Escrito por La Fiera Literaria*. LQSomos. Mayo 2012
Los grandes títulos que pusieron letra a un año prodigioso
Los que acabo de poner son el título y el subtítulo de una encuesta, reportaje o lo que sea publicado por El Cultural del 18-24 del presente mes de mayo Me pregunto de quién habrá sido la luminosa idea. Tratan de decir doña Blanca Berasátegui y sus leales que aquél fue un año inaugural y dorado para la novela, por causa de la publicación de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier; Bomarzo, de Múgica Laínez; Dos días de Septiembre, de José Manuel Caballero Bonald -tres magníficas novelas, sin duda, admitimos los fieras-; Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, libro importante pero mala novela; La plaza del diamante, sólo discreta narración, que habrán buscado con lupa para completar el juego, y Las Ratas -¡horreur!-, de Miguel Delibes, la obra más cateta del castellano viejo de la boina, el chuzo y la escopeta -tres símbolos de la bestialidad nacional-, que en ella no sólo volvía a condenar el progreso, sino que le oponía, en el lenguaje castizo que tanto ha gustado siempre a los críticos patrios, la “sana” y rica vida de un fulano que come ratas, “con una pinta de vinagre”, analfabeto, con los dientes podridos y que se limpia el culo con un canto rodado.
Para hacer crítica literaria, para sentenciar sobre la importancia de una época o simplemente de un año, si se dedica uno a menesteres culturales y publica en un suplemento literario que se pretende riguroso, lo primero que hay que hacer es conocer la historia de la novela durante esa época o ese año. Estos de El Cultural ansonianobesatareguiano están obligados a rectificar, por lo que diremos luego, o, por lo menos, demostrar que por fin se han enterado. Porque, si no, no me queda otro remedio que decirles, empleando el lenguaje inaugurado recientemente por don José Luis Sampedro (quien, por cierto, publicó su mejor obra en 1962) que son ustedes unas/nos hijas/jos de puta y unas/nos mal nacidas/dos, que silencian lo que no es de su agrado o es de sus enemigos literarios.
Empezando por doña Blanca, la paridora sin duda de la idea abortiva, una niñata bien de Neguri que no tiene ni el bachillerato y se ha impuesto la misión de tener contentos a los editores que le dan publicidad para sus partes de guerra sucia; siguiendo por la meritoria y chica-para-todo Nuria Azancot, crecida periodísticamente bajo las faldas de la matrona antes nombrada, dicho sea en el mejor sentido de la metáfora, pues no es nuestro estilo salirnos de la mesura que nos inculcaron las monjas irlandesas. Después los mamones Santos Sanz Villanueva, Darío Villanueva y José Carlos Mainer, que hace poco no sólo silenciaban un capítulo importante de la historia de la novela española en libros, artículos y recensiones, sino que se jactaban de haberlo hecho, pues así funciona la casa de putas/tos que es el ámbito de la actual literatura de España-no-hay-más-que-una. Estos pesebristas de la crítica literaria sólo se ocupan de los libros cuyos editores les pagan a unos céntimos la línea y, si no hay oferta de momento, se ofrecen como rameras en las esquinas de la calle Miguel Yuste o del José María Ansar bulevard.