Escrito por Francisco Cabanillas. LQSomos. Junio 2012
En el último siglo [XX], primero el jazz afronorteamericano, los afrocaribeños bolero y rumba, y el tango afroconosureño, luego el bosanova afrobrasileño, el afronorteamericano rock y más recientemente los tan cercanos para nosotros reggae, el jazz latino y la salsa, han tocado una fibra fundamental en la sensibilidad, no sólo de los “naturales” de sus áreas de origen, sino en general de las personas de este tiempo, imposibilitando, incluso en tiempos de acelerada globalización, la hegemonía previamente incuestionada de las prácticas sonoras de la “alta cultura” europea.
Ángel Quintero Rivera
La proclividad de la literatura hispanoamericana del siglo XX por la música popular no es secreto para los lectores de Motivos de son (1930), poemario de Nicolás Guillén, o de Rayuela (1963), novela de Julio Cortázar. Tampoco lo es para los lectores de De donde son los cantantes (1967), de Severo Sarduy, La guaracha del macho Camacho (1976), de Luis Rafael Sánchez, y de Sólo cenizas hallarás (1980) [bolero], de Pedro Vergés.
Tropismo literario; desde la literatura hispanoamericana gravitamos hacia las letras del Caribe.
Aunque también la música se ha interesado en la literatura; el tango como poesía metafísica sería un ejemplo, al igual que la afición de los cantautores por los poetas (Antonio Machado, Nicolás Guillén, Juan Antonio Corretjer, César Vallejo) y la narratividad de la salsa (elogios de García Márquez a Rubén Blades) evidencian la proclividad de los músicos por la literatura; es claro que durante el siglo XX fue la literatura la que más se abocó a la cultura de los músicos y al lenguaje de la música.
Así, desde la poesía afrocaribeña de Luis Palés Matos o de Nicolás Guillén, la literatura añoró durante gran parte de la primera mitad del siglo el sentido del ritmo de la música. Después, desde la contracultura literaria de la Onda en el México de los sesenta, la novela persiguió la oposicionalidad del rock. Entre caribeños, el son, la guaracha, la rumba, el bolero, el merengue y la salsa se narrativizaron (cuento y novela) durante la segunda mitad del siglo. En algunos casos, como en “Letra para salsa y tres soneos por encargo” (1980), de Ana Lydia Vega, la pulsión melómana tematiza críticas sociales. En otros, como en el de Cortázar, la novela, Rayuela, incorpora el rejuego estructural del jazz.