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La dieta mediterránea

El mar mediterráneo riega las costas de tres continentes, Europa, Asia y África. A sus orillas nacieron las civilizaciones más antiguas y se desarrolló la cultura que es la base de la actual.

Los países que pueden denominarse mediterráneos son España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, Yugoslavia, Albania, Turquía, Malta, Israel, Siria, Líbano, Egipto, Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. Como puede comprobarse, se trata de pueblos con distintas culturas y religiones, que de forma global se concentran como cristianismo en el norte e islamismo en el sur.

Las culturas y religiones modifican especialmente las costumbres alimenticias. Sin embargo podemos distinguir unos puntos comunes en la alimentación en el área mediterránea: el trigo, como elemento de elaboración del pan; el aceite de oliva; gran variedad de legumbres, verduras, hortalizas, frutos secos y frutas; la uva y el vino; el pescado; y como carne, la procedente de la ganadería ovina (especialmente en los países islámicos), y la porcina.

La cultura del olivo en la cuenca mediterránea va unida a la historia de sus civilizaciones. El cultivo del olivo comenzó hace más de 6.000 años en la región situada más al este del Mediterráneo, y fueron los fenicios, sirios y palestinos quienes difundieron el árbol en las costas del Mediterráneo. Los griegos y romanos enseñaron su cultivo y aprovechamiento a los pueblos colonizados. Para todas las religiones de las civilizaciones mediterráneas el olivo y el aceite de oliva tienen un significado simbólico y mágico.

El concepto de dieta mediterránea, es pues fruto del azar y de la necesidad, que, a través de los tiempos, ha dado lugar a una forma común de alimentarse en estos países, modificados por las costumbres de cada zona.

Las características de la dieta mediterránea se basa en la variedad de sus ingredientes, con presencia de los fundamentales, aceite de oliva, cereales, frutos secos, vino, vegetales y fruta), proporcionalidad adecuada de componentes fundamentales (fibra, vitaminas, antioxidantes y ácidos grasos insaturados y frugalidad.

El resultado de esta alimentación, corroborado por amplios estudios epidemiológicos, es una especial protección frente a determinadas enfermedades cardio-vasculares, especialmente las relacionadas con la arteriosclerosis, y frente a determinadas enfermedades malignas como el carcinoma de colon.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con el desarrollo del intercambio comercial y cultural, hemos asistido al deterioro de esta forma de alimentación, por la adquisición de costumbres ajenas a nuestra cultura y procedentes principalmente de la cultura anglosajona. Estas nuevas costumbres ha llevado a un mayor consumo de carne y de grasas saturadas de origen animal, claramente relacionadas con un mayor índice de enfermedades cardiovasculares. Y precisamente fueron estudios americanos los que hace unos años redescubren la dieta mediterránea, analizando sus efectos beneficiosos para la salud.
El vino forma parte de la dieta mediterránea, siempre acompañando a los alimentos y tomado de forma moderada. La única excepción es el mundo musulmán, donde no se consume alcohol por motivos religiosos. La introducción de alcoholes de alta graduación (whisky, ginebra, vodka), procedentes de los países del norte también ha contribuido a degenerar nuestra dieta, incorporando incluso costumbres en el consumo de alcohol distantes a nuestra cultura y probablemente favoreciendo un consumo excesivo de alcohol entre la juventud.

En conclusión, la tendencia actual es reivindicar las costumbres dietéticas habituales en nuestra zona, a las que hoy se apuntan los demás países, a través de una alimentación rica en hidratos de carbono, moderada en carne, leche, mantequilla y queso, con variadas y abundantes frutas y hortalizas frescas, legumbres, predominio de pescado y uso exclusivo de aceite de oliva. Y el vino, consumido con moderación, acompañando a los alimentos, e incorporado de forma natural a nuestras costumbres.
Retomando esta dieta conseguiremos un importante objetivo en el campo de salud y la recuperación de un legado histórico que nos dejaron nuestros antepasados a lo largo de miles de años.