El Palabro
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Año V. /

 

Libro de los imbéciles
Salvador Sostres
Edhasa

“Escribo sobre la imbecilidad para intentar librarme de ella, por eso mucho de los capítulos están dedicados a algunas de mis peores noches. Para obligarme a asumir mi mediocridad, para ser consciente de mis limitaciones y para insistir en el camino no siempre fácil de la sonrisa y de la amistad. Porque creo que uno no es imbécil cuando mete la pata, cuando se equivoca o cuando pierde. La imbecilidad es una cosa distinta. La imbecilidad es un estado del espíritu.
Somos imbéciles cuando no existe distancia entre nosotros y nosotros mismos, cuando en lugar de vivir, acumulamos para mañana como si le debiéramos algo a la posteridad”

La miseria es la miseria, con sus silencios, sus fríos, sus miradas deshabitadas como pueblos que ya no existen. Entre la miseria y la muerte queda sólo el bestial instinto de sobrevivir. No hablo de eso. Hablo de los que pueden. De los que viven, de los que tienen algo más que jugarse a los chinos que su vida y su camisa. No mucho más, a veces, pero vaya. De los que están al lado de los buenos. Al otro lado de la desolación, con más lujos o menos. Al lado de la Europa fértil y no en la otra orilla del Mediterráneo donde Samir, soñando España, desnudaría su cuerpo hermoso y lo lanzará a las aguas. Hablo de nosotros. De mí, que tengo tiempo para escribir libros, y de usted, que tiene noche por delante para leerlos. Y entre nosotros no hay nada tan desesperante como la ignorancia, porque hay medios para que no exista. Ser imbécil es no saber vivir. Vivir o no vivir sí es cuestión de dinero. Pero saber o no saber vivir, vivir bien o vivir mal, no es cuestión de dinero. Es cuestión de cultura. De cultura vital: no hablo marcas de zapatos ni de botellas de champán. Hablo, como Serrat, de ser partidario de vivir. De optar por la vida. Para ser imbécil hacen falta, pues ciertas condiciones. Sin dinero se es un pobre, pero no por ello un imbécil, y es necesario también tener acceso a determinada información, y hasta puede que sea un ignorante encantador. Por eso, lo más importante para ser imbécil es haber estado cerca de todo pero no haber entendido nada. Los poetas que no son mejores que sus poemas son unos imbéciles. El empresario que tiene mil millones en el banco y sigue trabajando diez horas al día es un imbécil. Vivir. Se trata de vivir. De estar a favor, de bailarles a los días para que los días se pongan de tu parte. Además de aciagos, nuestros tiempos son extraordinariamente veloces: todo pasa muy deprisa. Y aunque detesto las prisas y sus sudores, luego se llega a los ochenta años y entonces qué.

Tenemos ese compromiso, el compromiso de la felicidad, y si les suena muy fuerte pues digamos simplemente que el de la alegría. Si renunciamos somos unos imbéciles. Si por escribir estas historias dejo de ir a cenar con Juan soy un imbécil: sólo un imbécil o alguien muy necesitado acude a cenar llamadas de convención o de negocios: se cena con los amigos, con la gente querida, porque las cenas son los sombreros de los días, su vestido definitivo, y mejor que sea Arman que un triste mono azul manchado de grasa.

He escrito sobre la imbecilidad por dos motivos. El primero porque, como Celaya,”maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales ”. Atropellados nuestros derechos ya sólo nos queda exigir nuestros deberes. Mi modo de ser contemporáneo, de pertenecer a mi tiempo como mi tiempo me pertenece, es explicando mi modo de encajar en el mundo: en los pechos de Natalia, en los reproches de mi madre, entre las redes asfixiantes de un poder que cada mañana se levanta con el propósito de que no vivamos para contarlo. Para tan alta empresa estos cuentos son poca cosa, ya lo sé, pero de momento es todo lo que puedo contarles si no desde la sinceridad, que es una palabra excesiva para cualquiera que pueda ser un poco sincero, como mínimo sí desde la honestidad: yo no sé si escribo peor o mejor, de cosas que les van a interesar más o menos, pero lo que sí les prometo es que les voy a jugar limpio. Y el segundo motivo por el que escribo sobre la imbecilidad es una inevitable confesión de debilidad. Escribo sobre la imbecilidad para intentar librarme de ella, por eso mucho de los capítulos están dedicados a algunas de mis peores noches. Para obligarme a asumir mi mediocridad, para ser consciente de mis limitaciones y para insistir en el camino no siempre fácil de la sonrisa y de la amistad. Porque creo que uno no es imbécil cuando mete la pata, cuando se equivoca o cuando pierde. La imbecilidad es una cosa distinta. La imbecilidad es un estado del espíritu. Somos imbéciles cuando no existe distancia entre nosotros y nosotros mismos, cuando en lugar de vivir, acumulamos para mañana como si le debiéramos algo a la posteridad. Cuando se pisa sin mirar si hay alguien debajo, por diminuto que sea alguien, ese “alguiencillo”, por insignificante que nos parezca. Cuando pasa la vida por la ventana de nuestro ático, nos invita a pasear con ellos, y no bajamos.

Por favor: Tengan todos la amabilidad de leer el referido libro antes de ir a votar, antes de tomar una decisión, pues en la cita electoral nos jugamos mucho. No todos son iguales, pero ya es hora de exigir LISTAS ABIERTAS, reclamando que existan concejales de barrio y que nadie pueda estar en el mundo político un tiempo superior a 8 años. Hay demasiado profesional de la política, experto en "olvidar" y en menospreciar las peticiones, iniciativas, demandas y propuestas ciudadanas. Es urgente cambiar las reglas del juego e impulsar una verdadera participación horizontal.

Las Juntas de Distrito no funcionan, pues no canalizan ni atiendan a los ciudadanos ni a los diversos colectivos cívicos. Es hora de que se active un debate abierto, plural... evitando la esclerosis y la falta de puentes entre nuestros representantes públicos y nosotros, sufridos contribuyentes y eternos aspirantes a "ciudadanos".

No debemos tolerar la falta de participación y el desprecio real que sufrimos por parte de todos los partidos. Ninguna de las actuales organizaciones políticas tienen verdadero y genuino interés en escucharnos, en atender nuestras propuestas.

Es el momento de hablar claro y exigir compromisos escritos y firmes.

LQSomos. Antonio Marín Segovia. Mayo de 2007
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