El Palabro |
| Año V. / | |||||
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Oscar Portela y una poética personalísima La poesía porteliana es, por definición, la forma en palabras de un cosmos que le pertenece, un cosmos que contiene sus propias claves y sus muy personales objetivos. Lo que, desde luego, no es poca cosa frente a las vacilaciones, los cambios imprevistos de rumbo y las caídas en el vacío, más o menos evidentes, que señalan los intentos de otros autores. En la obra de Oscar Portela, todo parece estar delineado y ya en germen inclusive a partir de sus primeros títulos, como en el inicial Senderos en el Bosque, que data de 1977. Es uno de los pocos, escasísimos casos de coherencia, tanto estilística como de sentido, que exhibe la poesía argentina. En muy contados autores nacionales veremos esta particularidad que distingue a Portela; quizá el ejemplo más acabado sea el de Juan Laurentino Ortiz, el "otro gran entrerriano". Es groseramente obvio advertir que al hablar de esta coherencia admirable no
me estoy refiriendo a una simple repetición de tópicas y recursos de estilo,
a un discurso más o menos ingenioso que oculta una pesada tautología.
Por el contrario, me estoy refiriendo expresamente a la constante Ya por esta riqueza expresiva y por el eximio manejo de todos y cada uno de
los recursos expresivos que le proporciona nuestra muy plástica lengua, el
castellano, Portela, si no tuviese todo lo demás que caracteriza a su obra,
sería un poeta de fuste. Pero además de estas capacidades, que no son sólo
habilidades técnicas, Portela exhibe la visión y lo que es todavía mucho
mejor, la comprensión de los muchos sentidos que tiene ese misterio
indefinible que es la poesía pura, aquello que nos hace detenemos ante un
verso y releerlo no una vez, sino muchas, porque algo extraordinario y
sublime -voy también yo a emplear aquí este arcaísmo, según lo creen los
tiempos que corren- algo sublime, decía, apareció ante nuestros ojos. Y
claro, una vez que apareció, queremos volver a verlo una y otra vez, no
deseamos que se aparte de nuestros ojos o, mejor dicho, somos nosotros los
que no deseamos apartamos de su asombrada contemplación.
A los hombres, a los pocos hombres que son capaces de revelarnos algo así, LQSomos. Luíz Benítes. Noviembre de 2006 |