Carlos Olalla*. LQSomos. Octubre 2017

Tenía cara de soledad. Desde que era un niño se encaprichó con su rostro y ya no le abandonaría nunca. Cuando se enamora de alguien, no hay amante más fiel que la soledad. Quizá por eso siempre impregnó a sus personajes de ese aire melancólico que los hacía únicos. Podía ser vaquero, preso o mecánico de una nave espacial, pero en su rostro siempre asomaba la soledad del tipo acodado a la barra que te puedes encontrar cualquier noche en cualquier bar, especialmente en los de frontera porque él era de los que andan perdidos entre la nada y ningún lugar. Era un ser profundamente espiritual, místico incluso, plenamente consciente del vacío existencial que nos rodea, de que todo pasa, que nada es permanente y que vivir es pasar. A lo largo de su vida hizo más de doscientas películas; trabajó con varios de los directores más grandes de la Historia; los monstruos sagrados de la interpretación, con Brando y Nicholson a la cabeza, le adoraban, como también le amaban sin remedio los más grandes de la música, desde Bob Dylan a Kris Kristofferson. Él nunca se consideró actor, decía que se limitaba a vivir sus personajes, y lo hacía desde la más absoluta cotidianidad. También le gustaba cantar y tocar la guitarra, y lo hacía muy bien, pero tampoco quiso considerarse a sí mismo músico o cantante. Era, simplemente, un hombre que vivió su aquí y su ahora durante 91 intensos años. Nos dejó hace un par de semanas.

A pesar de haber sido uno de los más grandes, nunca recibió un premio. Quizá por eso, pocos meses antes de su muerte, sus compañeros y compañeras de profesión le rindieron un homenaje instaurando un nuevo premio, un premio muy especial que lleva su nombre y que le otorgaron por unanimidad en su primera edición: el premio Harry Dean Stanton. Cuentan los que compartieron aquella inolvidable noche con él que fue la más feliz de su vida.

Fueron muchos los papeles que interpretó, pero dos le convirtieron en leyenda: Brett, el mecánico sindicalista de la Nostromo en “Alien, el octavo pasajero”, y Travis, el enigmático y tremendamente poético protagonista de “París, Texas”, ese hombre derrotado por el amor una mujer que se adentró en el desierto de donde salió cuatro años después para intentar curar el dolor que había causado. Siempre le dieron papeles secundarios, de carácter como se denominan en inglés, y él siempre los hizo inolvidables. Contaba Sam Shepard, autor del guion de “París, Texas”, que cuando le propuso a Harry protagonizar la película le contestó: “Uff, gracias pero no, demasiado trabajo” Le convenció cuando le dijo: “Harry tu personaje está en casi todos los planos de la película, pero durante la primera media hora no dice una palabra” “Ah, bueno, pues si es así de acuerdo” se limitó a responderle sin ningún entusiasmo aceptando el que sería uno de los escasos papeles protagonistas que realizaría en toda su carrera.

También Ridley Scott, que le dirigió en “Alien, el octavo pasajero” cuenta que decidió darle el papel de Brett cuando, al hacerle el casting, le preguntó qué le parecía la película y Harry le contestó con total sinceridad: “Mira, la verdad es que detesto las películas de monstruos y las de ciencia ficción”. Fue entonces cuando Scott supo que nadie podría encarnar a Brett, el mecánico más mecánico que ha surcado el espacio, como él. Otro gran actor, Maximilian Shell, le dijo unas palabras que le marcarían para siempre: “Para ser un buen actor, uno nunca debe actuar. Nunca en el escenario, y nunca fuera” El propio Harry recordaba en más de una ocasión que aprendió lo que era la interpretación de Jack Nicholson, cuando le llamó para dirigirle en un western y le dijo: “He escrito este papel para ti. No quiero que hagas nada, deja que actúe el vestuario, tú solo sé tú mismo”. Harry dijo que aquel día entendió lo que era actuar en el cine: “Si eres el jefe de una banda, hagas lo que hagas, lo seguirás siendo para el director, los guionistas, los demás actores y los millones de espectadores que te verán en la pantalla: podrás dudar, ser decidido, lanzado o apocado, pero para todos ellos siempre serás el jefe de la banda”

Otro de sus maestros y mejores amigos fue Marlon Brando. De él admiraba su capacidad de sorprender, de hacer lo que menos te esperabas tanto dentro como fuera de la pantalla. Insomnes impenitentes los dos, solían hablar por teléfono a altas horas de la madrugada recitándose sus textos favoritos de Shakespeare. Macbeth era uno de los textos preferidos de los dos: “Mañana, y mañana, y mañana, se arrastra en este pequeño ritmo del día a día…” Entre los músicos, Bob Dylan fue otro de sus incondicionales. La primera vez que se vieron fue para grabar unos temas en un estudio de Santa Mónica. Todo fue bien. Al acabar Dylan le preguntó si quería quedarse una copia de lo que habían grabado. “No, gracias” fue la respuesta de Harry.

Era un ser solitario y absolutamente único. Cuando en una ocasión le preguntaron si se había casado alguna vez, contestó “No, gracias a Dios todas dijeron no” Y cuando en otra le preguntaron qué es lo que más le gustaba hacer dijo: “Lo que más me gusta es no hacer nada”

Una de las palabras que mejor le definían era honestidad. Siempre fue honesto consigo mismo y con todas las personas que, de una u otra forma, se cruzaron en su camino. Por eso era tan querido y admirado por todos. Su estudio de las filosofías orientales y la práctica de la meditación le dieron una gran paz y sabiduría. Supo vivir en un mundo de estrellas y boato sin jamás dejar de ser él mismo. Una vez le preguntaron si se sentía orgulloso de su carrera y se limitó a contestar: “El orgullo es el paso previo a la caída”, y cuando le preguntaban si se consideraba un hombre feliz, sabiamente contestaba: “No sabría responder a eso. Todavía me estoy preguntando qué es la felicidad… alegría, felicidad, bueno, malo… todo eso son conceptos que no significan nada para mí. Si tú piensas en ti mismo como un alma separada del Todo estás jodido”

Solo quienes jamás llegarán a entender algo pueden considerar que Harry fue un perdedor. Nunca le dieron premios, pero él hizo de su vida el mejor de los premios. ¿Quién, al echar la vista atrás, puede decir he vivido la vida que he querido? La música, especialmente las melancólicas baladas mexicanas, era su gran pasión. Si algún día cruzas la frontera y una noche te pierdes en la barra de cualquier bar sin nombre, no dejes de mirar a la esquina. No dudes de que allí estará él, abrazado a una guitarra que alguien le habrá prestado, cantando su canción mixteca.

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