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Tres breves, pero intensos poemas de
Raúl González Tuñon, escogidos por Mónica
Oporto.
Prohibido
celebrar el Primero de Mayo
En la profunda soledad de las fábricas grises
En la oscura herramienta silenciosa
En los quietos arados pensativos
En las minas que guardan el secreto del tiempo
En los puertos que esperan con las naves calladas
En los hangares pálidos y el petróleo cautivo
En el olor a bosque derramado de los aserraderos musicales
En la estación que invaden las libres mariposas
En el bostezo de las frías oficinas
En el libro cerrado sobre la mesa familiar
En la lámpara sola que alumbró la vigilia
En los niños que sueñan con las islas distantes
En el canto que cantan los arrieros y el grillo
En la lluvia que hace nacer las azucenas
En el aire en el fuego en el agua en la tierra
Nosotros nos hacemos presentes con el día.
Nosotros los proscriptos miramos allá lejos
Donde la primavera perdida está esperando
Muerte
del Heroe
(Buenaventura
Durruti)
Juego
de la linterna y el gatillo
lo veo en el retrato del prontuario,
de frente, de costado, con un número,
con un cabello turbio y despeinado.
(Sólo faltaba arriba una paloma
con algo de furioso y delicado.)
Lo
veo en el vestíbulo del Banco
donde están los ingleses,
en pleno mediodía del asalto,
multiplicando en los espejos cóncavos
de parque de atracción y policía,
clima de enfermería y tren ligero,
aire de boletín de última hora
subiendo en el coraje desatado
la escalera del miedo.
Lo
veo en las polémicas del hierro,
en los locales de los sobresaltos,
en las noches del cuero y el cemento,
en los subsuelos de la harina,
en las llanuras del asfalto,
en los techos del vino y del petróleo,
en las vigilias de tabaco y cebo,
en las orillas de los sindicatos
con luna presidiaria y ateneo.
Lo
veo derramando plomo y oro
por las huelgas del mundo,
comandante,
lejos aún de la bala de plata
fundida para él un siglo antes.
Lo
veo por los muelles del acero,
por los enlaces ferroviarios,
por las traseras de los frigoríficos,
por las tabernas de los jornaleros
y el paredón del arrabal llovido
cuyo revoque evoca todavía
su perfil bondadoso y pistolero.
En
donde yacen los himnos anarquistas,
entre tahonas, libreros de lance,
novias de fugitivos y retratos
de Francisco Ferrer ya fusilado;
durante el heroísmo sin consignas,
antes del cine y de los comisarios
oh, qué auténtica entonces
su mezcla de cordero y de leopardo,
qué madurez crecida de repente,
qué francotirador y Jesucristo
su corazón, perdido por noviembre.
¡Desciendo
la bandera hasta el cadáver!
Me encamino al espectro preferido,
vuelvo a ver una calle con un río
de manifestación y cementerio
y a él sobre el caos, levantando
su índice muerto.
La
luna con gatillo
Es
preciso que nos entendamos
Yo hablo de algo seguro
Y de algo posible.
Seguro es que todos coman
Y vivan dignamente
Y es posible saber algún ida
Muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces es necesario que esto cambie.
Un poema no es una mesa,
Ni un pan,
Ni un muro,
Ni una bota.
Un poema es un poema
Y ya esta todo dicho
Con un pan,
Con una mesa,
Con un muro,
Con una silla,
No se puede cambiar al mundo.
Con una carabina,
Con un libro,
Eso
es posible.
Comprendéis
por que
El
poeta y el soldado
Pueden
ser una misma cosa?
Subiré
al cielo,
Le
pondré gatillo a la luna
Y
desde arriba fusilare al mundo,
Suavemente,
Para
que esto cambie de una vez.
Raúl González
Tuñon
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