Mikel Itulain*. LQSomos. Agosto 2017

España es un país de una pobre memoria, forzada por los terribles hechos que sucedieron años atrás y llegan, de un modo u otro, hasta el momento presente. Sus dirigentes no tenían otra si querían permanecer en el poder conseguido mediante métodos tan violentos y que fue transmitido a sus descendientes y compartido en parte con aquellos que decidieron ser sus sirvientes, como ocurrió esto último en la denominada Transición con el archimencionado y sobrevalorado consenso.

Tantos años de dictadura, con un férreo control sobre el pensamiento y la enseñanza, provocaron una gran falla y un gran olvido, que favorecieron el mantenimiento de la situación de privilegio de una minoría que llevó a cabo una matanza contra sus paisanos con el fin de que perdurase su situación exclusiva, y la de una mayoría viviendo en la precariedad. Los elevados niveles de pobreza de la sociedad española y su ignorancia sobre sus causas, como es la relación existente con el golpe militar de 1936, son frutos nada casuales de este devenir histórico.

Con buen conocimiento y criterio indicaba el intelectual y diplomático español Gonzalo Puente Ojea que: “el proceso de la Transición política española podría calificarse como una frustración de lo posible.” Se legitima lo que impone el Régimen franquista, por ejemplo la monarquía, y a quienes lo mantuvieron y empujaron, la burguesía empresarial y financiera. Controlando el país los mismos que lo hacían antes de la llegada de la digamos ya por costumbre democracia.

En la historia política de España, tan desconocida para sus habitantes, destaca que en las dos Repúblicas que han existido, en 1873 y 1931, se crearon gobiernos provisionales que convocaron elecciones generales a Cortes Constituyentes.

Ambas Repúblicas quisieron fundarse en ‘la legitimidad de un proceso constituyente’ iniciado con una consulta basada en el sufragio universal ejercido ‘sin restricciones’ de las libertades de expresión, asociación y propaganda en condiciones de igualdad (1).

No vamos aquí a mitificar estos gobiernos, porque representaron fundamentalmente a las clases altas, cuyo interés residía en buscar cotas de poder en un país anticuado; estoy hablando, claro, de la burguesía. En el caso de la Primera República esto es más notorio, donde bajo una cobertura de supuesta modernidad, los liberales querían hacer su gran negocio quitando propiedades a una gran terrateniente, la Iglesia, pero lo que es mucho más grave, usurpándolas del bien de todos, de los comunales; motivo principal por el que ocurrieron guerras, especialmente las carlistas.

Sin embargo, sí diremos que especialmente con la segunda se buscó acabar con o cambiar viejos y arraigados males sociales relativos al abuso de determinadas clases sociales, que pervivían por tradición obligada y forzada con todas sus consecuencias.

En marcado contraste con la legitimación fundada en todos los mecanismos de la representación democrática, las ‘Constituciones monárquicas’ de 1876 y de 1978 fueron el producto de fórmulas urdidas por personas designadas digitalmente desde Gobiernos continuistas derivados de ‘golpes militares’ -uno próximo en el tiempo, otro sufrido cuarenta años antes-. Ningún tratadista serio discute el hecho de que en 1976-1978 ‘no existió proceso constituyente democrático'(1).

Para este menester era y es necesario la participación de toda la sociedad, no solo de los sectores privilegiados, y así puedan elegir a sus representantes y estos elaboren la base del sistema social y jurídico de la nación, es decir, la creación de una Constitución.

Es esto lo que se hizo en Venezuela en 1999 y hoy se sigue haciendo con sus elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente.

El que ustedes oigan hablar tan crudamente mal de lo que ocurre en Venezuela se debe a esta circunstancia, a que allí se están poniendo las bases de un proceso, no aparentemente sino verdaderamente, democratizador. Y quienes han vivido y siguen viviendo en estas regalías, no toleran que quienes hasta hace poco eran sus obligados sirvientes, cambien su situación y sean iguales en derecho y hecho. El motivo es noble, admirable y justo, la reacción de los que no quieren un mundo así, sino uno de esclavos y amos, no lo es.

Y en esta exasperación de los hasta ahora dueños, Ángeles Díez ve que en las altas esferas de España hay gran temor a lo que sucede en Venezuela, pues expone demasiado claramente las vergüenzas propias; no vistas por muchos españoles debido a su persistente adoctrinamiento que ha generado un tan llamativo como triste analfabetismo político, que los anula y esclaviza.

El miedo español es un miedo neofranquista y tiene su origen en una Constitución sin Asamblea Constituyente. La historia de nuestra Constitución es la historia de un apaño, de una componenda entre las élites franquistas y las nuevas élites socialistas y nacionalistas, ambas conectadas por finos hilos geoestratégicos a los intereses estadounidenses (2).

La consecuencia directa de la participación política de la gente en la defensa de sus vidas es la clara mejoría de estas, como ocurrió en el país del Sur de América. De una situación de olvido y abandono, abandonados en su miseria, a la contundente reducción de la pobreza y el acceso a los recursos y beneficios de su país, antes coto de unos pocos. Quienes traten de contarles que los Gobiernos de Hugo Chávez y ahora el de Nicolás Maduro están arruinando Venezuela y son responsables de sus males económicos y políticos, les están engañando. Estas administraciones son las causantes de su progreso, pese a los palos y bombas en las ruedas que ponen otros, los opositores. Para un mayor conocimiento sobre los problemas de la economía venezolana les dejo este informe para su reflexión.

Pero esa recuperación de la soberanía popular que significó la Constitución de 1999 sólo podía estabilizarse con la mejora de las condiciones de vida al tiempo que se desarrollaba una cultura política de participación real y efectiva. Ambos procesos, mejora económica y participación política, son los que han dado y dan legitimidad al gobierno bolivariano. Son las bases del poder popular que derrocó al golpe contra el gobierno bolivariano en el 2002 (2).

Que el movimiento chavista resista contra viento y marea a la violencia ejercida por los adinerados locales y extranjeros, y sus desalmados sicarios, tiene relación con lo dicho. Una simbiosis entre pueblo y gobierno tremendamente complicada de destruir, debida no a la propaganda sino a la cooperación.

Millones de sus compatriotas perciben correctamente a Chávez por ser el único presidente que ha prestado alguna vez atención a las zonas más pobres de la nación. Su gobierno representa una forma completamente diferente de organización social, en la cual las naciones del mundo deberían poner a la gente por delante de los beneficios, usando la riqueza de la nación para servir a la población trabajadora en vez de a los pocos privilegiados (3).

El que el movimiento bolivariano represente esta forma diferente de gobierno y organización social en el que prevalece el bien común sobre el beneficio y el egoísmo particular, eleva las iras y miedos de los magnates de la economía, que irritados mueven sus transnacionales de la desinformación, los medios de comunicación, que demonizarán y atacarán sin piedad entonces a Chávez y ahora a Maduro, haciéndolos pasar por tiranos despiadados. Es lo que nos recordaba por propia experiencia Malcolm X, si no estás atento te harán odiar al oprimido, o a quien lo defiende, y amar al opresor, para eso son los dueños de las cadenas de radio, prensa o televisión.

Lo que se vislumbra para Venezuela es una historia tan conocida como desconocida, es la de la misma historia humana. Los que avasallan y explotan a los demás frente a la resistencia a la tropelía. Va a depender del coraje y sabiduría de los que comandan Venezuela y su gente, que no es escasa; así como del apoyo y exposición de los hechos reales, no de las mentiras mediáticas, que hagamos los habitantes occidentales de cara a nuestros paisanos, del bando o país de los agresores.

El deber del Gobierno es tratar de evitar que estalle una guerra; el nuestro es sobrevivir a lo que venga y defender a nuestra gente más vulnerable. El eslogan “La Constituyente garantizará la paz” suena bello, hermoso y hasta con ribetes poéticos, pero es importante ir sabiendo que en estos días puede ocurrir exactamente lo contrario: estamos siendo desafiantes y atrevidos y eso nos lo van a querer cobrar. Darle un vuelco a la historia, y sobre todo ponerla a saltar hacia adelante, es algo que casi nunca sale gratis. A este pueblo lo han castigado por su altivez y su gallardía, y no hay nada que indique que ahora nos van a tratar mejor.(4)

Como sabiamente nos aclara la situación José Roberto Duque: Es buena la soñadera pero viene un tiempo de piedra, concreto y más de un candelorio. Es bueno soñar pero vienen tiempos crudos, de sufrimiento y muerte, porque acecha la victoria que ellos tanto temen.

Y es bueno recordar que lo que se juega en Venezuela es algo grande e importante, no solo para ellos, pues lo es para el mundo entero. Es el que los recursos y las riquezas de una nación lo sean para sus legítimos dueños, todos y cada uno de los habitantes de ese país, y no para llenar todavía más los inabarcables almacenes de la codicia de las familias más ricas, las corporaciones. Y se juega también que pasemos definitivamente de un mundo unipolar, de un intolerante y usurpador imperio, a otro multipolar, donde pueda aflorar la diversidad, donde se reparta con algo más de igualdad la riqueza, donde se escuchen las esenciales voces acalladas y donde impere la razón y cierto aprecio por la justicia.

Un mundo tan normal como debería ser y resulta no serlo.

Referencias-Notas:
1. Gonzalo Puente Ojea. Elogio del ateísmo. Siglo Veintiuno Editores, S.A. 1995. pp. 330-392.
2. Ángeles Díez. ¿Quién teme a la Constituyente venezolana? forocontralaguerra.org. 28.07.2017.
3. Michael Parenti. The face of imperialism. Paradigm Publishers. 2011, p.118.
4. José Roberto Duque. ¿Y ahora qué viene? 30.07.2017

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