| Año V. / | |||||
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El cuento que Cortázar nunca escribió: El cantante En este ensayo abordamos la relación de Julio Cortázar con el jazz para proponer que, de haber conocido la música salsa, éste habría escrito un cuento, como el que escribió sobre Charlie Parker, sobre Héctor Lavoe, uno de los emblemas de la salsa puertorriqueña. Ante la ausencia de este cuento, El cantante, película sobre Lavoe que realiza el director León Ichaso, supone la posibilidad de llenar ese agujero literario. Cuando pienso que, en términos musicales, Julio Cortázar, por todas las razones personales y culturales que conocemos, ignoró la salsa emblemática de los años sesenta y setenta —como es sabido, Cortázar orbitó alrededor del jazz en general y del bebop en particular—, siento que la literatura latinoamericana perdió un gran cuento: precisamente, el que Cortázar pudo haber escrito sobre “El Cantante de los Cantantes,” “el jibarito de Ponce,” Puerto Rico, Héctor Lavoe. La idea es ésta: de haber orbitado alrededor del universo de la salsa clásica, Cortázar, sin lugar a dudas, habría escrito un cuento sobre Lavoe. De eso puede estar segura la cultura puertorriqueña. ¿Por qué? Porque El Cantante encarnó como ningún otro salsero de su época —el boom de la salsa— el pulso más intersubjetivo de esa música caribeña y urbana; una música que marcó, entre otras identidades culturales, una manera de ser puertorriqueño y latino en Nueva York. En la medida en que Lavoe fue ese momento de la salsa clásica, su protagonismo musical y existencial, incide en la literatura cortazariana. Si Cortázar hubiera sido salsómano, si hubiera leído El libro de la salsa (1980), si hubiera conocido a Isamel Rivera, Rafael Cortijo, Ray Barreto, Joe Cuba, Eddie y Charlie Palmieri, Willie Colón, hoy quizás nos podríamos dar el lujo de releer un cuento sobre Lavoe escrito desde esta mirada cortazariana: la que, después de haber reflexionado sobre la subjetividad jazzística de Charlie Parker en “El perseguidor” (1959), se habría interesado en “el otro lado” de esa indagación subjetiva. A saber: no tanto el pozo existencial al fondo de la subjetividad—que, por supuesto, también es oscuro en el caso de Lavoe—, sino sobre todo la intensidad intersubjetiva que, como en la subjetividad de Johnny/Charlie Parker, conlleva en el caso de Lavoe a la búsqueda de otra temporalidad. De haber escuchado “Mi gente” (1975), uno de los temas emblemáticos de Lavoe, Cortázar habría perseguido esta pregunta: ¿en qué tiempo quería vivir El Cantante? Héctor Lavoe (1946-93) es uno de los emblemas de la salsa clásica, del sonido Nueva York que, a fines de los sesenta y principios de los setenta, El Cantante trabó con el trombonista nuyorican (puertorriqueño de Nueva York), Willie Colón: un sonido que recontextualizaba las prácticas culturales del Caribe en el contexto juvenil del Nueva York boricua-latino de la época, cuando, paralelamente al boom de la salsa, la cultura nuyorican se forjaba una identidad cultural. Lavoe fue una de las importantes mitificaciones de ese Caribe en Nueva York, como también lo fueron poetas como Pedro Pietri y Miguel Piñero, dioses de la poesía nuyorican. Encarnación del Caribe popular, oral, improvisador, callejero y masculino, Lavoe personificó la sociabilidad del goce caribeño, el llamado ventetú , como intensidad intersubjetiva, como apoteosis del cuerpo varonil que no se satisface con la noche, la música y las drogas —y que por eso, siempre quiere más—. Como un dios, Lavoe se dio a querer entre su gente de Nueva York, Puerto Rico e Hispanoamérica; en sus años de apogeo, el público le celebró todas sus excentricidades. Como ha dicho Willie Colón, según la biografía de Edgardo Soto Torres, a Lavoe los fanáticos “lo “malcriaron.” A cambio, El Cantante los ponía a gozar con su alegría popular, su labia refranesca, sus improvisaciones, sus soneos cadenciosos, su picardía, su masculinidad de esquina, su andar de guapo, su atuendo de jodedor, su jibarismo puertorriqueñista que era, en el fondo, un hispanoamericanismo anclado en la solidaridad del migrante del campo a la ciudad. Por eso en la ciudad chalaca, El Callao, Perú, como si se tratara de otro puerto caribeño, el público peruano le hizo un monumento a Lavoe; por eso el melómano peruano Eloy Jáuregui Coronado, lo reverencia como “el tenor de esquina.” Lavoe intensificó la reciprocidad que, según Ángel Quintero Rivera en Salsa, sabor y control (1998), caracteriza la sociología de la “música tropical,” una sociología que, a tono con la realidad musical, privilegia las dinámicas de reciprocidad en vez de, como en la modernidad céntrica, las del individualismo posesivo. La sociología de la música tropical se da desde una alegría crítica; lo colectivo se reafirma como medida de una temporalidad: el futuro como promesa de alegría colectiva. Desde la sensibilidad de “La voz” —otro de los epítetos de Lavoe—, intensificar la reciprocidad incide en la búsqueda de una pulsión más profunda: el deseo de encontrar una temporalidad otra que le permita permanecer en la intensidad intersubjetiva todo el ahora que sea posible. Si, según Cortázar, Johnny/Charley Parker vivía en la difícil simultaneidad del presente-pasado-futuro, por lo cual Johnny se tenía que valer de un lenguaje como éste: “esta canción la toqué mañana,” Lavoe buscaba un ahora ubicuo, intoxicante, que le colmara el cuerpo. Por eso, Lavoe no pudo salirse, como otros salseros lo hicieron, de la heroína; por eso la impuntualidad lo caracterizó; por eso vivió la sociabilidad como una afición a la juerga; por esa intensidad, en general, la proclividad al exceso marcó su sentido de la reciprocidad. Lavoe lo quería todo para esa intensidad recíproca: gozar hasta el exceso con los demás. Nadie lo ha dicho como Jáuregui Colorado: Lavoe “es un cantante singular para la pelvis plural.” De ahí que el leitmotiv de El Cantante fuera éste: mi gente, yo los voy a poner a gozar . A falta del cuento que Cortázar no escribió sobre Lavoe, los que valoran el aporte del sonero puertorriqueño a la cultura popular caribeña, tendrán pronto la oportunidad de ver en la pantalla grande el cuento que pudo haber escrito Cortázar sobre Lavoe. Se trata del último proyecto del director cubano León Ichaso, quien empezó a filmar El cantante en noviembre de 2005 y en enero de 2006, en Nueva York y Puerto Rico, respectivamente. Ichaso espera estrenar la película en el verano de 2007. La apuesta es ésta: si Ichaso logra interpretar la intersubjetividad de Lavoe como interpretó en su última película, Piñero (2001), la idiosincrasia del poeta nuyorican, Miguel Piñero; una interpretación desde la mitificación poética; entonces, las posibilidades de que Ichaso nos provea una aproximación al cuento que pudo haber escrito Cortázar sobre Lavoe, aumentan significativamente. De haber escrito el cuento sobre El Cantante, Cortázar, como hizo con Johnny/Charlie Parker, habría poetizado la sociabilidad del mito-Lavoe, pues esa intersubjetividad, como en el caso de la subjetividad del mito-Johnny/Charlie Parker, está íntimamente relacionada con la realidad trágica que marcó la excepcionalidad de Lavoe. A esa intersubjetividad, subrayaría Cortázar, sólo se llega mediante la poiésis . El reto de Ichaso es claro: llegar a Lavoe en El cantante sin repetir al Piñero de Piñero , dos poeticidades de la cultura popular puertorriqueña en el contexto de Nueva York que, a pesar de las semejanzas, se diferencian de una manera importante. El mundo caleidoscópico de Piñero no es el mundo parrandero de Lavoe. Si Piñero se pensó como “filósofo de la mente criminal,” Lavoe fue una manera de vivir . Mientras que la biografía de Lavoe periclita hacia la tragedia familiar y personal—por ejemplo, El Cantante intentó matarse al tirarse desde un noveno piso, y sobrevivió—, en el caso de Piñero, a lo trágico le bastó con un solo jaque mate: la cirrosis y/o el SIDA que lo ultimó en 1988. Las cenizas de Piñero están regadas por las calles del Lower East Side de Manhattan; el cuerpo de Lavoe descansa en Ponce, Puerto Rico. Para que la película de Ichaso —en la que actúa la popular pareja del salsero Marc Anthony, como Lavoe, y Jennifer López, como Puchi, esposa de Lavoe— nos permita la ilusión de leer el cuento que Cortázar nunca escribió de Lavoe, El cantante tiene que, como poco, ahondar en el sentido de la reciprocidad que Lavoe dramatiza; un espacio de libertad que, no obstante, es saboteado por la tragedia, lo irracional del universo cortazariano, hasta que gana finalmente la muerte. El cuento que Cortázar nunca escribió, El cantante , será dentro de poco la película que, desde hace mucho tiempo, Lavoe se merece; Ichaso tiene la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro (paralelamente al rodaje millonario de Ichaso, se produce en Puerto Rico otra película sobre Lavoe de bajo costo, The Singer: The Héctor Lavoe Story , dirigida por Anthony Felton). LQS. Francisco Cabanillas
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