Arturo Seeber Bonorino*. LQSomos. Mayo 2017

Puede surgir el más grande escritor de todos los tiempos, pero si su obra no pega con la moda del momento ni consigue un gran editor que lo apadrine, no existe. Es esta una triste realidad que es bueno que conozcan los escritores noveles, aquellos que, en su ignorancia, creen que el talento triunfa siempre.

La cultura hoy la evalúa el marketing. Si algo tiene de desalmado el sistema económico actual es que su escala de valores la da la capacidad de lucro. No en vano lo llamamos capitalismo, porque el sufijo “ismo” determina la obsesión por acumular dinero y bienes de capital. ¿Para qué? Pues por mor de ser sincero habrá que decir que para nada. Es una gran paradoja que las grandes fortunas del mundo, los dueños de la economía de las naciones, acumulen dinero para nada. Cito siempre, como ilustrativo ejemplo, el proyecto del multimillonario Sheldon Adelson de construir en terrenos de Alcorcón un mega prostíbulo y una mega timba: el Eurovegas. Adelson era entonces un hombre que pasaba los noventa años (tal vez haya muerto ya), enfermo y necesitado de muletas para desplazarse, a quien acaso le quedaría vida para ver su obra apenas comenzada. ¿A qué tanto esfuerzo y tanta dedicación entonces, cuando ya por sus años podría dedicar su resto de tiempo en este mundo a la tarea de abuelete o bisabuelete, a disfrutar en paz y sin compromisos con los suyos, o pasársela en el centro de mayores o jugando a la petanca en el parque si se le da la gana?

Pero no, la obsesión por acumular dinero no la mueve el dinero en sí, lo que con ello se pueda comprar, ¿no hemos sabido de tantos multimillonarios que son avaros? No, lo que interesa es el poder que el dinero da, el deseo de sentirse dioses, aunque más no sea diosecillos de andar por casa, y poder asistir diariamente al culto, humillada la testa, al templo mercado.

Un novel escritor ha concluido de escribir su obra. Como es natural, querrá que sea leída. Acaso en su inocencia enviará su manuscrito a diversas editoriales, de las que será por la mayoría ignorado, pues casi ninguna lee la gran cantidad de manuscritos que a diario le llegan y las más ni siquiera los hojea. Con suerte, tal vez alguna editorial pequeña se atreva a arriesgarse por él, pero el riesgo será grande, pues un libro cuesta dinero, dinero que se espera al menos recuperar. O lo publicará en tanto y cuando el autor pague la edición.

Pero bien, supongamos que, por fas o por nefas, ha logrado que una pequeña editorial publique su libro. Cabrá preguntarse, entonces, ¿a quién llegan sus libros? Las grandes editoriales, ese veinte por ciento que domina el ochenta por ciento del mercado editorial, se imponen en las redes de distribución, son consorcios que además poseen cadenas de librerías, periódicos, canales de televisión, etc., por lo que poseen todas las posibilidades de promocionar a sus autores. Al ochenta por ciento restante le quedan las sobras que les dejan.

Ante tanta adversidad, ¿qué camino nos queda? Se nos puede ocurrir que, si ganamos algún concurso literario, eso será currículo suficiente para abrirnos camino, y nos presentaremos a alguno que percibimos de mucha solera, como el Planeta y el Alfaguara, por citar a los de más renombre.
Sepamos que estamos perdiendo tiempo y dinero. Estos magnos premios, en verdad, son de mentirijilla. Son premios apañados por las grandes editoriales para promocionar a sus autores. Son concursos que no llegan a concursar, que están concedidos de antemano. Podrá entonces presentarse a un premio menor, al de alguna ciudad de provincia. Y ganarlo. Pero, como maldición gitana, no lo podrá disfrutar, no le servirá de nada. Aunque llene la hoja de su currículo con estos premios, figurará siempre en blanco. Pero hay que decirlo, si habrá perdido tiempo al menos no el dinero, le servirá de consolación embolsarse con los pocos duros que le darán de premio.

¿Se dirá que mi visión es demasiado pesimista? No, si hay algo de pesimista en ella es que es la pura y dura realidad. Pero no toda, nunca está todo dicho. A las más cuidadas planificaciones más de una vez las lleva al fracaso la caprichosa realidad, por aquellas contradicciones a lo previsto que damos por nombre azar. ¿No han surgido de la nada tantas famas y tantos afamados? Pero tengamos las cosas claras. Cuando alguien siente que en sí nace el deseo de ser escritor, la más sincera pregunta que debe hacerse es si quiere llegar a ser un buen escritor o un escritor famoso. Si quiere ser bueno, deberá saber primero que escribir es un oficio que, como todo oficio, requiere el dominio de sus herramientas. La herramienta del escritor es la lengua escrita, y el lenguaje tiene sus normas y el dominio de las normas requiere conocerlas y una constante práctica.

Si sólo quiere la fama, nada de esto hace falta, si nos atenemos a lo que leemos la mayoría de los escritores famosos de hoy en día. Pero, ya hemos visto, la fama no se deja atrapar muy fácilmente.

Más artículos del autor
* Arturo Seeber es miembro de la Asamblea de redacción de LoQueSomos. Es autor de “Un paquete para el mánager” y “La levitación de Sor Clarisa. Divertimentos anticlericales”, además de estar reconocido como escritor en diversos concursos de relatos.

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