LQSomos. Lo Que Viajamos

La cordillera la divide  en dos vertientes de signo opuesto: la vertiente del norte, húmeda; la del sur, seca.
Margot Arce Velázquez

Jueves, 18 de diciembre. Al aterrizar, la noche anterior, en el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, lo presentí al salir del avión; que no oliera a humedad era una buena señal. Esa noche, en la frontera entre Bayamón y Guaynabo, dormí como un rey sin aire acondicionado.

Esa experiencia de haber sentido el cielo en plena materialidad terrenal, como si toda la isla, pagana, demasiado pagana, fuera bendecida por el Trópico de Capricornio, me colmó. Después que sea más fresco, ¿a quién le importa que, durante el solsticio de invierno, el día sea más corto?

Que el sol se arrope con el aire fresco de la noche y que ésta se muera de frío en el Caribe metropolitano; ante la tiranía de la canícula urbana, una temperatura más acorde con la modernidad, por más medieval que ésta haya sido con la periferia, es siempre bienvenida. ¡Salud y fresco! ¡Todo contra la hegemonía de la humedad tropical! No se persigue la verdad, según dicen los irracionales con proyecto filosófico, sino la experiencia gozosa.

Esa noche, friendo alcapurrias de yuca en una cocina con ventilador de plafón y ventanas abiertas, sin sudar, sin sentirme agredido por el vapor que despiden las paredes y el techo de cemento, me creí libre del ahogo que, en la práctica, acosa la piel en la humedad tropical. Sin embargo, reconozco que, en última instancia, el calor seco, sin ser tan sucio como el húmedo, sin ser tan pesado, es mucho más agresivo, y por eso cortante, con la piel. ¿Qué no? Por más sancochado que uno se pueda sentir en un día de calor boricua, nunca el pegote y la sensación de saberse acorazado y agazapado le rajan a nadie la piel, como sabe hacer el buen calor seco de las megalópolis transnacionales.

Playa Azul. Entre una sucursal del Banco Popular a la derecha y una gasolinera Texaco a la izquierda, el cementerio de Luquillo que tenía en frente, visto desde el piso catorce del condominio Playa Azul, parecía un tablero asimétrico de fichas blancas; tumbas salidas de sitio, algunas abiertas, otras invadidas por el pasto o carcomidas por la intemperie insular, entre flores frescas y secas, abandonadas todas, las tumbas ostentosas y las derruidas, al olvido de la brisa que soplaba desde la playa: un mar azul entregado al disfrute de una costa del Caribe atlántico. Horror vacui; desde lo alto, el camposanto parecía un amontonamiento de lápidas apiñadas por el advenimiento de la modernidad: un jaque mate demográfico mediante el cual la vida arrinconaba la muerte entre edificios, calles, locales comerciales, carreteras y avenidas. ¿No les parecería el cementerio, al banco y a la gasolinera, un desperdicio de tierra? ¿Cómo olvidar la propuesta que la marina de Estados Unidos le hizo a Luis Muñoz Marín, Operación Drácula (1961), respecto del cementerio de la isla de Vieques? ¿Sacar a todos los muertos? Como en muchos de la isla, en el cementerio de Luquillo una de las tumbas ondeaba una bandera de Puerto Rico.

A una distancia de catorce pisos, la muerte parecía de juguete: la gente que orbitaba alrededor del Banco Popular ni siquiera reparaba en la quietud hipertélica que colindaba con el banco, siempre concurrido y dinámico, como si, vista la muerte desde lo alto, se tratara de una negación tácita y metafísica del dinero. ¿Quevedo dando vueltas en la tumba o un cuento de René Marqués? Mientras más alto se sube, menos se pesa; desde el piso catorce, era fácil sentirse más liviano que la muerte. Por eso, como una medida de contrapeso, al mirar hacia abajo, aparecía el vértigo: una cosquilla existencial. En la otra esquina del banco, la Texaco se orinaba en la muerte.

Colliure se encuentra situado en el sur de Francia a 26 Km. de la frontera española, las aguas del Mediterráneo bañan sus rocas en las estribaciones de los pirineos, posee un clima excepcional y un sol radiante con una luz especial, llena de un azul intenso, las aguas cristalinas de sus calas son una constante invitación al baño.

Esta pequeña ciudad te ofrece entre otras muchas cosas, un relajado paseo por sus calles y plazas, donde uno disfruta de todas las sensaciones posibles; por eso y mucho más la llaman la perla de la costa rocosa.

Cuando llegas a Colliure lo primero que quieres ver es la tumba de Machado, el poeta, esa tumba que en cualquier época del año está llena de flores, llena de los sentimientos de todos los que nos acercamos a verla. Está situada en el viejo cementerio de la ciudad, lleno de árboles y de un silencio sorprendente.

Machado, el poeta, nuestro poeta, republicano comprometido (El 14 de abril proclamó la república colgando la bandera desde el ayuntamiento de Segovia) abandona Barcelona el 22-01-1939, huyendo de la dictadura franquista acompañado de familiares y amigos, eligiendo Colliure como lugar para su exilio. Se recluyó en la Casa Quintana y donde el 22-02-1939, retraído y enfermo muere él también.
Se convirtió en símbolo de exilio donde no ha dejado de crecer en el silencio de Colliure.

Cuando sales del cementerio y te adentras en la ciudad, entiendes porque personajes como Matisse, Derain, Chagall, Picasso entre otros muchos, eligieron esta pequeña ciudad como inspiración para sus pinturas y sus obras. Sucumbieron a la magia de Colliure.

"No existe en Francia cielo más azul que el de Colliure ... Solo tengo que cerrar los postigos de mi ventana para conservar en mi alcoba todos los colores del Mediterráneo" (Henri Matisse)

Estamos en la “Terra Alta” de Tarragona, un espacio que vivió hace 70 años una de las batallas más cruentas de la guerra civil, en un frente que abarcaba unos 65 kilómetros entre Mequinenza y Amposta.

Tierra de vides y olivos, campos labrados en los valles y altos montes, sierras que cambiaron las encinas y los robles por el pino carrasco. Pueblos deshabitados a la fuerza, en los que por cada tres metros cuadrados caía una bomba

Corbera d’Ebre

Iniciamos nuestra ruta en el Centro de Interpretación 115 días (los que duró la batalla). Según entramos nos da la bienvenida un frontal de imágenes en movimiento al trasluz, sobre una pared, con el inconfundible ¡Hay Carmela!.Repartidos por toda la sala tenemos diversos paneles interactivos, con los movimientos de tropas, tomas de posiciones, ofensivas y contraofensivas, recreaciones de la vida en el frente, símbolos, banderas, detalles de la población, documentos, fotos y todo lo necesario para aprender y comprender donde estamos y el porqué de este centro. La visita termina con un documental, donde hablan supervivientes de la zona rememorando sus recuerdos vividos.

Arriba, en la terraza del edificio, hay un excelente mirador, desde donde se puede contemplar el entorno natural actual, donde se libró la batalla con las explicaciones oportunas.

Desde el C.I.115 días, salimos después de unas tres horas de visita con toda la información para visitar los “espacios”.

Sin salir de Corbera d’Ebre, en la parte alta del pueblo se encuentra como testigo mudo de la historia y de los brutales bombardeos “El Poble Vell” (Pueblo viejo), que fue destruido completamente. El silencio y la desolación de sus calles hablan por si solos, conservándose así desde su destrucción en 1938. Desde El Poble Vell tenemos una magnífica vista de la Sierra de Cavalls y de Pàndols. Paseando por sus calles nos vamos encontrando con el abecedario de la libertad, veintiocho letras, obras de diversos artistas que coincidiendo con el 60 aniversario del inicio de la Guerra Civil, quisieron plasmar parte de su obra en forma de las letras del abecedario como un homenaje a la paz, repartidas con poesías o palabras enlazadas en el recuerdo (1). También junto a la impresionante y bombardeada plaza de la Iglesia de Sant Pere (con su torre y arcadas en pie) se encuentra un monumento a las Brigadas Internacionales, inaugurado en octubre del 2000 y obra del artista José Luis Terraza. Así pues, las ruinas del pueblo se convirtieron en el símbolo del episodio más trágico de esta comarca.

La masa edilicia, labrada con la fuerte
plasticidad que caracteriza a las obras del
autor, se eleva por encima de la copa de los árboles.
Javier Castillo

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Jorge Luis Borges

La Recoleta.  Durante tres semanas del invierno conosureño de 2008 —mi verano en el mes de julio— caminé desde la Avenida Santa Fe y Uriburu, justo en la esquina de Los Molinos, hasta el corazón de La Recoleta, y sus alrededores, como la Plaza Mitre, parte de una rutina pasajera que pretendía matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, hacer ejercicio y por el otro, caminar la ciudad para experimentarla desde sus propios términos: la acera, para los argentinos, una vereda.

La caminata de ida estaba marcada por la sombra fácil de las calles —sin frío y sin calor— y por la promesa, al final del periplo, de un sol amable, alrededor de alguna plaza cubierta de árboles, donde socializaban los perros citadinos. A las nueve y media de la mañana, con un invierno tan llevadero como éste, Buenos Aires era una ciudad sin prisa; tampoco ostentaba grandes propuestas: la realidad era tal como la mostraban sus calles mañaneras. Al llegar desde Uriburu a la Vicente López, sin embargo, la sinceridad de la cotidianidad anterior llegaba a su fin; de ahora en adelante, sobre todo de Vicente López a Azcuénaga, la calle se tornaba en preámbulo de una identidad cultural ostensiblemente pública: iba por uno de los costados del cementerio más emblemático de la Argentina. Por eso, la caminata a lo largo de Azcuénaga parecía particularmente suculenta, aunque no por eso necrófila: me daba la oportunidad de caminar por el lado de atrás de las grandes y altas esculturas del cementerio, por lo general ángeles y Cristos acostumbrados a la complicidad de la mirada local. Como si se tratara de una reciprocidad instantánea, caminar por el lado de atrás de todos aquellos santos y Cristos porteños se sentía como una invitación íntima a la ciudad, un privilegio de la mirada que, en esa complicidad, era sumada a las volutas del imaginario cultural. Caminar por esa dimensión de Azcuénaga me hacía sentir parte de la cotidianidad, tiempo vivo que la historia con H no ve.

El tiempo es un bien aún mucho más escaso que el dinero. El dinero puede ir y venir. El tiempo, en cambio, sólo va…

Walter Graciano

Las carnes, pollos o mariscos son marinados o frotados con una mezcla de especias, que pueden llegar a ser 30 o más, incluyendo ají habanero (un ají tan picante que el jalapeño parece suavecito), pimienta de Jamaica, nuez moscada, tomillo y cebollino. Todo se sirve acompañado de más salsa picante, arroz y guisantes, y un pan similar a las tortas de maíz fritas.

Cristina Juri Arencibia

 De la zona del ALCA al Caribe.  En 1993, desde el emporio miamense, cómplice, aunque parezca mentira, de un sueño viejo —¿el Miami de los Estefan y de Posada Carriles?— el vuelo a Cuba —sí, la misma que viste y calza socialismo o muerte— isla prohibida para los estadounidenses —aunque no, entre otros grupos, para los académicos— resultó, por muchas razones, memorable. Finalmente, después de muchos libros y películas, la visita a la Cuba revolucionaria se hacía realidad; ¿mejor tarde que nunca? Ahora vería con mis propios ojos lo que me habían dicho y lo que había leído. El momento de la verdad me esperaba a 90 millas de la Florida. ¿Se parecería Cuba a Fernando Ortiz, a Alejo Carpentier, a Wifredo Lam, a Nicolás Guillén, a Lezama Lima o a Irakere? ¿Se sentiría el espíritu del Che o el de Calibán? ¿Me cruzaría en alguna calle habanera con el Comandante vestido de verde?

Regreso a esa primera mitad de los noventa, una década —loca, según Joseph Stiglitz— tan lejana y a la vez tan próxima —¿le preguntamos a Menem o a Salinas de Gortari?— para rescatar, de esta conexión intercaribeña (Puerto Rico, Miami, Cuba, Jamaica), algunas relaciones de sumas y restas culturales, transacciones que, lo sabe bien Ana Lydia Vega, abren y cierran puertas del imaginario caribeño, un revolving door que funciona a muchos niveles. El relato de esta recuperación antillana está montado en dos secuencias. En la primera, un tanto vertiginosa, se da el salto inesperado —¿congruente o incongruente?— de Miami, bastión de la derecha, a Cuba, última guarida del león; en la segunda secuencia, más autocrítica, se da la transición de Cuba, zona del son, cultura del ron, a Jamaica, zona del reggae, cultura de la ganja y, para estos ojos boricuas, de una fruta roja. Drama de una caribeñidad en tensión: ensayo de sumas y restas, ¿cuántas veces se puede ganar y perder en una misma escritura?

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