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Año V. /

 

 

Angel González In Memoriam  

En la madrugada del 12 de enero de 2008 falleció el poeta, a los 82 años, en Madrid, a causa de un fallo respiratorio.

Nacido en Oviedo el 6 de septiembre de 1925, su infancia estuvo marcada por la sombra de la guerra civil y por la muerte prematura de su padre, un pedagogo republicano. Huérfano con su hermano Manuel fusilado cuando Oviedo se encontraba bajo el poder franquista, y Pedro, el otro hermano saliendo al exilio. Enfermó de adolescente de una grave tuberculosis justo cuando a Maruja su hermana maestra le permitieron los franquistas volver a la enseñanza, pero enviándola castigada por ser republicana a un pueblo de aires limpios, perdido en las montañas de León. Ángel González recuperó ahí, en Páramo de Sil, su salud y luego se hizo poeta.  

Tras estudiar Derecho en la Universidad de Oviedo, en 1950 se instaló en Madrid donde comenzó sus estudios de Periodismo, y donde se presentó a las Oposiciones para Técnico de la Administración Civil. Así, consiguió ingresar en el Cuerpo Técnico de dicha administración, y después de pasar varios años en Sevilla, adonde fue destinado, pidió la excedencia y se marchó a Barcelona, donde ejerció como corrector de estilo de algunas editoriales, entablando amistad con autores de la talla de Carlos Barral o José Agustín Goytisolo.  

El recuerdo de la guerra civil surgirá en su primer libro, Áspero mundo (1956), con el que obtendría un accésit del Premio Adonais

Al volver a instalarse en Madrid inicia una estrecha relación con los autores Juan García Hortelano, Gabriel Celaya, Caballero Bonald, así como con otros exponentes de la generación del 50, generación a la que se adscribe, en la que los autores incorporaron a la lírica española nuevas reivindicaciones sociales unidas a su preocupación por el lenguaje. Su poesía social viaja entre la solidaridad y la libertad, al igual que la de otros colegas generacionales como José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y José Caballero Bonald.  

Ángel González Muñiz era académico de la Lengua y fue galardonado con diversos premios por su obra literaria. Entre su obra poética figura "Áspero mundo" (1956), "Grado elemental" (1962), "A todo amor" (1988), la antología "Lecciones de cosas y otros poemas" (1998), la selección personal de cien poemas y otros inéditos "101+19=120" (2000) y "Otoño y otras luces" (2001).

Aparte de su extensa obra poética, González colaboró con el cantautor Pedro Guerra en el libro-disco "La palabra en el aire" (2003).

Joaquín Pixán, el tenor asturiano, grabó en 2004 un CD con textos de Ángel González y música de diferentes compositores como Enrique Truán, Ramón Prada, Jorge Muñiz, Juan Durán, José Luis Marco y Milena Perisic, bajo el tituló de Voz que soledad sonando, 18 temas acompañados al piano por Alejandro Zabala y al acordeón por Salvador Parada. El propio poeta dijo de cómo este trabajo valía para demostrar “la altura y la belleza que pueden alcanzar las palabras cuando una buena canción las devuelve a su sitio, que es el aire”

Sus últimos libros se publicaron en 2000 y 2001, y fueron 101+19=120 poemas y Otoños y otras luces.

Primera evocación

Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos-nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
 de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...

Ángel González

LQSomos. Redacción. Enero de 2008  


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