Antoni Puig Solé*. LQSomos. Septiembre 2017

Aunque en la época de Marx (hace más de 150 años), los daños del capitalismo al medio natural no eran tan evidentes como, por desgracia, en los últimos 50, en sus textos ya podemos encontrar esbozos sobre lo que podía pasar, especialmente en el terreno social, pero también, en el medioambiental, aunque de manera embrionaria.

El Capital fue su obra más sobresaliente. Su objetivo central no era, ciertamente, la cuestión ecológica. Tuvo por principal mérito, como el propio Marx admitió, demostrar el doble carácter del trabajo (expresado como valor de uso y valor de cambio) y el análisis de la plusvalía. Ambos aspectos van asociados a la teoría del valor, una teoría que desde la economía ecológica se ha considerado insuficiente e incluso es vista como un estorbo a la hora de entender los daños ecológicos que conlleva el capitalismo. Nosotros pensamos lo contrario y lo vamos a argumentar.
Esto no nos hace olvidar que la obra de Marx quedó inconclusa. Originariamente, El Capital era parte de un proyecto mucho más ambicioso, que no se llevó a cabo. Marx había planeado completarlo con libros sobre la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio internacional y el mercado mundial. Pese a su amplitud, el proyecto no incluía, como se puede ver, ningún libro sobre la cuestión ecológica. Tampoco le dedicó, como ya hemos dicho, ningún capítulo en El Capital. Su importancia en este campo, radica, en todo caso, en dos aspectos. En primer lugar, ayuda a comprender el funcionamiento del sistema capitalista, que es el marco en el que ahora prosperan los problemas ambientales. En segundo lugar, como iremos viendo, introduce conceptos cruciales para la construcción de una ecología revolucionaria.

Marx y el concepto naturaleza (1)

Naturaleza es un vocablo polisémico. Marx por lo general lo emplea (en su sentido amplio) para referirse a todo lo que es material. Desde este punto de vista, no tiene sentido incluir en la naturaleza a una parte de los seres vivos y excluir otra (los humanos, por ejemplo). Ocurre algo distinto cuando lo relaciona con el medioambiente. En este segundo caso, señala las interrelaciones y condicionamientos que hay entre una cosa y su entorno natural. Es lo que hizo, de forma temprana, en los manuscritos económicos y filosóficos de 1844, diferenciando entre “el cuerpo orgánico” de los humanos y la naturaleza considerada como “su cuerpo inorgánico” del que no se pueden separar. Aunque parezca contradictorio, esta segunda interpretación la relaciona con la primera, como dejó claro en aquellos mismos manuscritos al añadir que “el hombre es parte de la naturaleza”.

En el prólogo de El Capital, le da un nuevo significado, asociándolo al conocimiento (a su naturaleza) de un sistema social históricamente determinado. He aquí por qué afirma que su propósito es descubrir “las leyes naturales (genuinas, propias…) de la sociedad capitalista”. Marx, habla allí de las leyes naturales de la producción capitalista, contraponiéndolas a las “leyes naturales” que sostiene el naturalismo clerical y a las que atribuye los males que sufrimos los humanos. Un ejemplo sería la ley de la población. La visión clerical ve la pobreza como consecuencia lógica de “una ley natural que conlleva la aparición de una población excesiva”. Marx, por su parte, reconoce la existencia de una población obrera sobrante (“ejército de reserva”) pero busca sus causas en la “ley general de la acumulación de capital”. Otro ejemplo sería la “ley del desarrollo desigual del capitalismo” contrapuesta a “las leyes naturales” que pretenden justificar la diferencia entre países del centro y de la periferia, por la existencia de diferencias “naturales”. Resumiendo: Se podría decir que el naturalismo clerical culpa a la naturaleza de los males de los humanos. Marx, en cambio, pone al descubierto los males atribuibles a la organización social.

La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio

El Capital nació como crítica de la economía política clásica. Smith y Ricardo, entre otros, vieron que el entorno natural ofrece a los humanos variados valores de uso que, al suministrarlos gratis, en una sociedad mercantilizada carecen de valor de cambio. Algo diferente ocurre con los valores de uso que provienen del trabajo. Estos, al convertirse en mercancías, sí tienen valor de cambio.
Marx aceptó este planteamiento como punto de arranque al investigar la naturaleza del capitalismo (que es lo que vaticinó en el prólogo de El Capital). A partir de esta constatación, desarrolló su singular teoría del valor (2). Pero sostuvo, asimismo, que la naturaleza es la fuente originaria de todos los valores de uso, con o sin valor de cambio y que los humanos, a través del proceso de trabajo, nos limitamos a alterar la materia natural, como hace el resto de la naturaleza (3). Es en dicha alteración donde germina el valor mercantil.

Al definir este proceso, habló de “metabolismo” (4), lo que no había hecho la economía clásica, anticipando así un concepto que ha hecho fortuna 150 años después, tanto en la llamada “economía ecológica” como en el “marxismo ecológico”.

¿Qué es el metabolismo?

Al usar la palabra metabolismo, respecto a la sociedad o respecto a determinado proceso o relación social, se los asemeja a los organismos vivos. Metabolizando, los seres vivos transformamos materia proveniente del entorno natural en sustancias que permiten la reproducción del propio cuerpo y la de la especie. No ocurre lo mismo con los objetos sin vida, ya que no metabolizan y por ello, la acción metabolizadora del medio los transforma en algo con cualidades diferentes o los descompone. Por tanto, para Marx, la relación de los humanos y la de la sociedad con el entorno natural no es un mero proceso técnico. Es cuestión de vida o muerte.

Pero Marx, no solamente habla de metabolismo al tratar la ecología; lo hace en otros campos. Ve la transferencia de mercancías de unas manos a otras como un proceso de metabolismo social, propio del capitalismo. El dinero es considerado a la vez, como un medio que facilita este metabolismo. Las crisis económicas capitalistas son el resultado de una perturbación metabólica.

La noción de perturbación metabólica también es utilizada por Marx, al referirse a las consecuencias del productivismo capitalista sobre el entorno natural y a algunos procesos de desposesión. Este tipo de perturbaciones no suponen necesariamente una crisis económica capitalista, si bien pueden contribuir a ella. En todo caso, provocan crisis ambientales, o sea, crisis en la auto reproducción del planeta, que el capital, para garantizar su subsistencia, intenta sortear (5) y que, como veremos, agrava.

Marx alertó de este tipo de perturbaciones al final de la Sección Tercera, al señalar las virtudes y defectos del desarrollo tecnológico. Insistió en el capítulo dedicado a la acumulación originaria. Pero donde más ahondó fue en el libro 3º, concretamente en el capítulo 47, al tratar la intensificación de la agricultura (6) cuando hubo que alimentar a las ciudades y, por tanto, a la industria. Para alcanzar este objetivo, se aumentó la presión sobre el suelo, suplantando el ciclo de los nutrientes por una ayuda externa de contenido químico. Este fue (y es) un proceso creciente incentivado por el comercio con un radio más grande que el de los límites de un solo país.

¿Qué es el valor?

Con el fin de desvelar las leyes naturales de la producción capitalista, Marx quiso desembrollar, en primer lugar, qué hay detrás de esto que la economía clásica denominó valor de cambio. Resolvió el dilema al descubrir que, bajo el capitalismo, el valor de la mercancía proviene de la energía vital que los humanos tienen que desprender al operar sobre la naturaleza. Observó al mismo tiempo que la producción mercantilizada necesita tratar esta energía como una mercancía particular de la que el capital se apropia y utiliza con el fin de apropiarse de plusvalía.

La mercancía, por tanto, requiere el trabajo necesario de dos sumandos: 1, el trabajo (muerto) previo para producir los medios de producción (materiales, máquinas, infraestructuras, energías…) que transfieren su valor a las mercancías producidas y 2, el trabajo (vivo) para llevar a cabo el proceso puntual de producción y que permite obtener nueva plusvalía. Es esta suma la que en cada caso determina el valor mercantil.

Pero no se trata de un trabajo cualquiera, sino del trabajo abstracto (indiferenciado) socialmente necesario (7) en cada momento. Con ello, los procesos de producción menos eficientes, para producir una determinada cantidad de valor, necesitan más tiempo que los que son más eficientes y corren el riesgo de desaparecer. El capitalismo se comporta así como un sistema competitivo, lo que suele torpedear el entorno natural. La competitividad actúa como motor de los incrementos de productividad.

Hay una curiosa relación entre valor y productividad: Las mejoras en productividad permiten obtener en el mismo tiempo de trabajo un número mayor de mercancías que antes. Aumenta así la riqueza material (unidades de valor de uso producidas), pero disminuye el valor unitario de cada una de ellas (ya que su producción incorpora menos tiempo de trabajo vivo). No ocurre necesariamente lo mismo con relación a la cuantía de sustancia arrancada al entorno natural, que en muchos casos sigue siendo la misma por unidad producida (y superior si se tiene en cuenta la suma total de unidades). El impacto sobre el entorno natural crece de forma desmesurada.
La agricultura no queda al margen de esta conducta. Se persiguen unos rendimientos agrícolas cada vez más altos y para lograrlos se trastoca todo, como ya hemos dicho al hablar de la perturbación metabólica.

El capital como relación social y valor en expansión

Marx desarrolló una crítica trascendental de la economía burguesa, a partir del papel del trabajo vivo como condición necesaria para la lógica del capital. El capital crece (se valoriza) al explotar trabajo enajenado apropiándose del plus-valor.

Para hacerlo posible fue necesario enajenar a los trabajadores de su medio natural y obligarlos así a vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción. El capital es visto así como una relación social en la que los trabajadores no tienen control del proceso de trabajo. Esta situación se reproduce, se expande y se agranda continuamente, como veremos más adelante.

La privatización del entorno natural

La ley del valor opera como un factor determinante (como una ley natural del sistema). Esto ya nos viene a aclarar que el capital se especializa en la explotación del trabajo social y se asegura, asimismo, que los costes ecológicos que su producción conlleva queden excluidos.

La naturaleza, por tanto, es vista por los capitalistas como una aportación gratuita pero imprescindible, a la que recurren para poder obtener sus beneficios. Así, el capital no se hace responsable de los perjuicios ecológicos que genera. En el mejor de los casos, los trata como externalidades.

Como sea que el capital quiere maximizar el beneficio, abusa de todo lo que puede acaparar y tarde o temprano lo mercantiliza. Pese a que las sustancias naturales que no han sido alteradas por el trabajo, desde la lógica del sistema no toman forma de valor, cuando alguien se las apropia, aprovechando una posición de dominio, puede exigir por ellas un precio o una renta. Llegados a este extremo, una parte del capital (o los terratenientes, propietarios de inmuebles y los Estados) hace negocio con ellas. Otra parte las paga cuando las necesita, destinándoles una fracción de la plusvalía arrancada a los obreros. También las pagamos los obreros si las necesitamos, pero nosotros nos vemos obligados a destinarles nuestro salario o nuestros ahorros (o tenemos que endeudarnos) como hacemos al adquirir cualquier otro producto mercantilizado.

En el libro 2º de El Capital, se desvela que la cantidad total de plusvalía conseguida, depende de la rapidez con la que rota el capital. Por esto hay tanto interés en acortar los ciclos productivos. Al multiplicar el número de ellos, se multiplican los beneficios, pero se violan los ciclos de la naturaleza llegándose incluso a mantener la producción para explotar trabajo vivo durante las 24 horas del día.

La nocividad ambiental del capitalismo no nace únicamente de su priorización del lucro. También tiene que ver con la contradicción entre la producción social (división del trabajo) de la riqueza material y la forma privada de apropiación de esta riqueza, dando lugar a la anarquía del sistema. Por ello, las consecuencias de una producción (que siempre conlleva intervención sobre la naturaleza) que cada capitalista organiza según le parece, son imprevisibles y pueden tener efectos destructivos e irreparables sobre la producción del mismo capitalista o sobre la producción de otros, como estamos viendo ahora mismo.

Una diferencia insalvable entre la economía ecológica y marxismo

La economía ecológica actual no comparte la teoría del valor tal como la formuló Marx. Sugiere que para determinar el valor de una mercancía se tome en consideración la entropía que su producción conlleva. Según la segunda ley de la entropía (8), la energía se transforma pasando de una forma más ordenada a otra anárquica. Nicholas GeorgescuRoegen, tipificó la termodinámica como la física del valor económico, de forma que la “ley de la Entropía constituya la base de la economía de la vida a todos los niveles” (pp. 4748) (9).

José Iglesias Fernández, hace algunas reflexiones interesantes sobre esta concepción. Las compartimos y pese a su extensión las reproducimos a continuación:

“En primer lugar, el que la materia y la energía se degraden continua, irrevocable e independientemente de su uso nos plantea la siguiente cuestión: ¿qué valor económico puede tener la entropía que se genera por sí misma sin que intervenga ni el capitalismo ni el ser humano aislado? El carbón, o el petróleo sin extraer, que todavía permanecen en la vena de la mina se están degradando, generando entropía. Por tanto, ¿debemos darles un valor e incluirlo en los costos de reproducción de la energía y trasladarlos al resto de la producción de bienes y servicios? Así mismo, en los demás planetas y estrellas la materia y la energía se están degradando por lo que nos preguntamos si se le puede y debe asignar algún valor”. Ampliando las anteriores cuestiones Georgescu Roegen dice: “en el Universo hay una degradación cualitativa continua e irrevocable de energía libre en energía dependiente, de transformación del orden en desorden, de una estructura ordenada en una distribución desordenada y caótica” (p.50). Es decir, la entropía (10) es un índice de la cantidad relativa de energía dependiente, disipada, caótica. Por tanto, ¿habría que asumir e incluir el valor de la materia y la energía que se desordena por sí misma en el Universo en el proceso económico de aquellos servicios y mercancías que se producen en La Tierra? ¿Podríamos cuantificarla?

De todas maneras, el propio Georgescu Roegen suaviza las conclusiones que algunos autores apresuradamente han establecido sobre el significado final de la Ley de la Entropía cuando dice que “la degradación es cualitativa, pues cuantitativa no es posible, y que tiene lugar únicamente en relación con el trabajo mecánico realizado conscientemente por algunos seres inteligentes (11). Como lo pone de manifiesto la energía solar, la degradación entrópica prosigue por sí misma con independencia de si la energía libre se emplea o no para la producción de trabajo mecánico. De este modo, la energía libre de un trozo de carbón se degradará finalmente en energía inútil incluso aunque se deje el trozo en el filón”. (p.50).

Por tanto, la entropía nos lleva a posicionarnos con respecto al uso racional de la materia y la energía. En la medida que esta ley es válida para un espacio cerrado como La Tierra, las poblaciones podemos aprender que hay, efectivamente, un cambio cualitativo en la materia y en la energía aunque no la utilicemos.

Ahora bien, el hecho de reconocer la entropía en los procesos productivos no debe invalidar la teoría del valor trabajo pues en caso de hacerlo perderemos de vista la explotación humana en el capitalismo. La mercancía sólo cobra valor en cuanto encierra trabajo, trabajo humano materializado. En la medida que el capitalismo hace un mal uso de las energías y otros recursos naturales, abusando de las que provocan un alto grado de entropía, es el único responsable del desequilibrio entre el hombre y la naturaleza. Por tanto, no podemos decir que hay una explotación de los recursos naturales en el mismo sentido que el sistema hace con la fuerza de trabajo, sino un mal uso o abuso de los mismos. Se da una depredación, una devastación, una rotura (rift) de la naturaleza, no por el hombre, sino por las exigencias de acumulación del propio sistema, una depredación que no puede ser cuantificable en términos de entropía. Una depredación que no tiene capacidad teórica para sustituir a la teoría del valor trabajo. Por tanto, la conclusión es que una utilización racional de la materia y la energía, un uso racional de la entropía, requiere otra organización social distinta del capitalismo.

Por último nos surgen otras preguntas. Así, ¿por qué reducir nuestro análisis y reflexiones a las energías no renovables (fósiles, extractivas) como hacen los ecologicistas? No debemos ignorar la existencia de otras energías renovables como son la hidráulica, la biomasa, las de mareomotriz, la solar, la eólica y la geotérmica, por ahora. Y sobre todo, ¿por qué no pensar, cómo hacen ya otros investigadores, en la posibilidad de utilizar energías limpias, gratis e ilimitadas? (12).

Como hemos ido viendo a lo largo de este escrito, el capitalismo se mueve siguiendo una lógica distinta de la que nos sugiere la economía ecológica. Entonces, ¿podemos poner al descubierto las leyes naturales de un sistema utilizando un criterio que estas leyes no incorporan?, ¿se pueda acusar a quien descubre esas leyes, las reprocha y lucha por superarlas, responsabilizándolo de su existencia, contenido y limitaciones?, ¿podemos conseguir que este sistema abandone sus propias leyes naturales dando lugar a otras que lo enverdezcan?, ¿podemos lograrlo modificando simplemente nuestra manera de analizarlo?

Marx veía la ruptura definitiva con el capitalismo como el momento idóneo para reparar la relación entre la humanidad y la naturaleza, enterrando la ley del valor, que como hemos visto, la asoció a la mercancía y a la naturaleza del capitalismo. Sería entonces cuando podría prosperar un metabolismo social construido en función de las necesidades de la gente. “La libertad (…) únicamente se puede alcanzar con el hombre socializado, cuando los productores asociados, regulen el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional, poniéndolo bajo su propio control colectivo,(…); llevándolo a cabo con el menor gasto de energía y en condiciones más dignas y adecuadas para su naturaleza humana” (13), nos dice en el libro 3º de El Capital.

Pese a que en la cuestión del valor existe un desacuerdo insalvable entre la economía ecológica actual y el marxismo, en otros terrenos hay puntos de avenencia. Contrariamente a lo que hace la economía convencional al considerar la economía como un sistema cerrado, la economía ecológica recuerda que no es posible un proceso económico sin la incorporación de sustancias originadas por la naturaleza y que a la vez, la actividad económica acarrea residuos. Ya hemos visto, e insistiremos en ello, que Marx fue un precursor del enfoque que ve la economía como un sistema abierto. La economía ecológica ha recuperado este enfoque, poniendo sobre el tapete y analizando algunos temas que Marx no tuvo en cuenta o no llegó a conocer y ha analizado otros con una profundidad superior a la de Marx. Valga como ejemplo, todo lo que atañe a los recursos naturales no renovables. No hay duda, pues, que en este terreno es posible establecer una cooperación fructífera entre economía ecológica y marxismo, beneficiosa para ambas corrientes.

El carácter transhistórico del proceso de trabajo y el contexto histórico

La economía clásica (como hace la economía convencional de nuestros días), suponía la existencia de una esfera económica que opera de forma independiente del tiempo y del espacio de la reproducción humana y de la vida. La concepción que Marx tiene del proceso de trabajo, matiza este asunto, al considerarlo como una relación metabólica entre nuestra actividad laboral y el entorno natural que modificamos. Si bien este metabolismo (con sus respectivas perturbaciones) ha existido desde las primeras civilizaciones, siempre se llevó a cabo a través de una determinada forma de organización social y con un nivel específico de desarrollo tecnológico, que se alteran con el tiempo.
La explicación más completa que nos dejó Marx del proceso de trabajo y que reproducimos a continuación, es la del capítulo 5º de El Capital, y que como vimos, ya la había insinuado el capítulo 1º.

“El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida”.

Destacan dos aspectos. El primero es la referencia a la manera como el hombre se relaciona con la naturaleza. Es aquí donde aparece la referencia al metabolismo. El segundo, que refuerza al anterior, explica que el fin que se persigue con esta relación es modificar la materia natural para que tome una forma útil para los humanos, lo que no deja de ser un requisito imprescindible para que el metabolismo surta efecto.

La expresión “apoderarse de los materiales de la naturaleza”, a oídos de algunos ambientalistas, puede sonar a robo o manipulación. Nos recuerda, simplemente, que el hombre, ejerce “su poder natural”, algo que puede hacer de maneras diferentes y a título individual o colectivo. Guste o no guste, sin ejercer este poder natural sobre la naturaleza, no hay metabolismo.

Ahora bien, esta definición del proceso de trabajo, si hacemos abstracción de las referencias concretas a la corporeidad, en cierta medida, puede valer para la relación del resto de seres vivos con la naturaleza ya que todos ellos metabolizan apropiándose de materia arrancada de su entorno natural. No es esto lo que Marx se propone. Quiere observa “el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre.” De ahí que añada tres elementos básicos del proceso laboral:
1.- La actividad orientada a un fin o sea el trabajo mismo,
2.- Su objeto (lo que ofrece directamente la naturaleza o cosas que han sido ya modificadas por el trabajo y que denomina materia primas) y
3.us medios, (aquello que el trabajador interpone entre él y el objeto de trabajo).
Cada uno de estos elementos presenta sus particularidades según el momento histórico y el modo de producción vigente.

El primer elemento nos recuerda que con el término trabajo nos referirnos en exclusiva a una actividad humana. Requiere un esfuerzo. Ha habido una planificación previa y persigue un fin. Existe, por ello, una actividad intelectual y una actividad manual que se pueden escindir con la división del trabajo.

El segundo señala que el objeto que se modifica, o bien proviene originariamente de la naturaleza o bien es materia natural transformada por un trabajo anterior. Se insiste de nuevo en la dependencia de los humanos con relación a la naturaleza y que con esta relación, buscamos adecuar la naturaleza a nuestras necesidades.
Los medios (instrumentos) de trabajo son un órgano anexo al cuerpo humano que los propios humanos nos procuramos a través del trabajo. La capacidad de modificarlos, es una de las características específicas de nuestra especie.

Al contemplar las particularidades del proceso de trabajo bajo el capitalismo, Marx habla de subsunción del trabajo por el capital. Con esta palabra nos viene a alertar de que el proceso de trabajo se lleva a cabo en virtud de las necesidades del capital y que es él quien decide qué valores de uso se producen y cuáles no. El capital, por consiguiente, decide cómo se transforma la materia natural y qué es lo que se obtiene con esta transformación. Los productores, en cambio, quedan relegados del control del proceso de producción que ellos mismo deben llevar a cabo.

Con esta enajenación, en primer lugar, el trabajo es considerado como algo ajeno al productor que lo realiza. En segundo lugar, la naturaleza deja de sentirse como cuerpo inorgánico, ya que el objeto sobre el que se trabaja y los medios con los que se trabaja, se los ha apropiado el capital. Y en tercer lugar, el resultado del proceso de trabajo, es considerado también como algo que pertenece a otro (14).

El proceso de trabajo aparece así, a ojos del productor, simplemente, como el único medio a su alcance para obtener una cantidad de dinero que permita adquirir mercancías que aseguren su subsistencia como ser humano y la de una prole, que el capital coloca bajo su tutela.

Cabe señalar que en la Ideología alemana, Marx y Engels, ya habían empleado el concepto subsunción, que Marx desarrolló unos años después al analizar la relación entre el trabajo y el capital que lo domina. Allí, ambos ya anticiparon que la relación entre el capital y la naturaleza se modifica con el desarrollo de las fuerzas productivas y que esta modificación es un requisito imprescindible para asegurar la subsunción del trabajo al capital. Lo que aquel texto de juventud nos viene a decir, es que mientras solamente existía un bajo de las fuerzas productivas, el productor estaba subsumido a la naturaleza y la propiedad privada quedaba reducida a la posesión de una fracción de la tierra y/o de unos medios de trabajo muy rudimentarios. Más adelante, con el desarrollo de las fuerzas productivas, es posible apropiarse de las obras de los hombres, o sea, del trabajo muerto en forma de medios de producción. Entonces la propiedad privada amplía su ámbito y toma forma de capital. A partir de este momento, el capital puede ejercer su dominio subsumiendo al productor. Esta idea tan potente, también se puede relacionar con el metabolismo asociado al proceso de trabajo, ya que, de hecho, la relación metabólica entre el trabajo y la naturaleza pasa a ser un metabolismo entre naturaleza y capital.

La ecología de la fuerza de trabajo

La falsa visión según la cual Marx se desentendió de la naturaleza, ha sembrado la idea de que marxismo y ecológica dan lugar a dos movimientos y discursos diferentes, cada uno con su propia historia y especialidad: El primero tendría que ver con las relaciones de clase; el segundo, con la relación entre los humanos y el medio natural.

La obra de Marx tiene, ciertamente, un contenido humanista. Le preocupa el presente y futuro de los humanos. Considera que la fuerza de trabajo de los humanos en sí es un recurso natural. “La fuerza natural de las personas” y “la fuerza natural de la tierra” son “las dos únicas fuentes de riqueza, saqueadas por el capitalismo” nos dice en El Capital. Más adelante, en el penúltimo capítulo, explica cómo el uso de la fuerza de trabajo como mercancía requiere como condición previa, separar la fuerza natural del productor del dominio de los medios de producción (incluida la tierra). El capitalismo no habría sido posible sin esta “ruptura violenta” entre la mayoría de los humanos y su “cuerpo inorgánico” y necesita perpetuarla.

En estas condiciones, el trabajo se convierte en una actividad rutinaria, monótona, alienada, a veces insalubre y sin garantías de continuidad, ya que el pleno empleo no es el estado normal del capitalismo. La obra de Marx y Engels está llena de relatos sobre los afectos perversos que el capitalismo tiene en la persona del trabajador (sobre su cuerpo orgánico) y en su entorno (sobre su cuerpo inorgánico).

Fuerzas productivas, fuerzas destructivas y relaciones de producción

Cualquier análisis de la sociedad y sus problemas, exige conocer sus procesos de producción y reproducción. Todas las sociedades humanas han de satisfacer, en primer lugar, ciertas necesidades básicas: se ha de alimentar, vestir y alojar a las personas. Mediante el uso de herramientas e instrumentos que permiten actuar sobre la naturaleza, los seres humanos procuramos satisfacer estas y otras necesidades.

A medida que progresan las potencialidades productivas del trabajo, aumenta la riqueza social al multiplicar el volumen de valores de uso producidos, como ya hemos visto. A estas potencialidades se las denomina “fuerzas productivas” y no son otra cosa que el resultado de una determinada combinación de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Pero no lo olvidemos. Todo esto ocurre bajo unas determinadas relaciones de producción, que en el caso que nos ocupa, son capitalistas.

Los seres humanos somos ingeniosos: conseguimos mejorar constantemente la fuerza productiva del trabajo y no vemos que haya que renunciar a las ventajas obtenidas por esta mejora. Este ingenio es, de hecho, una característica que distingue a los humanos de otros animales.
El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y el modo en que la sociedad organiza su funcionamiento son, precisamente, dos elementos que marcan las diferentes etapas del desarrollo humano. Esta es una evidencia histórica. En un primer momento las fuerzas productivas progresan, cualquiera que sea la forma de organización social que toma la producción. Pero a la vez, las mejoras tecnológicas, las mejoras en la capacidad del ser humano para ganarse la vida, se encuentran detrás de los grandes cambios en la sociedad. Desde este punto de vista podríamos decir que la evolución de las fuerzas productivas de la sociedad está favoreciendo el cambio.

El capitalismo precisamente se impuso aprovechando el desarrollo de las fuerzas productivas y de su gran capacidad para dar un empujón a este desarrollo. Esta también es una evidencia histórica fácil de comprobar, observando cómo el capitalismo barre todas las formas de producción preexistentes y observando, a la vez, los prodigiosos avances en la productividad en los dos últimos siglos.

Pero esto es solamente un aspecto de la cuestión que desgraciadamente ha sido exagerado por algunas corrientes reformistas con una gran influencia en el movimiento obrero y en la izquierda política durante los últimos tiempos.

Desde su punto de vista, el desarrollo de las fuerzas productivas siempre es sano y por tanto conviene estimularlo y saludarlo, ya que tarde o temprano hará realidad el cambio social. A partir de este convencimiento sugieren seguir confiando en el capitalismo y darle alas para que mejore la técnica y la organización del trabajo, sin tener en cuenta qué produce y cómo lo hace. Una opinión similar, la encontramos ahora mismo con el ecologismo reformista que mantiene la esperanza de que los mecanismos basados en el mercado y la tecnología resolverán nuestros problemas medioambientales.

Esta mistificación de las fuerzas productivas considera la tecnología como la clave principal para crear un mundo mejor, lleno de productos de todo tipo, muchos de ellos banales y, a la vez, disminuye la importancia de la lucha de clases en el proceso revolucionario. No tiene en cuenta que el comunismo NO debe dar continuidad a una sociedad consumista, semejante al capitalismo que hoy impera en los países más desarrollados, sino que debe basarse en la sostenibilidad, la democracia y el bienestar.

Marx fue de los primeros en destacar el papel histórico de las fuerzas productivas (15). Todo lo que hemos dicho sobre este desarrollo lo podemos encontrar en su obra. Pero Marx, además de analizar las fuerzas productivas materiales que desarrolla el capitalismo, analiza (sobre todo) sus relaciones de producción y descubre cómo unas y otras entran en contradicción. Las relaciones de producción capitalistas han convertido el desarrollo de las fuerzas productivas en su contrario, o sea, las ha transformado en fuerzas destructivas.

Al separar al productor de la propiedad de los medios de producción (por tanto, del control de la técnica y de la naturaleza) y de la propiedad del valor de uso producido (por tanto, del dominio sobre la riqueza material), los productores pierden la capacidad de decisión. Su trabajo se convierte en una mercancía que se vende en el mercado y que su comprador, como ya hemos dicho, emplea a su antojo y explota.

El capitalismo ha mercantilizado la fuerza de trabajo transformando la relación de las personas con los medios de producción y convirtiéndola en una fuente de la tiranía contra el productor. En El Capital Marx comparó el trabajo pre capitalista con el trabajo capitalista y explicó cómo el productor termina siendo un apéndice de la máquina. Después de un detallado análisis llegó a la conclusión de que “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso de producción social socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Esta ha sido una de las maneras más claras de explicar cómo las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas y de poner sobre la mesa, quienes son las víctimas de esta destrucción.

Paradójicamente, el crecimiento de las fuerzas productivas del capitalismo viene de la mano de una regresión perpetua. La acumulación de capital provoca un divorcio cada vez mayor entre un extremo y otro de la población. En lugar de conseguir una reducción sustancial de la duración y de la dureza del trabajo, el aumento de la productividad del trabajo provoca la expulsión de la producción de una masa cada vez mayor de trabajadores en todo el mundo que pasan a alimentar el ejército obrero de reserva. Se genera así una sobrepoblación de la que el sistema se aprovecha para empeorar las condiciones laborales y cuando esta población sobrante es excesiva, puede incluso estimular su anulación física o utilizarla como carne de cañón en las guerras imperialistas. A la vez, una fracción de la producción se destina a la preservación del orden capitalista, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. La satisfacción de las necesidades humanas, por tanto, queda sepultada por el intento de perpetuación del capital y la acumulación de capital entra en conflicto abierto con la preservación a largo plazo de la biosfera y con la diversidad biológica, a la que los seres humanos siempre hemos estado vinculados.

Todo ello nos viene a decir que el progreso histórico de la humanidad hoy en día ya no se produce a través del desarrollo de las fuerzas productivas, bajo el dominio del capital. Revela perfectamente la traba creciente que el capital representa para el desarrollo de la sociedad, dejando al descubierto la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que Marx ya anticipó.
De hecho, si todo dependiera exclusivamente de las fuerzas productivas, a estas alturas ya habríamos llegado a un punto donde la gran capacidad productiva alcanzada crea las condiciones (y la necesidad) para superar la sociedad capitalista. Gobernando y desarrollando adecuadamente las fuerzas productivas ya existentes, podríamos organizar una sociedad comunista capaz de satisfacer todas las necesidades de los humanos, sin ningún tipo de privilegio o exclusión.

Pero este paso únicamente se dará cuando el sujeto del cambio tenga la capacidad y la fuerza para hacerlo y encuentre el momento propicio. Por esta razón hay que poner precisamente la lucha de clases en el punto central de la acción política en todos los campos; también en el campo de la ecología.

Hay aún otra derivada a tener en cuanta. La mayoría de progresos técnicos pueden ser empleados con fines beneficiosos o perversos. Un cuchillo ayuda a cortar una lechuga o a afilar la punta de un lápiz, pero a la vez puede servir para acuchillar a una persona. Dado las potencialidades actuales de los nuevos inventos, la capacidad destructiva se acrecienta. Basta recordar todo el debate de hace décadas sobre los posibles usos de la energía atómica.

Un marxismo al servicio de la ecología

Marx consideró que el poder destructivo del capitalismo, no afecta únicamente a los trabajadores, sino que también se dirige contra la naturaleza.

A medida que el capitalismo avanza, su impacto negativo está llegando más lejos. La globalización y los continuos procesos de desposesión empujan cada vez con más fuerza hacia lo que podría llamarse la privatización de la naturaleza, convirtiendo el subsuelo, el agua, los bosques… y las plantas en bienes mercantilizados en manos del capital. Estos procesos tienen su vertiente bélica, con un impacto tremendo sobre los humanos y sobre la naturaleza, que no se suele contemplar.
Sin embargo, hoy por hoy, el cambio climático se ha convertido en la expresión más clara de la crisis global a la que nos lleva el capitalismo, de su potencial de la destrucción social y ecológica y de su capacidad de hipotecar a las generaciones futuras. No se trata, en ningún caso, de un hecho aislado, sino que más bien es una expresión y una causa del continuo deterioro de las condiciones sociales y económicas: sequías, migraciones masivas, conflictos por la tierra y el agua, guerras que incluso incluyen el uso de armas nucleares, etc. y sobre todo, es una expresión de la forma anárquica de crecimiento que conlleva la acumulación de capital.

Marx y Engels dijeron que los proletarios tienen un mundo que ganar y nada que perder más que sus cadenas. A su vez aclararon que el proletariado, al emanciparse, emanciparía a toda la sociedad e incluso pondría fin a la sumisión de otros seres vivos. La actual deriva hacia una catástrofe ecológica añade una nueva dimensión a esta visión liberadora. Si el marxismo está a la altura de su propia máxima como una teoría que interpreta adecuadamente el mundo y que a la vez quiere cambiarlo, entonces debe continuar desarrollando su contenido ecológico, tanto teórica como práctica… ¡Hay mucho en juego!

Metabolismo, lucha social y sujeto del cambio

Pese a las diferencias entre aquellos que han trabajado por forjar un marxismo ecológico, todos coinciden en la necesidad de conformar una alianza entre el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales, incluyendo, por supuesto, al movimiento ecologista.

La cuestión principal, por tanto, sería cómo hacer avanzar la lucha de todas las víctimas del capitalismo, a partir de su propia lucha y experiencia, superando la tentación de montar “vanguardias” al margen de estas víctimas o la de querer forzar la coordinación de sus organizaciones y movimientos para tutelarlos, atentando con ello, contra su propia soberanía.
El capital explota a los trabajadores en los centros de trabajo. La lucha contra esta explotación tiene muchas caras. La primera y más primitiva es la lucha económica colectiva, garantizando un salario (estabilidad en el empleo) y mejorarlo (incremento salarial). Esto únicamente asegura el mantenimiento del cuerpo orgánico del explotado (y su prole). Al lado de esta lucha está aquella que favorece su relación con el entorno inorgánico (reducción de la jornada laboral, salubridad de los puestos de trabajo, etc.) y que hemos caracterizado antes como ecología de la fuerza de trabajo. Pero la lucha es necesaria también fuera de los centros de trabajo (vivienda, entorno urbano, sanidad, subsidios, pensiones, renta básica…). Esta es otra de las facetas de esta ecología de la fuerza de trabajo, de la que estamos hablando. Estas luchas deben incorporar una vertiente política y emancipadora, lo que conlleva el combate por la democratización de la sociedad y la perspectiva del control obrero del proceso de trabajo y del entorno natural.

A la vez, hay que estar alerta de todas las tretas del capital, dando respuesta a sus actos vandálicos y de una manera especial a sus conductas guerreras y belicistas, animando un fuerte movimiento social contra el imperialismo y por la paz.

Pero las víctimas del capital no son solamente los explotados dentro y fuera de los centros de trabajo regulados, más o menos precarizados. Existen otras. Destacan todos aquellos y aquellas que conforman el ejército de reserva y, en especial, los condenados y relegados, a los que se les suele tratar directamente como ilegales o indeseables para el orden social establecido (sin papeles, manteros, etc.).

A medida que estas luchas se multipliquen y avancen, las víctimas del capital podrán consolidar su conciencia como víctimas y como tales establecer una relación metabólica entre ellas, dando vida al auténtico sujeto del cambio, con el fin de acabar con el sistema que los ha reducido a víctimas y que destruye su (nuestro) entorno natural.

Bibliografía:
BUJARIN, Nicolas I.: Teoría del materialismo histórico, Siglo XXI, 1974.
FOLADORI, Guillermo. El metabolismo con la naturaleza. Revista Herramienta No 16, 2001.
IGLESIAS, José: Las formas de explotación. Inédito.
MARX, Karl: Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Grijalbo, 1975.
MARX, Karl / ENGELS, Friedrich: La ideología Alemana. AKAL. 2014
MARX, Karl: El capital,. Siglo XXI, 1983.
SACRISTAN, Manuel: Pacifismo, ecología y política alternativa, Icaria, 1987.
VERAZA, Jorge: Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida. Ítaca, 2012

Notas:
1.- Este apartado no tiene la pretensión de reconstruir todos los lazos de la obra de Marx que se refieren a la naturaleza, ya que ello se trata en otros apartados del informe.
2.- Uno de los mayores méritos de Marx, fue corregir la teoría del valor-trabajo que había formulado la economía clásica, para convertirla en una teoría que explica de donde viene la ganancia y como se explota a los trabajadores. Esto es muy importante, porque el capitalismo es un sistema de explotación, como lo fueron el feudalismo o la esclavitud, pero que tiene la habilidad de esconderlo a través de la compra de fuerza de trabajo. Sin esta formulación de la teoría de valor no se pueden entender correctamente el dinero, los precios, la acumulación y la centralización de capital y, en última instancia, las crisis del capitalismo, o por qué el capitalismo es un sistema históricamente acotado.
3.- Esta tesis también fue explícitamente formulada en la crítica del programa de Gotha al combatir las ideas de Lassalle y sus seguidores:”El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es también la fuente de los valores de uso (¡que son sin embargo la riqueza real!) tanto como el trabajo, que en sí mismo no es sino la expresión de una fuerza natural, la fuerza de trabajo del hombre”
4.- Stoffwechsel en alemán, es decir, literalmente, “intercambio material”.
5.- Incluso lo convierte en un nuevo ámbito de valorización.
6.- Luego de estudiar el trabajo del químico y agrónomo alemán Liebig sobre los aspectos negativos de la agricultura moderna.
7.- Que según Marx, tarde o temprano se acaba imponiendo como “ ley natural reguladora”.
8.- A principios de la década de 1880, Sergei Podolinsky publicó un análisis energético del trabajo humano donde trató de reconciliar la teoría laboral del valor de Marx con la primera ley de la termodinámica (conservación de la energía). Desde la economía ecológica, se ha defendido que Marx la ignoró y Engels la minusvaloró a pesar de que Podolinsky se puso en contacto con ellos solicitando sus opiniones. Paul Burkett y John Bellamy Foster, sostienen que Marx tuvo en cuenta la obra de Podolinsky, pero sólo pudo acceder a un borrador publicado en francés y esto ocurrió en sus últimos días de vida. Es probable que le enviara algunos comentarios y que éste los incorporara en una versión publicada posteriormente, lo que se puede deducir con la lectura de esta versión. Engels, por su parte, respondió con una cara a Podolinsky. No rechazó la ley de la entropía en sí. Se opuso a la extrapolan de esta en la “teoría de la muerte térmica del universo” y se atuvo a lo que sostenía la ciencia natural de su época. Para profundizar en este tema ver el importante artículo. Alfonso M. Rodríguez de Austria: Economía y naturaleza en Marx: el “asunto Podolisnky” como prueba de un divorcio inexistente.
9.- Los principios están esencialmente resumidos del libro de Nicholas GeorgescuRoegen. La Ley de la Entropía y el proceso económico. Fundación Argentaria 1996. pp47/48.
10.- Refiriéndose a la pérdida progresiva de la energía mecánica ante la falta de producción de calor (usar materia y expulsar residuos), R. Clausius acuñó (1865) este aspecto de la Naturaleza con la palabra entropía. S. Toulmin y J. Goodfield. The architecture of matter, p. 294. Pelican Book, 1962.
11.- Marx no aceptaría esta expresión de que algunos seres inteligentes causan la grieta metabólica, dado que el capitalismo ha separado a los trabajadores del acceso a los ingredientes que componen la riqueza, como son los recursos naturales.
12.- Ver José Iglesias Fernández. El final está cerca, pero el comienzo también. Desde el marxismo, reflexiones para la recuperación del ecologismo. Baladre / Para escudriñador@s, 2014.
13.- Las cursivas son nuestras.
14.- El productor no ha sido el que lo ha decidido y, además, en muchos casos, incluso desconoce su destino y características, dado que tan solo participa de manera fraccionaria, en un proceso de trabajo organizado y dividido por el capital.
15.- El texto “canónica” de este punto de vista es el famoso prefacio de la Crítica de la Economía Política (1859).

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