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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Brasil. A la caza de los ratones Los roedores del dinero público comienzan a ser cazados, pero la poca fiscalización y la lentitud de la Justicia impiden la guerra que Brasil debe tener contra la corrupción. Si el combate a esa mundial plaga fuese un maratón, el Brasil sería un competidor mediocre, de aquellos que quedan con la lengua a fuera entes de la mitad del recorrido. En el ranking que hace poco divulgó el Banco
Mundial, el país aparece con los 53,5 puntos en la escala sobre
el control de la corrupción que va de 0 a 100. El final de la
carrera, juzgada por las conclusiones del estudio, aún va demorar
mucho más. De acuerdo con el BM serán necesarias dos décadas
para que el Brasil se aproxime de naciones como USA, Reino Unido, etc.,
con índices de hasta 90 puntos. Cada Real (R$) tragado por la alcantarilla de la corrupción es un dinero que deja de ser gastado en las meriendas escolares; en la compra de medicamentos para las masas pobres; la atención hospitalaria los cuales son cerrados por falta de equipamientos y médicos; en la mejora de las carreteras, etc., etc. En concreto, en el desenvolvimiento social y físico del país. Por cierto ahora y aprovechando el año electoral el "popular PT", Partido de los Trabajadores, ha destinado una millonada de Reales para tapar los agujeros de las carreteras federales de miles de kilómetros, (propaganda incluida) que están peores que los cráteres de la Luna. ¿Será que todo ese dinero será gastado en ese menester a sabiendas que no va a arreglar el problema en sí? Es lo que se comenta. ¿Por qué el Brasil no consigue avanzar más en el maratón contra esa plaga? Una de las respuestas es porque él tardó muchísimo en darle la salida. El hecho de combatir la inmoralidad política en el país es cosa reciente, si lo comparamos con otras naciones. Desde la década de los 80, países desenvueltos discuten él cómo adaptar la legislación criminal a las nuevas prácticas de desvíos de recursos públicos como las remesas ilegales de dineros para el extranjero o paraísos fiscales. En Brasil esa preocupación surgió hace poquísimo tiempo: solamente en el 2001 se consiguió, por ejemplo, flexibilizar las reglas para quebrar el secreto bancario, primordial herramienta para esclarecer casos comunes como es el enriquecimiento ilícito y el lavado de dinero. El Brasil también no ha sido aún capaz de resolver una cuestión criminal cuando se trata de poner fin a la impunidad de los criminales su modelo en las leyes procésales. Cuando un corrupto llega a sentarse en el banquillo de los reos, se pone en marcha unos engranajes destinados a evitar, de cualquier forma y manera, su condenación. La pieza fundamental de esa poderosa máquina atiende por el nombre de recursos, herramienta legal que, creada originalmente para proteger al acusado de eventuales errores jurídicos, acaba siendo usada con constantes frecuencias por (los bien pagados) abogados para impedir el enjuiciamiento, muchas veces por décadas... Como ejemplo, el pasado año la policía federal prendió en diferentes operaciones mas de 300 personas acusadas de corrupción, entre ellas 55 servidores públicos como ministros, diputados, senadores, alcaldes, etc., casi todos ellos están en libertad, aguardando el fin de las causas criminales y el juzgamiento de los procesos. Por el modelo procesar brasileño lo más normal es que la mayoría de los corruptos, mismo los culpables probados, continúen en libertad. Hay represión, pero son pocos los casos de condenas por la Justicia, que debería ser una consecuencia lógica de acción. El concepto de la amplia defensa del reo no puede ser ilimitado, como así ocurre, necesita ser revidado. Acabar completamente con la inmoralidad pública
es una meta utópica. Lo que sí es posible hacer es conseguir
llegar a un nivel de corrupción que corresponda apenas a la flaqueza
inherente de la condición humana; o sea, a un nivel como dice
el refrán popular: "la ocasión hace el ladrón".
En Brasil actualmente los ladrones de dineros están haciendo
la ocasión... Eso se puede y tiene que acabar. La caza de roedores de dineros públicos necesita ser un trabajo continuo. Es utópico imaginar, lo repetimos, que la corrupción sea enteramente barrida del territorio nacional, ningún otro país lo ha conseguido. Para mantener ese objetivo aún que imposible, el horizonte ayuda a crear controles que disminuya el rayo de acción de los que se dedican a arrancar propinas y a promover licitaciones fraudulentas. La corrupción no va a acabar nunca, no interesa, como en el caso de las guerras, pero el corrupto tiene que sentirse marcado, acosado, perseguido constantemente. La imagen del ratón es aquí la más adecuada por todo aquello que expresa como pernicioso. Solamente la desratización del ambiente gubernamental contendrá la plaga de la corrupción que asola el país y todo el mundo. Sin embargo, ese proceso no va mas allá de las iniciativas asoladas, no tardará mucho para que la realidad se imponga y en lugar de "Ordem e Progresso", habrá una otra inscripción en la bandera nacional brasileña: "No Brasil tudo está à venda". En tiempos del político e histórico Salustino (86-35 a. C.) resumía de ésta manera la decadencia del Imperio Romano: "En Roma todo está a la venta", por lo que no hay nada nuevo bajo el Sol. Él también ganó fama por ser un gran corrupto. Por lo tanto, la historia enseña que muchos ratones de la corrupción claman contra su propia especie en público, como si a ella no perteneciesen mientras se encarga de reproducirla en los bastidores. Obviamente no se deben creer en palabras precisamente venidas de políticos como ocurre en éste y muchos otros casos. Solamente en las acciones palpables como se viene viendo constantemente. Todo lo demás son engaños y cinismos trasnochados. Como ocurre siempre, pero aún mucho más en un año electoral como el presente en Brasil que las hordas de la política se acusan mutuamente siendo ellos los primeros corruptores y volviendo a candidatarse salen elegidos... Moraleja, no todo el pueblo está despierto ni desengañado al volver a votar una y otra ves a los mismos ratones corruptos. LQS Zerimar Ilosit. Enero de 2006. Brasil |