Carlos Olalla*. LQSomos. Agosto 2017

Películas como FLOW, ópera prima de David Martínez como director y primer papel protagonista en cine de Juan del Santo, son las que te hacen amar el cine y te ayudan a entender por qué has elegido dedicarte a una profesión tan maravillosamente libre, mágica y loca como la interpretación. Rodada en solo 9 días sin ningún tipo de ayuda oficial (hasta los viajes a recoger los más de treinta premios que la película ha ganado en festivales de todo el mundo se los han tenido que pagar ellos), FLOW nos habla de un momento crucial en la vida de un actor que, a punto de estrenar el monólogo que puede consagrarle, ve cómo, por circunstancias totalmente ajenas a él, toda su vida se desmorona. La vida, como la interpretación, es así: en cualquier momento puedes pasar de lo más sublime a la tragedia más absoluta sin apenas darte cuenta. FLOW surgió en 2012 a partir de dos semanas de ensayos en las que David y Juan crearon lo que sería la película. Aquellos ensayos se tradujeron en dos días de rodaje de un monólogo sobrecogedor en el teatro Lara. Meses más tarde rodaron en 7 días más el resto de las secuencias junto a un equipo formado por 9 personas. El coste total de la película ascendió a 60.000 euros. Los pusieron Juan y David de su bolsillo. FLOW llegó a estrenarse en once salas y a estar varias semanas en una de ellas. Hace unos meses apareció la versión en DVD con una tirada de tan solo 500 ejemplares. Entre los premios internacionales que ha recibido hay 14 a la mejor película, 8 al mejor actor y 2 al mejor director. Aquí, sin embargo, casi nadie ha oído hablar de ella y pocos, muy pocos, han tenido la fortuna de poder verla. Es descorazonador ver la situación en la que los creadores se encuentran en un país, el nuestro, que no solo no apoya, sino que criminaliza, o en el mejor de los casos ignora, a quien decide dedicarse a la cultura, incluso apostándolo todo, como hicieron David y Juan. Cuando se dirigieron al Ministerio de Cultura para preguntar si había otras películas españolas independientes que hubieran recibido tantos galardones a nivel mundial, la respuesta fue que el ministerio no dispone de ese dato porque solo registra los premios obtenidos en los festivales de “clase A”. Una muestra más de lo que la cultura supone en el Ministerio de cultura.

Son tantas las cosas de las que habla FLOW, tantas las que nos aporta… Ante nosotros, silenciosos ocupantes de esa platea vacía del teatro Lara ante la que Walter Mann (el personaje interpretado por Juan del Santo) ensaya obsesivamente su monólogo pocos días antes del estreno, es la vida misma la que pasa encarnada en la piel de los diferentes personajes que ese actor crea en la soledad del escenario vacío.La soledad es la sempiterna compañera de Walter, tanto en su vida real como en el escenario. Jamás llega a representar su monólogo frente al público. Subir a un escenario de un teatro vacío es una de las experiencias más impresionantes que puede vivir no ya un actor, sino cualquier persona. Es tanto lo que llegas a recibir cuando te plantas ahí en pie, solo, en silencio, con las luces casi apagadas… Es un momento habitado únicamente por la magia y la espiritualidad, dos de los pilares sobre los que se asienta el teatro desde hace dos mil años. Y eso es precisamente lo que logra transmitirnos la película, que el teatro es magia, que es espiritualidad, que es la vida misma. Todo está en nosotros, en lo que somos, en lo que soñamos, en lo que somos capaces de imaginar y expresar. Como ese actor que sale a escena, no necesitamos nada, absolutamente nada más. Por eso el teatro es como la vida, de nosotras y nosotros depende que la función salga bien o no. Pocas películas como FLOW expresan lo que siente el actor antes de subir a un escenario, la inseguridad que se apodera de él conforme se acerca la fecha del estreno, la soledad en la que habita y la absoluta incapacidad de comprender lo que siente que tienen los demás, el miedo al fracaso, a no ser capaz de hacerlo, el terror a ser rechazado, la abismal diferencia de velocidad a la que transcurre el tiempo de los demás, el extenuante repasar una y mil veces textos y acciones… Solo quienes han vivido la experiencia de subirse a un escenario para enfrentarse a un público pueden entender lo que se siente.

El mismo título de la película (FLOW) es toda una declaración de intenciones. En inglés significa fluir, dejar que las cosas sigan su curso, aceptarlas sin intentar oponerte a ellas sino adaptándote a lo que encuentras… puede que la vida no sea más que el aprendizaje de dejar que las cosas pasen, que fluyan, que existan… un aprendizaje que no es fácil, que es duro y lento, que no está al alcance de todos. En el teatro es exactamente igual: todo debe fluir de manera orgánica, debemos ser conscientes de lo que nos rodea para tomar plena consciencia de lo que nos pasa y poder expresarlo. Es un proceso que requiere saber escuchar, ser sensibles a lo que pasa a nuestro alrededor, permitir que nos afecte, y, sobre todo, un proceso que exige la valentía de atrevernos a mirar en nuestro interior, de realizar cada día ese viaje al fondo de nosotros mismos donde habitan todos los personajes que podemos imaginar. Debemos tener la valentía de dejarles salir sin oponer resistencia, dejarles fluir… y eso requiere un profundo conocimiento de nosotros mismos, conocimiento para el que solo hay un maestro: la soledad. No es casualidad que en el cartel del teatro donde Walter va a estrenar su monólogo veamos que su título es WOLF, bifronte de FLOW. WOLF significa lobo, uno de los animales más solitarios que existen.

He de reconocer que nunca había visto trabajar a Juan del Santo. Tras verle en FLOW no pienso perderme un solo trabajo suyo. Es uno de los actores más versátiles, potentes y completos que he visto en mi vida. Es nuestro Philip Seymour Hoffman. Su capacidad para crear personajes y, sobre todo, para expresar emociones son fascinantes. Su formación actoral en escuelas británicas le ha dado un gran dominio de la voz lo que, unido a una excepcional expresión corporal, hacen de él un actor capaz de llevar a cualquier espectador al fin del mundo. Si ya es difícil para un actor resultar creíble en todos los planos cuando apareces en un 95% de las secuencias de la película, mucho más lo resulta cuando más de la mitad de esos planos tienes que resolverlos tú solo ya que no hay más actores en escena. El recurso a las llamadas telefónicas a través de las que conocemos su mundo y sus relaciones con quienes lo componen da un juego tremendo a la película, porque nos ayudan a entender la profunda sensación de soledad que siente. El hecho de que a su mujer solo la conozcamos a través de la voz en las llamadas de larga distancia que mantiene con ella es una maravillosa metáfora del profundo aislamiento en el que hoy viven muchas parejas. Solo llegamos a ver a una de las personas que conforman su mundo: su hija, una hija con la que le cuesta entenderse a pesar de que también tiene aspiraciones artísticas y con la que solo llega a comunicarse de verdad cuando juega, cuando los dos juegan. Al resto de personajes (padre, madre, hermano, abogado, representante…) solo los conocemos por su voz, voces que nos llegan a través del teléfono o de las cartas que le han escrito, voces que nos llegan a lo más hondo por lo que dicen y por cómo lo dicen (no en vano las escuchamos en voces de actores y actrices como Concha Velasco, Francesc Garrido, Lluís Homar, Alejandra Lorente, Emilio Gutiérrez Caba…).

La dirección de David es soberbia. Se nota que ha mamado cine del bueno a lo largo de su carrera profesional como ayudante de directores de la talla de Almodóvar, Loach, Saura, Camus, Miró y tantos y tantos otros. Su estilo se caracteriza por ir directo a la esencia, a contarnos la historia desde una perspectiva llena de magia y poesía en la que nada sobra o falta. Su cine se basa en la sencillez, la claridad y ese toque único que solo tienen unos pocos elegidos: la capacidad de sorprendernos constantemente, de jugar contra lo previsible. Parafraseando el título de la película, la dirección de David consigue que todo fluya, que discurra frente a nosotros a través de las luces y sombras del protagonista y de los claroscuros de la vida.

El guión de FLOW, surgido a partir de aquellas dos intensas semanas de ensayos, es sencillamente soberbio. Juan y David lo definen como el de una película de acción interior, y realmente eso es lo que es, una película que nos narra el viaje interior del ser humano, ese ser humano encarnado en el protagonista de esta historia que vive en un mundo que no entiende y que parece empeñado en no permitirle hacer lo que él verdaderamente quiere hacer. A través de lo que Walter dice, y sobre todo a través de lo que calla, vemos cómo ha tenido que enfrentarse a todos y a todo para poder dedicarse a lo que ama: su profesión. Es en los demás, en sus acciones y sus reacciones, donde vemos la férrea resistencia que la sociedad opone a quienes pretenden vivir fuera del camino, a quienes quieren llevar las riendas de su vida. Puede que esa resistencia a permitir que otros lo intenten no sea más que el escudo con el que pretenden protegerse de la cobardía que les ha impedido hacerlo a ellos. No es casualidad que en el universo teatral de Walter donde le veamos desenvolverse y crecer es en un escenario vacío y que, en su vida real, le veamos refugiarse en una iglesia vacía en esa metáfora de la soledad constante que acompaña el camino de la espiritualidad.

Que hoy, en plena época de recortes y criminalización de la cultura, dos jóvenes hayan sido capaces de hacer una película como FLOW sin ayuda de nadie no hace más que constatar que el futuro del cine en este país, le pese a quien le pese, es tremendamente esperanzador y está lleno de gloria y de luz porque todavía quedan soñadores sin remedio, aguerridos quijotes capaces de enfrentarse a cuantos molinos pongan a su paso, y jóvenes valientes conscientes del enorme talento que atesoran que anteponen el compartir sus historias, historias con valores humanos, a todo lo demás. No es casualidad que FLOW haya sido premiada en el festival Mirabile que organiza el Vaticano o que haya sido proyectada a los presos de la cárcel de Valdemoro, que agradecieron no solo el pase de la película, sino el hecho de que personas libres se acercaran para estar con ellos porque eso les conectaba con la vida. Gracias, de corazón, David y Juan, por haber hecho posible algo tan bello y necesario como FLOW, por habernos conectado con la vida y, sobre todo, por recordarnos cuál es el papel del artista en el sinsentido del mundo de hoy.

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