|
Mar Adentro La película está basada en la vida de Ramón Sampedro, un tetrapléjico gallego que en los años 90 entabló una batalla legal para conseguir que le fuera practicada la eutanasia. Un drama intercalado con el humor y la ironía de este hombre, que da como resultado toda una reflexión sobre el destino y la muerte. Una película excepcional, hermosa, honesta y, sobre todo, inteligente que consigue llevarte con enorme sensibilidad por un aterrador viaje interior. Su discurrir está plagado de secuencias en las que la verdad inunda la pantalla, momentos de hondo calado emocional que van tejiendo un relato tramado con los hilos del dolor y la sonrisa. La dramática peripecia de Ramón Sampedro está recorrida por un fuerte sentido del humor que atenúa en parte la dureza de la historia y aporta la verdadera dimensión del personaje. Las interpretaciones las componen un magnífico Javier Bardem que no reside tanto en su espectacular transformación física si no en su capacidad por transmitir la más amplia gama de sentimientos, entre los cuales sobresalen dos: la ironía y la ternura. Belén Rueda, de cuya mano vamos conociendo el mundo del protagonista, apoya su impresionante trabajo en la fuerza de la mirada y las caricias que adquieren en el filme un significado notable. Al igual que su personaje, la interpretación de Lola Dueñas va creciendo ante nuestros ojos a medida que avanza la acción, alcanzando su plenitud cuando el desenlace está próximo. Mabel Rivera, Celso Bugallo, Joan Dalmau, Tamar Novas y el resto de los actores ennoblecen esta película brillante, tanto como la fotografía de Javier Aguirresarobe y emotiva sobre la pequeña gran distancia que separa la vida y la muerte. Amenábar deja pendiente un tema que se aparta de la película,
por ser conflicto de todos, la reforma de las leyes, que es donde duele,
que es donde se ve la evolución de los pueblos, y esto es evidentemente
difícil pero necesario, pese a quien pese. Edu ______________________________________________________________________ Carta de Ramón Sampedro para los jueces. Srs. Jueces: Pienso que a la hora de juzgar determinadas conductas ético-morales, como en el caso que les planteo, no deberían tener más norma fundamental que la Constitución, porque si no es así, no son los jueces quienes juzgan sino los políticos cuando escriben la ley y crean la trampa y la ambigüedad. Sólo si los jueces y jurados tuviesen la potestad de sentenciar de acuerdo con la norma constitucional, y sus consciencias fuesen como un procesador humano -y humanizado- que va recibiendo sistemáticamente conocimientos e información para entender lo que es social y democráticamente tolerable, y también conveniente reformar y corregir, la justicia seguiría el ritmo del proceso evolutivo de una sociedad democrática formada por individuos libres y responsables. En abril del 93 acudí ante los tribunales de justicia con una demanda formalmente presentada por mi abogado D. Jorge Arroyo Martínez que, en síntesis, preguntaba si debe ser sancionada judicialmente una persona que me preste ayuda, sabiendo que es con el fin de provocar voluntaria y libremente mi muerte. Hay demasiadas gentes que, en apariencia capacitadas para hacer un juicio de valor, se preguntan, y me preguntan, si realmente deseo morirme pues, si así fuese, me indican que puedo provocarme desde una pulmonía, taponar una sonda, no curarme una infección de orina, inyectarme un virus, morirme de hambre, o que me mate discretamente cualquier persona. Entre tanto absurdo maestro que acepta y propone toda clase de formas de morir, menos la voluntaria y legalmente permitida, me parece que la funcion de los jueces tiene que ser algo mas que la de aplicarle códigos al rebaño como mudo y fiel guardián que defiende los intereses de su degenerado amo. Cuando un juez guarda silencio ante una ley obviamente hipócrita, y por tanto injusta, en esa sociedad no puede haber nobleza y bondad posible. Si la justicia es la exigencia de una conducta ética respetuosa, la función del juez debe ser la de maestro más que la de vigilante. Si aceptamos que debe haber unas normas y unos medios para juzgar comportamientos irresponsables, en casos de conductas éticas -no criminales-, la justicia debería ser inmediata para que tuviese vida, de lo contrario es como si estuviese enlatada y, para lo único que sirve, antes que para corregir situaciones injustas, anacronismos y tradicionales barbaridades, es para perpetuarla. El deseo y la buena voluntad son el origen de todo bien y de toda confusión y desconfianza social universal. La vida evoluciona corrigiendo sistemáticamente el error, de ella deberían copiar los humanos. Es un grave error negarle a una persona el derecho a disponer de su vida, porque es negarle el derecho a corregir el error del dolor irracional. Como bien dijeron los jueces de la audiencia de Barcelona: vivir es un derecho, pero no una obligación. Sin embargo no lo corrigieron, ni nadie parece ser responsable de corregirlo. Aquellos que esgrimen el derecho como protector indiscutible de la vida humana, considerándola como algo abstracto y por encima de la voluntad personal sin excepción alguna, son los más inmorales. Podrán disfrazarse de maestros en filosofías jurídicas, médicas, políticas o metafísico-teológicas, pero desde el instante en que justifiquen lo absurdo se convierten en hipócritas. La razón puede entender la inmoralidad, pero nunca puede justificarla. Caundo el derecho a la vida se impone como un deber. Cuando se penaliza ejercer el derecho a liberarse del dolor absurdo que conlleva la existencia de una vida absolutamente deteriorada, el derecho se ha convertido en absurdo, y las voluntades personales que lo fundamentan, normativizan e imponen en unas tiranías. Acudí a los tribunales de justicia para que vds. decidiesen
si me asistía o no ese derecho que mi conciencia considera de
ambito moral exclusivo. Y, pienso que, humanamente cualificada. Acudí
a la justicia, no sólo para que me respondiesen a un asunto de
interes personal, sino porque considero mi deber denunciar la injusticia
y rebelarme contra la hipocresía de un estado y de una religión
que, democráticamente concebidos, toleran la práctica
de la eutanasia si es llevada a cabo con discreción y secretismo,
pero no con la sensatez y la claridad de la razón liberadora.
También para denunciar El juez que no se rebele ante la injusticia se convierte en delincuente.
Claro que puede calmar su conciencia culpable afirmando que cumple con
su deber, pero si consiente en que alguien utilice el sufrimiento de
otros por su propio interés. Dicen algunos políticos, teólogos y otros aprendices de falso profeta que mi lucha podría servirme como aliciente y darme motivos para vivir. Debería ser también el deber del juez perseguir a quienes insultan la razón y castigarlos severamente. Mi único propósito es defender mi dignidad de persona y libertad de conciencia, no por capricho, sino porque las valoro y considero un principio de justicia universal. Con una sentencia favorable, tal vez no se volviera a obligar a otro ser humano a sobrevivir como tetraplégico, si esa no es su voluntad. Mi lucha tendría sentido si la justicia me concede el bien que para mi reclamo, si no es así, todo ese esfuerzo que algunos dicen puede dar sentido a mi vida habría sido estéril. Espero que no piensen como los teólogos, políticos y aprendices de profeta que lo que le da sentido a mi vida es el derecho de reclamar un derecho y una libertad, eso sí, dando por supuesto que no me serán concedidos nunca. Espero que no sea vd. cómplice de tanta burla y falta de respeto contra la razón humana. Ningún esfuerzo inútil tiene sentido. La intolerancia es el terrorismo contra la razón. Cualquier esfuerzo humano que tenga como fin liberar a la vida del sufrimiento, la crueldad y el dolor, y sea convertido en estéril con interesados sofismas es un fracaso del bien y un triunfo del mal. Si no se le concede a cada individuo la oportunidad de hacer todo aquello que su conciencia considera bueno, no hay perfección ética posible, porque no hay evolución posible. Si no se le concede al individuo el derecho a una muerte racional, voluntariamente decidida, la humanidad no podrá llegar a aceptar culturalmente su propia mortalidad. Y, si no se entiende el sentido de la muerte, tampoco se entiende el sentido de la vida. El juez tiene el -mandato- de velar por la seguridad jurídica del grupo. Pero, por coherencia ético-moral, para que ese cometido fuese equilibrado y justo, tendría que defender antes la conciencia individual. El estado tiene medios represores para para protegerse de las posibles agresiones individuales. Sin embargo el individuo se encuentra indefenso para protegerse del abuso de las agresiones del estado. Si el juez se dedica a aplicar códigos, es un fanático fundamentalista que, obviamente está de una parte. Es su deber corregir este error. Atentamente Ramón Sampedro Camean 13 de noviembre de 1996 |
| La vida mancha. Dirigida por Enrique Urbizu Interpretes: José Coronado, Zay Nuba, Juan Sanz, más. Una película de sentimientos, los sentimientos que se acumulan
con el paso de la vida.
|
| La vida mancha. Dirigida por Enrique Urbizu Interpretes: José Coronado, Zay Nuba, Juan Sanz, más. Una película de sentimientos, los sentimientos que se acumulan
con el paso de la vida.
|
|
Candilejas
|
| Año V. / | |||||