Mikel Itulain*. LQSomos. Diciembre 2017

Un engaño de los medios de comunicación

Los nacientes Estados Unidos ya competían con las potencias europeas y de ellas iban a heredar su ambición guerrera y expansionista, así como los medios de persuasión y propaganda utilizados para justificar tales campañas bélicas, los llamados medios de comunicación.

España ya era un imperio en declive, pero todavía poseía territorios largamente deseados por EE.UU.: Filipinas era uno de ellos, pero en especial lo era Cuba. Esta isla como antesala a la costa este estadounidense, y tanto para el control del Caribe como por la propia riqueza de ella, suponía un sueño anhelado por el mundo empresarial norteamericano. En la isla pronto se asentaron ciudadanos estadounidenses que comenzaron a comprar terrenos para crear grandes plantaciones.

Es a finales del siglo XIX cuando el malestar por la ocupación española termina en una insurrección. Esto es visto con buenos ojos por el gobierno de EE.UU., no porque deseasen que Cuba realmente lograse su libertad, sino porque veían la oportunidad para ocupar el lugar de España. Hasta entonces no lo habían intentado ellos directamente por la vía militar porque tenían miedo de la respuesta europea, especialmente de los británicos. Son cautelosos, y entre el apoyo disimulado a la revuelta y el recelo que tenían sobre los revolucionarios, que eran principalmente antiguos esclavos negros, dejan que se vayan desarrollando los acontecimientos. No obstante, la campaña para intervenir ya se había activado en el país, en ella se aludía a una lucha por la libertad y contra la tiranía española. Cuando la situación se vuelve peligrosa para el empresariado, debido a que la revolución puede convertirse en algo similar a lo que pasó en Haití, donde los esclavos negros consiguieron la independencia de los franceses y el control del poder, la Administración estadounidense se pone en marcha para el ataque.

Y como en toda guerra se necesitan pretextos, EE.UU. entonces decide enviar, en enero de 1898, un buque militar, el Maine, al puerto de La Habana, con la excusa de que van allí para proteger a los ciudadanos estadounidenses de la isla. En el mes de febrero el buque es hundido y estalla la ira en el país norteamericano, acusando a los españoles de “sucia traición”. En realidad nada probó entonces, ni tampoco después, que los españoles tuviesen algo que ver con tal acto. “Por casualidad” el cargamento de armas y explosivos estaba junto al depósito de carbón y estalló por una explosión interna. No hace falta decir a quién favorecía tal explosión. Enseguida los periódicos comenzaron una intensa campaña de acusación hacia España, clamando por la intervención militar. Destacaron entre estos “periodistas”: William Randolph Hearts y Joseph Pulitzer, que utilizaron el sensacionalismo en vez de realizar una información objetiva. Era la propaganda de guerra, tal y como es hoy en día también. Hablaban de violaciones, abusos y asesinatos, mostrando la monstruosidad y barbarie de los españoles. Esto lo acompañaban con imágenes, dibujos o fotos que provocaran una exaltación de la irracionalidad y el odio hacia lo español. El propio Hearts contrató a un fotógrafo que envió a Cuba, y al comentarle este que no había guerra que fotografiar, Hearts le respondió:

Tú preocúpate de las fotos que yo me preocuparé de la guerra (American Foreign Affairs, 1895-1920).

Si no hay guerra se inventa y si no hay conflicto se provoca. Todo esto mostraba la nula voluntad de informar del periodista, y en realidad de buscar deliberadamente la manipulación de la información. Esto recuerda al caso de Libia en el año 2011, donde se aclamó tanto por los grandes medios de comunicación audiovisuales, por ejemplo la BBC o la propia televisión española, TVE, así como por la prensa escrita: El País, ABC o La Vanguardia, etc., y por organizaciones humanitarias, como Human Rights Watch, que Gadafi había bombardeado a civiles en Trípoli causando centenares o miles de muertos (Itulain, 30.8.2012). Los vecinos que vivían allí, así como algún periodista que se desplazó al lugar de los supuestos hechos para comprobar si aquello era cierto, negaron que hubiesen sucedido tales bombardeos o ataques a la población. Las observaciones por satélite también lo desmintieron (RT, 2011). Los telediarios, los periódicos y otros medios, a pesar de ir contra todas las evidencias, siguieron a lo suyo, encargándose de promocionar e instigar la guerra. “Tú preocúpate de las fotos que yo ya me preocuparé de que haya guerra”, ese fue su lema, hasta que al final obtuvieron lo que deseaban, la guerra y la brutalidad que la acompaña.

No es extraño tampoco que a otro “periodista” del estilo de Pulitzer y sus colegas, Roy Gutman, le diesen precisamente el premio Pulitzer, el que lleva el nombre del periodista sensacionalista, por una descarada manipulación fotográfica durante la guerra contra Yugoslavia a final del siglo XX; en la que se trataba de mostrar la existencia de un campo de concentración creado por los serbios, aunque en realidad no había tal campo. Se trataba de hecho de una zona de refugiados, libres en sus movimientos, que el periodista trató de mostrar, manipulando y falsificando la realidad, como un centro al estilo de los que llevaron a cabo los nazis en otros tiempos; para ello se situó detrás de la alambrada de un campo agrícola adyacente y fotografió a algunas de los hombres presentes allí, tomando como centro de la imagen a una persona enferma, posiblemente con tuberculosis (Deichmann, 1998). Se premiaba con el Pulitzer la deshonestidad periodística. Tal vez sea ese el motivo real del premio, haciendo honor a su nombre.

Todos estos supuestos periodistas lo que hacían y hacen en realidad era servir a los intereses del mundo de los más poderosos, que deseaban que la guerra se diese porque resultaría muy provechosa para sus intereses económicos. Años después de la guerra en Cuba, el que fue presidente de la Oficina de Comercio Exterior del Departamento de Comercio estadounidense reconocería que:

La guerra entre Estados Unidos y España no fue sino un incidente de un movimiento general de expansión, que tenía sus raíces en el nuevo entorno de una capacidad industrial mucho mayor que nuestra capacidad de consumo doméstico (Zinn, p.271).

Se aceptan finalmente las causas de las guerras tiempo después, cuando ya no hay peligro de que el proyecto se malogre o los causantes puedan ser acusados y procesados. Pero cuando suceden, prácticamente nadie le presta atención a ello, a estas causas reales, a las económicas, generando así en el futuro un nuevo ciclo de guerras con similares justificaciones y similares motivaciones. Definitivamente el ser humano no aprende ni de su propia historia. Por este motivo la anarquista y feminista Emma Goldman se lamentaba de cómo la misma izquierda contribuyó a otra guerra comercial encubierta en deber humanitario:

¡Cómo bullían de indignación nuestros corazones contra los malvados españoles! Pero cuando se hubo disipado el humo, enterraron a los muertos y pasaron la factura de la guerra a la gente con un aumento del precio de los productos y los alquileres -es decir, cuando se nos pasó la embriaguez de nuestra juerga patriótica- de repente caímos en la cuenta de que la causa de la guerra hispano-americana era el precio del azúcar… que las vidas, la sangre y el dinero del pueblo americano se usaron para proteger los intereses de los capitalistas americanos. (Howard Zinn. A People History of the United States. New York: Harper Collins Publication, 2003).

Obviamente también había oposición a esta guerra, a la cual veían como un modo de ganar más dinero y poder por parte de los hombres ricos que dirigían el país, enviando a la lucha a los más desfavorecidos de la sociedad para que matasen a personas en favor y beneficio de aquellos que los enviaban. Un socialista escribía en el Voice of Labor de San Francisco:

Es terrible pensar que mandarán a los pobres trabajadores de este país a herir y matar a los pobres trabajadores españoles, solo porque unos pocos dirigentes les inciten a hacerlo (Zinn, p.272 ).

Pero la incesante campaña en los grandes medios de comunicación a favor de la guerra con España dio su resultado. A diario se llenaban las páginas de los periódicos con imágenes y titulares impactantes, mostrando las supuestas atrocidades de los españoles y recordando el slogan “Recuerda el Maine, al infierno con España” (Sanders, 2002).

La guerra volvió a ser muy beneficiosa para los dirigentes estadounidenses, ya que no solo se hicieron con Cuba, sino que también les dejó en sus manos Puerto Rico, Guam y más tarde las Filipinas. El Caribe y el Pacífico se abrían por la fuerza militar al cartel empresarial norteamericano.

Qué duda cabe que de esta “guerrita espléndida”, como la calificó el secretario de Estado John Hay, aprendió muchas cosas la élite estadounidense y de aquí en adelante no pararon de fomentar otras tantas y de extender su influencia. Las guerras resultaron ser muy provechosas para sus intereses egoístas. No tardaron las compañías estadounidenses de la minería, de la construcción, del ferrocarril y las azucareras y tabaqueras en ocupar la isla y hacerse con todo su control. La United Fruit y la American Tobacco acapararon los mejores terrenos de cultivo y la Aceros Bethlehem los recursos mineros (Zinn, p.274).

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PS: Texto de la obra del autor: Justificando la guerra (2012).

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