Lilith Rojo*. LQSomos. Abril 2017

Me he estado leyendo un libro unas semanas atrás, más de 600 páginas de literatura al servicio de la burguesía católica catalana acomodada en el franquismo y hegemónica en transición. Propaganda disfrazada de filosofía sobre la guerra y la humanidad, que el autor no ha escatimado en verter por boca de casi todos sus personajes principales. Me reconozco a pesar de mi hernia de hiato un gran estómago por haberme acabado esta novela de juventud eterna y haber sobrevivido psicológicamente al ejercicio. Este texto pro-católico recubierto de aura de gran obra pacifista y humanista es una máquina de desprecio ideológico y de clase sobre quienes defendieron la República pero no pertenecían a las élites económicas y culturales. Un desprecio que se convierte en odio cuando se trata de retratar el anarquismo como un grupo degenerado de asesinos implacables en una retaguardia decadente y obscena que asesinaba curas por deporte. De menosprecio a los sin fe en dios. Y machista en el retrato de la mujer. Y para los que estén tentados de llamarme integrista porque piensen que opino que solo deben publicarse los libros que estén en sintonía con mis ideas que frenen en seco. Yo no critico el derecho del señor Joan Sales a escribir su visión de toda una época explicando la feria según le va, lo que me parece indecente es que desde el progresismo se venda esta novela como un referente de la literatura de la guerra civil y el franquismo. No es verdad histórica un relato subjetivo, una creación desde la trinchera del privilegio, la que se creía demócrata, catalana regionalista, católica y antifranquista, pero de derechas, que vivía muy lejos de los cinturones rojos de las ciudades industriales y temía a esa gente venida de todas partes como peligrosos míseros analfabetos o rojos inadaptados. Y que frenen también en seco los que vean en esta crítica argumentos para atacar el Procés, porque seguro que derrapan y caen en tierra integrista unionista, allí no me encontrarán jamás, siempre huyo de los nacionalismos.

Uno de los valores que atribuyen a esta novela es el papel de la carlana, una sirvienta desde niña de la que abusó su padre, que pare los hijos de un hacendado a cuya familia sirve y al que no quiere y que es asesinado oportunamente por los rojos, utilizando a los republicanos, con sus encantos de mujer inaccesible para obtener una documentación falsa de matrimonio. Solo le interesa la hacienda y el poder que representa y para ello se convierte en cacique del Régimen. Así la mujer fuerte es la que se endurece y solo piensa en el patrimonio propio que legar a sus hijos, que se perpetuarán con el título de Señor. Es un estereotipo que navega entre la admiración y el desprecio del autor en su guerra interna entre la contradicción católica del dinero es sucio pero es nuestro carné de clase, para eso inventó el catolicismo el mercado de bulas y el perdón de todos los pecados, para blindar su impunidad. Como contrapartida a la bautizada como “mujer araña” presenta a una cándida Trini, hija y hermana de anarquistas, enamorada y pareja del protagonista macho alfa, el conquistador, el que acabará siendo un triunfador social donante a la Iglesia. Una mujer que al endurecerse las condiciones en la retaguardia, al sentir el hambre y ver como asesinan a los hombres de dios decide convertirse fervorosamente al catolicismo influenciada por otro de los personajes, el loco que se supone dice la verdad como los niños, el filósofo a quien todos quieren y detestan, el que se cambia al bando franquista por inconformista, porque todos son malos y buenos. Trini se bautiza en la clandestinidad, aunque no está casada con el padre de su hijo por aquello del amor libre que le había parecido estupendo hasta empezar la guerra. Ella es la buena, instruida, profesora de universidad, con servicio, con unos modos refinados a la que se le puede perdonar sus orígenes porque a través del bautismo y su comunión con la oligarquía puede acceder al título de “uno de nuestros”. Así, la fervorosa Trini va buscando a esos únicos héroes, los curas que deciden no huir de la Barcelona gobernada por los sanguinarios anarquistas arriesgando sus vidas a mayor gloria de dios dando misas clandestinas en las casas de la nobleza. Una nobleza que dibuja con esa dualidad de la burguesía, amor-odio, el dinero burgués y los títulos nobiliarios de los que nunca trabajaron para vivir, matrimonios para blanquear orígenes. Y acabada la guerra, ya en el exilio, adinerada consorte de burgués industrial, es retratada como una mujer piadosa, casada con su compañero infiel, un marido que le pone los cuernos públicamente pero que ella madre abnegada de familia numerosa ignora como buena católica de misa diaria. Entonces se convierte en la mujer más bella, el patito feo anarquista se revela todo un albo señor cisne.

En la guerra de Sales no hay ideas, ni ideales. Sitúa la novela en un frente sin muchas novedades, describiendo exclusivamente el mundo de los oficiales, los privilegiados, los funcionarios, los que a través de los estudios pudieron saltar de posición por matrimonio, dados al alcohol para sobrellevar sus vidas. Pero lo peor es la retaguardia de la Barcelona de Sales regada con la sangre santa. Se ríe de los carteles de guerra que él pone en manos de un solo personaje, el hermano de Trini, anarquista sin corazón, ni ideal, el pistolero, el resentido de clase que solo anhela el poder, el cobarde que no va al frente, el que cambia de chaqueta llegada la hora y medra como persona sin valores adorador del becerro de oro. Se olvida Sales de describir el papel de la Iglesia en la conjuración contra la República, en su papel en el golpe de Estado, en su poder histórico siempre al lado del opresor con el fuego de la Inquisición al servicio del poder del que formaba parte como ADN. Describe una Barcelona sórdida, sucia, de delaciones, prostitución, robo, hambre, corrupción y asesinato, de obreros que colectivizan pero que son tan inútiles que tienen que llamar a los patronos para que no se hundan las fábricas. Los únicos mártires de la retaguardia los curas. Unos barceloneses a los que la República le importaba bien poco. De hecho el propio autor que luchó en las trincheras republicanas llegando a Comandante prefirió irse al frente para no ver el desgobierno de la retaguardia. Y este dato es muy importante porque es el que ofrece la actual posición de autoridad moral de aquellos que han contribuido a una visión revisionista de la historia desde la posición de luchador antifranquista en su momento, aunque al tiempo conviviera perfectamente con la dictadura desde una situación de privilegio económico e intelectual. Un Joan Sales hijo de buena familia, que pasó muy brevemente por el partido comunista a finales de los años 20 y que acabó militando después de su regreso del exilio en 1948 en Unió Democràtica de Catalunya, a la que sus católicos miembros habrán cantado un réquiem recientemente por haber liquidado por España sus 85 años de historia.

La constante de esta novela de personajes masculinos atormentados, todos huérfanos criados por sus tíos, dos de ellos por tías excéntricas, ricas y beatas es la coartada del autor para escribir esta novela y expresar sus pensamientos a través de sus monólogos y enseñarnos así su propio laberinto de contradicciones que convergen en una sola cosa verdadera y palpable: Dios. Retrata la Iglesia catalana de los 60 como antifranquista pero desde la visión de los curas con sotanas no de los curas modernos que vivían con los recién venidos y les acompañaban o guiaban en sus reivindicaciones como pastores de rebaño viviendo la experiencia del Jesucristo que surgía de las teologías de la liberación. Uno de sus personajes, el cura que durante unas semanas colgó los hábitos, un hombre perdido que también luchó por la República por inercia, durante el franquismo seguía sintiendo miedo de los anarquistas que aún ansiaban beberse la sangre del clero como ilustra el autor cuando lo pasea por el extrarradio y siente terror cuando un obrero le hace la señal de cortarle el cuello.

Y así llegamos a la Incerta glòria convertida en película, de la que no voy a hablar porque no la he visto, pero sí he querido hablar de la novela de Joan Sales en la que se basa, porque cuando promocionan el film lo hacen conjuntamente con el libro llevando de gira a la nieta del autor, que ahora dirige la que fuera su editorial y que da titulares como “Incierta gloria es una novela sobre la inconsistencia de la verdad”, tengo que admitir que en el caso de las verdades del libro de su abuelo es cierto. María Bohigas se vanagloria de lo bien que conecta la novela con el público joven, con periodistas e intelectuales y eso me pone los pelos de punta porque cuando te duele la lengua de explicar el pasado olvidado y revisado con los escasos medios a nuestro alcance te viene un boom publicitario de este calibre y sientes como aplastan la labor de los que trabajan por la verdad, la justicia y la reparación. Algunos militantes ciegos de la reconciliación pagada con claudicación ven nuestra pedagogía democrática como doctrina y propaganda. La nieta de Sales concluye diciendo que en Catalunya la única manera de renovar una lectura es que la obra pase por el cine y el teatro, y en eso tiene razón, ese ha sido mi caso, siento ser tan previsible. Algo de verdad hay en mi exposición cuando esta señora intenta justificar que esta novela no es católica sino cristiana, aunque no veo nada de cristiano en las descripciones que hace el autor de los no creyentes, los describe como gente sin el don de la imaginación, plana, sin vida interior, sin pensamientos nobles, ni moral elevada, primarios, un insulto a las y los ateos.

En el prólogo te venden como un éxito que la novela se editara durante la dictadura con la ayuda del obispado de Barcelona y comprendes que el franquismo es puro nacional catolicismo, mostrando el inmenso poder de la Iglesia, desde los curas delatores de pueblo a la secta Opus en la cúpula de poder a partir de los 60. Los pecados del redil católico pueden ser perdonados, así seguramente para personajes como Sales fue más sencillo sobrevivir a pesar de su pasado republicano, pues para él rogar a dios sin soltar el mazo y pasar por la historia sin mácula alguna, en zona de privilegio, fue posible.

Esta novela, traducida a más de veinte idiomas ofrece una visión al mundo de la guerra civil española y la dictadura completamente sesgado y confuso vaciando la lucha contra el fascismo y la libertad de la República de contenido. Revestida de un aura de obra de referencia es un panegírico del catolicismo donde personajes que intentan no naufragar en sus propias tormentas existenciales, que viven la culpa como losa judeocristiana zozobran en sus pensamientos, menos los pragmáticos, supervivientes aferrados a los negocios terrenales pero en territorio católico.

No hacemos más que volver una vez y otra a las recurrentes perversiones de la insistente memoria de los convencidos de la reconciliación franquista sobre los vencidos. Sin parecerlo a priori desde ciertos sectores progres se deslegitima la lucha antifascista de los defensores de la República convirtiendo el compromiso y las ideas de los que en todos los frentes plantaron cara al fascismo en obligación o en un dejarse llevar, dando a entender que los alistamientos fueron forzosos y los bandos alimentados por cuestiones geográficas. Nos vienen a borrar la verdad los que dicen ser antifranquistas pero que desde sus posiciones dan legitimidad al atado y bien atado disfrazándolo de único futuro democrático. Son los acomodados en los lodos del olvido de la Transición por intereses de poder, económicos y religiosos que siguen imponiendo la impunidad.

Y después de todo esto yo me pregunto si no hay ninguna novela épica o no se puede escribir un guión al modo de las grandes producciones de Hollywood sobre la Segunda Guerra Mundial donde los defensores de la República sean personajes heroicos entregados totalmente a la causa, sin dobleces, sin buscarles aquella zona oscura para que no se nos acuse de sublimar nuestra verdad, ese pecado que nos inculcó el catolicismo por el que siempre tenemos que seguir poniendo las dos mejillas. Estaría bien poder hacerlo más que nada para equilibrar la balanza porque lo inaudito es retratar una y otra vez la equiparación de bandos, la no implicación ideológica del bando republicano y sus luchas internas, el obviar la gente que se fue al frente voluntariamente a luchar por la libertad, no porque la República les obligara sino para defender su legalidad contra el fascismo. Una gran película sin vis cómica, sin simulaciones de musical, donde Brigadistas Internacionales y milician@s mostraran su compromiso y esa solidaridad universal. Porque estamos hartos de tener que explicar los asesinatos de curas y monjas, las traiciones y deserciones en las filas republicanas, las divisiones de la izquierda todo ello sin contextualizar, generalizando y en detrimento de la República.

Estoy harta de transiciones al punto de partida con las que intentan volver a convencernos a través de operaciones de maquillaje de titulares, fotos y leyes sin valor real de que esta vez es diferente. Y mientras tanto sigue en pie la impunidad, no se ha roto con la dictadura, sus leyes y su herencia, solo se sigue la línea trazada de la reconciliación por capitulación capitaneada por coronas católicas donde la República no tiene cabida. Y si no estás de acuerdo desde el poder mediático e institucional te llaman rencoroso, tienen la desvergüenza de bautizar como rencorosos a los que han tenido que tragar tanto agravio comparativo y el odio de los vencedores, que sigue inoculado en sus vástagos a pesar de su eterna victoria.

Y de aquí a cuatro días saldrán las procesiones y los nietos de los que fueron fusilados acusados por la Iglesia harán de costaleros, pasearán a vírgenes con fajines fascistas y llorarán amargamente si llueve las lágrimas que no derramaron por sus abuelos por desconocimiento. Porque la cúpula del socialismo cobarde o complaciente y folklórico de ayer y hoy se sigue quemando las manos con el cirio del Concordato, del todo gratis para la Iglesia en un congraciarse con lo peor del continuismo nacionalcatólico, manteniendo cegados por las luces de romerías y fiestas de santos de pandereta a un pueblo al que hicieron adicto a la devoción de los espectáculos católicos. De los comas etílicos a las violaciones del Rocío, eso sí que es ir de lo obsceno a lo macabro, como no se hartaba de repetir uno de los personajes de “Incerta glòria”, pero no pasa nada porque para eso siempre hay un ego te absolvo.

Y de nuevo este abril no será protagonista por celebrarse otro aniversario de la República asesinada entre otros por la Iglesia y de sus hijas e hijos muertos por el fascismo, volverá a ser portada por semanas santas y celebraciones católicas que mostraran a un pueblo fervoroso hasta el fanatismo, donde ateos y críticos tendrán que desaparecer en las catacumbas del librepensamiento si no quieren ser acusados de delito de odio religioso.

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