entre 1973 y 1985. No fue el primero ni el último intérprete del agente secreto 007 con licencia para matar, al servicio de su majestad británica, creado por Ian Fleming en 1952 en la novela Casino Royale. Si mis cuentas son ciertas, se han rodado 26 películas de diversos guionistas, con ocho protagonistas encarnando a Bond, y se esperan otras. También el propio Fleming tiene continuadores en la escritura de nuevas hazañas resueltas por su famoso agente del Servicio Secreto de Inteligencia Británico. Los lectores y los espectadores son fieles al personaje, simpático, caballeroso y con gran atractivo sexual.

No es nada sorprendente, puesto que en el siglo XVI se sucedieron las series de novelas y de novelistas, para relatar las fantásticas hazañas de los caballeros andantes. Por citar el ejemplo más importante, a los cuatro libros de Amadís de Gaula, cuyas aventuras transcurren en la Gran Bretaña precisamente, añadió su refundidor, Garci Rodríguez de Montalvo, una continuación en Las sergas de Esplandián, y con ello abrió la posibilidad de que otros ingeniosos hidalgos inventasen nuevas fantasías para secar el cerebro de sus lectores, como le sucedió al bueno de Alonso Quijano.

Los escritores de sus aventuras necesitan hacerlas cada vez más inverosímiles, para mantener el éxito. Así como en el circo se busca el “más difícil todavía”, en las novelas y películas protagonizadas por agentes secretos hay que colocar a los protagonistas en situaciones límites, con la finalidad de que las resuelvan sorprendentemente. Lo mismo hicieron los autores de los libros de caballería, de modo que los incidentes en que se ven envueltos salen de las categorías humanas. Si los caballeros andantes eran perseguidos por encantadores maliciosos, los agentes secretos deben enfrentarse a seres malvados poseedores de armas de destrucción masiva.

Sin embargo, a los caballeros les ayudaban también hechiceras buenas, como Urganda la Desconocida, protectora de Amadís. A James Bond no le cuesta nada encontrar colaboradoras, porque posee un encanto sexual que echa a las mujeres en su cama sin proponérselo, tanto como para que algunas traicionen a sus patronos y se pasen a los brazos abiertos del agente.

Al servicio del bien

Tanto los caballeros andantes como los agentes secretos son servidores del bien, contra individuos entregados al mal. Es cierto que en la sociedad humana se encuentran esos arquetipos muy repetidos, de modo que lectores y espectadores precisan colocarse de parte de uno de los bandos. En las historias de ficción siempre acaba triunfando el bien, porque así lo exige la censura oficial, existente bajo diversas coberturas muy disfrazadas. En la vida real no tiene por qué ser así, y de hecho no lo es, aunque esté de moda colocar una advertencia en las películas, afirmando que se basan en hechos reales. Tan mentirosas como las contrarias, en las que se asegura que tanto los personajes como sus circunstancias son creados por el guionista, y cualquier parecido con hechos reales será mera coincidencia.

Para Bond está muy clara su línea de actuación: defender al Reino Unido de la Gran Bretaña y a su graciosa soberana contra los malhechores que las amenazan, utilizando todos los métodos necesarios encaminados al cumplimiento de su misión: por eso tiene licencia para matar. Los caballeros andantes auxiliaban a los menesterosos y procuraban “desfacer los entuertos”, como decía Don Quijote, rebosante de buena voluntad. Los caballeros andantes tropezaban con encantadores dotados de poderes mágicos, de modo que se hallaban en inferioridad de condiciones frente a ellos, armados con una lanza para matar y un escudo para protegerse. Los agentes secretos se encuentran amenazados por malvados poseedores de ingentes cantidades de dinero, que les permiten fabricar armas con las que destruir el mundo si se lo proponen, que algunos lo intentan.

Naturalmente, se dejan caer en los argumentos los asuntos más inquietantes durante la Guerra Fría, cuando Fleming redactaba sus novelas. El autor enseñaba la patita blanqueada, como el lobo del cuento, para engañar a sus lectores con los cuentos de la propaganda oficial.

Trabajo para eruditos

Sobre los libros de caballería se ha editado numerosísimos tratados en estos cinco siglos más recientes. Acerca de James Bond se han celebrado congresos internacionales y coloquios universitarios, se han elaborado tesis doctorales y se han publicados innumerables estudios en libros y revistas. Tal vez dentro de cinco siglos, en el supuesto de que el planeta siga resistiendo las ansias de destrucción humanas durante tanto tiempo, Bond sea el arquetipo del siglo XX, al menos como representante de la Gran Bretaña: mujeriego de éxito, aficionado a la buena comida y mejor bebida, fumador compulsivo, coleccionista de automóviles de las más altas gamas, y representante genuino de la sociedad de consumo occidental.

O no, porque actualmente los libros de caballerías no se editan, reservada su lectura para algunos eruditos desocupados. La excepción es precisamente el libro que los parodia, El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha. Por mi parte, confieso que en su momento leí las primeras novelas y vi las primeras películas de Bond, lo que ahora soy incapaz de repetir. Prefiero sus parodias, que son mucho más creíbles.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio

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