Perro muerto en tintorería: los fuertes

Texto, dirección, espacio escénico y vestuario: Angélica Liddell . Iluminación: Carlos Marquerie . Esculturas: Enrique Marty . Reparto: Nasima Akaloo (Nasima), Miguel Ángel Altet (Lazar), Carlos Bolívar (Octavio), Violeta Gil (Getsemaní), Angélica Liddell (el puto actor que hace de perro/ Hadewijch), Vettius Valens (Combeferre).

Teatro Valle-Inclán . Madrid

“La conservación del Estado es incompatible con la conservación del enemigo” «El contrato social», de Rosseau.

La sala se va llenando, no hay un escenario al uso, pero si decorados desparramados, uno, el central es un césped con un sillón y unas figuras humanas impresionantes, a la izquierda y a la derecha hay columpios, uno es un cuadro “ Los felices azares del columpio” de Honoré Fragonard, cumbre pictórica del “Rococo”, el otro es un columpio real al lado de una ofrenda floral. Hay una horca, una figura que cuelga en el aire, esculturas humanas, diversos utillajes… y un letrero que dice: TINTORERIA. Una voz en off nos recuerda que apaguemos el móvil, se inicia la función. Desde el silencio, Combeferre recoloca las figuras humanamente impresionantes y aparece el “puto perro actor”…

“El puto perro actor” nos introduce en la tensión y en la acción en la que nos mantendrá durante dos horas y cincuenta minutos (y algo más para aquel que le deleite cavilar) entramos en un teatro vivo y complejo en el que desde la butaca te puedes sentir sospechoso (incluso incomodo).

"La perfección del nuevo sistema, fundamentado también en la represión moral, despierta en los cuatro protagonistas una necesidad imperiosa de error, de catástrofe. Demandan crímenes, ya no pueden vivir sin horrorizarse, reclaman lo corporal con violencia y solo encuentran alivio a su angustia en el sexo, en lo absolutamente concreto. Ante la naturaleza humana se tambalea cualquier tipo de orden social, no existe orden social que solucione la mezquindad, la hipocresía, el deseo de humillar y de ser humillado, no hay orden social que solucione la búsqueda individual de la violencia, el castigo y el perdón”.

No hay un discurso narrativo entrelazado, pero nada se expresa al azar, los diálogos están cargados de frases demoledoras, se cita a Samuel Beckett, a Kirkegaard, recurriendo a la inspiración en textos tan dispersos como «El contrato social», de Rosseau, «El sobrino de Rameau», de Diderot, el bíblico «Libro de Job». Se mezclan los sentimientos de rabia, impotencia, rebelión, protesta, con personajes que construyen una fabula a-moral como “ Combeferre” de Los Miserables , de Victor Hugo, o la subversiva “Hadewijch de Amberes” una monja beguina de la Edad Media (a las beguinas las mataban sólo porque eran mujeres que pensaban y escribían lo que pensaban). Interpretaciones apasionadas de pánico y arrojo de Lazar, Octavio, Getsemaní. Y un personaje de este mundo que entra en el cuento para gritarnos un “Yo acuso”, es Nasima que rebaja con su dulzura dialéctica la tensión de nuestro apocalíptico cuento de futuro, para hablarnos del presente, del puto y jodido presente, es ahí donde los espectadores se pueden sentir jodidos y tocados en su butaca. Nasima ¿Quién es? ¿Una mujer palestina? ¿Saharaui? ¿Una iraquí? Nasima es la justificación de la seguridad, de la invasión, del terrorismo de Estado pero en forma humana, para escupirnos en la conciencia (el que todavía la tenga)

“Gracias al millón de muertos ya puedo ser un tópico y Europa puede morirse de aburrimiento

La obra está llena de cuadros escénicos, algunos rozan el éxtasis en una mezcla de iluminación, interpretación y música, es una diminuta tregua en una interpretación física y fuertemente visual con tensas carreras de desgaste, situaciones de desasosiego, contextos extremos contra la colectivización de conductas, de borregos en masa incapaces de pensar, dudar, criticar, masas vacías, sin rabia, sin sentimientos.

La Tintorería está sucia como nuestro sistema, como nosotros, hay barro, flores en el suelo, actores mojados, trozos de escayola desparramados, las ropas hechas jirones, el escenario ha pasado a ser algo esperpéntico.

La pobreza y la ignorancia es un crimen organizado”

Llega el final y “el puto actor que hace de perro” armada con una tiza nos pide que le matemos mientra se embelesa con la música de Radiohead de fondo, el escenario se ha convertido en un campo de batalla de “animales de teatro” que han sabido revolver la mierda de nuestras conciencias (el que la tenga). No se baja el telón, la vida sigue, está fuera, en la calle, en el mundo.

“Hace falta ir contra la opinión general. Si hacemos un teatro de acuerdo a la opinión general estamos perdidos. El sueño benjaminiano de arte para masas ha fracasado. La masa rechaza el arte, lo bello; ya ha aprendido a relamerse con la vulgaridad y lo mediocre, y eso es lo que reclama sin parar”.

¡Bravo Angélica!

LQSomos. Mariana Pineda/G@lileo. Noviembre de 2007

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