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Año V. /

Ateos- Teos

Son llamados ateos todas aquellas personas que no creen en un solo Dios (monoteísta), en los dioses (politeísta) y por consiguiente en los denominados dogmas que cada clero haya podido inventar o estén inventando para así poder perpetuarse ante el avance de las ciencias. Como muchos sabemos (aunque no todos los que deberían) la etimología “tehos” del griego y cuyo significado es “Dios”, anexándole el prefijo “a” indica ausencia o negación, por lo que el término “ateo” señala “sin Dios”. En el mundo moderno en que vivimos, en el que impera la razón, la lógica y el conocimiento científico (aunque no en todo su esplendor como también debería ser), ya no nos es posible establecer diferencias esenciales entre ateos o creyentes.   

Aquellos que creen en un Dios materializado (al que nunca han visto), arrodillándose y orándole delante de sus altares, en templos, procesiones, etcétera, son también verdaderos ateos. A pesar de esta realidad, ellos no se dan cuenta o no les interesan. Más adelante intentaremos explicar nuestros puntos de vista.  

Todo comenzó con el hombre primitivo. El, (o todos ellos), sintiéndose indefenso delante del mundo hostil que le rodeaba y desconocía, a todo temía. Le asustaban los fenómenos de la Naturaleza, tales como las tempestades, y sus rayos, el frío, el calor y tantos otros sucesos los cuales juzgaba como las manifestaciones propias y dignas de un Ser Superior, muy poderoso y desconocido.

Entonces, dentro de su impotencia por no poder entender y controlar esa Naturaleza, y no encontrando explicaciones razonables en su corta experiencia para dilucidar esos acontecimientos, es que se volvió el hombre hacia los dioses, imaginando así unos seres superior que comandaban el mundo. Con ese reconocimiento suponía aplacar la ira de los dioses y ganar sus confianzas y con el tiempo las bendiciones para el día a día y los venideros.

Y ahí estaba, de ese entendible –en el contexto- modo, siendo lanzada la semilla de las futuras religiones, que milenios y posteriores siglos, irían ganando nuevas formas y al mismo tiempo modificaciones, de acuerdo con los propósitos, necesidades y aspiraciones de los hombres.  

Es obvio preguntar ¿Delante de quien o de quienes se arrodillan los hombres? ¿Delante de Dios? Indudablemente ¡NO! Por increíble que parezca, los hombres se han arrodillados, hasta el día de hoy, delante de altares –sean rústicos o cargados de oro (como los famosos retablos del catolicismo)- levantados por el temor de aquellos pretéritos hombres primitivos “castigados” por las fuerzas adversas de la Naturaleza e impotentes para comprenderla y controlarla.

No, no es lógico ni de razón que el hombre que evolucionó consiguiendo maravillas, obteniendo los medios necesarios para definirse y mismo frenar la furia de la Naturaleza cada vez que le es posible, continúe, paradójicamente, practicando los cultos de desagravios creados por aquellos ignorantes y amedrentados hombres originarios.

Insistimos en lo dicho: los religiosos de cualquier especia de religión que representen son ateos, por lo que de acuerdo con la propia etimología de la palabra ateo, continúan sin ese Dios que tanto insisten en hacerlo realidad. Esto es verdad, porque no le es posible a nadie tener algo inexistente, como ocurre con ese Ser Todopoderoso, Dios, dioses, o como lo prefieran llamar. A la medida en que el hombre fue evolucionando, promovió su organización social, inclusive el lastre religioso.  

A pesar de todo el hombre ha permanecido arrepintiéndose delante de ese supuesto Dios y de sus “bienaventurados” sacerdotes. Poco a poco aquellas religiones (y actuales) se fueron adaptándose en óptimos y cómodos medios de vida para esa minoría privilegiada compuestas por las castas sacerdotales, verdaderos comerciantes con lo cual los pueblos han sido expoliados a través de los tiempos.

Durante centurias han ido surgiendo dioses y religiones idealizadas por los más listos, con el fin de satisfacer todos los gustos y tendencias hasta llegar a las inmensas riquezas y lujurias. En el siglo IX, los estudiosos del asunto ya habían catalogado unos 60 mil dioses de las más variopintas formas, desde la forma misma de animal, semi-animal, hasta llegar a los aspectos integrantes del cuerpo humano. Crearon dioses como Baco, el dios del vino, homenajeado con tremendas bacanales y borracheras; Venus, la diosa del amor. Y así, para regir cada acto de la vida, fueron creando dioses especiales, inclusive para cada fenómeno de la propia Naturaleza.

A pesar del fervor, y reconociendo seres que fueron siendo creados a través de cada uno los siglos, jamás de los jamases se ha conseguido probar que la fe a ellos atribuidas haya mejorado la suerte de los hombres de todo el mundo, o sea, la imbecilidad esa de mover montañas… Por eso hemos llevados a confirmar rotundamente que todos aquellos creyentes que han estado (están) adorando a algún dios, han perdido su precioso tiempo y dinero. Por supuesto, nunca los diferentes cleros.  

El hombre, infelizmente no en toda la extensión de la palabra, con el poder de su inteligencia e imaginación, fue poco a poco adquiriendo y sistematizando sus conocimientos volviéndolos cultura y ciencia. Gradualmente ha ido levantando la venda de las mentiras (‘fe') que le ha cubierto el cerebro, cúspide de la razón humana. Las explicaciones y fundamentos de los hechos descubiertos a través de las diversas ramas de las ciencias los libertaron de sus particulares temores e ignorancias.  

Este conocimiento científico hizo que se desembarazase de las tinieblas de las seculares ignorancias, llevándolos a comprender que los millares de dioses de los cuales hemos tenido conocimientos, son productos de mentes fértiles y pretenciosas como es la de los cleros y otros interesados en lucrarse de los aborregados fieles. La total ausencia de una intervención directa del supuesto Dios en los destinos de los hombres y el mundo es la prueba contundente, cumbre de que los cleros han conducido y conducen a los hombres por caminos absurdos de las imbecilidades. Ellos, valiéndose de la buena fe de los incautos pueblos en todos los tiempos, han desenvuelto allí sus actividades partidarias y han permanecido robándoles en todo lo posible y hasta en lo imposible sus humanas economías. De esta manera han podido disfrutar de la buena vida, lujos y palacios, prácticamente sin trabajar (sin su tan proclamado ‘sudor de la frente'). Así pues, con los poderes y dineros puestos en sus ágiles manos, han logrado que los pueblos, ignorantes perpetuos, hayan pugnado sin descanso para alcanzar el descanso post-mortem en los reinos celestiales…, con el agravante que aún continúan.  

Los sacerdotes, de cualesquiera sectas, son siempre categóricos en sus afirmaciones delante de los creyentes, pero se muestran reticentes y cautelosos en las fases de los conocimientos científicos de los hombres al haber éstos adquirido perfeccionamientos. El clero les hablará de todo, pero evitará abordar lo referente a ese u otro dios, religión, teología, etc. Habiéndose ya ultrapasado las épocas del miedo y terror, la raza humana no se ha libertado totalmente de los sentimientos religiosos, por lo que existen aquellos que se valen del nombre de Dios y de las religiones para vivir ociosamente, disfrutando de la buena posición y respeto, sin que por eso den a los hombres cualesquier contribución que le aproveche para su felicidad y bienestar. Apenas las promesas, eso sí, de “una vida futura” después de la muerte, por lo que conviene insistir. Pero aún hay algo más, ésta le será garantizada con la condición de soportar, pacientemente, muchos sufrimientos en su pasaje por la tierra, sin olvidar el sustentar los lujos del clero. Es obvio, son promesas vanas y engañosas. Pero, ¿por qué los creyentes no se preguntan cosas sencillas como estas?: ¿Será que los cleros de cualquier religión les darían a los hombres los “Reinos de los Cielos” si de ellos dependieran? Todo nos lleva a creer en un rotundo ¡NO!  

No creemos que las religiones puedan desaparecer tan fácilmente de la faz de la Tierra a pesar de los perfeccionamientos siempre en expansión de los conocimientos científicos. Las religiones no mueren, ellas se reciclan y adaptan. Desde los comienzos de la Humanidad el constante aparecer de unos nuevos dioses y modalidades de cultos justifican tal afirmación. Dentro de tantas modificaciones es que se ha llegado a la era del supuesto Jesucristo y su repercusión en el cristianismo, religión esta abrazada por gran parte de la población del mundo actual, dentro de sus múltiples ramificaciones que no por tener el mismo “fundador” han vivido en paz.

¿Y cuales fueron los fundamentos sobre el que fue creada la religión cristiana? Nada tiene de positivo, palpable o verdadero. Es apenas una leyenda el nacimiento del sujeto Jesús, como toda la vida y los actos que a él le imputan. Aquellos que crearon el cristianismo ni siquiera primaron por la originalidad, pues la leyenda que envuelve la personalidad de ese personaje es apenas copias de otras tantas que relatan el nacimiento y todo cuanto se refiere a los dioses creados por los antiguos, tales como Ísis, Osiris, Hórus, Apolo, Mitra y un largo etcétera.  

El hombre de nuestro recién estrenado siglo XXI forzosamente tiene que ser práctico. Por lo que no podrá fundamentar los actos de su vida en leyendas y mitos. Las leyendas poseen evidentemente un gran valor, y son parte del folklore de los pueblos influyendo en la formación de sus caracteres y culturas. Sin embargo, sus valores de ilustración e instrucción no deben ultrapasar los límites lógicos y aceptables.

En todos los tiempos, la meta principal de las iglesias que representan el catolicismo y protestantismo (por ser estas con las que tenemos que convivir y las más conocidas a fondo), ha sido y continúan haciendo del hombre el más desgraciado posible, de ahí la idea del pecado y la culpabilidad, para así crear una raza de esclavos y de castrados de pensamiento. Así, paralizadas sus libertades se vuelven presas fáciles y manejables en las manos de los supremos representantes de esas iglesias. El temor de los castigos eternos, promovidos para los que se sublevan contra las enseñanzas, son absurdos abusos de las muy santas iglesias que impiden al hombre creyente dudar de aquello que ellas mismas le inculcan como eternas verdades.

Solo el hombre que consigue vencer las barreras del temor y de la ignorancia goza verdaderamente de una libertad plena y que le podrá hacer feliz dentro del sistema que de una manera u otra también está sometido por las religiones.  

A pesar de haber una acentuada libertad en nuestros días, aún es pequeño el número de los que se sacuden el yugo opresor librándose así de la tutela hostil e interesada de la iglesia católica, de sus absurdos dogmas y vanas promesas. Infelizmente, tampoco es un número importante los de aquellos que tienen el coraje de proclamar en voz alta sus pensamientos, librándose de cualesquiera preconceptos religiosos que juzgan a los hombres. Como se dice vulgarmente hoy, salir del armario, y no nos estamos refiriendo a ese que a pesar que se parece es denominado “confesionario”. Es obvio, es ahí y en muchos momentos de la vida de los creyentes donde radica el súper poder de la religión católica, ese misma que en carne propia nos ha costado sufrir, directa o indirectamente, en aquellos no tan lejanos tiempos.  

LQSomos. Zerimar Ilosit. Enero de 2008
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