Jean Ortiz*. LQSomos. Abril 2017

El 14 de abril de 1931 la República fue proclamada en España después de que el rey Alfonso XIII, derrotado en las elecciones municipales, abandonara el país. Muchedumbres alborozadas bajaron por las calles. Esperaban que «la Niña bonita» cambiara su vida, procediera a la Reforma agraria (una aspiración secular), al reparto de las riquezas, devolviera a los pobres lo que los grandes propietarios, la oligarquía, la Iglesia, les habían robado, que nacionalizara los bancos, las grandes industrias…

La Segunda República cumplió reformas importantes en lo tocante a ciudadanía, educación, cultura, a salud, legislación del trabajo, derechos de las mujeres, pero tardó en atacarse al muro del dinero y de los privilegios ancestrales. Reprimió incluso motines campesinos que exigían una verdadera Reforma agraria. Pagó muy caro sus tergiversaciones frente a las clases dominantes. Cuando «la izquierda» no cumple sus promesas… En noviembre de 1933, las listas de derechas y de extrema-derecha ganaron las elecciones generales. Comenzaron entonces «dos años negros» de contra-revolución, de restauración oligárquica, de represión, de cierre de numerosas «Casas del pueblo», «Ateneos», de suspensión del salario mínimo, del Estatuto de Cataluña, de la Reforma agraria, de aplastamiento de insurrecciones populares, y en particular de la «Revolución de Asturias» en octubre de 1934.

El proceso de transformación social solo fue reiniciado por la acción de «los de abajo», los potentes sindicatos anarquistas de la CNT FAI y la socialista UGT (a la que se adhirieron los comunistas minoritarios), por la exigencia común de liberación de los 30.000 presos políticos, por la formación del Frente Popular y la victoria electoral el 16 de febrero de 1936 de sus candidatos. La derecha republicana, muy moderada, daba la impresión de temer más a los «rojos», al pueblo, a las masas anarquistas, que la conspiración fascista en marcha. La República era considerada por una parte de los trabajadores, de los jornaleros como «burguesa». Para otros, a pesar de sus limitaciones, llevaba en sí la esperanza de un porvenir mejor.

En la réplica al golpe de Estado fascista (de julio de 1936) civil y militar, en el antifascismo, comunistas, socialistas, anarquistas, sencillos republicanos, etc., vertieron su sangre, a pesar de sus conflictos fratricidas. Está bien visto hoy en día reescribir la historia y echar la culpa a esos conflictos dolorosos, de la responsabilidad de la derrota. Es redimir el conjunto de las fuerzas facciosas, la intervención masiva de Hitler y de Mussolini, la culpable «no-intervención» muy intervencionista, la coalición sediciosa: partidos políticos, inspirados por el modelo mussoliniano, falangistas, partidarios de Gil Robles, de la CEDA, de Calvo Sotelo, obispos, banqueros, «terratenientes», oficiales… Es olvidar Guernika, el «plan de aniquilamiento» de la España popular, el «genocidio» (Paul Preston) de clase…

Los cambios no pretendían establecer una «dictadura estaliniana» en España, o «anarquista», o «el totalitarismo», o «la revolución», como lo repiten hasta la saciedad los historiadores «liberales», sino hacer menos dura la vida, más justa, «democratizar» el país… Ya era insoportable para los pudientes. Los «revisionistas» llevan una batalla muy política en lo que se refiere no solo al pasado, sino sobre todo a los desafíos políticos actuales.

Para celebrar el 14 de abril de 1931 de modo ofensivo, sin mitificación ni nostalgia excesiva, para celebrar sin restringirse a la dimensión de víctimas, sentimental, de la memoria, hay que luchar con el fin de desenmascarar el revisionismo, militar por un proceso constituyente, por una consulta refrendaría sobre la Tercera República española social, federal (o confederal), para devolver el poder al pueblo, para acabar con la monarquía, para el derecho a la autodeterminación de las « naciones históricas », para una España por fin plural, una España de todas las España(s), etc.

La guerra de España suscitó tantas pasiones, la memoria conlleva tantos desafíos, que hoy en día todavía más que ayer hay que «conmemorar», por cierto, pero EN PRESENTE. Hay conmemoraciones, llenas de buenas intenciones, que pueden enterrar el sentido bajo la celebración formal.

* Traducción Rose-Marie Serrano. Publicado en L’Humanité

Mp3 – LoQueSomos

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