sala114Ion Arretxe. LQSomos. Noviembre 2013

En Diciembre de 1928, el escritor César Arconada -olvidado hoy en día, y arrinconado hasta el abandono- respondía con estas palabras a una pregunta sobre el porvenir del cine, en una encuesta que realizó Luis Gómez Mesa para la revista Popular Film.

 “El porvenir del cine es grande. Pero no ilimitado. Es la expresión de una época -de nuestra época-, pero no de todas las épocas futuras. También el cine, después de esta erupción, será un volcán apagado. Entonces vendrá el imperio de otro arte. Hoy no sabemos cuál, ni nos importa”.

Pues ya llegó. Está bastante claro que estamos asistiendo a los estertores del séptimo arte, a los postreros estremecimientos de su agitación, a los últimos humos de su fogosa actividad. Lo que no está tan claro es cuál sea el arte, el octavo arte, que lo venga a sustituir para reinar desde el trono vacante. 

Para Arconada, el cine -como expresión de la modernidad-  se había impuesto sobre las demás actividades artísticas, hasta obligarlas a ponerse a su servicio. Y desde su visión marxista de la historia, un nuevo arte se colocaría por encima del cine, en un proceso dialéctico de superación.

En un principio, fue la televisión la que consiguió seducir a los espectadores, sacarlos de las salas cinematográficas y entretenerlos en los salones de sus propias casas. Y después de la televisión, todos sus sucedáneos, desde el vídeo hasta las pantallas de los ordenadores. 

Pero yo quiero ir un poco más lejos al asegurar que el arte venidero está minando la entraña del cine, pero también la entraña de la televisión y de todos sus derivados.

Se habla del videojuego como el sustituto del cine. En cuanto al volumen de su negocio y a su distribución mercantil puede que sí. De hecho, esta afirmación cacareada desde los propios altavoces del Poder, no hace sino diagnosticar el carácter casi exclusivamente mercantil -traducido siempre a número de espectadores, y por tanto a número de doblones- que define al cine de hoy.

Pero, ¿de verdad nos quieren hacer creer que el videojuego es el arte del siglo XXI?

Parece que la universidad ha entendido que sí, y ha creado nuevas cátedras y doctorados. Y los estudiantes han dejado aparcados modelos como Las Meninas, o Viridiana, para desentrañar la esencia y misterios de Super Mario Bros o de FIFA 13.

Para mí, el arte no tiene muchas más funciones que la de hacer que nos detengamos, durante el tiempo necesario, para su contemplación.  Al francés Blaise Pascal se le atribuye la frase “arrodíllate y creerás”. Lo mismo podemos decir sobre la contemplación estética: hay que detenerse frente a la obra de arte. La fe, o lo que sea, vendrán después. 

Las salas de cine tenían esta capacidad de convocatoria ritual, muy parecida a la de otras formas rituales, incluidas las religiosas, en las que uno toma asiento en actitud receptiva, en las que uno se sienta casi de rodillas. Yo no creo ni que los videojuegos sean un arte, ni que sean el motivo del fin del cine. Los videojuegos no son el principal enemigo del cine. El principal enemigo del  cine es el batiburrillo.

 Me contaba hace poco un amigo, en otro tiempo muy lector, que ahora era incapaz de concentrarse para leer un libro porque se había acostumbrado a picar de aquí y de allá en la pantalla del ordenador, siguiendo las veleidades de internet.  El batiburrillo y la multipantalla son el fin del cine, e incluso el fin de la televisión. Al menos de la televisión como la habíamos entendido hasta ahora.  No es raro ver, durante la emisión de un programa televisivo, imágenes de otro programa o de un anuncio emitidas simultáneamente, compartiendo la pantalla del televisor con noticias escritas que corren como ratones, y números de teléfono para participar en sorteos y ganar no se sabe qué. 

Al espectador de toda la vida no le basta ya con sentarse a ver. El nuevo  espectador tiene que interactuar, enviando mensajes, chateando, o haciendo un montón de tareas, además de la pura y genuina contemplación. Los hombres y las mujeres del siglo XXI nos hemos propuesto llenar todos los vacíos del tiempo, incluidos los de la pura contemplación. Aún estando en paro,  estamos más multiatareados que si trabajáramos. Juegos en el teléfono móvil, palabras que completar, ciudades que construir, redes sociales que atender, mensajes para dar y recibir…

Estamos obligados a enviar constantemente señales mínimas de presencia y de que seguimos vivos, como náufragos que temen ser olvidados en la inmensidad del océano. Mensajes en botellas, inmediatos, testimoniales, mínimos: Me gusta, me gusta, estoy aquí, sigo vivo…

Y el tiempo que antes dedicábamos a contemplar sin más una película o un programa de televisión tenemos que rentabilizarlo y llenarlo. ¿De qué? De qué va a ser, alma de cántaro… De lo que nos hemos propuesto llenarlo todo: de batiburrillo. 

Ahora, en las pastelerías de nuestros barrios también se venden libros, discos y ropas de segunda mano. Y en las tiendas de ropa, también venden pasteles, discos y libros. Y en las librerías, también ropas de punto, discos y algunos pastelitos.

El rock sinfónico se mezcla con el jazz fussion, el flamenco pop con la bossa nova, y todo es del color del batiburrillo, que es ese color amarronado y mierdoso, tan feo que no tiene ni nombre, y que los niños conocen desde muy pequeños porque es el que resulta al mezclar las plastilinas de colores.  Y así, todo es lo mismo y a la vez no es nada, que viene a ser parecido. Bienvenidos al imperio del octavo arte.

Bienvenidos a la era del batiburrillo.    

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