Juan Gabalaui*. LQSomos. Marzo 2017

En el artículo 20 de la Constitución Española se recoge el derecho de comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, el periodista Pascual Serrano se pregunta si hay que prohibir o sancionar la mentira en un artículo publicado en eldiario.es y el diccionario inglés Oxford declaró la palabra inglesa post-truth como la palabra del año 2016. La posverdad se ha definido como relativa o referida a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. y, sin duda, está actualmente en boca de muchas personas para referirse a la información que recibimos en los medios de comunicación y de los partidos políticos. La importancia de las emociones y las creencias personales en la interpretación que hacemos de la realidad es incuestionable, de tal manera que desechamos las partes de la información que recibimos que no cuadren con nuestra cosmovisión. Estamos preparados para aceptar las verdades que se adapten a nuestra forma de ver y de entender el mundo y rechazamos o minimizamos aquellas que la contradicen o cuestionan. En ocasiones hay hechos que desequilibran nuestros planteamientos vitales y políticos pero es psicológicamente más económico encontrar razones para mantenerlos, excusas y justificaciones o directamente, con poca reflexión, negar los hechos que nos dejan en mal lugar.

Los medios de comunicación y partidos políticos, tanto de la derecha como de la izquierda, modelan la información para sus usuarios y votantes objetivos. Muchos de estos últimos eligen los medios que consumen porque confirman sus creencias políticas y les proporcionan argumentos para defenderlas. Si aparecen artículos o columnas de opinión que defiendan opiniones contrarias se quejan a los editores de que los difundan. De esta manera se es más partidario de la uniformidad de la opinión que de la heterogeneidad aunque, por deseabilidad, social se declare lo contrario. Al final los medios de comunicación y sus lectores se retroalimentan. Los medios ofrecen las noticias desde la perspectiva que interese a sus lectores y estos les siguen porque esa perspectiva les confirman sus ideas y les da seguridad. En este contexto la posverdad y la mentira se mueven como peces en el agua. Se tiende a centrar la responsabilidad en los medios y se redime a quiénes los utilizan y permiten que sigan informando de manera tan deshonesta. Esta deshonestidad es producto de aquellos que saben que no están contando todo lo que tienen que contar, que tergiversan o ocultan la información que difunden pero quienes consumen estas noticias tienen la responsabilidad de valorar críticamente aquello que les cuenten. No se les ha enseñado a hacerlo. Nuestro sistema educativo no alimenta la reflexión y la crítica sino la uniformidad. Ni tampoco la sociedad en la que vivimos.

El derecho que nos reconoce la constitución a recibir información veraz es transgredido constantemente por los grandes medios de comunicación de prensa, radio, televisión e internet. Y esto no es un problema exclusivamente español. Los medios marcan su editorial en función de intereses ajenos al derecho a comunicar información veraz. Esto es tan descarado que lleva a otros medios y periodistas a contestar las informaciones falsas y conscientemente manipuladas, situándose en ocasiones en el polo opuesto, en función del sesgo ideológico. De esta manera los usuarios, que manifiestan deficiencias en su capacidad crítica y reflexiva, se ven abocados a la desinformación. Muchos, entre el cuidado familiar, el trabajo o la falta de él, y los múltiples quehaceres diarios, no tienen tiempo para buscar información, contrastar y hacerse una opinión propia. Los que tienen tiempo lo pierden con el uso abusivo de las redes sociales, alimento para narcisistas, las discusiones tendentes a reforzar los planteamientos propios y el rechazo de todo aquello que se considera opinión del otro, del enemigo. Es un círculo vicioso que presenta el mundo en dos colores. La capacidad de acción consiste en elegir uno de ellos. En definitiva, este círculo es una amalgama creada por los medios de comunicación, los usuarios y la sociedad. Romperlo implica una concienciación crítica sobre los propios planteamientos. Sobre las verdades que damos por supuestas.

Prohibir o sancionar la mentira nos llevaría a plantearnos qué es mentira o para quién. No creo que la solución esté en la prohibición. El problema está en que los políticos que mienten no tienen consecuencias políticas por sus mentiras. Los medios que publican noticias falsas no tienen consecuencias por sus falsedades. Se sigue consumiendo su información o se sigue votando a su partido. No es que tengamos que cerrar El País o La Razón o prohibir un partido político sino que tenemos que cambiar nuestra manera de enfrentarnos a la información que recibimos y ser conscientes de nuestro sesgo ideológico, que en muchas ocasiones nos hace prestar más atención a determinadas cosas y obviar otras. Aznar pudo mentir sobre las armas de destrucción masiva en Iraq porque confiaba en que no iba a tener consecuencias para su carrera y así ha sido. Estamos hablando de cambiar las bases mismas en las que se asienta la sociedad. Esto sería un objetivo de dimensiones estratosféricas, teniendo en cuenta el tipo de sociedad en la que vivimos donde la deshonestidad es un valor preponderante. Por el momento, el remedio pasa por convertirnos en personas críticas. Despojarnos del lastre ideológico que nos hace creernos las noticias de los medios afines y rechazar las de los contrarios. La lectura, la reflexión y la capacidad crítica son nuestras armas.

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