La Calle |
| Año V. / | |||||
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Recuperar valores de la Ilustración La plenitud de nuestra democracia contemporánea, incluidas futuras opciones republicanas, pasa por la recuperación de los valores ilustrados, desprestigiados y manipulados por los organizadores del consumo de masas y la administración de los flujos monetarios. La barbarie, el terror, el odio y el racismo son tan enemigos de la concordia como lo fueron de la Ilustración; metodologías útiles para sembrar confusión social y conformismo político. La Ilustración alcanzó su plenitud en la Europa del XVIII, el “siglo de las luces”, con acompañamiento de formas neoclásicas y música barroca; con pensadores de la talla de Montesquieu, Kant y Voltaire… Sus valores penetraron las más variadas dimensiones del ser humano: sociabilidad, religión y política, entre otras, pero eran y son básicamente cívicos y morales. Gregorio Peces-Barba, en un reciente artículo, ofrece una lección magistral sobre su actual necesidad, aludiendo al irracional comportamiento del Partido Popular que trata como enemigos a sus rivales abonado a la senda del odio que caracteriza su política en los últimos tiempos. No repetiré sus argumentos plenos de solidez filosófica y jurídica, inspirados por nobles deseos de “amistad cívica y juego limpio”. Pero, considero oportuno –por aquello de la flaqueza de nuestra memoria colectiva- y tras los progresos del siglo XIX y las convulsiones del XX, insistir en la vigencia de ciertos valores ilustrados como ejes de la convivencia social: la tolerancia, el laicismo y el ejercicio responsable de la libertad individual. La tolerancia, es en las esferas de la política y la religión, el respeto a las opiniones de los demás. Puede homologarse a la flexibilidad pero no debe confundirse con ausencia de crítica o dejación moral. Dicho así parece algo anticuado, fuera del horizonte del siglo XXI, ajeno a las modas en boga y bien que lo siento. La tolerancia es una virtud difícil de practicar e incluso de entender, cuando se contempla -cosa frecuente- desde el vicio de lo intolerable, es decir, desde el fanatismo. El laicismo, por su parte, exige neutralidad respecto de las doctrinas religiosas; rechazó y rechaza en particular los integrismos. Cuando se desvía hacia la intolerancia se convierte en otra doctrina religiosa. El laicismo molestó y molesta de manera particular a la Iglesia Católica aliada en tiempos de la dictadura franquista, y hoy de los populares , por su significación en la esfera de la enseñanza. Y por último, la libertad individual, piedra angular de las valores liberales e ilustrados, conquistó su verdadero sentido como “autonomía moral” con la ilustración. Supone que cada persona tiene su parte de responsabilidad en el ejercicio de la convivencia más acá del peso colectivo de la historia y esto es duro de asimilar, ahora que ya no existe el limbo por decreto papal, y se diluye la doctrina capitalista sobre el fin de la Historia enunciada en 1989 por Francis Fukuyama. Parece, pues, oportuno dedicar unos párrafos a la defensa y reconocimiento de estos malogrados valores de la Ilustración, frente al enmarañado tejido de la globalización como desiderátum social. LQSomos. José Antonio Vidal Castaño. Junio de 2007 |