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Vidas y cartas de Julio Cortázar y John Keats alrededor de un mundo diario e imposible
—La belleza es la verdad,— esto es todo lo que sabes de la tierra, todo lo que necesitas saber".
Oda a una urna griega
Vida y cartas de John Kyats. Lord Houghton. Ediciones Imán. 1955
Traducción y nota preliminar de Julio Cortázar. Buenos Aires – Argentina
(Libro original que fue adquirido en la librería París-Valencia hace ya muchos
años por un servidor, a cambio de un precio irrisorio)
Con una deslumbrante nota preliminar, redactada por el entonces desconocido
Julio Cortázar, podemos conocer las tensiones íntimas de uno de los poetas
románticos más auténticos que han existido. La capacidad del autor de Rayuela
para captar lo que no pudo o no quiso escribir Lord Houghton es innegable, pues
Julio descubre que la clave para entender el secreto, el magma central que
mueve toda la poesía de Keats, se encuentra en las 18 cartas que el poeta
dirige a Fanny Brawne, cartas traducidas por Concepción Vázquez de Castro de
Traversi y publicadas en Editorial Juventud, Barcelona, 1947…
Pero para no cansar al lector que se acerca por primera vez a una de las mayores
voces del romanticismo, quiero concluir con una declaración final, redactada
por el siempre actual y contemporáneo Julio Cortázar, maestro y compañero de
juegos y laberintos secretos y nunca desconocidos, y juegos son las palabras,
son los signos que nos permiten y ayudan a ser un poco más libres y dueños de
nuestro destino personal y colectivo:
"… la obra de John Keats puede alentarnos por analogía a convivir con más ahínco
esta confrontación del morador y su ámbito –tanto tiempo demorada en nuestra
América-, donde se abre el acceso a una realidad y a un destino finalmente
propios."
Y como despedida, para que podamos entender la enorme importancia que tienen los
poetas auténticos en una sociedad que aspira y anhela ser plural, abierta,
reflexiva, crítica, amable, libre… quiero transcribir el último párrafo que
culmina uno de los mejores libros, traducidos con una ternura enorme, una
ternura casi imposible por nuestro querido y laberíntico Julio Cortázar:
"El mundo del pensamiento debe quedar separado del mundo de la acción, puesto
que si alguna vez coincidieran, el problema de la Vida estaría resuelto, y la
esperanza –a la que llamamos cielo- habría de realizarse en la tierra. Y por
eso los hombres:
Son criados por la injusticia para la poesía:
Aprenden sufriendo lo que enseñarán cantando."
Un momento, por favor. No puedo acabar así, pues hay otro libro lúdico del gran
cronopio Julio, no Verne, pero casi: "La vuelta al día en ochenta mundos" donde
vuelve a renacer Keats con voz rotunda y firme, concluyendo el viaje de forma
magistral e inesperada:
"Hablo de la responsabilidad del poeta, ese irresponsable por derecho propio,
ese anarquista enamorado de un orden solar y jamás del nuevo orden o del slogan
que hace marcar el paso a cinco o a setecientos millones de hombres en una
parodia de orden, hablo de algo que disgustará profundamente a los comisarios,
a los jóvenes turcos o a los guardias rojos, hablo de una condición que nadie
describió mejor que John Keats en una carta que hace muchos años llamé la carta
del camaleón y que merecería ser tan famosa como la "Lettre du voyant". Su
preludio es perceptible en una frase escrita un año antes y como al pasar.
Keats le está diciendo a su amigo Bayley que nunca ha esperado otra felicidad
que la del puro presente, y agrega como al descuido: "Si un gorrión se posa
junto a mi ventana, tomo parte en su existencia y picoteo en el suelo…" En
octubre de 1818 el gorrión se vuelve camaleón en una carta a Richard Woodhouse:"En cuanto al carácter poético en sí… no tiene un yo, es todo y es nada: no
tiene carácter, goza con la luz y con la sombra, vive en lo que le gusta, sea
horrible o hermoso, excelso o humilde, rico o pobre, mezquino o elevado. Tanto
se deleita en concebir a un Yago como a una Imogena. Lo que choca al virtuoso
filósofo deleita al poeta camaleón… Un poeta es lo menos poético de cuanto
existe; como no tiene identidad, continuamente tiende a encarnarse en otros
cuerpos… El poeta no posee ningún atributo invariable; ciertamente es la menos
poética de todas las criaturas de Dios".
Llegado el caso –no hay más que leer su correspondencia-, Keats era tan capaz
como cualquiera de tomar partido y optar sartrianamente por lo que creía bueno
o justo o necesario, pero ese sentimiento de esponja, esa insistencia en
señalar una falta de identidad como tanto después le ocurriría al Ulrich de
Robert Musil, apunta a ese especial camaleonismo que nunca podrían entender los
coleópteros quitinosos. Si conocer alguna cosa supone siempre participar de
ella en alguna forma, aprehender, el conocimiento poético se desinteresa
considerablemente de los aspectos conceptuales y quitinizahbles de la cosa y
procede por irrupción, por asalto e ingreso afectivo a la cosa, lo que Keats
llama sencillamente tomar parte de la existencia del gorrión y que después los
alemanes llamarán Einfühlung, que suena tan bonito en los tratados. Todas estas
cosas consabidas pero vivimos un tiempo latinoamericano en el que a falta de
verdadero Terror hay los pequeños miedos nocturnos que agitan el sueño del
escritor, las pesadillas del escapismo, denlo compromiso, del revisionismo, del
libertinaje literario, de la gratuidad, del hedonismo, del arte por el arte, de
la torre de marfil; la sinonimia y la idiotez son largas.
Todo comisario está pronto a ver en el poeta al maricón o al cocainómano o al
irresponsable de turno; y lo más espantoso es que alguna vez hubo un comisario
llamado Platón. A mí, como a todos los de turno, me tocarán mis comisarios que
reprocharán a este libro su efervescente vocación de juego. ¿Para qué
defenderme? Otra vez me voy con Keats a vagar por ahí, pero antes escribimos
con tiza en el paredón de la comisaría estas cosas que alguna vez se sabrán
hasta en ellas.
Si, señora, desde luego que en el acto racional del conocimiento no hay pérdida
de identidad; por el contrario, el sujeto se apresura a reducir el objeto a
términos categorizables y petrificables, en búsqueda de una simplificación
lógica a su medida (que el comisario trasladará a la simplificación ideológica,
moral, etc, que hace dormir en paz a los prosélitos). La conducta lógica del
hombre tiende siempre a defender la persona del sujeto, a parapetarse frente a
la irrupción osmótica de la realidad, ser por excelencia el antagonista del
mundo porque si al hombre lo obsesiona conocer es siempre un poco por
hostilidad, por temor a confundirse. En cambio, ve usted, el poeta renuncia a
defenderse. Renuncia a conservar una identidad en el acto de conocer porque
precisamente el signo inconfundible, la marca en forma de trébol bajo la
tetilla de los cuentos de hadas, se la da tempranamente el sentirse a cada
paso, el salirse tan fácilmente de sí mismo para ingresar en las entidades que
lo absorben, enajenarse en el objeto que será cantado, la materia física o
moral cuya combustión lírica provocará el poema.
Sediento de ser, el poeta no cesa de tenderse hacia una realidad cada vez mejor
ahondada, más real. Su poder es instrumento de posesión pero a la vez e
inefablemente es instrumento de posesión, pero a la vez e inefablemente es
deseo de posesión; como una red que pescara para sí misma, un anzuelo que fuera
a la vez ansia de pesca. Ser poeta es ansiar, pero sobre todo obtener, en la
exacta medida en que se ansía. De ahí las distintas dimensiones de poetas y
poéticas; está el que se conforma con el deleite estético del verbo y procede
en la medida circunstanciada de su impulso de posesión; está el que irrumpe en
la realidad como un raptor de esencias y halla en sí mismo y por eso mismo el
instrumento lírico que le permitirá arrancar una respuesta de lo otro capaz de
volverlo suyo, de hacerlo suyo y, por lo tanto, nuestro; instancias como las
Duineser Elegien de Rilke o Piedra de Sol de Octavio Paz fracturan para siempre
la falsa valla kantiana entre el término de nuestra piel espiritual y el gran
cuerpo cósmico, la verdadera patria.
Mire usted, señora, la experiencia humana no basta para hacer un poeta, pero lo
engrandece cuando se da paralelamente a la condición de poeta y cuando el poeta
comprende la especial relación con que debe articularlas. Tocamos aquí la raíz
del malentendido romántico a lo Espronceda o Lamartine, el hecho de creer que
la condición poética debe ser sometida a la experiencia personal (experiencia
del sentimiento y las pasiones, experiencia de los imperativos morales y las
pasiones) en vez de ser éstas las que enriquecidas y purificadas por una
intuición poética del mundo, actúen como estimulos del verbo y lo proyecten
fuera del ámbito meramente personal parar volverlo poema y, por eso mismo, obra
verdaderamente humana. En Keats, un hombre de persona inequívocamente definida
en el plano moral e intelectual, ¿por qué hay una aparente contradicción entre
su "humanidad" personal y el tono jamás "comprometido" de su bora? ¿A qué
responde ese infatigable sustituirse por distintos objetos poéticos, ese
negarse a estar como persona en el poema?
Señora (y esto lo escribiremos con mayúsculas en la puerta de la comisaría), en
eso reside la clara elucidación del problema. Sólo los débiles tienden a
enfatizar el compromiso personal de su obra, a exaltarse compensatoriamente en
el terreno donde su aptitud literaria los vuelve por un rato fuertes y sólidos
y del buen lado. Muchas veces se es autobiográfico o panegirista (los poemas al
héroe-yo o al héroe político del momento, da lo mismo) como en otros terrenos
se es racista: por flojera, por sentimiento de inferioridad ¿Para que abundar
en ejemplos que están en todas las memorias, en poemas que tantos célebres
señores quisieran hoy borrar de sus obras completas? La íntima seguridad que
tiene Keats de su plenitud interior, la confianza en su intrínseca humanidad
espiritual ("it takes more than manliness to make a man" decía D.H. Lawrence,
que sabía de eso) lo liberan tanto del narcisismo confesional a lo Musset como
de la oda al libertador o al tirano. Frente a los comisarios que reclaman
compromisos tangibles, el poeta sabe que puede anegarse en la realidad sin
consignas, dejarse tomar o ser él quien tome la soberana libertad del que tiene
las llaves del retorno, la seguridad de que siempre estará él mismo
esperándose, sólido y bien plantado en la tierra, portaaviones que aguarda sin
recelo la vuelta de sus abejas exploradoras.
Coda personal
Por eso, señora, le decía yo que muchos no entenderán este paseo del camaleón
por la alfombra abigarrada, y eso que mi color y mi rumbo preferidos se
perciben apenas se mira bien, cualquiera sabe que habito a la izquierda, sobre
el rojo. Pero nunca hablaré explícitamente de ellos, o a lo mejor sí, no
prometo ni niego nada. Creo que hago algo mejor que eso, y que hay muchos que
lo comprenden. Incluso algunos comisarios, porque nadie está irremisiblemente
perdido y muchos poetas siguen escribiendo con tiza en los paredones de las
comisarías del norte y del sur, del este y del oeste de la horrible, hermosa
tierra.
Nota:
John Keats es, sin duda alguna, uno de los más clásicos poetas románticos
ingleses. Con una vida corta y marcada por la pobreza y la enfermedad, tuvo el
joven escritor, la singular capacidad de captar y ver las claves, los sencillos
secretos que permiten vivir la vida dentro de la belleza, dentro de la verdad,
esa verdad hermosa y terrible que no debe ser gritada, voceada en público, pero
sí debe ser susurrada y compartida con los iguales, con la persona que puede
unirse a nuestra mirada interior, a nuestra voz primera, para lograr renacer en
la única patria que todos necesitamos, que todos anhelamos: el árbol, el agua,
la estrella, el fuego, objetos de la naturaleza camuflados, disfrazados siempre
en un beso, en una sonrisa o en un abrazo…
El cuerpo físico de Keats reposa en la ciudad de Roma, en el cementerio de
Disidentes, siendo interesante conocer el epitafio colocado en su tumba para
tener una idea general y real de la filosofía que impregna y conduce todo su
quehacer poético: "Aquí hace uno, cuyo nombre fue escrito en el agua".
También conviene tener presente siempre que intentemos decir algo hermoso y
verdadero que todo debe nacer y surgir de nuestra voz, de nuestra mirada, de
nuestras manos con total espontaneidad, sin forzar, sin presionar… Si la
ternura y la belleza no surgen, directa, salvaje y claramente, no será sentida
ni percibida por los otros como algo real, necesario y bueno…
La poesía, el arte, la vida y las relaciones personales deben nace, hacerse,
mantenerse de forma espontánea y directa…
Las personas que aspiran a ser igual que un árbol o tan veloces como el fuego,
saben muy bien que lo natural, lo hermoso y lo que es verdadero y eterno se
siente siempre, siendo totalmente absurdo e injustificado añadir alguna
explicación o comentario a un beso, a un abrazo o una sonrisa… igualmente, si
somos un poco sensibles y algo inteligentes, podremos percibir y captar todo
aquello que es fruto del aburrimiento, la tristeza funesta, la violencia
servil, la estupidez, el engaño o la codicia… Sobran palabras y falta que un
corazón común pueda unir, bajo un mismo latido, todos los océanos y universos
que contienen y se cobijan dentro de todas nuestras miradas presentes y
futuras.
LQSomos. Antonio Marín Segovia. Mayo de 2007
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