Antonio Pérez. LQSomos. Noviembre 2017

Tercera parte de Los indígenas amazónicos, según el National Geographic
Los indígenas amazónicos…
Medio siglo de indígenas amazónicos (1952-1998)

1972: Varios

Amazon. The River Sea. Por primera vez, la foto de una indígena amazónica es seleccionada para ocupar la portada del NGM; concretamente, es una niña Txukahamei con la cara pintada con el rojo urucú. En este reportaje firmado por McIntyre -el primero que intenta describir toda la cuenca amazónica-, entre sus numerosas fotos, trece son de indígenas amazónicos.

En el NGM, Loren McIntyre (1917-2003) es el autor amazónico por antonomasia aunque en este trabajo sólo utilicemos dos de sus reportajes -éste y el de 1977. Fue el primero al que esa empresa confió un trabajo comprehensivo de la Amazonia, tal como pidió en una carta a los editores fechada en 1969: “The Magazine has never published a story on the whole Amazon, just bits and pieces from time to time. The article remains to be done. I want to do it.” Después de conseguir la encomienda de su vida, McIntyre logró editar varios libros y films y hasta sus admiradores escribieron un libro sobre una de sus experiencias más insólitas (Popescu, op. cit., cf. infra) al que seguiría en 2016 una obra de teatro (1).

La primera foto de un indígena (p. 458) es la de un Machiguenga del Perú y su pie de foto incurre en uno de los habituales errores -entonces y ahora- sobre los indígenas amazónicos pues asegura que estos indígenas eran cazadores y recolectores hasta que los misioneros les ‘urgieron’ a transformarse en agricultores sedentarios. Lo cierto es que, antes de la Invasión, la inmensa mayoría de los amazónicos eran agricultores en primer término y cazadores y recolectores en segundo lugar. Para añadir el agravio a la injuria, el fotógrafo añade que estos indígenas carecen de nombres ‘not even secret ones’ (p. 464). Asimismo, reduce la cifra de los amazónicos ‘pre-colombinos’ o ‘pre-cabralianos’ (por Cabral, el ‘descubridor’ del Brasil) a unos dos millones (p. 472) cuando la cantidad que ahora se maneja es de cinco millones. Este tipo de dislates complacientes con el imaginario popular más estereotipado -y más clerical-, se repetirá a lo largo del reportaje; eso sí, intercalado con las consabidas protestas de preocupación por la suerte de los indígenas. La corrección política hacía estragos muchos antes de que el término se pusiera de moda.

McIntyre realizó este trabajo gracias a la ayuda del ya mencionado SIL cuyos misioneros le ilustraron desde su primera incursión amazónica, en 1947 (pp. 465, passim). Fiel feligrés, les consulta si debe visitar de nuevo a los Aguaruna quienes, en 1956, no le habían reducido la cabeza sino todo lo contrario: le habían ‘pintado e iniciado’ -el SIL se lo desaconseja pues esta fracción del gran pueblo Jíbaro estaba ya aculturada… fotográficamente hablando. Y, como era obligado, visita a los terroríficos Auca -hoy Waorani-, de la mano de una de sus misioneras, famosa en los EEUU por haber evangelizado y domado a los homicidas de su hermano, un jungle pilot que fue acribillado por los Waorani en 1956 (p. 467).

Continuando con sus exploraciones, McIntyre llega al territorio de los Waiká -hoy, Yanomami-, de los que sólo recuerda que estaban totalmente desnudos y que le ofrecieron orugas crudas para comer: exotismo recurrente porque los Yanomami no estaban desnudos sino que vestían de otra manera, con cíngulos prepuciales ellos y con faldellines ellas (2). Más tarde, visita el PNX acompañando a los generales que rigen Brasil con su proverbial delicadeza; allí encuentra a algunos Txukahamei, Kayapó y Waurá, al parecer al borde del exterminio. Y menciona que su líder Rauni (Raoni Metuktire, kayapó) quien pocos años después sería conocido mundialmente, contemporiza a la fuerza con los invasores (p. 482; foto en p. 485).

Entre las 13 fotos de indígenas amazónicos (y una de indígenas migrantes andinos) que ilustran este reportaje, destaca la dolorosa o ridícula imagen de un Xavante como monaguillo del SIL (p. 478). Pero la foto más perversa es aquella en la que aparecen armados con sendos revólveres un invasor y un Txukahamei (p. 482). Sin duda, es una foto tan espectacular como falsa puesto que los colonos sí estaban armados pero no así los invadidos, salvo contadísimas excepciones. Por el detrimento que ella representa para los aherrojados indígenas, elevar la excepción a la categoría de norma es simplemente infame.

Dejando aparte a los indígenas amazónicos, McIntyre hace un retrato cuasi propagandístico de Jarí, un proyecto desarrollista que pretendió sustituir a la vegetación natural por plantaciones, primero de Gmelina, un árbol de rápido crecimiento que sólo sirve para fabricar pulpa de papel, y luego de pinos caribeños. Si Daniel Ludwig (1897-1992), su presidente gringo, hubiera leído la suerte que corrió Ford cuando abrió Fordlandia, una gran plantación de caucho en plena Amazonía brasilera, hubiera aprendido que los sembradíos monoespecíficos son devorados por las plagas amazónicas. Por la misma razón, la agropecuaria Jarí (1967-1981) fracasó estrepitosamente poco después de que McIntyre la glorificara (p. 479 y dos fotos en p. 484) (3). Item más, en el orden de las fotos míticas, publica una panorámica del entrenamiento de los soldados bolivianos que, supuestamente, capturaron al Ché Guevara (p. 470).

Lastimosamente, en este reportaje McIntyre no alude siquiera a una experiencia mística que gozó o sufrió durante una de sus primeras visitas a la Amazonía. La reseñamos brevemente porque es muy ilustrativa de la mentalidad de este explorador (4) y, sobre todo, porque nos aproxima a la idea que se hace de los indígenas: en 1969, McIntyre se pierde en el río Javarí y se encuentra con los Matsé -o se pierde por seguir a los Matsé sin conocer su idioma ni su territorio. A este respecto, escribíamos:

“Pero el suyo es un extravío atípico puesto que se desorienta entre los Mayorunas (por mejor nombre, Matsé); para seguir con la confusión, lo que él presenta como prueba de su vuelta a la sensatez es justamente lo que otros vemos como desvarío definitivo pues no de otra manera podemos entender que diga haberse salvado gracias a haber descubierto que podía comunicarse telepáticamente con los indígenas” (Pérez 2001: 200) (5).

Sin embargo, para admiradores como el rumano Popescu, McIntyre sobrevive no sólo gracias a la metafísica del desdoblamiento telepático sino porque percibe que, en la selva, el indígena es un superman que deja chiquito y patético al civilizado (Popescu: 24 y passim hasta 289). Es decir, profesa la corrección política más ortodoxa, la que suele acompañar a los que escogen ser neutrales en la guerra de invasión contra los indígenas del planeta (6).

Para terminar este parágrafo: como decíamos comentando el reportaje sobre los Cubeo, en 1972, el NGM opta por cambiar de línea editorial: de los monográficos publicados hasta esta fecha, pasa a un reportaje comprehensivo de toda la cuenca amazónica. Pretende con ello mantener un cierto equilibrio entre uno de los atractivos de la revista -la excepcionalidad de lo retratado- y el peligro que de él se deriva -la frustración que acaba causando la contemplación vicaria de las maravillas-. Solución salomónica: radicar la excepcionalidad en la comprehensividad. O sea, abrumar al lector con una infinidad de cotidianeidades que, por estar repartidas por un territorio inmenso, son inalcanzables para el consumidor. La maravilla no llega por el detalle sino por la abundancia, acumulación o simple cantidad de minucias. Lo excepcional, lo meritorio -en suma, lo que vende- no es la supuesta gracia de la oportunidad de la que han gozado los reporteros anteriores sino el trabajo dilatado en el tiempo y en el espacio… y en los enormes gastos materiales que conlleva y que, evidentemente, sólo el NGM puede afrontar. Se ha pasado del genio individual que está en el lugar preciso a la hora precisa a una mera exhibición de dispendio presupuestario. Si la heroicidad -huelga añadir, del periodista NGM- ha pasado a ráfagas por el panorama amazónico que nos muestra el NGM (cfr. años 1952-1971), ahora ha sido reemplazada por la ética del trabajo asalariado pues McIntyre es un reportero de plantilla del NGM. No obstante, la heroicidad volverá en 1975, 1976 y, con sordina, en 1977, pero ya tan debilitada que habrá de ser entendida como excepción complementaria. En resumen: la acumulación de cotidianeidades domésticas se transmuta en una nueva suerte vicaria de lo excepcional; y en el camino hemos perdido la maravilla individualista y, por ende, la heroicidad. No vamos a llorarla.

1975: los Kreen-Akarores y los Txukahameis

Por segunda vez, una niña amazónica, ahora maquillada con carbón probablemente en señal de luto o de guerra, campea en la portada del NGM fotografiada por Jesco von Puttkamer (VP) quien escribe y fotografía dos reportajes, ambos ilustrados sólo con fotos de indígenas (16 en el primero y 15 en el segundo).

* El primer reportaje se titula Brazil’s Kreen-Akarores. Requiem for a Tribe? y viene precedido por una insólita Nota del Editor que es una propaganda nada encubierta de la ‘exitosa’ Funai, dudosa afirmación probablemente obligada por la dictadura militar que destruyó la Amazonia brasileña entre 1964 y 1985 -es decir, en los años en los que NGM publicó diez idílicos reportajes sobre los indígenas amazónicos. Y también, justo en 1975 fue cuando el Tribunal Russell denunció que Funai era un organismo oficialmente dedicado a la protección del indígena pero que, en la práctica, se había especializado en integrarlo de la peor manera posible: despojándole de sus territorios y de todos sus derechos, siendo cómplice de los abusos de los invasores y asociada de las multinacionales más agresivas. Y también en 1975, la Funai permitió e impulsó que comenzara la construcción de la hidroeléctrica Belo Monte/Altamira, una alteración mayúscula del medio xinguano en particular y amazónico en general; y, por supuesto, el catalizador de una lucha indígena e indigenista que ya dura décadas.

La susodicha Nota del Editor no puede ser más ditirámbica de los ‘éxitos’ de la Funai pues pretende que, gracias a sus ‘empáticos’ esfuerzos, se ha conseguido evitar el choque entre un país de la ‘Era Espacial’ y unos indígenas de la ‘Edad de Piedra’ y que lo ha logrado refugiándoles en sitios seguros (¿) aunque reconoce que la gripe ha demostrado ser un peligro constante capaz de eliminar pueblos enteros. Estamos ante la excusa de siempre: la extinción -jamás se usa el término exterminación- de los amerindios debe achacarse al choque biológico, único factor a tener en cuenta, como si las epidemias de los blancos actuaran en el vacío e incluso operaran en contra del humanitarismo de los invasores.

El reportaje consiste en fotos de otro primer contacto (cf. supra, 1964 Erigbaagtsa y, especialmente, 1971 Cinta Largas), ahora dirigido por el antecitado joven sertanista Apoena Meirelles en el territorio de los gigantes Kreen-Akarores que estaba siendo cortado en dos por la carretera BR 165 -como gigantes se les conocía porque unos pocos individuos llegaban a medir más de 2 metros de altura, una excepción entre los habitualmente bajos indígenas amazónicos-. En esta ocasión, la urgencia por contactar con este pueblo indígena es mayor de lo habitual porque los ingenieros militares trabajan hasta de noche y hasta los sertanistas, no digamos los indígenas, oyen las explosiones de la dinamita. Meirelles y VP están acompañados por Xavantes ‘domesticados’; quizá convencido de que la música es un lenguaje pacífico universal -no todas las músicas se entienden así-, VP toca el acordeón mientras se aproximan a los primeros Kreen-Akarores que se han dejado ver. La expedición para contactarlos -provista de armas de fuego que rehúsan usar- sigue la misma rutina que en los casos ya reseñados: dejar regalos, esperar y esperar. Cuando, finalmente, los Kreen-Akarores aceptan dormir en el Puesto indigenista, surge una sorpresa: no conocen la hamaca ni la cerámica. Son algo geófagos y desprecian los espejos, fósforos y muñecas que les ofrecen los sertanistas.

Su verdadero etnónimo es Panará, siendo ‘Kreen-Akarores’ el nombre que les habían adjudicado sus seculares enemigos, los Kayapó -y su rama Txukahamei- en cuya lengua significa “hombres con pelo corto”. Después de que la Funai los trasladara al PNX en 1975, los Panará no cejaron en su empeño de reconquistar su territorio tradicional. Finalmente, en 1995, regresaron a su antigua tierra y construyeron allí una nueva aldea. Además, lograron algo realmente inédito: en el año 2.000, ganaron en los tribunales, contra el Estado brasileño y contra la Funai, una indemnización por daños materiales y morales causados por el contacto. Hoy, son unas 600 personas.

** El segundo reportaje se titula Brazil’s Txukahameis. Good-bye to the Stone Age. Apenas hay texto, sólo pies de fotos. Enésima recurrencia al tópico de la Edad de Piedra. Y una obligada mención al disco labial que mostraban algunos viejos y al que VP daba por casi extinto. Sin embargo, en los años 1980’s y 90’s, este disco fue popularizado en Occidente por Raoni (cf. supra, 1972 Varios). Por lo demás, es un adorno extendido por medio mundo y, en la Amazonia, usado por los Kayapó y también por los Zoé, por los antiguos Suyá y, en la costa atlántica de Brasil por los exterminados “Botocudos”.

VP nos informa que sólo usaban mazas y arpones. Y que una de sus tretas de civilizado para atraer a los indígenas consistía simplemente en botar al río globos de colores -una obra de eart- art pero dudamos de su utilidad interétnica-. Asimismo, asegura que los jóvenes varones son iniciados en las prácticas sexuales por ancianas altamente consideradas por la comunidad (¿). De la amenaza de la carretera BR 080, sólo cita que fue la causante de la escisión que llevó a una parte de este pueblo a exiliarse en Kretire al cuidado del Chef Rauni (p. 280) Item más, VP resume los dos valores fundamentales entre los Txuhahamei: una autosuficiencia nacida del entendimiento con la Naturaleza y un sentido de la independencia que se consigue cuando los jefes son meros consejeros –un detalle de etnopolítica tan común entre los indígenas amazónicos como fieramente censurado-. Hoy, Txukahameis es un etnónimo desusado pues sólo son un subgrupo Kayapó (autodenominación: Mebêngôkre).

Estos dos reportajes concluyen de la misma manera: con sendas fotos de desnudas doncellas indígenas (p. 269 y p. 283) que hoy serían consideradas paidófilas cuando no como pornografía infantil.

1976: los Yanomamo

Yanomamo: The True People. 10 fotos de Chagnon y 4 de Robert W. Madden. Para empezar, es de agradecer que Napoleon A. Chagnon (NCH), autor de este reportaje y famosísimo ‘yanomamólogo’, haya renunciado a repetir el calificativo que usó en la portada de su primer libro: The Fierce People (1968). Evidentemente, de feroz a auténtico hay una gran distancia, no sabemos si salvada por los editores de NGM o por el propio NCH (7).

Sea como fuere, el reportaje comienza con gran tremendismo pues narra como una madre acaba de matar forzosamente a un hijo recién nacido porque ya tiene otro bebé y no podría alimentar a los dos. Al parecer, NCH ha preguntado a la madre por el recién nacido, una pregunta superflua -la señora ha parido y se ha ennegrecido las mejillas con carbón; es decir, se ha vestido de luto-, ofensiva -porque a los Yanomami no se les puede preguntar por los difuntos- y hasta peligrosa porque puede desencadenar una respuesta violenta. Además, NCH continúa insistiendo en la imagen de ferocidad que acuñó en su primer libro pontificando que los Yanomami guerrean constantemente, quizá no por ocupar cazaderos que les proporcionen proteínas de alto grado como fue su primera deducción antropológica, sino por su ‘crónica carencia de mujeres’ -en realidad y pese a la imagen que de él se ha construido por racistas motivos mediáticos, este pueblo es infinitamente más agricultor que cazador-.

Por otra parte, NCH deja traslucir su marco ideológico cuando supone que los Yanomami representan una ‘biblioteca sin catalogar adecuada para el estudio del hombre primitivo’ (p. 218). Pero, de hecho, los Yanomami de hoy no son los antepasados del Hombre Primitivo -se sobreentiende, occidental-, sino que sólo son los antepasados de sí mismos. NCH comete un disparate eurocéntrico que, además, sirve de falsa evidencia para agravar un error muy extendido entre los académicos occidentales más rutinarios.

Otro de los errores etnopolíticos que perpetra NCH es suponer que los Yanomami son ‘como una nación-estado’ (p. 212). La comparación está fuera de lugar puesto que es insalvable la distancia espacio-temporal que las separa. Pero es una muestra más de que el autor no ha conseguido evitar el eurocentrismo subyacente a su educación occidental. Ni desde el punto de vista literario podemos excusarlo.

Pese a todo ello, NCH menciona los cambios que sufren los Yanomami -cada día tienen más escopetas, objetos de metal y enfermedades- y los achaca indirectamente a la proliferación de las misiones religiosas. Y cita a un sabio indígena desgranando una verdad universal: “Dele un arma a un irascible y le harás más irascible… el arma hará que quiera matar incluso sin motivo”.

La última foto (p. 223), nos es especialmente querida pues en ella aparece Kaobawe, a quien visitamos varias veces en su feudo de Mavaca y, a la izquierda de la foto, está el gran Irawe, ‘cacique’ yanomami -valga el contrasentido pues estos indígenas son todos jefes y casi todos, sacerdotes (8)- quien, ca. 1980, en dos ocasiones descendió el Siapa y el Casiquiare en una canoa de corteza (tomoro-kosi) hasta llegar al Alto Río Negro donde se alojó en nuestra casa y a quien luego visitamos con alguna regularidad en sus dominios del río Siapa (9).

1977: Varios

Brazil’s Wild Frontier. Treasure Chest or Pandora’s Box?, es otro reportaje comprehensivo de McIntyre. Esta vez, sus referencias a los indígenas se limitan a algunos párrafos sueltos y a la inclusión de dos fotos: un Erigpactsá (sic, cf. supra 1964 Erigbaagtsa y passim) y un Cinta Largas (cf. supra 1971 Cinta Largas y passim), ambos en pp. 698 y 699.

En el pie de foto, McIntyre sostiene que la guerra ha sido una constante milenaria en la historia de los indígenas amazónicos -¿y en cuál no?- pero lo equilibra añadiendo que ahora se enfrentan a los peligros, aún mayores, que encarna “the advance of civilization”. En cuanto a la foto del Cinta Largas abrazando a un casco de buzo, se hace eco del rumor de que el buzo fue muerto por los indígenas mientras buscaba diamantes en un río (¿).

El resto del texto es una incitación a que el desarrollo pase por encima de los indígenas. Lo dice claramente: si a 100.000 indios se les entregan 100.000 millas cuadradas, para que cada brasileño reciba igual porción, se necesitaría doblar la extensión terrestre del planeta. Nada nuevo salvo, quizá, la curiosa apreciación de un piloto: preguntado por el inevitable “caso Fawcett” (cf. nota nº 21), a la vista de la carrera nacional-militar por encontrar las riquezas del subsuelo, responde “Sabemos que no existe la Ciudad Z… salvo que esté bajo tierra” (p.692) Razón no le falta y ambición extractiva, tampoco.

Casi huelga añadir que McIntyre no pierde la ocasión de encomiar a la empresa Jarí (pp. 713-716; cf. supra, 1972 Varios; y nota nº 20). Lo califica como ‘experimento colosal’ y, preocupado por el peligro de sustituir la selva por una plantación, consulta a un tal Dr. Kerr quien le tranquiliza: “Estoy en contra de convertir el Amazonas en un rancho ganadero pero los científicos de Jarí son de primera clase y Jarí es muy pequeño para alterar la Amazonia”. Una conclusión demasiado optimista pero, a nuestro juicio, Kerr acierta en su opinión sobre los científicos que trabajaron para Jarí-Daniel Ludwig; eran académicos de primera y lo pudimos comprobar coexistiendo con ellos en la estación que mantenían en San Carlos de Río Negro instituciones tan prestigiosas como las encuadradas en el Programa de la UNESCO El Hombre y la Biosfera (desde ecólogos de Georgia hasta edafólogos del Max Planck Institute) Lástima que viéramos en directo como la investigación sobre el ciclo reproductivo primario del ecosistema amazónico -para algunos de ellos, basado en las microrrizas-, de la noche a la mañana era sustituida por el estudio de la vegetación secundaria -lo cual, evidentemente, era necesario para evitar el inminente colapso de Jarí-. En ocasiones, al marco cultural en el que trabaja la Ciencia, hay que añadir el marco económico.

1979: los Wasúsu (Nambicuara)

Stone Age Present Meets Stone Age Past, es la cuarta y última vez que estudiaremos la obra de von Puttkamer (VP), ahora con una óptica quizá más prehistórica que antropológica pues estudia el trabajo como peones de los Nambicuara en el yacimiento arqueológico Abrigo do Sol. Volvemos a los límites de la Amazonía, al Planalto Central y al biotopo de cerrado y caatinga. E incluso a las cercanías de la frontera de Brasil con Bolivia.

Abrigo do Sol (en adelante, AS; nombre técnico MT-GU-01) es un yacimiento, enmarcado en la transición Pleistoceno-Holoceno, con evidencias de ocupación humana que VP remontaba a unos 9.000-12.000 ap (antes del presente) pero cuyos artefactos hoy suelen datarse entre 9.000-15.000 ap, una fecha modesta si tenemos en cuenta que hay arqueólogos modernos que fechan en casi 50.000 ap la actividad humana en los confines de la Amazonía brasileña -naturalmente, es una cifra no demostrada de la que reniega el grueso de los especialistas, en parte porque obligaría a revisar a fondo la cronología oficializada del poblamiento de América-.

VP presume de haberlo bautizado como AS porque supone que los por él llamados Paleo-Indians veneraban al Sol desde esta sombría cueva (pp. 60, 74, 79) Con ello, creemos que cae en la consabida manía occidental de encasquetar un sentimiento religioso a todo resto humano del que todavía no se sabe cómo funcionaba ni para qué (10). Asimismo, VP se inclina por creer que sus peones Wasúsu -una rama de los Nambicuara-, pueden ser descendientes de los antiguos habitantes de AS; es decir, padece el prejuicio de creer en la inmovilidad indígena lo cual supone olvidar las migraciones sucedidas en diez milenios. Esta confusión llega al extremo de insinuar que los Wasúsu, como cazadores-recolectores, tienen un modo de vida similar al de los paleo-indios de AS. Lo cual, además de negar su faceta agrícola, supone olvidar que el ecosistema local que vemos hoy es el producto de diez milenios de cambios biológicos e incluso geológicos. Y que también cambia la cultura material de los pueblos indígenas como demuestra que en AS hay innumerables restos cerámicos mientras que sus Nambicuara no conocían el trabajo del barro (p. 79).

Aunque la mayoría de los Nambicuara prefieren vivir en la sabana, el grupo de los Wasúsu habitaba en la selva… hasta que la Funai, velando por los beneficios de las empresas madereras, los bajó de su nube arbórea para deportarlos a la cercana caatinga; fue un viaje de pocos kilómetros pero que representó un cambio radical para este pueblo (11). Y, en el orden opuesto, también para la agroindustria que se precipitó sobre sus nuevas tierras y fábricas. Para frenar el destierro, los Wasúsu se encomiendan a la protección de VP quien, finalmente, hace una finta y lo que logra es despertar el interés de las instituciones -NGM entre ellas- para estudiar el AS, perjurio que ‘compensa’ contratando a los Wasúsu como peones de la excavación a cambio de comida y ollas -a la postre, Funai reconoció que este grupo había vivido en la selva desde ‘tiempo inmemorial’ y detuvo parcialmente la deportación-.

El reportaje contiene unas pocas pero interesantes descripciones del impacto que la excavación de AS tiene sobre los peones indígenas: los Wasúsu trabajan pulcramente y sin descanso y se entusiasman cuando encuentran algún resto especial; asimismo, cuando los civilizados encuentran unas huellas de pies humanos grabadas en la roca (foto p. 78), los Wasúsu se las apropian como una demostración de que “nosotros estuvimos aquí”. Pero donde exagera el autor es cuando cree que los petroglifos con rayas radiales son una prueba más de que adoraban al Sol puesto que, según VP, círculos con radios es como todos los niños dibujan al Sol. ¿Todos?, no necesariamente. En contra de su heliolatría, él mismo añade que los Nambicuara actuales no veneran al Sol sino al Trueno. Además, en el sentido de la disputa entre las interpretaciones religiosa y prosaica, los peones creen que un peñasco con varias incisiones es una piedra ceremonial pero no dicen a qué clase de ceremonia se refieren mientras que, por su parte, VP se inclina por considerar que sus incisiones (foto en p. 77) son vulgares amoladores.

No obstante, líneas después VP regresa a su formación mítica y al relato del ‘descubridor’ Orellana y nos sorprende argumentando que la abundancia de numerosas estilizaciones de la genitalia femenina que hay en AS demuestra que ¡‘mujeres guerreras’ dominaron la Amazonia! Impertérrito ante la evidencia de que esos signos son universales y admitiendo que pueden ser simples dibujos figurativos o abstractos , retrocede en parte para insinuar que, si bien no todas las amazónicas fueron amazonas, le resulta obvio que las mujeres jugaron un papel importante en las antiguas sociedades de la comarca -lo cual, dicho así, es una banalidad-. En ningún momento contempla la interpretación más prosaica: que no sean genitalia o que, de serlo, cumplan la misma ridícula función que cumplen los grafitti en los baños occidentales. Por si ello fuera poco, la culterana fantasía de las Amazonas le da pie a VP para insistir en el mito etno-feminista de Iamaricumá (cf. supra, Jamarikumá en 1966 Waurá) y, de paso, para abundar en la fotografía de las aquí llamadas jakui, flautas mágicas porque están prohibidas a las mujeres (cf. supra, 1959 Tukuna, notas nº 7-8, y 1966 Waurá passim).

Discrepamos cuando VP llega a asegurar que ‘los esfuerzos del gobierno brasileño para establecer a los Nambicuara en una reserva fracasaron por profundas incompatibilidades. En su defecto, Funai adoptó una política de pequeñas reservas basadas en las ‘seculares diferencias entre los grupos’; y nos lo cuenta distrayendo al lector que contempla en la página opuesta a una joven indígena desnuda y de frente; eso sí, con el pubis hábilmente escondido o emborronado (cf. foto en p. 80 y pie de foto en p. 81). Además, obsérvese que la redacción (because of deep-rooted incompatibilities) es lo suficientemente ambigua como para que no sepamos si los incompatibles son los grupos Nambicuara entre sí o el pueblo Nambicuara y el gobierno brasileño.
Los Nambicuara (en Tupí, oreja agujereada; antigua denominación Cabixí, autodenominación Anunsu), se hicieron famosos cuando Lévi-Strauss los incluyó en sus primeros libros, especialmente en Tristes trópicos (1955) A principios del siglo XX, eran unos 5.000; Lévi-Strauss ascendió esa cifra a unos 10.000 pero añadió que, en 1938, no pasaban de 3.000. Diez años antes de que VP publicara este reportaje, habían quedado reducidos a 550 individuos y, en la actualidad, se aventura que quizá no lleguen a los 2.500. Su territorio fue cortado por carreteras como la BR 364 por lo que viven en islotes dispersos anegados por las sucesivas invasiones de garimpeiros, ganaderos y agroindustriales en general. Aun así, unos cuantos todavía hablan alguno de los dialectos de la lengua nambicuara.

1983: Wayana

What Future for the Wayana Indians?, con texto y 14 fotos de Carole Devillers, es el primer trabajo amazónico firmado por una mujer. Subrayemos que este pueblo indígena tiene la ciudadanía europea puesto que vive en la Guayana francesa, una provincia más de Francia aunque alejada 7.000 kms. del Hexágono. Hoy, la población de los antes llamados Roucouyennes -por su hábito de maquillarse con roucou, Bixa orellana-, oscila alrededor de las 1.500 personas -770 cuando se publica este reportaje-. Si hemos de comparar este relato con los que antes hemos estudiado, resulta que apenas hay diferencias entre los indígenas del Tercer Mundo, todos ellos amenazados por violentas invasiones, y estos Wayana del Primer Mundo que viven oficialmente como europeos democráticos y ricos pero que están y se sienten igualmente amenazados por la sociedad invasora.

La autora reconoce que vivió cuatro meses entre estos indígenas gracias al francés André Cognat, dite Antecumé, autor de J’ai choisi d’être indien (1967 y 2000) quien, desde 1961, vive con los Wayana y presume de ser Wayana –una dudosa pretensión pues nadie puede ser distinto de donde se crió, nadie puede escoger-. Para Devillers, Cognat es consejero, mediador, enfermero y sacamuelas y en todos esos oficios ayuda y enseña a la comunidad; pero también le supone albañil y eso es más dudoso puesto que, obviamente, los Wayana saben construir sus propias casas. Item más, es de agradecer que la autora no describa a su compatriota expat como si fuera el Salvador de los indefensos indígenas.

Además de congratularnos de que Devillers no caiga en el mito del Tarzán Indigenista, este reportaje difiere de los anteriores en que hace hincapié en la realidad de la marginación indígena. Por ello, no esconde que los Wayana trabajan como peones para los geólogos y otros exploradores mineros y, en un orden aún más grave, que la ratio de suicidios es demasiado elevada -tres jóvenes se habían suicidado el año anterior (p. 82). Asimismo, denuncia los graves problemas que acarrean el tabaquismo infantil y, sobre todo, el alcoholismo entre los adultos, una lacra causada no por el kasilí (cachiri en los países vecinos; licor de yuca) sino por la tafia, un ron industrial. Como señala un informante, “el kasili nos vuelve alegres y la tafia, agresivos”. Tampoco deja de reseñar el ridículo papel que representan esos turistas que, pagando unos pocos centavos, se fotografían junto a los pechos desnudos de las mujeres o enarbolando unos arcos y flechas que, años atrás, habían sido reemplazados por las escopetas. Incluso deja cierto espacio para describir un componente fundamental de las culturas indígenas al que generalmente no se hace el menor caso: su humor.

Naturalmente, no podía faltar la descripción del principal rito de paso que, entre los Wayana, es el Maraké u ordalía de las hormigas. Devillers lo considera el pilar de la identidad wayana y concluye que, mientras sobreviva esta dolorosa ceremonia, sobrevivirá este pueblo. Lo que no podía saber la autora era que el Maraké (eputop) es, desde 2011, candidato a engrosar la lista de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO -un significativo reflejo de la integración global de los Wayana-.

Por enésima vez a lo largo de este trabajo pero ahora copiando a Devillers, volvemos a señalar que los garimpeiros (orpailleurs) suponen un peligro constante para los Wayana y para el medio ambiente –especialmente por el mercurio que utilizan. En otras palabras, la búsqueda del oro está por encima de dictaduras militares, repúblicas bananeras y democracias europeas de alto grado. Las cifras del hidrargirismo son terroríficas: en 2005, el 85% de los adultos y el 80% de los niños presentaban una acumulación de mercurio muy superior a la norma de la Organización Mundial de la Salud. Ello a pesar de los esfuerzos articulados a través de la Fédération des Organisations Autochtones de Guyane (http://foag.over-blog.com/).

1995: Varios

Amazon. South America’s River Road, por Jere Van Dyk (texto) (12) y Alex Webb (fotos, de las que sólo tres son de indígenas) Reedición del enfoque holístico ya ensayado por McIntyre en 1972 (cf. supra). Al igual que aquél, los indígenas ocupan un lugar menor que secundario. Durante cuatro meses, los autores remontan el gran río y, desde las primeras líneas, ensalzan la bravura de los colonos al mismo tiempo que dibujan la lucha de los indígenas como si fuera la misma que enfrentan desde la Invasión cuando, de hecho, es igual pero no es la misma.

La primera foto de indígenas es la de unos niños “Yagua” -hoy, Ñihamwo, unos 4.000 individuos- a la sombra de un guardaespaldas armado con metralleta (pp. 6-7) mientras, vestidos con rafia, esperan para bailar frente a las autoridades y cobrar en especies por su actuación. Las segunda y tercera (pp. 34-35) son de los Asháninca que sufren las consecuencias de la guerra entre Sendero Luminoso y el ejército peruano que les ha encuadrado en milicias para combatir la guerrilla maoísta.

Sólo dos veces se encuentran con indígenas: a) al doblar una curva, les esperan los Tikuna (p. 27) en una zona donde imperan el narcotráfico, el ‘terrorismo’ y la violencia extrema -reconocen que recientemente han sido asesinados y botados al río unos catorce de ellos, incluyendo cinco niños (cf. nota nº 9) Rodeados de antenas y paneles solares presididos por una enorme cruz, un Tikuna les recibe en la casa comunal y les manifiesta: “Si tuviéramos armas, seríamos derrotados; nuestra única arma es la palabra”. Dura y vieja realidad que, sin embargo, no habíamos encontrado en los reportajes anteriores. b) Después de esta entrevista, llegan a tierras ashánincas, donde el panorama es todavía más violento; la entrada de la aldea está guardada por una garita con sacos terreros y unos pocos Asháninca armados con arco y flechas pues en todo el pueblito sólo cuentan con tres escopetas. Estos indígenas viven en una zona de nadie entre los guerrilleros y los paramilitares por lo que son víctimas de los dos bandos.

A partir de ahí, los autores remontan el río hasta su supuesto nacimiento en homenaje a McIntyre, el supuesto descubridor de las fuentes (cf. supra, 1972 Varios) Se encuentran con numerosos indígenas pero éstos son andinos, hablan quechua y veneran a las apachetas o montones de piedras sacralizadas. Forzosamente, Dyk y Webb han tenido que encontrarlos en el río como colonos o como nómadas depauperados pero quizá no hayan dado suficiente importancia a esa migración masiva de las montañas al valle amazónico. Por nuestra parte, no abundamos en mayores detalles porque son indígenas pero no amazónicos.

Una ilustración de este reportaje nos muestra hasta qué punto las imitaciones del NGM pueden ser confusas y cómo crean y estimulan la confusión. En una foto a doble página, se observa a unos fornidos caucásicos atados por parejas de espaldas a unos árboles, pintarrajeados, con vendas negras en los ojos y disfrazados con unos tocados y unos faldellines de malhadada inspiración amerindia pero perfectamente acrílicos. El agua les llega hasta las rodillas pero ellos parecen tan absortos como resignados; es decir, tan sumisos como toda religión exige. Según reza el ingenioso -e intraducible- pie de foto, son turistas que están experimentando una imitación de algún rito de paso tribal: “Surreal estate. American salesmen endure a mock tribal initiation near Manaus, courtesy of a New York-based real estate firm that rewards its star agents with exotic excursions” (pp. 20-21).

Pues bien, lo que en el original no pasa de ser una contenida burla de las extravagancias indianizantes que inventan y padecen los vendedores de las inmobiliarias neoyorkinas para curarse el stress (de ahí, lo de surreal estate, propiedad inmobiliaria surrealista), al ser reproducido por otras revistas poco escrupulosas, se convierte en una hiriente confusión etnográfica. Por ejemplo, la susodicha foto es copiada por un dominical español para ilustrar el artículo de una escritora chilena pero con un pie de foto que no se corresponde en nada con el original; este prodigio de irresponsabilidad editorial, tan conciso como disparatado, reza: “Ceremonia tribal en Manaus” (Allende: 34).

1998: Varios

The Orinoco. Into the Heart of Venezuela. Último reportaje de esta serie. Firmado por Donovan Webster (texto) y Robert Caputo (fotos, cuatro de las cuales son de indígenas) A pesar de que no versa sobre el Amazonas sino sobre el Orinoco, lo hemos incluido porque buena parte de la cuenca orinoquense es selva tropical lluviosa, un medio idéntico al de la mayoría de la cuenca hidrográfica amazónica. Y, sobre todo, porque los problemas que enfrentan los indígenas de este río son los mismos que padecen los indígenas amazónicos.

Es en las cabeceras del Orinoco donde comienzan su viaje. Y en el mes de marzo, al final de la estación seca, cuando abundan los alimentos pero que es también la peor época para viajar por vía fluvial. Es decir, descienden el río en lugar de remontarlo como hacían en el reportaje anterior. Y allí topan con los Yanomami (cf. supra, 1976 Yanomamo) a los que, como era de esperar, conceden especial relieve -les dedican 4 páginas de texto- pues ya en ese año eran muy famosos y tan fotografiados como malinterpretados. Por ello, el reportaje se abre con la foto de una adorable niña Yanomami, al parecer inmersa en un mundo que ha ‘conocido sólo pequeñas alteraciones por cientos de generaciones’, un lugar común más que discutible. Cuantifican su población ‘venezolana’ en 16.000 personas, una cifra quizá algo exagerada para ese año y son asesorados por Jesús Cardozo, uno de los pocos antropólogos venezolanos amigos de Chagnon, el inventor de la definición ‘pueblo feroz’ -Fierce People-, etiqueta nefasta que citan pero para desmentirla por la vía de los hechos pues confiesan que, entre estos seres tan feroces, pasaron la semana más apacible de sus vidas (fotos pp. 8,9 y 12-13) Aun así, no pueden abandonar el tópico de la guerra intestina como esencial a la vida yanomami, máxime cuando Cardozo les instruye que es “su estilo tradicional” y que, por ende, pueden matar a los guías que les acompañan. Recalan en el shapono de los Hasupiwei-teri, comunidad que visitan anualmente una docena de extranjeros y al que califican de paradise.

Curiosamente, en su artículo incluyen una mención neutra -en todo caso, no laudatoria- al explorador gringo A. Hamilton Rice quien, en 1920, acribilló con sus armas de fuego a un grupo de Yanomami que encontró en una orilla; paradójicamente, los autores entienden que aquel incidente demostró que, en efecto, eran un pueblo intratable. Otro ejemplo de las víctimas confundidas con los victimarios pese a lo cual el genocida fue recibido en loor de multitudes por la crema de la intelligentsia española, unos intelectuales que no sabían -o no querían saber- de su matanza en el Orinoco (13).

Luego llegan las forzosas advertencias sobre las pirañas, gimnotos, pastinacas, mosquitos, etc., algunas frases sobre los garimpeiros, el narcotráfico y los misioneros evangélicos y católicos y así -en julio, plena estación lluviosa- arriban al delta del Orinoco, territorio de los Warao, donde contemplan un jaguar a cinco metros. Nos sorprenden estos reporteros amazónicos del NGM: todos ellos han visto jaguares y nosotros, que hemos vivido años en las mismas selvas, sólo vislumbramos uno y no demasiado cerca.

El portavoz de los Warao cree que ‘la vida es como siempre ha sido, la misión es buena y ayuda pero más ayudarían las empresas petroleras que contratan a los jóvenes indígenas’. Los autores están de acuerdo y hasta aseguran que los pozos petrolíferos mejorarán la vida de los indígenas (¿). No obstante semejante optimismo -o ignorancia de la historia-, los Warao (foto pp. 30-31) están de hecho peor que antes del boom petrolero. Es más, hoy, este pueblo indígena afronta una insidiosa epidemia de Sida y un considerable éxodo hacia la cercana meseta de Brasil.

RECAPITULACIÓN

A pesar de que en todos ellos se pueden encontrar pruebas de la tendencia política desde la que el NGM divulga la imagen de los pueblos indígenas amazónicos, por no extender demasiado el campo de estudio no se han tenido en cuenta:

a) los reportajes que versan sólo sobre la Naturaleza amazónica; por ej.: los ya antiguos sobre algunos giant insects (mayo 1959), el pájaro hoatzin (septiembre 1962), la piraña (noviembre 1970), el manatí (septiembre 1984) o algunos loros de la Amazonía peruana (enero 1994). Tampoco se han estudiado los artículos sobre selva tropical lluviosa en general; por ej.: el publicado en enero de 1983 que incluye como addenda otro trabajo de Devillers sobre los indígenas Wayana.

b) la miscelánea de reportajes sobre arqueología, ciudades, materias primas, aspectos aventureros o deportivos (como kayaking the Amazon, abril 1987) o noticias sueltas aparecidas tanto en la edición norteamericana del NGM como en otras ediciones nacionales; por ej.: Territorio asháninka (edición española, octubre 2000)

c) los monográficos sobre países amazónicos como Perú (febrero 1964), Bolivia (febrero 1966), Ecuador (febrero 1968) y Venezuela (agosto 1976, exceptuando el trabajo de Chagnon-NCH entre los Yanomami y el de Webster & Caputo 1998)

En 1902, el famoso dizque inventor (14) y, sobre todo, hombre de negocios, Alexander Graham Bell, dictó las reglas básicas que había de seguir la empresa “NGM”: “Leave Science… to others and give us details of living interest beautifully illustrated by photographs” (cit. en sept 1988, p. 287) Desde entonces, efectivamente, el NGM se ha olvidado de la ciencia y de los planteamientos generales para especializarse en las anécdotas y en las fotos bellas; hasta aquí, nada que objetar si no fuera porque esta tarea -entre divulgativa y chismosa- la cumple desde una óptica ferozmente gringo-nacionalista -no por casualidad se sigue llamando National-, pretendidamente holística -aunque parcial hasta la perversidad- y, eso sí, contradictoriamente disfrazada del más mundano de los cosmopolitismos populares.

Y ya que estamos entre detalles, no debemos olvidar las características internas de la empresa “NGM”: comenzó como una revista de ciencia geográfica pero, a los pocos años, Bell decidió llevarla por los derroteros que todos conocemos. Item más, Bell, segundo presidente del NGM, era yerno del primer presidente y fue suegro del tercero quien, a su vez, ha sido sucedido hasta la fecha por sus hijos y nietos. Es decir, NGM es una empresa endogámicamente monárquica. Desde el punto de vista de la política empresarial y de la política en general, a lo que implica esta suerte de Constitución hereditaria tenemos que añadir los excelentes lazos de amistad y hasta parentesco que han unido a esta dinastía presidencial con los grandes caciques de la política estadounidense. Por ejemplo: el general Lew Wallace (más conocido por ser el autor de Ben Hur) escribió en los primeros números por ser amigo de la familia; siguiendo la misma línea bélico-comercial, en 1904, otro amigo del clan, el entonces Presidente de los USA T. Roosevelt, ordenó a la US Navy que colaborara en un acto propagandístico del NGM instituyendo así el idilio entre los militares USA y el NGM que dura hasta nuestros días. Más aún, el 27º Presidente de los USA, W. H. Taft, era primo segundo del tercer presidente del NGM, G. Grosvenor, quien también era amigo del colegio de otro Presidente de los USA, C. Coolidge. Con unos comienzos tan endogámicos y tan frecuentes en la sedicente meritocrática Norteamérica -tanto en la empresa como en la política-, no es de extrañar que otros Presidentes -ya no recordamos si del NGM o sólo de los EEUU- como Hoover, F.D. Roosevelt, Eisenhower, Johnson y Reagan hayan prestado incluso sus plumas y firmas para fortalecer al NGM. En consecuencia, menos puede extrañarnos que el NGM deba ser considerado como una corporación transnacional/nacionalista -valga la sólo aparente paradoja- que, en definitiva, entiende al planeta e incluso al firmamento como si fuera el coto de caza de los EEUU.

Esta recopilación de 15 artículos ha pretendido mostrar las mentiras -por omisión- de las relaciones de los indígenas amazónicos -y de Mato Grosso- entre ellos y, sobre todo, con la sociedad envolvente. Pero sin esconder que los últimos reportajes han sido escritos con mayor atención a la realidad de los pueblos indígenas amazónicos. Nos hubiera gustado consultar la obra clásica de Lutz y Collins (cf. op. cit.) sobre los tejemanejes del NGM pero sólo lo conseguimos parcialmente a través de internet. Estamos seguros de que su estudio hubiera mejorado considerablemente la redacción de este memorándum.

En septiembre de 1988, el NGM publicó un número monográfico dedicado a conmemorar su Centenario. En la carátula, sólo aparecían los 100 Years y una antigua cita de A. G. Bell: Reporting on “the world and all that is in it”. No todo lo que hay en el planeta puesto que el NGM seguía fabricando reportajes anecdóticos sobre el mundo… pero no sobre los conflictos que alberga el mundo -desde 1998 ha cambiado, justo es reconocerlo. Así pues, suponiendo que a través de los ejemplo amazónicos precedentes hayamos conseguido demostrar sus olvidos culpables y sus deplorables manipulaciones, podemos reprocharle -parafraseando un dicho portugués-, que tengan la verdad pero tengan poca.

Notas:

Malas compañías…

1 .- A finales de los 1950’s y 1960’s, McIntyre estuvo trabajando en Perú y Bolivia para la oficina de cooperación gringa, la USAID. Su primer artículo como fotógrafo y escritor freelance, fue “Flamboyant Is the Word for Bolivia,”, publicado con 47 fotos en el NGM en 1966. No lo analizamos porque apenas presta atención a la mitad amazónica de Bolivia.
2.- Esta vez, McIntyre narra que entró en Venezuela sin mayores problemas (p. 477, 479) Sin embargo, en 1982, fue capturado por la Guardia Nacional venezolana cuando entraba sin permiso desde Brasil al entonces llamado Territorio Federal Amazonas. Años después, el fotógrafo sostuvo que había recuperado sus películas gracias a que chupó el envoltorio de unas pastillas rojas para simular que estaba muy enfermo. Obviamente, la versión venezolana es radicalmente distinta: fue liberado por la intervención de su Embajada.
3.- Ocho años después, justo antes de que colapsara el proyecto, McIntyre le dedicará todo un reportaje a este catastrófico emprendimiento empresarial: ver, “Jari: A Billion Dollar Gamble”, NGM, mayo 1980. No lo reseñamos porque no menciona a los indígenas.
4.- Desde los años 1920’s, el ocultismo y la irracionalidad pseudo-mística eran moneda corriente entre los exploradores del Amazonas. La búsqueda de las “ciudades perdidas” era uno de sus delirios preferidos, justamente el que animó al ‘coronel’ P.H. Fawcett a desaparecer en 1925 en los alrededores del río Xingú mientras buscaba la Ciudad Z. Desde su anterior residencia en Ceilán, Fawcett escribía en la Occult Review y esa manía se prolonga hasta expediciones en la búsqueda de sus restos que actualmente llegan a titularse Expedition of No Return in the Ethereal Place of the Unbelief. Todo indica que, en 1969, McIntyre sufría de la misma enfermedad psicológica-cerebral. Es curioso que, dentro de la tesis de que la Amazonía estuvo densamente poblada –ya lo percibió el ‘descubridor’ Orellana-, arqueólogos modernos como Michael Heckenberger -un admirador crítico de Fawcett- hayan demostrado que, en efecto, los antiguos indígenas amazónicos vivían en núcleos que pueden ser llamados ‘ciudades’ puesto que están defendidos por fosos y empalizadas y conectados por caminos y canales.
5.- Este párrafo era ampliado por la nota nº 7 que rezaba: “Una gracia -¿o es disciplina?- tan elevada como la telepatía no se expresa coloquial ni profanamente sino que ultrapasa la más abstracta de las abstracciones lexicales; item más, grandes metafísicas pueden esperarse cuando, gracias a ella -¿o es Ella?-, se encuentran un gran fotógrafo gringo y un gran cacique Mayoruna -al que, dicho sea bajando a la tierra, McIntyre pone de mote Percebe-. El desafío promete ser colosal, trascendental, cósmico o, por lo menos, algo inteligible. Los Mayorunas (Matsé) no se andan con chiquitas: “Aquello sobre lo que han especulado los astrofísicos al observar la implosión de las estrellas -esto es, la reversibilidad del tiempo-, los Mayoruna lo proponían también aunque a menor escala” (Popescu: 217). Dirigiéndose telepáticamente a Percebe, McIntyre responde: “Espero que me entregues más pruebas de la existencia del continuum tiempo/espacio/pensamiento, no porque yo sea tan importante y tú no tengas mejor cosa que hacer, sino porque he llegado a los confines de tu manera de pensar (mode of operation). Y parte de este modus operandi ha llegado a pertenecerme” (ibid: 287; en ambos ejemplos, nuestra traducción). Por carecer del bagaje necesario en astrofísica, metafísica y malacología, no podemos terciar en este diálogo intercultural.
McIntyre narra su epopeya no a un amanuense cualquiera sino a uno de postín, Popescu (op. cit.). Es muy posible que las fantasías de uno hayan multiplicado las del otro pero, etnografías aparte, es de reconocer que el resultado, considerado exclusivamente desde el punto de vista literario, es muy aceptable. Este caso recuerda de lejos al de Thomas Whiffen, un excéntrico que visitó la Amazonía en busca de otro explorador perdido, el francés Robuchon; a pesar de su connivencia con los genocidas del Putumayo, las declaraciones de Whiffen fueron positivamente decisivas para que Casement comenzara su investigación sobre esos mismos genocidas.
6.- Huelga añadir que esta neutralidad rinde buenos frutos artístico-mediáticos. Ejemplo: en 2016, el dramaturgo Simon McBurney desempeñó el papel de McIntyre en su monólogo The Encounter, una obra con claros tintes new age. En ella se arguye que, al encontrarse con los Matsé, el fotógrafo estuvo convencido de que había abandonado su propio tiempo detrás del “separate self, so precious to our contemporary sense of identity [pero que], is undermined to the point that it becomes, for McIntyre, utterly illusory”. “We are going to the beginning”, le instan sin palabras los indígenas. Y allá que el fotógrafo les acompaña convencido de que ellos el Origen -una creencia que, pese a la seda con la que se cubra, es un lugar común en la cultura occidental.
7.- En el año 2000, se publicó un libro que modificó la imagen científica y moral que NCH había disfrutado hasta esa fecha. En él se vertían numerosas acusaciones contra NCH y contra otros antropólogos –Jacques Lizot, por ejemplo-, especialistas en yanomamología. La principal fuente de información del autor provenía de los misioneros evangélicos que operaban en el territorio de estos indígenas. Cf. Tierney, op. cit.
8.- Recientemente, algunas organizaciones indigenistas -por ejemplo, Survival International-, caracterizan a Davi Kopenawa, como chamán. Suponemos que esta definición, quizá demasiado imprecisa, es el peaje que pagan para popularizar la lucha de los Yanomami brasileños.
9.- En enero de 1991 y en junio de 1998, NGM volverá a publicar dos breves sueltos sobre los Yanomami. En el primero, cita una declaración del antropólogo Kenneth Good -enemigo de Chagnon y famoso por haberse casado con Yarima, una niña Yanomami- sobre la última invasión de los garimpeiros. En el segundo, J.P. Boubli denuncia que las escopetas que ahora tienen estos indígenas son las principales responsables de la extinción de varias especies de monos.
10.- La última manifestación de esta maniática obsesión es considerar al yacimiento turco de Göbekli Tepe como un ‘santuario’ de unos 11.500 ap -antes de la sedentarización- basándose en que todavía no se han encontrado vestigios de que tuviera otra función -por ejemplo, que fuera un mercado o una rara ciudad-. Este complejo pétreo del Neolítico precerámico fue abandonado circa 10.000 ap lo cual añade intriga y colorido pero, a nuestro juicio, esta desaparición pública es insuficiente para etiquetarlo como el “lugar de culto religioso más antiguo del mundo descubierto hasta ahora”.
11.- Frecuentemente, las autoridades deportadoras de cualquier país se escudan en que han ‘trasladado’ a los indígenas a un sitio muy cercano ocultando que el nuevo hábitat es radicalmente distinto del originario. El argumento es falaz pues, siguiéndole, podría decirse que un movimiento de un milímetro puede significar la diferencia entre la vida y la muerte… si estás al borde de un precipicio. Un caso parecido al de los Wasúsu fue el ampliamente conocido de los Ik de la frontera entre Uganda y Kenia; para poder crear el Parque Nacional Kidepo, este pueblo fue ‘descendido’ de la montaña hacia la cercana pero desconocida llanura. La deportación estuvo a punto de acabar con el pueblo entero –por cierto, enésimo caso de agricultores a los que, por puro prejuicio, se creía cazadores/recolectores-.
12.- En 2008, Van Dyk saltó a las cabeceras de los media por haber estado semi-secuestrado por los talibanes de Afganistán. Decimos “semi” porque su encierro duró solo 45 días y porque no están claras las condiciones de su ¿involuntaria? reclusión. A principios de los 1980’s, Van Dyk apoyó a los muyahidín en su guerra contra los soviéticos. Veinte años después, regresó para ver a sus antiguos amigos. Sucediera lo que sucediera, le sirvió para escribir el libro Captive: My Time as a Prisoner of the Taliban.
13.- Parece ser que los Yanomami les sacaron los dientes en un gesto que podía significar tanto que devorarían a los invasores como, simplemente, que tenían naiki -hambre de carne, distinta de ohi, hambre normal- pero Rice lo tomó por la tremenda. Hace pocos años escribíamos que “En su intento por divisar aquella sierra Parima en la que sir Walter Raleigh había ubicado El Dorado, Rice utilizó medios hasta entonces inéditos: un hidroavión, una radio de onda corta y un laboratorio flotante, todo ello manejado por cien hombres, científicos en buena medida. Este derroche de medios tuvo una gran repercusión mediática (véase el mensual National Geographic de abril de 1926 y su recordatorio en la edición española, en marzo de 1998)”. Además, en Madrid, las conferencias de Hamilton fueron decisivas para espolear la fundación de la Expedición Iglesias al Amazonas que fue “la mayor empresa científica de la Segunda República española” (Pérez, 2010: 578 y 575).
14.- Decimos dizque porque A.G. Bell probablemente no inventó nada sino que descubrió invenciones ajenas. Por ejemplo, el mérito de haber ingeniado un método para mandar la voz a distancia (tele-fono) hay que atribuírselo a Antonio Meucci, un emigrante italiano que, en 1860, presentó en Nueva York su teletrófono. Después de una batalla legal e histórica que duró siglo y medio, así lo tuvo que admitir la Cámara de Representantes de los EEUU en fecha 18.junio.2002.

Bibliografía:
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– “De cazadores de cabezas a cazadores de sueños: la Amazonía en la literatura de viajes”, en La Nación Cultural, Asunción; 8-15-22-29.IV.2001. Y también en págs. 195-228, en Diez estudios sobre literatura de viajes, Manuel Lucena Giraldo y Juan Pimentel (eds.), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid.
– “Silva tropicalis republicae”, pp. 574-601, en Viajeros por el conocimiento; Estrella de Diego
y José García-Velasco, eds. Residencia de Estudiantes, Madrid, 2010. ISBN 978-84-937474-5-9
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15 Reportajes NGM Estudiados (orden cronológico)
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SCHULTZ, Harald (T y F). Blue-eyed Indian. A city boy’s sojourn with primitive tribesmen in central Brazil (julio 1961)
SCHULTZ, Harald (T y F). Indians of the Amazon Darkness (mayo 1964)
SHULTZ, Harald (T y F). The Waurá. Brazilian Indians of the Hidden Xingu (enero 1966)
VILLAS BOAS, Orlando y Claudio (T); VON PUTTKAMER, Jesco (F). Saving Brazil’s Stone Age Tribes From Extinction (septiembre 1968)
VON PUTTKAMER, Jesco (T y F). Brazil Protects Her Cinta Largas (septiembre 1971)
McINTYRE, Loren (T y F). Amazon. The River Sea (octubre 1972)
VON PUTTKAMER, W. Jesco (T y F). Brazil’s Kreen-Akarores. Requiem for a Tribe? (febrero 1975)
CHAGNON, Napoleon A. (T y F). Yanomamo, the True People (agosto 1976)
McINTYRE, Loren (T y F). Brazil’s Wild Frontier. Treasure Chest or Pandora’s Box? (noviembre 1977)
VON PUTTKAMER, W. Jesco (T y F). Stone Age Present Meets Stone Age Past (enero 1979)
DEVILLERS, Carole (T y F). What Future for the Wayana Indians? (enero 1983)
VAN DYK, Jere (T); WEBB, Alex (F). Amazon. South America’s River Road (febrero 1995)
WEBSTER, Donovan (T) y CAPUTO, Robert (F). The Orinoco. Into the Heart of Venezuela (abril 1998)

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