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Año V. /
Algunos aspectos simbólicos del solsticio de invierno  

Una vez más, el día 23 de Diciembre, a las 06 horas, 04' y 38", el Sol entro en Capricornio y nos hallamos ante uno de los Solsticios, concretamente el de invierno en el hemisferio norte, festejado de muy diferentes formas por los diferentes pueblos y diferentes culturas de este parte del planeta a lo largo de los tiempos. El Sol y su deambular por el espacio ha sido objeto de adoración y festejo desde los albores de la humanidad, ya que no en vano, desde los inicios de los tiempos se comprendió que ese astro era dador y mantenedor de la vida en nuestro planeta. Al hilo de su muerte y de su resurrección, representadas ambas por la noche más larga y oscura del año, fueron surgiendo mitos y dioses en diferentes lugares del hemisferio. Hoy me acercaré no a ellos, sino a algunos de los diferentes aspectos que el simbolismo solsticial nos ofrece.

En primer lugar, y desde un abordaje meramente astronómico, se define el solsticio como el punto de la elíptica solar en el que éste alcanza su mayor declinación tanto septentrional como meridional, aconteciendo esto dos veces en el ciclo anual, entre el veintiuno y veinticuatro de junio sobre el trópico de cáncer -punto en el que empieza el verano en el hemisferio norte y el invierno en el hemisferio sur-, y entre el 21 y 24 de diciembre sobre el trópico de capricornio, -punto en el que se inicia el invierno en el hemisferio norte y el verano en el hemisferio sur, siendo este último el que hoy me ocupa.

Añadiré a esto que debido a la inclinación de la Tierra sobre su eje, en cada solsticio el Sol ilumina a uno de los polos durante seis meses, mientras el otro permanece en tinieblas durante el mismo tiempo, y que ambos fenómenos son tangencialmente simultáneos dando paso al llamado "Sol de medianoche".

Por lo tanto, el solsticio de verano en el trópico de cáncer da paso al verano en el hemisferio norte y simultáneamente al invierno en el hemisferio sur, como ya he dicho, mientras que a la inversa, el solsticio de invierno en trópico de capricornio da paso al invierno en el hemisferio norte y al verano en el hemisferio sur.

Resalto este hecho porque se me ocurre que lo que aparentemente se haya separado en tiempo y espacio, si nos situamos solo en un hemisferio, lo encontramos unido temporalmente con tan solo considerar nuestro planeta en su conjunto; y que si pudiéramos alejarnos de él fuera de su órbita, por ejemplo en una nave espacial, podríamos contemplar ambos solsticios, no solo en una unidad temporal, sino también en una unidad espacial; de forma que podemos referirnos a dos maneras de considerar el fenómeno:

-Una terrestre o polar caracterizada por dos momentos solsticiales distintos en tiempo y espacio en donde pasado y futuro tienen cabida y hay dos puertas netamente separadas en tiempo y espacio: La de los hombres y la de los dioses; situándose ésta última, según la tradición hermética, en el trópico de capricornio y en el lugar hemisferial donde se inicia el invierno.

-Y otra forma espacial en la que una tercera variable se abre a nuestros ojos, que sería la de un solo momento témporo-espacial con dos puertas contingentes al fenómeno que constituirían una sola puerta, y ésta, a su vez, una tercera vía constituida por la reconciliación de los opuestos. En un lenguaje más científico y moderno, se podría recurrir a la cuántica para acercarnos a lo que la reconciliación de los opuestos significa, pero lo dejaré para otro momento.

Seguramente esto no escapó a la aguda observación que hacían de la naturaleza nuestros ancestros, cuando proclamaban "como es arriba es abajo" o cuando nos legaron el mito de Janus bifronte con sus dos caras opuestas observando la una el pasado y la otra el futuro, vigilante de “la puerta de los hombres” y de “la puerta de los dioses” y poseedor de sus llaves, todo ello según el punto de vista terrenal o polar, pero con un tercer rostro invisible según el modo espacial o cuántico –al que ellos llamaban hermético y místico o metafísico- de verlo, tan invisible como inasible es el presente, ya que en la manifestación temporal el presente sería un instante imposible de asir, pero cuando el ser se eleva por encima de la temporalidad transitoria y contingente, es decir, cuando salimos a distintas dimensiones de estas tres planetarias que nos atan a nuestra “realidad”, la realidad queda preñada de presente.

Este tercer rostro de Jano -símbolo de la tercera vía o de la tercera puerta o del tercer tiempo, que no sería otro que el de la reconciliación de los opuestos-, tendría su paralelo simbólico en el tercer ojo de Shiva; invisible en cuanto no representado por órgano material alguno, pero que simboliza el sentido del presente eterno o el sentido de la eternidad, de forma que cuando la sucesión se trueca en simultaneidad y lo temporal en intemporal, al igual que el ojo de Shiva cuya mirada lo reducía todo a cenizas, todos los seres vuelven a encontrarse y moran en el eterno presente de modo que la destrucción aparente sería en realidad una transformación.

Así pues, Jano es el señor de las dos vías y del triple tiempo, y es fácil deducir que las llaves que guarda no son otras que las equivalentes en la tradición cristiana a las llaves del reino de los cielos.

Sería harto difícil tratar de reseñar aquí todos y cada uno de los múltiples relatos que la historia de los pueblos nos ha legado en forma de mito y de religión, para que nuestra comprensión se abra al conocimiento legendario que contienen y que los solsticios encierran en sus múltiples manifestaciones, recogidas en las distintas tradiciones, desde la tradición védica, la tradición egipcia, los símbolos zodiacales, los viajes de Hércules, las tradiciones amerindias, los mitos dogones africanos, la tradición judeo-cristiana de los “dichos de Dios” en el mito de la creación y de la palabra o “Logos” griego y del Nuevo Testamento, El Sol-fuego-principio y la Luz, manifestación de ello, etc. Todos y cada una contenedoras del mismo mensaje.

Sea como fuere, y lo veamos desde la tradición a la que nos queramos aproximar, todo nos lo muestra, hoy como ayer, con igual pujanza en estas solemnidades en las que el fuego, la luz, la vida y el amor son cantados a través de los dos San Juanes: San Juan de verano, precursor del logos , de la luz y de la sabiduría; el San Juan Bautista cristiano que con sus palabras "es preciso que él crezca y yo disminuya" simboliza el fuego-principio diferente de la causa primera pero emanación de ella; y San Juan de Invierno, que nos anuncia el nacimiento entre nosotros -de entre la oscuridad, en las tinieblas- de ese Logos, de la Luz, por boca del San juan Evangelista cristiano "Y el verbo se hizo carne... La Palabra era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo". Otra cosa es que podamos o no creer en todo ello, pero aunque el acercamiento sea tan sólo desde el esfuerzo de quien busca conocer y comprender la evolución de los pueblos y de las culturas –como es mi caso- debo decir que tales símbolos me parecen hermosos.

Y como el solsticio que hoy se nos acerca, es el de Trópico de Capricornio, el del invierno del Norte, el de la Puerta de Los Dioses, ascendente respecto del Sol para nuestro hemisferio, y descendente en el Sur; la luz no puede hacer más que crecer, de modo que en la oscuridad que nos rodea se festeja el nacimiento de aquel que paradójicamente no nació en diciembre –si es que alguna vez nació-, ¿Qué otra cosa simboliza si no, que el nacimiento de la luz y su crecimiento? ¿Qué otra cosa sino, simboliza el nacimiento de todos los Dioses solares creados por la humanidad?

Y para terminar, unas líneas en torno al color de otro de los símbolos que en estos días encontramos por doquier, el color del abeto siempre verde, en otro momento me referiré al abeto en sí mismo y como símbolo solsticial, pero hoy sólo me ocuparé del color, el verde:

El color verde se obtiene con el amarillo y el azul. Para la tradición cabalística judía el color amarillo es el de la dirección Este, dirección que se conoce también como el origen y que en términos temporales implica el pasado; es también el color que simboliza al Sol; mientras que el azul es el color de la dirección Oeste, la dirección del futuro.

Para este mundo donde el hombre es visto como itinerante de Este a Oeste, del amarillo al azul, pasando entre los opuestos rojo y blanco en el Norte y en el Sur respectivamente, el pasado y el futuro está aun separados; pero, para quienes creen, cuando el tiempo del mundo material culmina, cuando se llega al final del recorrido, el pasado se junta con el futuro formando ambos una unidad y así se forma un color nuevo: el verde, que es la síntesis de ambos; la síntesis entre forma y Palabra, la síntesis entre materia y Palabra que también es una síntesis para el hombre, ya que él aprende ahí el sentido de la creación y de su existencia. Para los que no creemos, tratamos de construir todo esto durante el recorrido mismo y en esta realidad.

Siguiendo con la simbología pluricultural y también según la Tradición de Occidente, el Santo Grial estaba formado de una enorme esmeralda verde cuyo color simboliza la Luz, la Sabiduría y la Iniciación, y es precisamente el color verde el que se le atribuye a San Juan evangelista en las enormes vidrieras de los templos góticos. También son con frecuencia verdes tanto la cruz como el sepulcro de Cristo y los instrumentos de su Pasión que encontramos en las pinturas medievales. Verde también es el color de Sri Ganesha, venerado como dios de la sabiduria en la India y equiparable al dios Athor Egipcio (Hermes-Thor) en Occidente; y verde también es el color de Fraya, diosa de la Luz para los vikingos y escandinavos; como verde es también el color que ocupa la zona central de la Trinidad védica donde se asienta Vichnu-Hari, el Dios Verde.

Así que, creamos o no, ya tratemos de comprenderlo desde el mito, o desde un acercamiento rudimentario y primitivo a otras leyes físicas, de un modo simbólico y afectuoso, les ofrezco una ramita de abeto siempre verde, para que nunca olviden que es a través de la asunción del pasado y de la reconciliación con él, como podremos vivir un presente digno y preparar un futuro mejor, Un futuro en el que dejemos de ser los hombres cortos de miras, codiciosos, egoístas y primitivos que somos –la puerta de los hombres o el pasado-, para convertirnos en “dioses” o lo que eso representa, a saber, los hombres pulidos, perfeccionados, llenos de amor y solidaridad fraterna, de tolerancia y de comprensión –el futuro o la puerta de los Dioses- tanto en el plano individual de cada uno de nosotros, como en el colectivo de los pueblos, y que la luz de nuestras consciencias y de nuestro discernimiento nos alumbre a todos en este solsticio, a lo largo de 2008 y para siempre, para materializar esa humanidad por la que luchamos  –anarquista, desde luego- en cada uno de nosotros y en todos. Qué así sea.

He dicho.

LQSomos. Hannah. Diciembre de 2007
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