Carlos Olalla*. LQSomos. Octubre 2017

Tenías ojos de presente y mirada de futuro, pero aquella fatídica noche del dos de agosto de 1976 el pasado se cruzó en tu camino truncándolo para siempre. Venías de dar un concierto en Vigo. Te acompañaban tus músicos. Habíais salido tarde, demasiado tarde. Vuestro Seat 124 carreteaba a toda prisa rumbo a Madrid. A las diez te esperaban en un estudio. Tenías que grabar. Pasadas las cinco de la madrugada, por una carretera zamorana, un carro labriego sin luz ni señal alguna salió a la carretera. Vuestro coche avanzaba rápido, muy rápido. Aquel carro lento, demasiado lento. El choque era inevitable. Se produjo en Colinas de Trasmonte, cerca de Benavente. Dicen que ibas dormida y que no llegaste a despertar. Carlos y tú moristeis en el acto. Tus otros dos músicos sobrevivieron. Tenías 27 años… ¡Sois tantos los que os fuisteis a los 27! Pocas muertes como la tuya son metáfora de la España de aquellos años, inevitable choque de pasado y de futuro, de luces y sombras, inevitable colisión de aquellas dos Españas que, sin haber tenido tiempo siquiera para aprender, empezaban a convivir. La España oscura, triste y negra cerraba el paso a esa España blanca y luminosa que intentaba avanzar hacia el futuro tanto tiempo soñado. Vosotros, los jóvenes, avanzabais a toda velocidad empujados por la urgencia de la Historia. Ellos, los viejos, ocupaban las estrechas carreteras cerrando el paso a todo cuanto pudiera significar un cambio. Tú ibas dormida; sin duda soñando; sin duda amando…

La vida es caprichosa y quiso que nacieras precisamente en el mismo municipio donde residía el dictador. Solo de caprichosa cabe calificarla pues eras hija de un militar y diplomático que os llevó a ti y a tus hermanos a vivir vuestra infancia en lugares tan lejanos o exóticos como EEUU, Reino Unido, Argelia, Portugal o Jordania. Quizá pasar tus primeros años lejos de esa triste España de los cincuenta te enseñó a mirarla con otra perspectiva. Tu mirada era un soplo de aire fresco; tu forma de vestir, sempiternas túnicas y chilabas, era tan anacrónica en aquella negra España de peineta y mantilla que te confería una imagen hippie y libertaria que rompía todos los moldes. Eso es algo que siempre hiciste: romper moldes, no permitir que te encajaran, ser siempre tú misma. Desde que aquella lejana monja norteamericana pusiera una guitarra en tus manos, empezaste a cantar. Apenas cumplidos los catorce ya componías tus propias canciones. Y pintabas, te encantaba pintar. Nunca dejaste de hacerlo. Era tanto lo que llevabas dentro, tanto lo que necesitabas contar y compartir, que era imposible encasillarte bajo una etiqueta o una disciplina.

Quizá para contentar a tus padres te matriculaste en derecho, pero pronto lo dejaste para dedicarte a la música, tu gran pasión. Quisiste lanzarte a la vida profesional con tu verdadero nombre, Eva (Evangelina Sobredo), pero alguien ya cantaba con ese nombre y elegiste el de Cecilia simplemente porque era la canción que cantaba en aquel momento uno de tus dúos favoritos: Simon & Garfunkel, a quienes solías versionar en ese perfecto inglés que mamaste desde muy pequeña.

Tus letras rezumaban melancolía y profundas reflexiones sobre esa tierra en la que naciste, esa tierra que amabas a pesar de todas sus contradicciones, sus guerras y sus silencios. Los estertores de la dictadura no podían permitir que hablases de su guerra y de sus crímenes o de la hipocresía de sus damas. Por eso más de una vez censuraron tus letras en un vano intento por hacerte callar. En tus conciertos e incluso en los directos que no podían interrumpir en TVE, la única televisión que teníamos entonces, solías saltarte sus prohibiciones a la torera y cantabas las letras originales, para eso las habías escrito. La guerra, nuestro millón de muertos, nuestro desgarrado silencio y nuestros miedos, gritaban en tus canciones, canciones que, sin duda, hicieron suyas todas y todos los que, aún hoy, pasados más de cuarenta años, siguen enterrados en las cunetas y las fosas comunes de aquella sangrienta dictadura que jamás fue juzgada. Aquella vieja España que se vistió de carro labriego en aquella amarga noche del dos de agosto nos robó a todos las mil canciones que no llegaste a escribir, los mil himnos que jamás podremos cantar. Estabas preparando un nuevo disco, un disco compuesto con textos de Valle Inclán. ¡Bien sabías, Eva, que el nuestro era, quizá porque nunca dejará de serlo, un país de esperpento!

Muchos te recuerdan por una canción que nos ha acompañado durante toda la vida: “Un ramito de violetas” Inicialmente fue un cuento que escribiste (también la literatura encandiló a tus musas), que más tarde convertiste en canción. Y lo hiciste como solías hacerlo: sola con tu guitarra frente a un desvencijado radio cassette en el que depositabas acordes, versos y sueños. Sin duda hay quien puede considerar que esa letra que relega a la mujer a soñar a escondidas en su casa renunciando a vivir sus sueños es machista. Conociendo tu rebeldía feminista tan presente en muchas de tus canciones, prefiero pensar que en esa canción quisiste reflejar la época en la que te tocó vivir, hablar de las mujeres a las que conociste, de los hombres dura y ásperamente educados para esconder sus sentimientos, aquella España en la que hasta llorar era pecado.

Escucho tus canciones como si las estuvieras cantando para mí, solo para mí, en un susurro cómplice que me ha acompañado siempre. Hace ya muchos años que enamoraste a mi soledad. Y al escucharlas no puedo menos que recordar lo que algún argentino me dijo escuchando un viejo disco de Gardel: “¡Che, este Carlitos cada día canta mejor” Contigo pasa lo mismo, Eva, cada día cantas mejor. Escuchar tu voz, revivir tus canciones, revisitar aquellos años, me transporta a un mundo de alegría y esperanza, un mundo donde somos iguales en derechos y en dignidad, donde no hay celdas ni barrotes, mapas ni fronteras, un mundo donde la justicia gobierna a la ley, donde nadie es señalado por callar o por decir, un mundo donde los sueños, todos los sueños, pueden hacerse realidad, donde las pesadillas y las princesas duermen, donde nadie es perseguido por lo que piensa o lo que cree, donde las banderas han acabado por desteñirse para dejarnos vivir, donde la soledad duerme acompañada, donde cada día nace para recordarnos que estamos vivos, feliz, hermosa, maravillosamente vivos… Sí, Eva, escuchar hoy tus canciones me lleva a ese mundo tan bello y sin embargo tan lejano que es la España que pudo haber sido.

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