El Palabro
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Año V. /

 

Una mujer en Berlín
 Anónimo - Biografía - Ed.Anagrama - 2005 -

 "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." Las Ciudades Invisibles, Italo Calvino

Berlín tiene un sentido especial, muy importante para un servidor; por eso he leído de un tirón el libro aquí reseñado. Un día entero me ha bastado para quedarme helado y constatar que seguimos siendo unos brutos, unos energúmenos a pesar de vestir traje y corbata, cenar en restaurantes donde hay de todo menos alimentos, a la par  que lucimos aparentes y superficiales "buenos modales", sin olvidar que podemos viajar en un Mercedes y navegar vertiginosamente por las procelosas y turbulentas aguas de Internet... No hay palabras para describir el alto grado de violencia permanente (soterrada o visible) que hay en el ser humano, independientemente de las circunstancias y las "culturas". No se puede esgrimir excusa alguna para justificar que la adversidad o la derrota pueda o deba ser el motor de una epidemia de maldad general. Si la cultura no nos hace realmente solidarios, reflexivos y creadores de redes de apoyo igualitarias y fraternales, es que realmente somos una plaga, unos seres aberrantes y destinados a la autodestrucción, a romper y manchar todo lo que tocamos, todo lo que vemos...

Lo peor y realmente lamentable es constatar la enorme y permanente incapacidad para reconocer, con la debida humildad y contundencia, la existencia de un comportamiento mezquino y sistemático, respaldado de una forma clara y visible por la gran mayoría de todos los que nos llamamos humanos. "Una mujer en Berlín" es un inventario detallado, exacto y despiadado de la gran miseria y maldad calculada que hay, que vive  en cualquier hombre, independientemente de ser adicto a las victorias o hijo de las derrotas. También es una lección extraordinaria del valor y dignidad de las mujeres, "abandonadas" por sus compañeros, novios, maridos, padres...

Lo terrible y condenable es que gran parte de los alemanes siguen escondiendo y negando su responsabilidad intelectual y material en los nefastos y terribles hechos y en las causas que provocaron la II Guerra Mundial.

El progreso tecnológico y el gran bienestar económico no puede ocultar la responsabilidad criminal de unos hombres, de todo el pueblo alemán que no hizo nada, absolutamente nada para detener y acabar con la barbarie en todas sus manifestaciones, en todas sus expresiones...

Lo triste  es que ahora pasa igual con otras cuestiones nada baladís y son muy pocos los que alzan su voz para denunciar la mentira, la injusticia...

¿Hablamos de la precariedad laboral, de la falta de equipamientos sociales, asistenciales, educativos, culturales, recreativos, lúdicos en muchos barrios de Valencia ciudad? Eso también es violencia. Eso también es terrorismo, pues evita que los ciudadanos puedan vivir bien, vivir con unos mínimos de dignidad. En España no se cumple la Constitución y el acceso a la vivienda sigue siendo un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Un 10 por ciento vive en la gloria, mientras el resto se tiene que arrastrar por el lodo o vivir atenazados por la ansiedad, el temor a terminar en la cola del paro... No se potencia ni promueven las viviendas de alquiler a precios razonables y ajustados a la realidad. No se crea empleo estable, pues el trabajo creado en los últimos años no deja de ser un espejismo (pan para hoy, hambre para mañana), dado que está sujeto a los vaivenes de un mercado tan temporal como es el de la construcción o el turismo de geriátrico que ya tenemos instalado en la costa española...

Se ha vendido la ilusión falsa de que tener una hipoteca es ser "clase media", permaneciendo a salvo de la cutrez y de los problemas que concede la pobreza... Señoras y señores, por favor: ser un asalariado es igual que ser un obrero. Han cambiado aparentemente los "trabajos", han cambiado los nombres, pero seguimos sumergidos en las mismas servidumbres y miserias que los obreros de los años 60. Seguimos igual de explotados y engañados y no importa ser o no coetáneos de los obreros, amigos y compañeros de luchas de los pensadores y activistas Carlos Marx y Bakunin.

Tenemos una clase política y unos ciudadanos sumidos y chapoteando, gozosa y placenteramente, en la más abyecta de las irresponsabilidades y estupideces. Tenemos una sociedad repleta de cínicos bien satisfechos y dispuestos a negar la realidad aunque la mierda les llegue al cuello. El hombre cobarde y miserable, el ciudadano autista y pusilánime descrito en "Una mujer en Berlín" es vecino y compañero nuestro. No lo dude nunca. Ese ser violento, brutal, cínico, dispuesto a ofrecer a su mujer, a su madre, a su hermana, a su hija a cualquier canalla a cambio de unas monedas es usted mismo. No lo dude nunca. Ese canalla toma todos los días café y trabaja a nuestro lado, aceptando y consintiendo todos los atropellos y mentiras que nos venden los intoxicadores, los "violadores" oficiales, esos que redactan leyes y venden acciones en sus amplios despachos...

El monstruo y la estupidez viajan dentro de nosotros, en todo tiempo y lugar. Tenemos remedios paliativos de gran eficacia, pero hace falta dedicar tiempo y aprender a pensar, aprender a sentir, aceptando y reconociendo nuestras virtudes y defectos...

LQSomos. Antonio Marín Segovia. Septiembre de 2007
http://www.quediario.com/blogs/13746/


 
 
"Viernes, 11 de la noche, en el refugio, a la luz de una lamparilla de petróleo, mi libreta sobre las rodillas. Hacia las diez cayeron tres o cuatro bombas seguidas. Simultáneamente se puso a aullar la sirena de alarma. Eso significa que ahora la accionan manualmente. No hay luz. Desde el martes hay que bajar las escaleras a oscuras. A tientas y a trompicones. En algún lado chirría una dínamo manual arrojando sombras gigantescas sobre la pared de la escalera. El viento sopla a través de los cristales rotos y hace traquear las persianas para el oscurecimiento que ya nadie se preocupa de bajar... ¿Para qué?"

  
"Tengo que pararme a pensar. Qué grande es nuestra miseria espiritual (...) El futuro pende, plomizo, sobre nosotros. Yo me resisto, intento mantener encendida la llama en mi interior. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué hacer con mi vida? Estoy desesperadamente sola como para intentar dar una respuesta".
 
"De los tres soldados rusos que estaban junto a la panadera se ha esfumado uno entretanto. Los otros dos siguen a su lado discutiendo. El oficial se entromete en la conversación, sin tono de mando, de igual a igual. Capto varias veces la expresión Ukas Stalina (decreto de Stalin). Este decreto parece tratar de que no suceda “eso”. Pero naturalmente ocurre, tal como me da a entender el oficial encogiéndose de hombros. Uno de los dos reprendidos replica. Su rostro está contraído en una mueca de cólera. “¿Y qué entonces? ¿Qué hicieron los alemanes con nuestras mujeres? Grita: “A mi hermana la...” etcétera, no entiendo todas las palabras pero sí su sentido.

De nuevo trata de convencerle el oficial con mucha calma. Al mismo tiempo se va retirando lentamente hacia la puerta del refugio. Y tiene a los dos también fuera. La panadera pregunta con voz ronca: “¿Se han marchado?”

Asiento con la cabeza, pero por precaución salgo a ver al pasillo oscuro. Y ahí me pillan. Los dos estaban ahí al acecho.


Grito, grito... Detrás de mí se cierra con un sonido sordo la puerta del refugio. Uno tira de mis muñecas haciéndome avanzar por el pasillo. Ahora tira de mí también el otro poniéndome la mano en la garganta de tal manera que ya no puedo gritar, y ya no quiero gritar por temor a acabar estrangulada. Ahora tiran los dos de mí. Ya estoy tendida en el suelo. Del bolsillo de la chaqueta se me escapa algo que tintinea. Deben de ser las llaves de mi casa, mi manojo de llaves. Llego a tocar con mi cabeza el peldaño más debajo de la escalera, siento en la espalda la humedad fría de las losetas. Arriba, junto a la puerta entreabierta por la que se cuela algo de luz, uno de los hombres hace guardia mientras el otro desgarra mi ropa interior, haciéndose camino violentamente..."
 
Para enterarse y estremecerse de lo que en realidad ocurrió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial , hay que preguntárselo a las mujeres. Hay que acercarse a "Una mujer en Berlín" para conocer el alto grado de estupidez y la gran miseria que hay en el hombre, en el "macho" tradicional, tanto cuando triunfa como cuando fracasa. Y es que, entre las ruinas de una ciudad devastada, los hombres demostraron ser el "sexo más débil". Así lo ve la autora de este libro, que vivió el final de la guerra en Berlín. En este documento único no se ilustra lo singular sino lo que les tocó vivir a millones de mujeres: primero la supervivencia entre los escombros, sin agua, sin gas, sin electricidad, acuciadas por el hambre, el miedo, la enfermedad y el asco, y posteriormente, tras la batalla de Berlín, por la venganza implacable y sistemática de los vencedores rusos, otros hombres igual de prisioneros y esclavos de la maldad y la barbarie que lo fueron los alemanes.