3D-LoQueSomosÁngel Escarpa Sanz. LQSomos. Enero 2015

Bienvenido el 3D, si es para salvar el cine.

Entré en aquella confortable sala con cierta prevención: siempre lo nuevo genera cierta desconfianza y siempre me parece una forma de infidelidad hacia las salas de mi infancia. Aquellas salas llenas de chicos gritones, de parejas de novios achuchándose, de acomodadores con uniforme en plan general, con su gorra de plato y su linternita; aquellos telones que se descorrían para alumbrar la pantalla con el No-Do y el General inaugurando aquel pantano. Mientras, el suelo empezaba a alfombrarse de cáscaras de pipas de girasol y se abrían las tarteras de aluminio con la tortilla de patatas, el pimiento verde y el filete empanado; mientras, entraba aquel matrimonio que nos hacía levantarnos a toda la fila, camino de los dos últimos asientos, junto a la pared; mientras, empezábamos a embriagarnos con el Ozonopino de la sala y masticábamos incansables los torraos comprados en los frutos secos de la señá Virginia. Siempre me parecerá una forma de infidelidad hacia aquellos prodigiosos cartelistas que derramaban sus prodigiosos colores, sus magníficos Clark Gable, Sabú y sus esbeltas María Móntez, Hedy Lamarr, sobre los lienzos de las fachadas: San Francisco, Sudán, Revuelta en la India, Tres lanceros bengalíes, Beau Geste…).

Excelente, este amanecer en el Planeta de los Simios, que nos recuerda tantas pelis, desde aquellos ya lejanos Pequeño gran hombre y Soldado azul, hasta los más cercanos Bailando con lobos y Avatar.
Creo que el cine tocó techo en el momento en que se descubrió el color –que para nada echamos de menos en esos formidables filmes en blanco y negro del mejor John Ford y de John Houston (Las uvas de la ira o La jungla de asfalto), aunque más tarde nos deslumbrasen con sus soberbios El hombre tranquilo y La reina de África.

Absolutamente recomendable esta cinta de Matt Reeves.

Evidentemente, como no se puede hablar del Cine solo, sino de los Cines, en general –cómo despreciar aquí aquel cine de nuestra infancia que nos trajo hasta el actual o el cine de Luis Sandrini, el de Cantinflas, el de Alfredo Landa, el de Carmen Sevilla, que nos trajo hasta la peli de Polanski, el formidable El verdugo de Bardém y hasta el genial Stanley Kubrick de Senderos de gloria– tenemos que hablar del cine con mensaje, que se decía en los años sesenta, y esta peli, a pesar de sus formidables escenas de simios habladores y de su apabullante despliegue de medios, merece nuestro aplauso y nuestro elogio.

Me produce cierto recelo ese tipo de cine hecho para la masa que entra en la sala cargando un potente cubo de palomitas, y que lo mismo hoy va a ver ese poderoso Novecento que mañana aplaude a la Roja en su desfile por las calles; que lo mismo acude a un cocido popular de la Aguirre en la Plaza Mayor que a una concentración del 15M. Pero esta película me pareció del todo recomendable.

Mi temor es que, con los efectos especiales, se trivialice el cine que, como dije, para nada se echan de menos en el buen Cine, con mayúsculas, del pasado: Fellini, Rosellini, De Sica, Bergman, Sydney Pollack… Lo bueno que el cine tiene es, como en la literatura, que siempre hubo un cine –una literatura– para críos y un cine para gente culta, lo que, al mismo tiempo que genera nuevas generaciones de cinéfilos, permite que este noble arte siga produciendo soberbios filmes, como aquel poderoso Los lunes al sol y éste que nos emociona y nos hace pensar hoy; aquel poderoso Z de Costa Gavras y estos filmes de denuncia social de hoy; conciencia de los pueblos y látigo para los poderosos.

Siempre he menospreciado ese cine de entretenimiento. Pero he de reconocer que, mucho antes de que descubriéramos en nuestras librerías de hoy a los grandes del pensamiento y de la literatura, también tuvimos que transitar por las entrañables aventuras de Tom Sawyer, por aquellos tebeos de Diego Valor: el Piloto del Futuro, así como por las aventuras de El Guerrero del Antifaz y las de Roberto Alcázar y Pedrín.

El cine agoniza, dicen algunos. Dios salve al cine, decimos nosotros.

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