Ion Arretxe, nacido en Rentería, en 1964, es un hombre inquieto, vital, bienhumorado. Si fuera músico, sería hombre-orquesta, pero ha resultado ser dibujante, escenógrafo, actor, guionista de cine, director de arte en películas de cine y televisión, autor de canciones populares…
Ahora, acaba de publicar en Ediciones El Garaje (laciudaddellibro.com) su primer libro: “Parole, parole. Una infancia en Rentería”. Y podemos decir que hace mucho tiempo que no teníamos en nuestras manos un libro tan delicioso. Un libro que, al contrario de lo que hoy suele ocurrrir, es mucho, muchísimo más de lo que aparenta bajo la afable sencillez con que se nos presenta.
“Parole, parole”es un libro con tres nodos: los niños como descubridores del mundo, el mundo de los niños, y el idioma como mundo… Con un escenario/protagonista: Rentería… Y con un tiempo: los últimos años del franquismo y la Transición…
En él, acompañamos los pasos del niño Etxenagusia en su descubrimiento primordial del mundo, desde su barrio pobre de Rentería, hasta el comienzo de la adolescencia: “Dejamos de ser niños cuando comprendimos que el extraño casco que llevaba Don Quijote, era en realidad una palangana de barbero (…) Este hallazgo coincidió en el tiempo con otro descubrimiento, el de las pajas. Pero ésa es ya otra historia.”
Ion Arretxe ha tenido la amabilidad de charlar con nosotros sobre su libro.
–Tu relato termina con un descubrimiento, y, en realidad, todo él es la crónica de una especie de epopeya descubridora, la de un niño que trata de comprender y aprender el mundo…
–El descubrimiento de que el peculiar casco que luce Don Quijote en muchos grabados y dibujos es en realidad una palangana de barbero, es la mayor burla quijotesca, tan burlona que le ha trascendido al propio libro y ha corrido ella sola, con vida propia, como una liebre por el tiempo.
Don Quijote, en realidad, es un niño.Y el niño, como Don Quijote, vive encantado en su mundo de aventuras, magia y encantamientos.
El niño, analfabeto como todos los niños, solamente conoce a Don Quijote de vista y de oídas, y no va a soportar el chasco de descubrir que ese casco diferente, tan raro para dibujar y tan único, esté coronando la cabeza del ingenioso hidalgo por equivocación. Cuando se produce el desencantamiento, el desengaño, se esfuma la niñez, como por arte de magia.
He querido acabar el libro con la certeza de unos descubrimientos y la incertidumbre de algo por descubrir. Un misterio a punto de resolverse, algo que iba a inaugurar una nueva etapa en mi vida y en la vida de Rentería, y, con nosotros, en la vida de todos los pueblos y todas las gentes: ¿Quién robaba las joyas de la abuela, el abrigo de la madre, el aparato de música, sin forzar la puerta de casa?
Pero esa es otra historia…
– Me parece extraordinario cómo reproduces el modo de asimilar la realidad de los niños, su concentración (ensimismamiento) selectiva, lo que podríamos llamar “la individualización de cada experiencia”, la diferenciación exacta de cada sensación o información, cómo conceden valor a cada detalle, y cómo repiten una y otra vez lo descubierto, reteniéndolo, archivándolo, muchas veces mediante el juego…
–Para los niños la vida es juego. De todo quiere hacer un juego el niño.
Los juegos de los niños son vividos por ellos con tal intensidad que se convierten en auténticas historias, en la verdadera historia de su vida.
El vivir del niño está lleno de juegos, de historias, de cuentos.
La niñez es el cuento de nunca acabar, la historia de repetir una y otra vez los mismos juegos. Pero un cuento y una historia que el niño vive y que no cuenta.
Solamente desde la edad adulta podemos regresar a buscar las historias de nuestra niñez, que entonces no las podíamos contar porque bastante teníamos con estarlas viviendo.
Toda obra poética tiene mucho de juego. En Parole, Parole he querido hacerlo evidente. Y no sólo reproduciendo las cantinelas de los juegos, o los pareados que usábamos para burlarnos aprovechando la rima de los apellidos, sino tratando todo el texto como si fuera él mismo una cantinela, cantarina, repetitiva… Un mantra que luego se convierte en las consignas que se gritan en las manifestaciones.
Porque los niños y los pueblos se hacen oír con melodías y ritmos muy parecidos.
La forma fragmentaria que has elegido contribuye muy bien no sólo a recrear el modo en que se manifiestan los recuerdos sino también esa fórmula repetitiva de aprendizaje…
– He escrito de esta forma intermitente y fragmentaria, a saltitos, como los niños y los gorriones en los parques, porque siento que la vida la vivimos a ratos. Y también porque no creo que nuestras vidas tengan un argumento tan bien hilado como las novelas tratan de mostrarnos. Posiblemente esta sea una de las funciones de la novela como género: dar unidad a la vida, sentido a las peripecias, argumento a las personas…
Como has señalado, la forma en que las cosas se van repitiendo, una y otra vez, y la manera en que los fragmentos se van completando –cada vez se les añade una pizca de significado– tiene que ver con el aprendizaje y con la memoria, que es otra de mis grandes preocupaciones.
Me acuerdo de que cuando éramos niños usábamos la memoria porque no había tantos sistemas como hay ahora de almacenamiento y de reproducción de la información. Una noche aparecía en televisión un cantante cantando por primera vez una canción, y al día siguiente, camino del colegio, compartíamos la memoria, y entre lo que se acordaban unos y lo que añadíamos otros, éramos capaces de cantar la canción completa. Ahora aprietas un botón y ahí está la canción. Hoy parece que la memoria personal es una antigualla, un don prescindible, un capricho. Hemos delegado la facultad de la memoria a los discos duros de los ordenadores, a las agendas de los teléfonos móviles, a los GPS de los coches ¿Tendrá que ver este abandono de la memoria con el Alzheimer? No lo sé, pero da qué pensar…
    
– Desde dónde y desde cúando ese interés tuyo por el mundo de los niños y el mundo del lenguaje…
– Un día miro a mi alrededor y estoy rodeado de palabras, y de niñas: mis hijas, a las que está dedicada la novela, mi nieta…
Yo nunca me había fijado tanto en las palabras como ahora. Pero siempre he vivido jugando con las palabras. De mi madre, y de la familia de mi madre, aprendí el gusto por las palabras –su sonido, su significado– y por contar historias. Mis tíos inventaban crucigramas, escribían ripios, recortaban los jeroglíficos del periódico y los coleccionaban, se contaban los sueños que habían tenido…
Cuando era estudiante en el Instituto de Rentería, tuve la suerte de tener dos profesoras excepcionales que nos aficionaron a pensar y a vagar por los laberintos del lenguaje: Itziar Mitxelena, que nos hablaba de Chomski, de la estructura profunda y del aparato de la lengua; y Beatriz Monreal, que nos descubría los ritmos y la música callada de los poemas de Cernuda y de la prosa de Baroja.
Luego me he dado cuenta de que a lo largo de mi vida he buscado siempre a la gente de las palabras… Mis amigos Ventura y Nieto, hombres de palabra y no de letras, con los que tanto me he reído retorciendo las palabras hasta sacarles todo lo que llevan dentro… Mi amigo y maestro Carlos Pérez Merinero (1950-2012), a quien también he dedicado la novela, y que trataba de enseñarme que las palabras dicen muchísimo pero que no lo pueden decir todo.
Y de los niños… uno sigue siendo niño cuando se asombra ante todo y cuando no entiende casi nada. Cuando se ensimisma, y queda embobado en su mundo. Cuando se cree sus historias…
    
–El niño Etxenagusia descubre el mundo a través de las palabras, del idioma, pero a la vez, descubre el idioma (o los idiomas porque convive con el castellano y con el euskera) como un mundo, con sus reglas, sus juegos, sus ritmos, sus conflictos… con sus personajes célebres y sus creadores desconocidos… Nota cómo hay palabras que le asaltan y le conquistan, se le meten dentro y se adueñan de él, como certezas o como misterios insondables.
– Desde niños, intentamos dominar la realidad poniendo nombre a cuanto descubrimos.
Los chavales de mi novela conquistan cada zona de su barrio recién construído dándole un nombre.
Pero también ocurre que, en sentido inverso, oyen palabras nuevas y tienen que ponerles cara, porque no saben a qué realidades se refieren. Y ya se han dado cuenta de que hay palabras tan misteriosas que ni siquiera a los adultos se le ha revelado  su misterio.
Follar, amnistía, ETA… Todavía hoy, ¿qué sabemos de ellas?
Esto enlaza con otro de los temas que entretejen la novela. Me refiero al empeño que tenemos todos, las personas y los pueblos, por encontrar un lenguaje propio, una seña de identidad, un lenguaje que nos distinga de los demás, y que en la niñez lo materializamos inventando lenguajes secretos. Lenguajes tan secretos que, la mayoría de las veces, ni sus inventores recordábamos los complicadísimos códigos con los que estaban cifradas las palabras.
Nadie puede inventar un lenguaje, porque los lenguajes no son de nadie, son del pueblo. Y suenan, viven y crecen con el pueblo que los habla.
    
Ese niño es niño en un lugar y un momento muy determinados: Rentería, Transición; de ahí que descubra a la vez esas palabras que dices: follar, ETA, amnistía, txakurrada…
– He tratado de evocar una época, los años 70, y un lugar, el lugar de mi infancia, Rentería. Que no son tan distintos, aunque también son muy distintos, de otros  lugares y de otras infancias.
Porque Rentería se une a Pasajes, y a San Sebastián, y a Miranda de Ebro y a Burgos y a Madrid, y a todas las ciudades del mundo por sus afueras y sus descampados. Por esos terrenos de nadie donde buscábamos tesoros, y encontrábamos batallas con niños muy parecidos a nosotros, casi iguales.
Alguna vez me propuse buscar en la literatura referencias a mi pueblo de Rentería. Y no encontré demasiado: unos poemas brillantes, escatológicos, y  bastante herméticos de Eduardo Haro Ivars; unas pinceladas llenas de humor de Rafael Castellano; el ya clásico Cacereño de Raúl Guerra Garrido, y poco más.
A mi entender, faltaba una novela de Rentería, una novela que sacara a bailar  viejos fantasmas al baile de la Alameda, una novela de mi pueblo obrero y luchador.
Así que me decidí a escribirla.   
No he hecho otra cosa que escribir el libro que me hubiera gustado leer a mí.
Mucho he disfrutado, y sigo disfrutando en mi vida, leyendo las aventuras de  Huckleberry Finn, de Mark Twain, y El guardián entre el centeno, de Salinger. Y mucho debo a Paracuellos y a Barrio de Carlos Giménez, quien nos honró con su compañía en la presentación que hicimos en El Alambique. Y a la novela Para no sé quién, con la que Paco Sagarzazu ganó el premio Ciudad de Irún en 1977, novela sobre la niñez, cuya lectura me ha hecho gozar muchísimo y me ha iluminado en el camino de contar historias.
    
– Dices en tu libro: “Nuestra adolescencia coincidió con la adolescencia de todo el país, esa época incierta a la que, con mucha rimbombancia y énfasis, gustan llamar ‘transición’”.No parece que ese niño de Rentería tenga buena opinión sobre la transición.
– La retórica del poder es muy hábil, y la palabra “transición” es muy buena.  Sobre todo, para titular colecciones de vídeos y fascículos de historia en los kioskos de prensa, que es una manera muy popular de adoctrinar. En la enciclopedia de historia que sacó El País, el capítulo de la Transición va entre “El Franquismo” y “La España de Juan Carlos I”. Como si no tuvieran nada que ver una cosa con la otra, como si mediara un desierto entre ellas y la España de Juan Carlos I fuera una tierra prometida, un destino que alcanzar. ¡Anda ya!
La transición fue un pacto de silencio y de olvido. De silencio obtenido con el acallamiento, y de olvido impuesto a los pobres, como siempre, porque los ricos no olvidaron nunca lo que fueron ni lo que siguieron teniendo.
– Ahora tengo un capricho personal. Tú eres autor de “Tenía un novio en Alsasua”, una canción que se canta en todas las fiestas de Euskadi, pero que nosotros no conocemos. ¿Puedes terminar esta entrevista con alguna estrofa de tu canción?
– Esta canción la aprendió la gente, hasta hacerla suya, oyéndola en una cinta de cassette que se grabó en la sociedad Txintxarri de Rentería en el año 1988, y que se difundió de cinta a cinta, como se hacía antes.
Y contribuyó a su popularización, dándole un impulso grande, tan grande como era él mismo, mi amigo Santi Altxu, hombre de pueblo, compañero en mil batallas y fiestas, y valiente pionero en la lucha por los derechos de homosexuales y lesbianas. Santi la cantaba, con su voz templada y recia, siempre que le dejaban. Va por vosotros.
Tenía un novio en Alsasua,
ella vivía en Tolosa.
No se veían gran cosa
por culpa de la distancia.
Pero como no faltaba amor,
ni el descuento de familia numerosa,
metió sus trapitos en una bolsa
y se fue a coger el tranvía,
un buen día, qué alegría…
Alegría , Ikaztegieta,
Itsasondo, Legorreta,
Ordizia, Beasain, Beasain apeadero.
Ormaíztegi, Gabiria,
Zumárraga, Legazpia,
Brínkola
(y ahí la gente pega un brinco)
Zegama y Alsasua.
Y en la plaza se citaban,
se veían y se miraban.
Y a la hora de la verdad
no hacían nada de nada.
Siempre en el mismo tranvía,
andén primero, segunda vía,
siempre el mismo maquinista,
siempre el mismo inteventor,
que de ella se enamoró.
Y le dejaba fumar,
y asomarse por la ventanilla,
descender del tren en marcha,
poner los pies en la silla.
Y con billete de segunda
le dejaba viajar en primera.
Y al final le montó un piso
en el coche litera.
(AL ESTRIBILLO)
Alegría , Ikaztegieta,
Itsasondo, Legorreta…
Como en muchas otras canciones
aquí también hay moraleja:
Más vale tener un novio en la Renfe
que un novio de vía estrecha.
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