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Candilejas
Josep Renau
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Año V. /

 

 

 

 

Reflexiones de un ex cinéfilo

Un año más he contemplado con indiferencia las imágenes que ha dejado la última edición del Festival de San Sebastián. Sin embargo, he leído con interés lo que dijo Liv Ullmann (incluso para ella pasan los años) en relación con su maestro y amante Bergman, es decir, con el Cine: “Todos necesitamos un maestro, pero que no nos trate como niños”. A lo largo de los años ochenta (del pasado siglo) abandoné la esperanza que había depositado en el cine como referente artístico y de innovación cultural, y pronostiqué su muerte como tal. Amigos y conocidos me tildaron de antañón, elitista, agorero, etcétera, por aquella sentencia que venía rumiando desde tiempo atrás. Traté, pese a todo, de reanudar mi idilio con la ex “fabrica de sueños”, pero mi percepción de la vida, de las personas y las cosas, y por ende de las películas había cambiado.

También el cine había sufrido una transformación notable a tenor de los cambios que se habían operado en el último tercio del siglo XX. Hoy, aquella vieja pasión se ha ido apagando, anegada la exaltación virtual, por un sinfín de espectaculares explosiones que convierten cada cinta (considerar excepciones) en un macro-spot publicitario; por las gratuitas exhibiciones de tetas y morros de silicona, por las soflamas antidemocráticas animadas por el desprecio a la vida o por piadosos mensajes “pacifistas”. Una parodia de cine plagada de infantiloides esperpentos seriados sobre bodas, mafias (excepción hecha de Padrinos y Sopranos) y de horrendos remakes de antiguas obras maestras…

Ya no hay antihéroes, ni rebeldías. Las grandes preocupaciones sociales parecen alejarse definitivamente del interés de productoras y patrocinadores. El héroe o heroína es siempre el (la) mejor ladrón, el delincuente más desalmado, el campeón de lucha (oriental con preferencia) agresivo, tatuado y sexualmente ambiguo. No vale la pena insistir. Desaparecido, para buena parte de mi generación el “séptimo arte”, poco queda en el cine actual del sugestivo juego que proponía, de la magia provocadora de sus imágenes, de la agudeza de aquellos diálogos (años 40 y 50) escritos por guionistas (una especie en extinción), de las propuestas de genios como Kubrick, Rosellini, Chaplin, Wilder, Ford, Lang, Keaton, Einsestein, Visconti, etcétera, por explicar, ora con belleza y emoción, ora con descaro y rabia, las contradicciones de este mundo.

De mi íntima relación con aquel Cine queda todo un mundo de respeto y admiración, acervo que hoy no puedo incrementar, pese a los puntuales y esporádicos encuentros, cada vez menos satisfactorios, con los bodrios habituales. Una excepción puntual para Conversaciones con mi jardinero, un estimulante retazo de vida. A mi juicio, la decadencia del cine, sin menospreciar la nociva influencia de la televisión, el video, la playstation o los móviles, tiene más que ver con la inevitable crisis de nuestro agotado sistema de valores “universales” y la sustitución de estos por otros, que exhiben una ética y una estética inasequibles para quienes vivimos, todavía, impregnados por las turbulencias de las guerras civiles europeas y de la Guerra Fría, cuyas consecuencias no hemos acertado a explicar satisfactoriamente.

LQSomos. José Antonio Vidal Castaño. Octubre de 2007
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