LQSomos. ¿Democracia?

“Fuera de nosotros la funesta manía de pensar”
(La Universidad de Cervera a Fernando VII)

En el pasado siglo la teoría dominante consideraba al fascismo como la última y criminal ratio del capitalismo para defender el statu quo ante el empuje de los partidos de izquierda y el movimiento obrero. Pero cien años después, las cuentas son otras. Hoy repunta un fascismo de nuevo cuño (acepta el Estado de Israel, el matrimonio gay y el aborto, pero combate el islamismo) y al mismo tiempo apenas queda en Europa algo del combativo sindicalismo de clase, el poderoso movimiento comunista se ha extinguido y la activa socialdemocracia del Estado de Bienestar no está ni se la espera. Por tanto, la pregunta persiste: ¿por qué un fascismo del siglo XXI?

Hay respuestas obvias, causa-efecto, que le ligan al capitalismo depredador como su sombra. También cabe afirmar que el regreso del fascismo a la escena política en las hasta hace poco prósperas sociedades europeas es un reflejo de la voraz crisis económica. E incluso se puede atribuir su reaparición al vacío dejado por una izquierda institucional que, lejos de defender las conquistas sociales, se ha pasado al enemigo formando parte del problema. Pero convengamos que todas esas explicaciones siguen sin ser verdaderas razones, ya que en su lógica, inductiva o deductiva, aceptan una ciudadanía sin atributos ni valores, incapaz de resistir cualquier contingencia sobrevenida. Lo que el teorizador de la “dialéctica negativa”, Theodor W. Adorno, definía como “la destrucción de la verdadera experiencia por la sociedad burguesa avanzada y su reemplazo por conceptos inertes, administrados”, y Erich Fromm atribuía al “miedo a la libertad”.

Noelia Cotelo Riveiro se enganchó a la heroína a los 19 años y se deslizó por la terrible pendiente que ha destruido las vidas de otros jóvenes: pequeños hurtos, peleas familiares, conflictos con la ley. Nada nuevo. Yo nací en 1963 y viví de cerca el infierno del caballo, contemplando cómo mis amigos morían a una edad prematura. La heroína posee un fuerte poder adictivo y anula la voluntad de sus víctimas, que renuncian a cualquier deseo racional y reducen todos sus anhelos al objetivo de conseguir una nueva dosis. Algunos se preguntan por qué a finales de los 70 comenzó a propagarse la heroína como una plaga por los barrios de la periferia, destruyendo a varias generaciones y desmovilizando a los hijos de las familias obreras. Muchos de los que habían participado en las manifestaciones antifranquistas, desafiando a la Policía Armada y a las huestes de Fuerza Nueva, olvidaron su lucha reivindicativa para transformarse en auténticos zombis, que mendigaban, robaban o se prostituían, incapaces de superar su adicción. Es cierto que la heroína también salpicó a los hijos de la burguesía, pero tal vez sólo fue un efecto colateral de una estrategia que simplificó el trabajo policial. El enemigo ya no era un adversario político, sino presunta escoria que despertó los bajos instintos de los barrios proletarios, donde se organizaron patrullas ciudadanas. En menos de una década, el panorama cambió de un clima de insurgencia a una atmósfera de alienación colectiva. No es un secreto que altos mandos de la Guardia Civil y la Policía acabaron entre rejas por su implicación en el narcotráfico, pero nunca se ha podido demostrar la existencia de una planificación semejante a la red Gladio. En cualquier caso, se logró el mismo resultado: la desarticulación o  minimización de los partidos revolucionarios de la izquierda radical.

"Bajo un gobierno que encarcele a alguien injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel".Henry David Thoreau

La Audiencia Nacional ha condenado a un año de prisión a la joven de 21 años, Alba G. C., por "enaltecimiento del terrorismo" y otras argumentaciones jurídicas más propias de una dictadura que de una supuesta democracia europea.

A esta muchacha con ideas revolucionarias la condenan simplemente por manifestar lo que pensaba en su cuenta de Twitter, por afirmar sin miedo, una buena parte de lo que pensamos millones de ciudadanos/as, sobre lo que está sucediendo en el estado español.

La condena de Alba supone un atentado a la inteligencia, por mucho que se pudiera pasar con sus afirmaciones en esa red social, ya que en esta mal llamada piel de toro y sus colonias, campan a sus anchas todo tipo de fascistas y ladrones de guante blanco, tanto en las instituciones públicas, como en las filas de la derechona, donde son habituales los exabruptos neonazis brazos en alto, banderas preconstitucionales, junto a otras saetas exaltadas a la dictadura de Franco que nadie condena.

Cuando digo que no me gusta España, no quiero decir: “Me duele España”, como escribió Miguel Unamuno, un histrión que transformó su ego en el centro de su obra literaria y su pensamiento político. A mí “no me duele España”. Me duele que casi tres millones de niños y niñas vivan en riesgo de pobreza o exclusión social, lo cual significa que el 33’8% de la población infantil sufre malnutrición y reside en casas insalubres, muchas veces con la maleta preparada para enfrentarse a un inminente desahucio. Me duele que haya tres millones de personas que malviven con menos de 307 euros al mes. Son el 6’4% de la población y su número crece día a día por la política de ajustes, los recortes, el paro de larga duración y el agotamiento de las ayudas sociales. Ningún partido quiere asumir la creación de una Renta Básica de Ciudadanía, pero casi ninguno cuestiona el rescate de la banca: 40.000 millones de euros que incrementarán el déficit público y frenarán el crecimiento de la economía. Ya sé que otros países del Sur de Europa pasan por la misma situación, pero eso sólo me hace odiar más a la marca España, pues los gobiernos que han impulsado las políticas neoliberales (Felipe González, Aznar, Rodríguez Zapatero y Rajoy) han explotado el sentimiento patriótico para desmovilizar a la opinión pública. Se agita la bandera rojigualda para despertar sentimientos primarios, atávicos e irracionales, escondiendo que nuestra deficitaria democracia sólo es una reforma chapucera del franquismo. El infame Valle de los Caídos y las fosas sin exhumar, con al menos 114.000 hombres y mujeres fusilados por ser republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas, sindicalistas o independentistas, son el verdadero rostro de la marca España.

Deslumbrados por el incendio provocado por Bruselas contra el sector más vulnerable de la sociedad, parte de la izquierda ciudadana se dispone a competir en las elecciones con la promesa de que una vez admitida en el seno de la fortaleza europea trabajará para reconvertirla con sus propias armas.

El sistema que nos devora es una guillotina político-económica. Dominación y explotación se complementan para domarnos en la obediencia debida que haga más inerme la diaria expropiación vital. Siempre bajo el sagrado emblema de la “utilidad”. De un lado está el “pogromo” económico con su divisa de utilidad marginal como deus ex machina, y de otro el sufragio “performance”, que Ricardo Mella calificó hace más de un siglo como “ley del número”. Ambos insisten en reivindicar el voto útil en sus respectivos ámbitos de “libre mercado”. En el plano económico, tenemos un universo de mercancías (productos y servicios) que habitan el mercado autorregulado, y enfrente a los partidos que compiten en el mercado electoral que determina la oferta y la demanda política. El mismo afán utilitarista en uno y otro bando. Mercados al fin y al cabo, bajo cuya conjura se opera el más difícil todavía de lograr que el pueblo, auténtico titular de la riqueza social y política, aparezca solo en re-presentación, en holograma, de cuerpo presente.

Cuando en una sociedad irrumpe con alivio la normalidad democrática, y eso se percibe como una quiebra sobrenatural, es que la superstición oficial ya no puede seguir secuestrando a la realidad.

La ruptura democrática llama a la puerta. Da igual que el procesamiento de la Infanta Cristina de Borbón no prospere o caiga en alguna de las mil trampas y zancadillas que se abrirán a su paso. Lo importante ya ha ocurrido. El sólo hecho de haber fracasado todas las presiones para impedir su imputación judicial significa una enmienda a la totalidad al sistema. En fase de embrión, pero contundente rechazo al fin y al cabo. Porque la clave de bóveda del régimen era la impunidad de la monarquía reinante y el acatamiento cómplice de la corte secundante. Estamos, pues, ante una nueva y radical manifestación del “sí se puede” que se ha abierto camino en la conciencia democrática de la gente desde el estallido de la crisis. Hasta tal punto de que, antes del climax creado por las movilizaciones ciudadanas contra el austericidio y el duopolio dinástico claudicante, no podía entenderse la aparición de un juez en bicicleta verdaderamente independiente (a no ser en la versión espuria de jueces estrella para deslumbrarnos).

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