| Año V. / | |||||
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Secreto de rutina Al levantarse el hombre no advirtió el guiño primaveral entre las florcitas del ciruelo. Era un día más; su esposa seguiría durmiendo, el pronóstico de la televisión no le informó de qué manera septiembre vestía el repliegue del invierno ni tampoco que el reloj de zorzales y calandrias desvelaría antes al vecindario. En su camino al tren el hombre sólo pensó en esa mujer que se le insinuaba detrás de una ventana, mojándose los labios y entornando o reabriendo su blusa; y esa mañana cuando ella lo hizo entrar, ninguno se demoró en saludos ni presentaciones. La mujer no tan mayor, de piel sedosa y que solamente pidió ser amada sin urgencias, con lentitud, le hizo perder dos trenes de cada media hora. - Señor Sánchez, hoy llegué tarde porque... – intentó esa vez ante su Jefe. El otro, siguiendo su lectura le respondió ‘tranquilo Fernando, está bien'; oración o frase luego reiterada por meses. Fernando, - abreviando lo más posible- era Subjefe de la Dirección General de Política Presupuestaria Nacional, área Familia, un trabajo políticamente reservado para que algunos miraran por la ventana, otros leyeran el Diario y los desatentos como él, se entretuvieran en ignorar las imperfecciones del cielorraso. Pese a eso, el señor Sánchez a veces requería la atención de todos al hablar de un Ministro que un día caminó muy cerca de la oficina. - Era el propio Ministro, anduvo por aquí y hasta lo vimos subir al auto. Una persona muy ocupada, se pueden imaginar, con esa responsabilidad – recitaba Sánchez y volvía a leer su lectura. Un mediodía, de modo imprevisto, el señor Sánchez avisó que durante una semana se iría de paseo con su mujer, - que nunca nombraba- y esa misma tarde la esposa de Fernando atendió un llamado que luego le comunicó. - Ah, mañana dormirás algo más. Tu amiga me informó de un viaje con su marido y te avisarán cuando vuelvan. - Gracias – dijo él. - De nada – contestó su mujer. Un poema: PRIMAVERA Buenos Aires tal vez sea el sueño de algún mago; ciudad inevitable y mía que al guiñarle un cachito de sonrisa, dispone repintar la primavera. ………………………………………………………………………………. El septiembre fecundo de luz y veintiuno es un vaso repleto de vino gusto a ganas. Lucen dos colegialas su pelo a contraviento, y el color de tus ojos y tu blusa floreada.
Un motín de sonrisas ha sublevado el aire. Y en este mediodía de soles derramados vaga un Dios, de festejo entre nosotros.
Eduardo Pérsico. |