LQSomos. Reflexión

Literatura, prensa.

No sé si lo que leemos me jode más o menos que a ti, lector sólo lector, pero seguro que me jode particularmente en el sentido de que, lo que en ti es lectura, en mí es lectura y trabajo. Bueno, trabajo; corrijo: profesión, palabras de exilio que, por su cortísima frontera remunerada, renta hoy para el alquiler de un catre y la imaginería del propio trabajo, oh sagrado icono del diccionario técnico, oh virgen de dónde va este cable, oh Judas del teclado oídio, que es hongo de la vid. Como ves, a mí ni me importa el lenguaje que muchos creen de la información y yo creo de la manipulación; me explico: lo que te chirría, el arañazo de la pizarra, no es tanto el sonido de tantos diciendo las mismas cosas como de tantos diciendo (lo que sea) del mismo modo. La forma también es una opinión del mundo. Te cantan la misma canción día y noche, cambiando la letra y, aunque casi todo en ti lo dé por bueno, te falta el casi. Por una caña que nunca pagaré: ¿qué vende el reaccionario de camisa de cuadritos, el reformista de camisa de cuadritos, el revolucionario de camisa de cuadritos y el transversal de camisa de cuadritos? oralc ,sotirdauc ed sasimac :atseupseR. Pero no seré yo quien grite: ¡A deconstruir!, tremenda payasada. Yo grito: ¡A desalambrar! la historia entera de la literatura y desde luego de la prensa. Cuidado con acostumbrarte a la misma canción. Y no digo más.

Escritor y traductor literario. Editor del diario La Insignia

Otras notas del autor

Una de las patrañas más insistentemente repetidas contra el euskara es que no te lleva a ninguna parte.

Así como, desde el Estado español,  siempre han tenido a mano un amplio surtido de embustes para desalentar la independencia de quien se niega a aceptar su yugo, también han dispuesto siempre de un generoso repertorio de mentiras para desamimar el uso de cualquier otra lengua que no sea el castellano.

“Con el euskara no vas a ninguna parte” es una vieja sentencia que quienes aprendemos euskara hemos oído más de una vez.

Y no es verdad. Los españoles no tuvieron necesidad de aprender guaraní, ni quechua, ni aimara, ni araucano, para saquear América. No se vieron obligados a un intensivo curso de neerlandés antes de ocupar los Países Bajos o de tálago como requisito para invadir Filipinas. Tampoco les fue preciso hablar hassania para conquistar el desierto del Sahara. De hecho, tampoco hablaban euskara cuando invadieron este país. Habrían tenido que ser políglotas y bastante trabajo les sigue dando hablar mal castellano.

Aunque el diccionario dé un significado exacto a las palabras, en muchos casos se difumina al no referirse a algo concreto o específico. ¿Qué es jugar?. Juguemos con esta palabra.

Cuando jugamos con el lenguaje podemos descubrir nuevas ideas, nuevas expresiones. La literatura tiene algo de juego. Y también algo de infantil, de hecho se crean mundos imaginarios a la vez que lo referido a la realidad adquiere una intensidad que trasciende lo vivido.

La palabra “jugar” la asociamos con la niñez. Sin embargo jugar se difumina a lo largo de la vida, sin que lo sepamos, pero cuando dejamos esta faceta fuera de nuestra existencia transitamos, no hay intensidad ni asombro de lo vivido. Somos incapaces de crear, entonces, nuevas situaciones, de dejar que fluyan nuevos sentimientos, de vislumbrar nuevas ideas, de escribir nuevas historias. Si no jugamos al escribir somos incapaces de hacer poesía que no sea otra que la que los demás quieran leer. Sin juego no podemos conversar sin negociar nada, tampoco hacer nuevas cosas que un día antes ni nos habríamos imaginado estar haciéndolas. En definitiva dejaríamos de pasar el tiempo, que es en lo que consiste jugar.

Juan Ramón Jiménez Mantecón nació en Moguer, Huelva, el 23 de diciembre de 1881. Poeta, su trabajo más destacado fue la narración lírica Platero y yo.

Hijo de Víctor Jiménez y de Purificación Mantecón. En 1891 aprueba con calificaciones sobresalientes el examen en el Instituto "La Rábida" de Huelva. En 1893 estudia bachillerato en el colegio de San Luis Gonzaga del Puerto de Santa María, y obtiene el título de Bachiller en Artes. Se traslada a Sevilla, donde frecuenta la biblioteca del Ateneo. Escribe sus primeros trabajos en prosa y verso. Empieza a colaborar en periódicos y revistas de Sevilla y Huelva.

Comenzó la carrera de Derecho impuesta por su padre en la Universidad de Sevilla, aunque la abandona en 1899. Al año siguiente se traslada a Madrid, donde publica sus dos primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta. Su primer amor fue la idealizada Blanca Hernández Pinzón, la "novia blanca" de sus versos.

Para mí pasear es el arte de andar. Cuando no se va a un lugar concreto y simplemente damos una vuelta es una exquisitez, que suele estar mal vista porque se considera perder el tiempo.

Pasear es recorrer un espacio andando a la vez que se piensa, se divaga, se reconocen sentimientos, se mira sin ver nada concreto. Sin este aspecto emocional y de la conciencia no es pasear, es sólo andar. Parece que hoy caminar se ha convertido en un deporte, en una especie de terapia para estar en forma, bajar el colesterol y unos kilos. Pero si no se anda por andar no es pasear, a no ser que sea en compañía de otra persona. Entonces pasear adquiere una dimensión más, porque es mirar y hablar con otra persona que se convierte en paisajey a través de la palabra andada se pasea en ella: en la palabra.

A mí nunca me gustó ir a los museos para ver con ansiedad los cuadros y escuchar explicaciones eruditas y anecdóticas, a veces interesantes, pero cansa y ya no me acuerdo de nada de esas historias. Pero sí me viene la sensación de estar a gusto, de ensoñación cuando he ido a muchos a pasear, a mirar y de vez en cuando descubrir algo curioso por mí mismo que me llamó la atención y me acerqué a verlo. Lo mismo que al pasear por un jardín o un parque. O al escuchar un concierto dejo que la imaginación se vaya y recorra recovecos de fantasías o recuerdos.

Dedicado a Joaquín Colín.

Las metáforas nos permiten hacer una imagen de lo que no vemos, pero que sentimos. Los símbolos son metáforas de la realidad. Me viene a la cabeza el laberinto. Cuando aparentemente no hay salida hay que aprender a andar en él para saber cambiar de estrategia y nuestra forma de ser si es que queremos salir.

Quizá es lo que quiere decir la obra “Alicia en el país de las maravillas” cuando leemos en ella que sólo quien no va a ninguna parte es quien llega a algún lugar. Aprender a andar en un laberinto es entrar en una lógica diferente, la de la intuición. Lo experimenté hace muchos años. Fui cuando cursé 3º de EGB con el colegio al parque de atracciones, creo. Había un laberinto de paredes de cristal. Quienes se guiaron mirando el suelo, donde se junta con las paredes, no acertaron… algunos lograron recorrerlo hasta el final por casualidad. Se me ocurrió cerrar los ojos y logré salir. Muchos dijeron que también fue el azar. Lo repetí y después otros compañeros de clase y un profesor cerraron los ojos y salieron del laberinto, menos dos. No había vuelto a pensar en aquella experiencia hasta ahora.

¿Por qué pienso en el laberinto?. No lo sé con exactitud, pero creo que es porque nos encontramos perdidos desde el punto de vista social y percibo que sentimentalmente otro tanto. La realidad no es simple, sino todo lo contrario, es la suma de muchas voluntades, dispares unas y coincidentes otras, pero siempre con matices diferentes. El problema es que vivimos de manera simplona al insistir en andar en línea recta y por caminos marcados, cuando en un laberinto sucede todo lo contrario, no hay rutas qué seguir y hay que dar vueltas y vueltas para encontrar la salida.

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