| Año V. / | |||||
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Sexo en la mansión de la miseria Como la mayoría de los niños bien, yo he violado una serie de sirvientas guapas. No puedo acordarme de todas pero hay una, grande y fuerte, de piernas cortas, pechos grandes y culo dulce, que he reservado para mis noches más bravas. Noches como esta. Primero cambio de piel. Un abrigo oscuro y grueso, una camisa vieja. Una corbata fea ayudará. Elijo un saco sucio, con manchas de grasa en las solapas y un hueco en el codo izquierdo. Botas, no zapatos, para los laberintos de barro que hay allá arriba. Lentes oscuros para mis ojos verdes. Un sombrero. Nada puede disimular al gringo que veo en el espejo, pero todo esto es más un signo de complicidad para los vecinos que una operación de espionaje. Servirá. Es asunto serio, claro. Si mis iguales se enteran de que Víctor es un cholero, me borrarían de su constelación. No más té con masitas a las cuatro con damas jóvenes y no tan jóvenes. ¡O, tempora, o mores!, como enseña Meinherr Fritz Albrecht. A las ocho trato de salir de la casa sin que nadie haga preguntas tontas. Nunca las harían pero, de todos modos, es mi deber el fingir que no hago cosas como esta y el de los demás es evitar las preguntas que nadie puede responder. Hasta jóvenes caballeros como yo… Oh, diablos, ¿por qué pienso tanto? Descanso y enciendo un cigarrillo cuando llego a la Plaza San Pedro y la cárcel de la ciudad, el Panóptico. Me siento seguro bajo su inmensa sombra. Sólo criminales comunes duermen en esta vieja fortaleza, sólo ladrones de poca monta y estafadores. Asesinos como ese pobre carnicero que mató a su mujer hace un mes y la cortó y vendió como pacumuto a los carabineros, los bostas, en esta misma esquina. No hay tortura tras estos muros viejos y gruesos. La plaza es un lugar tan popular que celebramos aquí nuestra Feria anual de Alacitas, la fiesta del Ekeko. Un mendigo me jala el pantalón. Tiene un sobre sucio en el muñón. Dejo un par de monedas en su gorra. Se marcha, sonriendo. Abro el sobre, mirando todavía su cojera. Leo: “Haz una pausa hoy, y recuerda que ha tomado 150 años, doce meses al año, treinta días al mes y ocho cadáveres por día para que este puñado de idiotas pueda pasearse los domingos por esta plaza”. Bueno. Ahora, esto es… Mejor ni pensarlo. Llamo un taxi y nombro dos callejuelas allá, en la ceja del Alto, no lejos de José Macario y su arco… Si lo piensas, en eso hay una cosa rara… El taxista me mira y sonríe burlón, ‘a quien tratas de engañar, carapálida'. Lo miro del mismo modo. ‘No a ti, caquita de indio…' y cuidamos de evitar un cruce de miradas por el resto del viaje. Las avenidas se convierten en calles oscuras, callejones retorcidos y finalmente senderos polvorientos, ahora silenciosos, vacíos y oscuros, y terminan en una planicie azul y helada, desnuda y sin fin contra el fondo de las montañas blancas. Esta ciudad lunar hecha de cajas de adobe diminutas con techos de calamina es el hogar de cientos de miles de almas que apenas hablan español, no usaron zapatos antes de venir y vinieron porque nada quedaba ya en los valles, las llanuras y las junglas que sirviera para engañarles el estómago. Octavio replicaría que están aquí porque jamás fueron otra cosa que un montón de indios flojos y buenos para nada, apenas mejores que los animales. Pienso yo que esta gente tiene el derecho de vivir bajo el sol como mejor quiera. Han luchado durante cinco siglos para vivir así, y su hora ha llegado. Pero, ¿tengo yo un lugar entre ellos? ¿Cuál es mi deber? Soy extranjero para ellos, si, pero ¿puedo ayudar en algo? ¿Debería yo…? Oh, vamos. Sé que deberé elegir cualquier día de estos, pero ¿por qué esta noche entre todas las noches? Busco la botella en el bolsillo del abrigo y me lanzo un corto para calentarme las entrañas. Pisco. El mejor del mundo. Voy a necesitarlo, porque ese maldito ladrón está buscando el camino más largo para llegar a destino, como si no conociera yo estos lugares. ¿Me peleo con este ratón de cobre, o le doy otros diez pesos? Justo ahora llegamos al arco de piedra de José Macario y me quedo mirando su uniforme azul, su cara de muñeco, su caja de manzanas chilenas, su pito de hojalata, su… ¿Cómo puede ser esto? Tuerzo el pescuezo buscando cada detalle, pero estamos en la cumbre que corona el mundo entero y ya llegamos a mi esquina. Pago al bellaco. Escupe por la ventanilla y me dedica otra mirada oscura. Le sonrío como si fuera una culebra, se marcha y me vuelvo. La Montaña está allí, sus tres picos azules como el acero. La luna, tan brillante, y el pulso de su luz muerta. El cielo es un mar de estrellas porque el aire es liviano acá. La noche es silente y fría. La ciudad allá abajo es un bordado de luces amarillas que parpadean. Gozo de otro cigarrillo y de mi visita solitaria y silenciosa. Son casi las diez ya, y debo caminar de prisa. Desciendo por el sendero de barro y piedras. Encuentro mi camino y mi callejón, alcanzo una pared de adobe y hago pausa en la esquina. Cinco para las diez. Leo en la pared, “salven al pueblo; maten el país”. Y, justo, el aullido de la sirena, un grito de acero desesperado y triste, rebota entre los muros, las colinas y las construcciones, inundando el enorme embudo con ecos profundos de gritos, ladridos y chillidos, y las luces de la ciudad se desvanecen en un bostezo oscuro. Para subrayar la seriedad del procedimiento, una ametralladora distante lanza una serie de seis ráfagas. El estado de sitio es vigente y el diablo anda suelto. Me doblo como un cortesano japonés para penetrar por el hueco en la pared de adobe. Todo está oscuro y fantasmal bajo la luna pero me hago al callejón de un vistazo. “No mires más allá de mi piel. Soy transparente para ti como el agua de la lluvia”. Empujo el portón, una tabla de madera dura, una cadena y un candado, y me planto allí dentro porque me hallo solo. "¿Quién sabe por qué te amo? Nací para amarte ”. Bueno, los cuis están allí, un ronroneo suave dentro de una caja de alambre de gallinero, dos docenas de conejos blancos y negros que roncan, pero ella no está aquí. "Porque entonces me amaste. Hace mucho. Hace ya tanto. Me amaste. Oh, si. Me amaste”. Dónde está? Voy hasta el lecho y me siento. Miro alrededor, tratando de ambientarme otra vez. “Eramos dos niños entonces. Una niña y un niño, solos.” El olor. Las sombras que bailaban para la vela en un rincón. El polvo. Su olor. La leve nube de humo bajo el techo de metal azul. “Cuan dulce fue, cuan puro. Me amaste entonces”. El frío. Su olor. ¿Dónde está? Me quito el abrigo y me tiendo en el lecho. Este lugar tan vacío. El lecho es un montón de adobes bajo un colchón de paja, pieles de animales, frazadas de lana de llama y de oveja. Una alfombra roja, color sangre, esparce su olor rancio. La mesa se apoya contra la pared porque ha perdido una pata. “Si temes las alturas, es que ensuciaste tu alma”. Es una mesa vieja de madera, limpia pero muy baja . ”Es como agua sucia ahora. Como peste. No hay lugar en ella para mi”. Las sillas son bajas también. Si me sentara en una, no vería más allá de mis rodillas y un calambre me mataría. Ya lo intenté. Naranjas, orejones, un melón, la pierna sangrienta de un cordero, pan, azúcar dentro de una lata de café, té en la mesa. “Siéntate un rato. Mira por aquí. Siente las cosas. Deja de pasearte”. Hay varias latas de estaño con granos amarillos, blancos, negros, verdes y grises que debo haber comido con ella un par de veces sin saberlo. “Son dones de la tierra, éstos. Son buenos todos” . Un misal blanco y pequeño. Su Primera Comunión. Dos tazas de metal, una vieja y sucia, la otra blanca y limpia. Una radio portátil a baterías. Medio lápiz y un cuaderno de niño, usado y sucio. “¿No son bellas estas semillas? Te gustan sus colores?” El brasero es una olla redonda de arcilla con ventanas para que quien sea que cocina en él mantenga ardiendo el fuego agitando un trozo de cartón. “Nada sientes. Sólo las quejas de tu corazón”. La he visto cocinar aquí. Es un arte. Cuando una chola sabe cocinar, es un tesoro. Recuerdo que… No, mejor no. Podría, pero no. Las paredes están casi desnudas. Varios aguayos y ponchos cuelgan allí para mostrar cuan coloridos son, cuan bien tejidos y fuertes. Lucen grises y feos ahora pero son muy bellos al sol de la tarde. ¿Dónde está? La vela aletea y todo danza en sombras largas. Miro el marco de madera clara que cuelga sobre el lecho y hallo las dos almas de esta mujer allí, tras la gran vela blanca. El Ekeko me sonríe, gordo, calvo y bromista, y Jesús me mira, elegante y todo de blanco, pero preocupado . "Niño Jesús, Jesús Divino Cordero. Hijo del Hombre, escucha mi ruego ”. Esta figurilla mestiza es un tipo muy simpático. El gordo Ekeko ama al mundo y todo lo que le incumbe. Comer, beber, fornicar, todo eso. “Haz que mi amado vea en lo profundo de los corazones”. Jesús, por otra parte, parece saber lo que busco esta noche y ya está triste por mí. “Haz que mi hombre evite a los que le dañan la mente”. María está también aquí, y es la reina de los cielos en esta estampa cara. Toda de blanco y azul, dispensa esperanza, piedad y perdón con un gesto de la mano, como bailarina balinesa. "Ten piedad de él, y guía sus pasos, Maestro Jesús. Amén”. María pisa una luna en forma de cimitarra morisca. Todas las estrellas y los cuerpos celestiales danzan alrededor de ella. El Niño yace sobre su brazo mirándome con un gesto cómplice y dulce. Seguro que conoce el truco. Me hallo a mí mismo en estas fotos. "Ekeko, Amo generoso y rico, dale a mi hombre su día de felicidad y plenitud”. Sonrío para la cámara mientras pregunto con los ojos cuál es la cuadratura del círculo. Ya no soy este niño de pantalón corto, pero recuerdo vivamente las mañanas en que me traía el desayuno a la cama. "Ekeko, aplaca la ira que domina su corazón ”. Nuestros primeros juegos inocentes y cómo cambiamos nuestras miradas blancas en sonrisas tímidas, torpes caricias y besos afiebrados, cómo... "Jesús, hazle sordo a las voces malvadas”. … cómo crecimos juntos y juntos aprendimos a trenzar nuestros cuerpos en nuestros combates de sudor y sangr e . "Ekeko, hazlo mío ”. La deseo. ¿Dónde está? La luz de las velas parpadea y los rostros y figuras de las paredes parecen vivos y se mueven. Aquí aparece ella, también. Esta foto blanco y negro fue pintada a mano y los estúpidos esos ocultaron sus rostros en las sombras, pero aún puedo ver su boca. Su mirada. "Ya tienes el mal de los extraños”. Su tímida sonrisa y sus ojos negros. Es una del grupo de tres mujeres jóvenes, sus hermanas tal vez, tal vez sus prima s. “Han matado tu alegría para siempre”. Están sentadas en un banco y me miran con el mismo rostro, la misma mezcla de orgullo y temor . "Abrázame. ¿Por qué miras afuera?¿ Para qué?” Están sentadas en esta falsa ensalada pintada, claro, y las flores bordadas de sus mantas parecen huevos fritos. Las ramas y las hojas parecen fideos , “Mira las cosas quietas de la tierra”, pero puedo imaginar cuan vívidas eran esas mantas, cuan caras y brillantes. “Mira con mis ojos por esta vez”. Era apenas una niña entonces, pero ya era mía. Mírala ahora. Así es hoy. Esta es mi chola. Un brindis por ella. ¡Salud! Esta es una foto en colores y su manta, de un verde claro, está hecha de fina seda. Las flores y las hojas se ven tan bien bordadas que puedo ver cada detalle colocado con cuidado alrededor de la figura principal, una rosa. "Hombre malo, guardé este clavel rojo para ti; ¿por que te ríes? No me entiendes”. Es en otro parque, bajo otro sol brillante, y su expresión es orgullosa y desafiante, aún bajo la sombra negra de su nuevo bombín . “Mírate en mis ojos; ese miedo, ¿por qué?” Es orgullosa de su cuerpo, de sus trenzas negras, largas y peinadas con gran cuidado para que rocen con la punta el pezón de sus pechos, grandes y hermosos . ”¿Qué buscas? ¿Qué es ?” Quiere que vean y admiren sus bienes materiales, esas quince polleras ocultas una bajo la otra hasta que parece una gallina desde la cintura, pero aún puedo ver sus piernas y sus sandalias nuevas de torero en los mosaicos de la plaza. "¿Qué es esta fiebre? ¿Qué, esa ambición?” Cruza las manos en el pecho y sostiene un clavel. Mi chola. Le miro las piernas y recuerdo. “Tú, fuego y dolor. Yo, agua fresca y clara. Así está bien”. Me meto con la memoria entre esas polleras y veo esa florecilla roja como fue la primera vez que la besé, cuando vi cómo podía enjugar su leche picante y dulce, “Te amo. Por siempre, por siempre, por siempre. Te amo”, como latía entre mis dedos, con mi lengua, como se abría cuando la besaba y lamía. Puedo sentir cómo la rompí y cómo sangraba, cómo mi gatita se hizo gata fiera, furiosa y loca. “Déjame ser tú en un destello de dolor ”. Recuerdo cómo aprendimos a usar sus manos, sus labios, su lengua . ”¿Por qué tiemblas ?”, cómo la domé en el suelo , “Aplaca tu furia en mi carne”, cómo lloró y cómo comenzó tan suave a menear las nalgas, cómo encontró el placer tras el dolor, “¿Por qué te enfureces ?”, cómo aprendió a retenerme dentro de su cuerpo , “¿Quién te dijo que este amor es malvado ?”, a apresar mi carne en su caliente… Lo recuerdo. Lo recuerdo. Mi daga lo recuerda también. “Ven” . Apenas puedo caminar hasta el lecho, tenderme y mirar el bulto entre mis piernas, “¡Ven! ”, demandando y rogando por ella. Abro mis pantalones y dejo que se haga duro y tenso, ansioso, “Destroza mi angustia, ven” . Gotea fuego y se estira en su ansia, “ Agota tu furia” bajo la luz de las velas. “Arde”. Cabeceando, buscándola. “Agita tu llama. ¡Arde! ” Espío su florecilla una vez más. “¡Arde, arde, mi amor! ¡Arde!” La huelo en el recuerdo “Eres mío!” y mi lanza expulsa tres relámpagos blancos contra las sombras. La deseo, balbuceo, la deseo, la deseo, y caigo de bruces en el lecho, respirando como fuelle, tembloroso y enfermo. Luego, “Todo esta bien ahora”, me pongo de pie, me lavo las manos y lavo esta daga insaciable, me siento y fumo. Bebo . “Para eso estamos hechos”. En cierto sentido, sonrío, esto fue un tributo para ella. “Deja venir la mañana” . Quién, si no ella… Miro alrededor, hallo pesada esta soledad, me tiendo en el lecho y espero . “Tu aliento en mi rostro. Nada más es mío”. Su olor. Su voz. “¿Deseas más? Que más hay?” Fumo. Espero. Miro bailar las sombras en el techo. Duermo. LQSomos. Arturo Von vacano. Mayo de 2007 |