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Año IV /

A propósito de la República, los Pueblos y la unidad de acción frente al fascismo

La bandera republicana no representa un Estado todopoderoso, cuya unidad, permanencia y centralismo estén por encima de la razón y supongan un límite para los derechos políticos de la ciudadanía. ¡Nada más lejos de la realidad! La tricolor no representa una España como la de Franco o Borbón, sino un conjunto de valores auténticamente democráticos, sociales y humanistas.

El sentimiento republicano representa un conjunto de valores compatible con el internacionalismo, el federalismo y en general, cualquier otra forma de convivencia pacífica entre los diferentes Pueblos de cualquier parte del mundo.

República es elegir,  hacer que todo el poder esté en manos de la clase trabajadora, sin límites ni amenazas. Una vez consigamos que se respete nuestra capacidad para decidir periódica y pacíficamente a través de las urnas, sin fraude, ni embustes, entonces, todo lo demás será automático: el respeto a los Derechos Humanos, la consecución de una paz justa a través del diálogo y los instrumentos democráticos, el sometimiento el Estado al pueblo –y no al revés–, emanciparnos del miedo a nuestro propio ejército, adecuar la estructura económica de la sociedad para responder a las necesidades sociales de todos, reconocer la plena igualdad de derechos y obligaciones, la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional, etc.

Nuestros derechos serán los que nosotros mismos acordemos, en condiciones de ausencia del ruido de sables, porque nadie puede decidir en nuestro nombre sobre algo que es de nuestra exclusiva competencia. La mujer será como el varón, y la ley suplirá lo que la naturaleza  o las costumbres no alcancen a igualar. Catalunya será lo que los catalanes quieran ser. Euskal Herria será lo que los vascos decidan ser. Y lo mismo es válido para Galiza, Andalucía, Castilla, Canarias, etc. No habrá cargos públicos que no estén sujetos a elección. Nadie será más que nadie. Todo ciudadano mayor de edad será libre para costearse (o no) los brujos que mejor satisfagan a sus convicciones íntimas. Todo ciudadano será quien se sienta ser y podrá amar como desee, sin más límite que el respeto a la voluntad de las personas con quien libremente decida relacionarse.

No cedamos a la división. Es bueno que no pensemos exactamente igual, pero seamos capaces de converger al meno para nacer como sociedad avanzada, y luego ya habrá tiempo para el juego político, para presentar los diferentes puntos de vista, defenderlos y someterlos periódicamente a elección.

Superemos nuestra actual división, que solo favorece a quienes viven en el lujo y la abundancia a costa de nuestro sudor infinito y preocupación permanente.

La tricolor no es un fin en sí misma, es solo un símbolo, el símbolo de un conjunto de valores, el emblema de otra forma de hacer política, más humana, justa y social. La bandera republicana no representa una España de hierro, no se trata de un rey a plazos renovables. La jefatura de Estado importa, pero un país es mucho más que una sola persona.

El catalans no hem de tenir por de la bandera republicana, els republicans mai la farem servir per escanyar els drets de cap poble sobirà. Lasai euskal herritarrok, Errepublikaren  bandera ez da Espainiako bandera. Tranquilos todos, ni Catalunya, ni Euskal Herria, ni Galiza, ni Andalucía, ni Canarias, ni siquiera Castilla son objetos o cosas que puedan ser compradas a crédito o tomadas porque sí. Ningún territorio pertenece a otro, nadie pertenece a nadie. Estamos en 2007, hoy sabemos que el sometimiento parcial de otras zonas geográficas no es un buen camino para lograr ni el equilibrio, ni la igualdad de derechos. Ningún pueblo libre puede aprisionar familias en contra de su voluntad. La paz vendrá por los caminos del respeto, y el progreso, a través de la concordia entre Pueblos diversos en cultura e identidad, pero iguales en razón y Derecho.

De lo que se trata es de retomar lo que es nuestro: que nadie decida por nosotros. Ya no somos niños, hemos crecido, nos hemos puesto a pensar y hemos llegado a la conclusión de que no necesitamos la tutela de ningún militar, vitalicio, hereditario, no-electo y mucho menos si éste fue designado por un traidor criminal de guerra. No necesitamos la supervisión paternalista del ejército, ni de la aristocracia –cualquiera que sea su nombre–.

República es elegir; ni someter, ni cambiar unas mentiras por otras.

La República es inexorable, el engaño llamado monarquía toca a su fin. Por eso, ahora, debemos estar atentos al tipo de país que nos presentarán como si se tratara de una República. El rey es lo de menos, no permitamos que el símbolo de lo injusto se convierta en el señuelo de una nueva mentira histórica: lo que de verdad importa es la estructura del país, asegurar que todo lo decide el pueblo, que ningún poder somete a los demás, que la Iglesia no se entrometa en la política, que el capital no consiga mercadear con nuestros derechos, que la policía no se convierta en un instrumento de terror al servicio de la élite dominante, que la judicatura sea un ejemplo de honestidad a toda prueba, que surjan políticos distintos, que se recupere la credibilidad, el sincero espíritu de lucha desinteresada, guiada únicamente por la consecución del Bien Común.

¡Basta de mentiras! Henos aquí, somos la ciudadanía y estamos hartos de este mafioseo estatal, llamado insultantemente "monarquía parlamentaria".

Sin unidad de acción, jamás dejaremos de ser súbditos, consumidores y explotados.

¡Viva la Tercera República!

LQSomos. Jaume d’Urgell. Octubre de 2007
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