LQSomos. Especiales. Mp3

Hay gente, mucha, ahora mismo, en España, que quiere cambiar y está dispuesta a mover ficha, no es ningún secreto y la hemos visto masivamente en las calles. Y esta gente, de talante y cultura democrática, se decanta por la celebración de un referéndum entre monarquía o república. Y hay, claro está, un sector, minoritario y de muy tibio e inestable carácter democrático que prefiere, dados sus intereses, el inmovilismo monárquico sin arriesgarlo en un referéndum. Estos últimos tienen a su favor, la rutina y la resignación que sin duda ha arraigado a los largo de los últimos decenios en las filas de una parte importante de los anteriores.

Esto hace que, levitando sobre esos sectores favorables al referéndum y a la república, inevitablemente, aletee una cierta inercia, una cierta comodidad en la incomodidad, una cierta rutina de instalados en la oposición y la queja, una cierta inquietud… Hay que cambiar, claro, se dicen muchas personas, y yo quiero cambiar, se repite cada uno para sí, pero ¿no habrá algún tipo de riesgo?, ¿no ocurrirá alguna desgracia, tras tanta desgracia acumulada por los gobiernos, la crisis y la corrupción?, ¿no nos meteremos por un camino problemático?

Es como bajar la basura cada noche.

Uno está tranquilo en casa, descansando apenas de sus no escasos problemas. Quizás ya hemos cenado, quizás estamos sentados frente a la tele o leyendo o charlando con la familia o mandandoa la cama a los pequeños… Entonces surge la frase, inoportuna quizás, pero inevitable, hasta imprescindible: “Hay que tirar la basura”

Todo rey es un usurpador.

Ya he dicho lo que pienso. Si alguien quiere legitimar la monarquía mediante el disparate de admitirla como opción en un plebiscito, que no cuente conmigo. Por muy constitucional que se vista en las instituciones del pueblo, un rey es una excepción a la igualdad y, por irresponsable y ajeno al sufragio, a la libertad de los demás. «No se puede reinar inocentemente», resumió Saint-Just; «todo rey es un rebelde y un usurpador». Sólo espero que, a la sombra de la ocurrencia plebiscitaria, no haya quien pida, en el futuro, referendos que permitan la opción de la esclavitud o la pena de muerte. Dice el refrán que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, categoría en la que tal vez caben el tacticismo y la demagogia; pero eso no sirve de consuelo cuando se olvida que los derechos fundamentales no se pueden someter a ningún proceso que incluya la posibilidad de que se suspendan o limiten. ¿De qué se trata entonces? De conseguir una mayoría social para conseguir una mayoría política que redacte y someta a referéndum una Constitución nueva; una Constitución que asegure la igualdad de todos los hombres y mujeres, sin excepción alguna; una Constitución que, en consecuencia, sólo puede ser republicana.

La abdicación de Juan Carlos I está plagada de incógnitas, y más allá de las manifestaciones que se suceden en toda España, demandando la celebración de un referendo constituyente en el que se pregunte al pueblo si quieren república o monarquía, la única realidad que no se pone en duda, al menos por ahora, es la continuidad de la institución monárquica. El escenario político en el corto plazo está definido por los tiempos para el advenimiento de Felipe VI.

La España republicana sigue siendo minoría, aunque cada vez tiene más adeptos, pero los partidos políticos con representación parlamentaria, incluido el PSOE que se autoproclama republicano, se decanta por la monarquía y prefiere salvar los trastos, es decir, 80 por ciento de los diputados y las fuerzas parlamentarias, mediante ley orgánica, pondrán en marcha el mecanismo de sucesión dinástica. Que tal decisión sea un lastre para el futuro rey, Felipe VI, es el verdadero quid de la cuestión. Su padre, Juan Carlos I lleva el sambenito de haber sido designado en 1969, por las cortes del dictador, Francisco Franco, y proclamado rey tras la muerte del tirano. Su hijo corre el riesgo de seguir el mismo camino: llegar al trono por tener sangre azul. Si en 1975 las condiciones aconsejaban, según el relato dominante, no tensar el proceso de transición y dar por válida la voluntad del dictador, hoy, la coyuntura política es otra. No juega el miedo ni el discurso anticomunista de guerra fría, ni la posibilidad de un golpe de Estado militar, ni de guerra civil. Hoy se habla de 40 años de estabilidad democrática, con sus más y sus menos y se ensalza la figura del rey en tal logro político.

Es cierto. La abdicación del Rey no supone el fin de la transición. El “atado y bien atado” con que Franco anudó la restauración borbónica se enroca en la figura del Príncipe Felipe como su sucesor en la jefatura del Estado y de la Fuerzas Armadas (dos por el precio de uno).

Pero solo un súbito ataque de ignorancia o un empacho de fundamentalismo revolucionario puede justificar que se equiparen ambos sucesos, distintos y distantes. Hay una enorme diferencia entre llegar e irse; no es lo mismo un bautizo que una jubilación.

La entronización de Juan Carlos y de la monarquía instaurada por el dictador (Ley de Sucesión 26/06/1947) fue debido a la renuncia de la oposición antifranquista -léase las direcciones del PCE y del PSOE y la condescendencia de sus militantes- al legado de la II República. Aquel fue un acto de claudicación política. La reciente abdicación del Rey, por el contrario, se debe al desgaste de la Corona provocado por la rebelión ciudadana y el activismo social. Entonces fueron los líderes de la izquierda política (y sus acólitos en CCOO y UGT) quienes aceptaron, usurpando la representación de todo el pueblo, el régimen continuista. Ahora ha sido la parte más activamente democrática de ese mismo pueblo, renovado generacionalmente, quien ha amortizado al monarca y a la casta que le sirve.

Pongan a quien pongan en el trono seguirá siendo heredero del franquismo porque el real asiento está anclado en la dictadura fascista española. Y se pongan como se pongan, la República fue un período democrático legal y legítimo derrocado a sangre y fuego por los que nos dejaron una corona en herencia.

La primera transición se construyó sobre el juancarlismo, la segunda transición no podrá hacerse bajo el signo del felipismo, ese nombre ya está patentado y esa estirpe fue la que cimentó la terrible transición convirtiéndola en una lacra que perpetuó el testamento de un dictador genocida.

El atado y bien atado pasó a ser la coartada silenciada de la inmovilidad de la Constitución presentada como tablas de la ley de la democracia tutelada española. Ya se nos dijo: no se os puede dejar solos. Ahora ya está al descubierto para todo aquel que lo quiera ver que en realidad la consigna no era otra que "atadlos y bien atados".

Monarquicofreeki:

Especie de insecto, de la orden de loslamedores y chupones-libadores, que prolifera en la actualidad, especialmente ante determinadas circunstancias. Vive en grupos numerosos, establecidos en el medio natural bajo una natural jerarquía. Existen subespecies de especial caracterización, además de los ejemplares de alas azuladas, patas filamentosas y lengua larga y pegajosa, su arma natural para atrapar halagos, lamer a los ejemplares de la jerarquía superior y libar su nutriente por antonomasia: el euro-maná . Cabe mencionar a las subespecies desteñitus del ayer-rojus moscardonius ( moscardón desteñido del ayer-rojo) , la moscarda ego-ego alternatusmiméticus; y la moscaRAZONERA, entre otras.

Estos insectos adolecen órganos de los sentidos, especialmente del común. No poseen ojos ni oídos, como se deduce de su incapacidad manifiesta de VER y OÍR lo que no es común a su especie, y, según numerosos estudios, su cerebro animal tiende a la confusión permanente, por lo que aparecen en los charcos con lodo o hábitats de imputación, y al olvido casualmente casual.

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