| Año V. / | |||||
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Adelante, que el ideal ¡nunca se rinde! Luis era un catalán de voz gruesa que parecía envolver las palabras en la boca al decirlas y veterano de la guerra civil en España llegado al Ideal a principios del cuarenta. Por la consabida argentinada de llamar turco a un armenio o ruso a cualquier judío, el hombre fue nombrado ‘el gallego Luis’ que al tomar su trabajo y escuchar ‘los lunes usted tendrá su día franco’, respondió ‘Franco jamás, digamos que será mi día libre’. Y sólo por eso, si aquel primerizo con echarpe y gorra sobre las orejas le hubiera calculado mejor los puntos, en vez de amenazarlo con un ’38 largo ese día se quedaba abrigado en su casa mirando a Batman por televisión. - No te muevas carajo y viva la lucha popular – lo apuró el subversivo y Luis que titubeó un instante, luego de semblantearlo casi le afloja una sonrisa. El pibe aquel le ordenaba proyectar un rollo fuera de programa y él no se calentó demasiado: acabó de tomarse un mate, repasó sus anteojos y empezó a dictarle. Y como ese viejo loco le quemaba el discurso, el sudoroso luchador armado con gorra y bufanda, obedeció - Ahora mira la ventanita; al ver tres manchas blancas arriba a la derecha tarda cinco segundos y jala esa palanca que prende la máquina dos. Aquel muchachito soñaría con entrar victorioso a Buenos Aires montado sobre una yeguita blanca que lo bajara del Aconcagua, pero el viejo Luis que olfateara mucha pólvora verdadera siguió en orientarle su práctica de combate. - Sí señor - gimoteó el pibe abrumado entre la liberación y las indicaciones. Es que al gallego Luis llegado de Cataluña hasta lo divertían las burlas que le inventaba Pepe Luzmala, el acomodador: ‘Anoche a Luis lo hirieron en el tiroteo de Arizona; cuando exhibe “Las lluvias de Ranchipur” Luis se calza los zapatos de Frankestein; o ‘señores, otra vez el operador se nos ahogó en “La Batalla del Río de la Plata”, eran las invenciones del Luzmila más conocidas en el barrio. Y esa tarde, mientras en la cabina la lucha revolucionaria se desenfrenaba, las mujeres de ‘miércoles a mitad de precio’ vieron humear el habano del Che Guevara en lugar del beso del fotógrafo y la princesita que quería vivir, al tiempo que el miliciano encapuchado sacudía tanto su bandera colorada que ya le dolían los brazos. - Vamos para atrás, pendejo – soltó Luis una carcajada. Es que pese a todo, jamás la dirigencia cubana resultó tan indecisa como en aquel momento: si Fidel Castro tronaba una palabra categórica eso sonaba a mascarita antigua y cuando el fehaciente Guevara alzaba su mano en un saludo, parecía bajarla yéndose al llegar. En verdad, con esa actitud los barbudos aún estarían matando jejenes en el monte y mientras se proyectaba celuloide al revés, a contrapierna y por el ano, los subversivos del Ideal se sentían muy pelotudos al sacudir su pabellón sin liberar a nadie. - Siéntense jóvenes o llamo al acomodador – se enojó una viejita cuando al enrollar el estandarte los ocupantes aceptaron que ese pulguiento cine de Escalada ‘no ofrecía las condiciones objetivas para lanzar la Lucha por la Liberación’ ni frase parecida. Y al repliegue se sumó el combatiente de arriba que bajó rajando la escalera olvidando sus pertrechos. Menos la gorra. - Corre chupateta, que esta pendejada le dá aire a tu enemigo - le gritó Luis, remordiendo tal vez algún propio fracaso… Así que al repartir el botín que olvidara el invasor, Pepe Luzmila, - que emergiera de su escondite gritando ‘adelante, que el Ideal nunca se rinde’- eligió el '38 niquelado y Luis prefirió la chalina de vicuña. - Para cuidarme de la bruma en “Crimen Londinense” - se anticipó el catalán al acomodador y los vagos del café. Y aquel encapuchado, quizá, en algún rincón aún guarda la bandera. LQSomos. Eduardo Pérsico. Agosto de 2007 |