| Año V. / | |||||
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Compartir en cuerpo, mente y espíritu Cuando estaba de vacaciones en la finca de mi abuelo salía a pasear a pié o a caballo y como desde los siete años de edad había conocido la libertad y la armonía que con la naturaleza proporciona el estar desnudo, tan pronto me alejaba lo suficiente de la casa de la hacienda, me quitaba la ropa por completo y así cabalgaba por la pradera o caminaba por el bosque o los cafetales. Algunas veces me topé con campesinos o trabajadores de la finca y nunca me dijeron nada por mi desnudez, ni se lo dijeron a alguno de mi familia, tal vez porque nuestros campesinos, por su vida sencilla y siempre en contacto con la naturaleza, son menos mórbidos que quienes han crecido en las ciudades; o porque por su mayor mezcla racial aborigen aún conservan, como una conducta innata en casi todos los pueblos prehispánicos, el recuerdo de una vida en armonía con la Pachamama (Madre Tierra) y ello incluye el uso de ropajes sólo cuando el clima o alguna circunstancia especial lo ameritaba. Por lo demás, generalmente trabajaban y se divertían desnudos. Recién había yo cumplido los 15 años de edad cuando llegó a la finca un mayordomo nuevo, el cual tenía dos hijos hombres (uno de 17 años, el otro de 13) y una hija de 15. Un día salí en mi caballo y, como siempre al llegar al potrero que tenía el mejor charco en el río, desensillé, me desnudé y cabalgue sobre mi caballo a pelo. Estaba tan ensimismado disfrutando de la brisa y el sol sobre mi cuerpo desnudo mientras mi caballo se habría paso al galope por entre el pasto del potrero, que no me di cuenta de que en el río se estaban bañando en ropa interior los dos hijos y la hija del mayordomo. Cuando los vi ya estaba demasiado cerca para hacer algo diferente a detener mi caballo y saludarlos, ellos no se sobresaltaron con mi desnudez, así que no me cohibí y con toda tranquilidad les pregunté si les molestaba que me bañara en el río con ellos, dijeron que no, así pues me apeé, me introduje en el agua y nadé por un buen rato, cuando salí y me tendí sobre el pasto para disfrutar del sol el mayor de los hijos del mayordomo me preguntó si me gustaba mucho cabalgar desnudo, le dije que sí, que era muy agradable y me sentía como todo un indio Siux de las películas del oeste norteamericano, le dije que si él quería hacerlo lo podía hacer con toda confianza. No esperó a que se lo repitiera dos veces y en un instante se sacó el pantaloncillo mojado y completamente desnudo se subió sobre el lomo de mi caballo y lo cabalgó todo cuanto quiso. Al regresar, me preguntó si su hermano y su hermana podían hacer lo mismo y yo le dije: ¡si lo desean por supuesto! Sin dudarlo un momento, el hermano menor se sacó el pantaloncillo y su hermana se quitó la tanga y el body que le cubrían el cuerpo y juntos cabalgaron desnudos todo el tiempo que quisieron. Ya de regreso nos encontraron a su hermano y a mí charlando y nadando desnudos con toda naturalidad, así pues que ellos se mantuvieron igual y todos continuamos así, charlando, nadando, riendo y jugando por el resto de la tarde. Desnudos aún y llevando el caballo de cabestro, subimos a lo alto de la colina y disfrutamos de un bello atardecer. Antes de que comenzara a oscurecer, y ya con la ropa seca, cada uno se vistió y alegres y felices llegamos a la casa de la hacienda. Fue esa la primera vez que experimenté la camaradería, la tranquilidad y el bienestar que produce el compartir la desnudez con otros seres humanos. Después de ésta, cada vez que podíamos salir los cuatro, iba con ellos a caballo o a pie para luego cabalgar, nadar o simplemente caminar juntos disfrutando desnudos de nuestra amistad y de la naturaleza que nos rodeaba, con la libertad, la sinceridad y el respeto que nos proporcionaba el haber aprendido la importancia de la desnudez compartida en cuerpo, mente y espíritu. Lucas Restrepo |