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Crónicas desde las Cortes. GARA. Sabino Cuadra: ´Arrojado a los leones´

Cuando digo en el título “las Cortes”, basta con ver la portada del libro y el nombre de su autor, para saber que no me refiero a las de Bilbao, y que me sea excusada la broma fácil, sino a la sede parlamentaria de esa cosa llamada España, al Congreso de los Diputados. No hace falta, y parece que hoy me da por las aclaraciones, decir que la asistencia a la carrera de san Jerónimo, lugar en el que está situado el parlamento, manteniendo las posturas que defienden Sabino, y sus compañeros de partido, es como adentrarse en territorio ‘apache’, o si se prefiere en el del ‘séptimo de caballería’. Y ello por dos motivos: por una parte, debido a las propuestas radicales y minoritarias de Amaiur que resultan a todas luces intempestivas para el muladar que es hoy la vida política ( y por supuesto: social, económica) hispana, a lo que se ha de sumar la escasa sutileza y tolerancia de la que se hace  gala en dicha cámara, y más en especial con el ‘brazo político de los terroristas’,  como gustan decir Rosa de España, el dilatado Mariano, y…el atleta Alfredo., y epígonos.

La sesión,  se abre con una solidario prólogo del parlamentario por la CUT, David Fernández, que como preciso telonero deja el paso al cronista que nos narra el espectáculo circense-con perdón para los payasos y demás protagonistas- que se desarrolla en el santuario de la voluntad popular (???) que acostumbran a decir los que de ello viven; a veces el circo del que hablo-teniendo en cuenta la correlación de fuerzas y el marco de los partidos en liza- más se parece al romano en el que las víctimas eran arrojadas a los leones.  Sabino se suelta la melena, hace años que la lleva al viento (es un decir), y relata lo que allá sucede, uniéndolo con vivencias de luchas pasadas, en un cruce de lo político y lo personal (¿hay diferencia?), adobado con una sorna que se antoja como la única aptitud  para resistir tanto esperpento, tanto latrocinio, y…tanto caradura. A las crónicas de Cuadra podrían aplicársele aquella aseveración de Dionys Mascolo: ‘toda reflexión de izquierda tiene este sentido: ser la negación de un límite teórico. Toda sensibilidad de izquierda tiene ese sentido: el disgusto ante los límites, teóricos o prácticos. Toda exigencia de izquierda es la exigencia, incluso insensata, de superar un límite reconocido como límite’.

El gran desafío de la impunidad de la dictadura. 

Primer libro sobre la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo.

Mario Amorós revela cómo operaba la Brigada Político-Social desde la Dirección General de Seguridad, en Sol, y presenta los testimonios de diez víctimas de tortura.

La Justicia argentina exige a España la extradición de varias personas implicadas en la representación franquista, en la única causa abierta hoy en el mundo por los crímenes de la dictadura. Este libro examina el origen y las perspectivas de la Querella Argentina y revela lo sucedido en el corazón de Madrid, en la mismísima Puerta de Sol. Allí estuvo la Dirección General de Seguridad, donde a lo largo de cuatro décadas los resistentes antifranquistas fueron torturados a manos de la siniestra Brigada Político-Social.

Argentina contra Francorompe el pacto de olvido sellado en la Transición y da la palabra a las personas que sufrieron el infierno de Sol. Su testimonio es capital para cuestionar una impunidad que ya dura casi 40 años.

El autor

Mario Amorós es doctor en Historia y periodista. Es autor de otros diez libros (entre ellos, Allende. La biografía) y colabora asiduamente en distintos medios de comunicación de España y Argentina.

Presentación en Madrid, 8 de abril a las 19:00 horas

Piloto de aviones de caza de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, James Arnold Horowitz se ofreció voluntario para luchar en la guerra de Corea. Participó en cien misiones y derribó un MiG-15 soviético. Oriundo de Nueva York, nació en 1925 e ingresó en West Point por tradición familiar. Su padre era el coronel Louis G. Horowitz. Cuando inició su carrera literaria cambió su nombre por el de James Salter. Los editores rechazaron su primer manuscrito, pero cuando al fin se publicó con el título The Hunters obtuvo cierto éxito y se adaptó al cine, con Robert Mitchum como protagonista. La versión de Hollywood no reflejaba el tono fatalista y desencantado del libro, que narraba las tendencias autodestructivas de un joven piloto de combate, incapaz de conseguir la reputación de otros compañeros más ineptos, pero con un espíritu más ambicioso y arribista. Salter no cuestiona la guerra ni el papel de Estados Unidos en el mundo. Al igual que Antoine De Saint-Exupéry, exalta el coraje y la mística del piloto familiarizado con los accidentes, la soledad y la muerte. A diferencia de George Orwell, no realiza un canto a la camaradería masculina, pues considera que las relaciones humanas están abocadas al fracaso, la incomprensión o el desengaño. Salter no es un personaje simpático. De hecho, sus compañeros de West Point le llamaban el “horrible Horowitz”. Sin embargo, su obra literaria se encuentra entre las más notables del siglo XX.

En 1975, publicó Años luz, una novela que recrea la decadencia de un matrimonio norteamericano, cuya vida transcurre plácidamente en una casa de campo situada a las afueras de Nueva York. La casa no es una simple vivienda, sino la encarnación de una utopía. Situada a orillas del río Hudson, es una espaciosa mansión victoriana inundada por la luz del este. Está rodeada por otras casas similares y por árboles altos y frondosos. Los pájaros y las gaviotas sobrevuelan un paisaje que reproduce las telas intimistas de la pintura holandesa y las fantasías oníricas de Turner y Gainsborough. En ese mundo idílico, viven Viri, un joven arquitecto judío, y su esposa Nedra, una mujer esbelta, elegante, desinhibida y con la belleza de una modelo de Christian Dior. Son los padres de Franca y Danny, dos niñas que identifican su infancia con el paraíso, pues su rutina no discurre entre rascacielos, sino en compañía de animales domésticos: un perro, un conejo, un poni, una tortuga. Sin embargo, ese paraíso es un espejismo. Lo deforme y lo injusto también anidan en el Edén. La hija de unos vecinos sufre la amputación de una pierna y, meses más tarde, muere de una infección. La existencia es un corto vuelo que esconde “una aterradora insignificancia”. Viri y Nedra parecen la pareja perfecta, pero ni siquiera se tocan los pies en la cama. Ambos mantienen relaciones extraconyugales e intentan no pensar demasiado en su matrimonio. Viri considera que hay dos clases de vida: la que se muestra públicamente y la que discurre de forma secreta y clandestina. No son peripecias paralelas, sino fuerzas que conspiran mutuamente, hasta producirse la inevitable colisión que destruirá las apariencias y los convencionalismos sociales.

Yo tenía, entonces, sobre unos once o doce años y creo que no me importaba casi nada o, tal vez, me importaba todo. No sé.  Sí recuerdo que sentía grandes deseos de salir, divertirme y estar con amigos, pero no podía porque mis padres vivían a unos cuantos kilómetros del pueblo en una casa de campo, aislada. Desde ella, situada en la cima de un cerro, se divisaba el pueblo a lo lejos y yo, mientras les ayudaba en sus tareas agrícolas, lo avistaba con sus casas encaladas extendidas sobre una ladera e imaginaba a mis amigos divirtiéndose en la plaza o en cualquier otro lugar.

Cada dos o tres días me acercaba al pueblo por las mañanas o a primera hora de la tarde y sacaba de la Biblioteca el libro que me parecía. Eran los de aventuras los que más me gustaban en esa época. Los empezaba a leer justo cuando terminaba el último barrio y  comenzaba el camino solitario que me llevaba a casa. Leía y andaba sin mirar  el camino seco y polvoriento que me sabía de memoria; a veces, en los meses de verano, me paraba a descansar en la sombra de los pocos árboles que bordeaban esa senda. Eran unos álamos muy altos o, al menos, yo los veía así. Después, cuando llegaba a mi casa,  permanecía leyendo en la puerta, sentado en una silla de anea o en un trozo de tronco de almendro o de olivo. Esos sitios eran los mismos donde me colocaba para mirar, aburrido, cuando no tenía nada que leer, a la gente que pasaba por el camino cercano o para contemplar el pueblo donde me suponía a los otros niños pasándoselo bien. Pero cuando había comenzado un libro ya no levantaba la vista para ver quién volvía o iba a sus bancales ni tampoco me importaba lo que pudiera ocurrir en la plaza o en otro lugar del pueblo. Estaba ya inmerso en  más acontecimientos que nadie y no echaba de menos nada. Sólo me interesaba saber qué era lo próximo que iba a ocurrir y las páginas de los libros que leía, me lo mostraban. Cuando llegaba la  noche, para que mis padres no me regañaran, metía una linterna en la cama y,  tapada la cabeza, continuaba leyendo hasta bien tarde, aunque seguro que no más de las diez  ya que no había televisión y nos acostábamos poco después de oscurecer.

Esta es la lista de más de cuatro mil responsables de la política nazi en España, y sus redes de financiación, sin adornos literarios, sin calificativos ni epítetos, cuyas fuentes son los miles de documentos desclasificados de los servicios de Inteligencia aliados.

Todo lo contrario de un trabajo académico al uso, en los que la historia sólo es la trama literaria donde se salpica de manera puramente anecdótica, como referencia bibliográfica, aquellos documentos oficiales, militares, gubernamentales y de los servicios de inteligencia, entre los que el historiador escoge los que ilustren su punto de vista, para llegar a las conclusiones que su tesis requiera.

Pero la historia de un mundo dividido en dos frentes: países en lucha contra el nazismo y una Alemania cegada por el antisemitismo que nos cuentan es, como poco, una verdad sesgada si no una patraña. Los aliados situaron a los jerarcas de la política nazi en los mismos puestos claves que habían tenido con Hitler, y los mismas tacticas sucias y las mismas fuentes de financiación ilegales fueron utilizados en la guerra fría con la excusa de la amenaza comunista.

Escrito en una rudimentaria pancarta, este deseo encabezaba, junto al recuerdo de “Tus compañeros anarquistas”, la comitiva que trasladó el féretro de Agustín Rueda desde el Instituto Anatómico Forense hasta la plaza de Cibeles. Tres días antes, la madrugada del 14 de marzo de 1978, había fallecido víctima de los golpes de un grupo de funcionarios de Carabanchel.

De esta forma tan brutal se volvía a poner de manifiesto que los muros de las prisiones a duras penas podían contener la lucha antagónica y sin reglas entre las ansías de libertad de los reos y la voluntad inmovilista de la administración y los carceleros por impedirlo.

Un año antes, en la misma prisión, se habían dado a conocer las siglas de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL). Desde su creación, esta plataforma se propuso erigirse en la representante de los olvidados tras las rejas. Sus miembros denunciaban la pervivencia de leyes, tribunales y funcionarios de indudable corte franquista, así como el deplorable régimen de vida a que estaban sometidos y, por encima de todo, la marginación de la amnistía tras la muerte del dictador. Aquellos hijos del extrarradio crecidos a la sombra del desarrollismo, vagos y maleantes que amenazaban el orden público a base de tirones de bolso y robo de vehículos a motor, habían conseguido dotarse de un discurso propio, fuertemente influenciado por la crítica antiautoritaria post-68 y la efervescencia política que se vivía en la calle. Se habían proclamado presos sociales (retomando una denominación que ya habían usado los presos anarquistas en los años veinte y treinta), para reivindicarse víctimas de la dictadura y, por tanto, con derecho al mismo trato que sus compañeros políticos de reclusión.

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