LQSomos. ¿Democracia?

"Bajo un gobierno que encarcele a alguien injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel".Henry David Thoreau

La Audiencia Nacional ha condenado a un año de prisión a la joven de 21 años, Alba G. C., por "enaltecimiento del terrorismo" y otras argumentaciones jurídicas más propias de una dictadura que de una supuesta democracia europea.

A esta muchacha con ideas revolucionarias la condenan simplemente por manifestar lo que pensaba en su cuenta de Twitter, por afirmar sin miedo, una buena parte de lo que pensamos millones de ciudadanos/as, sobre lo que está sucediendo en el estado español.

La condena de Alba supone un atentado a la inteligencia, por mucho que se pudiera pasar con sus afirmaciones en esa red social, ya que en esta mal llamada piel de toro y sus colonias, campan a sus anchas todo tipo de fascistas y ladrones de guante blanco, tanto en las instituciones públicas, como en las filas de la derechona, donde son habituales los exabruptos neonazis brazos en alto, banderas preconstitucionales, junto a otras saetas exaltadas a la dictadura de Franco que nadie condena.

Es frecuente oír con amargura que nos machacan. Que es inútil denunciar injusticias y fútil desvelar el saqueo que nos empobrece. Que es infructuoso manifestarse porque al gobierno y a las instituciones de esta democracia vacía les da igual. Que no nos temen. Pero ese quejío solo demuestra que hay pesimismo, desistimiento. No significa que no haya nada que hacer y menos aún que nada se haga.

¿Por qué no estamos en la calle con lo que pasa? es lamento frecuente. Porque, a pesar de todo, aún hay mucha gente que tiene algo que perder. Y, mientras así sea, no se vence el miedo. Y, sin vencer el miedo, no hay cambio social que valga.

Sin miedo se sale a la calle, se ocupa pacífica y masivamente, se planta la ciudadanía, desobedece y cambia las cosas. Olga Rodríguez ha escrito un excelente libro sobre las revueltas árabes titulado Yo muero hoy. Tremendo título. Porque fue lo que decía mucha gente concentrada en la plaza de Tahir, en El Cairo, los últimos días de la batalla contra la dictadura de Mubarak: Yo muero hoy. Pero aquí aún queda mucho trecho para que mucha gente tenga esa actitud. No morir, sino arriesgar, jugársela.

“Vinieron con la noche, escondiendo su monstruosa condición entre las sombras de las sombras. Vinieron por las calles jamás dibujadas, por callejones cubiertos de basura, para que no intuyéramos sus manos asesinas. Vinieron y llamaron a la puerta, a las puertas, a los ojos que dormían, a las bocas que respiraban negándose al miedo que  se presentía. Vinieron y arrancaron de cuajo los goznes de las puertas, los goznes de los sueños, los goznes del porqué y derribaron a patadas los umbrales que nos defendían de la muerte y la mentira. Los niños lloraban arrancados de las manos de sus madres, las madres gritaban arrancadas de los brazos de la vida. Nuestros hijos fueron arrastrados a patadas, pisoteadas sus entrañas hasta descarnar su silueta y mancillar su cuerpo. Fueron violados, torturados, llevados a la muerte en procesión infinita por el atajo construido por el dictador y sus secuaces. Nos quebraron los dedos, vaciaron los ojos, nos ahogaron los pulmones en los cubos de agua y vinagre donde dejamos las lágrimas que aún no habían conseguido provocarnos. Nos mataron con muerte, lentamente, de a poco a poco morir sin posible escapatoria. Nos asesinaron hasta el nombre para que no pudiesen encontrarnos los pocos vivos que, en la muerte de sabernos muertos antes que ellos, dejaron para que sirviéramos de escarnio a la semilla valiente del futuro. Nos fueron matando con la muerte, pero dejaron nuestros cadáveres tatuando el nombre del pasado (y  a nuestros padres, hijos, hermanos, compañeras, esos que nos han de revivir en la lucha sin fin contra el tirano)”

Cuando en una sociedad irrumpe con alivio la normalidad democrática, y eso se percibe como una quiebra sobrenatural, es que la superstición oficial ya no puede seguir secuestrando a la realidad.

La ruptura democrática llama a la puerta. Da igual que el procesamiento de la Infanta Cristina de Borbón no prospere o caiga en alguna de las mil trampas y zancadillas que se abrirán a su paso. Lo importante ya ha ocurrido. El sólo hecho de haber fracasado todas las presiones para impedir su imputación judicial significa una enmienda a la totalidad al sistema. En fase de embrión, pero contundente rechazo al fin y al cabo. Porque la clave de bóveda del régimen era la impunidad de la monarquía reinante y el acatamiento cómplice de la corte secundante. Estamos, pues, ante una nueva y radical manifestación del “sí se puede” que se ha abierto camino en la conciencia democrática de la gente desde el estallido de la crisis. Hasta tal punto de que, antes del climax creado por las movilizaciones ciudadanas contra el austericidio y el duopolio dinástico claudicante, no podía entenderse la aparición de un juez en bicicleta verdaderamente independiente (a no ser en la versión espuria de jueces estrella para deslumbrarnos).

De otros diluvios oigo una paloma”.
 Giuseppe Ungaretti

Los últimos datos sobre la distribución de la renta en el mundo facilitados por Oxfam Intermon no dejan lugar a dudas sobre la maldad innata del capitalismo. El 1% de la humanidad devora tanta riqueza como la mitad de la población del planeta: 85 personas frente a 3.600 millones. Y en España, la segunda nación con mayor índice de desigualdad de Europa tras Letonia, las 20 primeras fortunas acumulan los mismos ingresos que 9,4 millones. Jamás tan pocos causaron tanto daño a tantos. Aquella “investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de la naciones”, que pregonaba Adam Smith en 1776 como misión de la naciente teoría económica, es hoy arqueología académica. Lo acuciante ahora es explicar las causas que hacen posible una sociedad donde la insultante riqueza de una ínfima minoría se construye sobre la pavorosa miseria de la inmensa mayoría. El propio informe citado da una pista: la clave está en la política. Se secuestra la democracia, señala en su enunciado la ONG, con el objetivo de “gobernar para las élites”.

La denuncia de Oxfam sobre la estructura que legitima un statu quo de abusiva y degradante dominación social, sin embargo, no aclara el fondo de la cuestión. ¿Cómo y quién secuestra la democracia? Y ante todo, queda por dilucidar el misterio que encierra el hecho de que, siendo los de abajo mayoría social, hegemónicos, y la democracia el territorio donde se formaliza la igualdad política del sufragio (un hombre/una mujer un voto), históricamente siempre manden los de arriba, que son menos cuantitativamente y ostentan una cuota infinitamente más escasa de poder electoral. Este sistema aberrante y necrófago, los menos viviendo a costa del sacrificio de los más, introduce la irracionalidad como norma en la vida social y su perpetuación subvierte el código de valores de la democracia, haciendo del flagrante expolio un rutinario canon de curso legal.

Sorprende que un pueblo como el español, tan devoto de la religión que profesa y practica y habituado a comulgar con el perdón y a recitarlo a coro, aún siga empecinado en la creencia de que el perdón no es virtud de ida y vuelta sino una impagable deuda que Dios y el mundo tienen contraída con España.

En consecuencia, sigue creyendo España que ella es la única merecedora de otorgar perdón a los demás y la única agraviada y en derecho a demandarlo.

Quienes celebran haber llevado la lengua castellana a un continente americano mudo y haber provisto del único Dios verdadero a millones de gentiles, hoy todavía festejan el continental genocidio y despojo que, cinco siglos más tarde, siguen trajinando a bordo de sus nuevas empresas y embajadas. Quienes siempre se reservaron la primera y la última palabra, hoy mandan a callar las voces inconformes con la historia que han urdido del perdón. Algunos, como Aznar, hasta se han permitido exigir la súplica del perdón al mundo musulmán por haberle invadido su país algunos siglos más de los que cree tener de vida.

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