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La Calle
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| Año V. / | |||||
| De militar a deportista: la ropa de Fidel En la literatura, como en la vida real, a través de las vestiduras se expresa una complejidad de sentimientos físicos, emocionales, psicológicos y estéticos. Al mismo tiempo los atuendos están henchidos de la ideología política de su época, y relacionan a los sujetos con su cultura e historia. Encarnación Juárez-Almendros A partir de GuayasamínDesde el ángulo en que lo pintó Guayasamín (1919-1999) para celebrar el cumpleaños número ochenta, Fidel Castro (2000), la mirada serena del comandante gana en espiritualidad lo que el gesto de las manos —¿una segunda cara?— exige en creatividad. En esta propuesta del pintor ecuatoriano, nos preguntamos, ¿prima el pensador de cabeza proporcionada o el político de manos gigantescas? Ante la mirada del cuadro, surge el rostro, la camisa y las manos de una biografía a medio camino entre el santo laico —¿un franciscano, un jesuita?— y el orfebre político, un hacedor de flacos dedos largos y delicados. ¿En dónde radica, pues, la fuerza de este sujeto de mirada firme, que reclama, desde el trasfondo que lo encuadra en rojo, el resto del color en el cuadro? Por la expresión del rostro, la cara de Fidel se asemeja a la de un Cristo liberado de la cruz —de ahí el equilibro de verdad entre la mirada y las manos— una lectura fácil de trazar en la biografía de un político que, como el cubano, se ve a sí mismo como forjador de una realidad nueva, limpia del sucio histórico que viene acumulándose en Latinoamérica desde 1492. Por el gesto de las manos, Fidel parece un creador de artilugios complicados, un manipulador de la imaginación política que, atento a los detalles, trabaja con ahínco en pos de una certeza. Una verdad que a pesar de los giros y vuelcos económicos se ha mantenido, en apariencia, relativamente fija. ¿O no? El barbudo impertérrito del siglo XX —cuya mirada se confunde también con la expresión de un Quijote lúcido , demasiado lúcido — nos mira desde arriba; el plano del campo de la visión está por encima —y en ángulo— al plano de las manos grandes y largas. Desde esa sabiduría ratificada por la barba canosa, Fidel nos interpela —¡pero no nos habla!— con una mirada sosegada que cruza por la mitad, como una flecha, el espacio vacío que las manos resguardan con devoción y emoción, como si se tratara de una totalidad condensada entre una palma y la otra, una intensidad densa. Puente sobre el que descansa la mirada serena y firme, las manos, además, alinean y encauzan —punto de fuga— la certeza del orfebre político que nos mira con hábito de santo. Sobre el fondo oscuro de la camisa negra que, a falta de especificaciones, se confunde a propósito —¿quién coño lo duda?— con una sotana, las manos del santo laico dramatizan, a partir del contraste luminoso, otra propuesta importante: a saber, esos dedos han dejado de ser el sostén de una mirada militar. He ahí el primer canje que tramita el cuadro: Guayasamín no pinta al comandante desde el uniforme verde que, durante cinco décadas, ha acompañado el rostro de esa cara inconfundible que nos interpela en silencio, sino al octogenario que, desde su santidad laica, su sabiduría profana y política, parece aplaudir un evento lejano, sin sorpresa pero tampoco sin espantos, ante el cual, dialécticamente, nos sentimos todos —él y nosotros— muy cercanos. Vestido de santo lacio, según el tributo que le rinde Guayasamín a la longevidad del político, Fidel parece un hacedor vetusto —nunca antiguo— un Cristo firme en su verdad política: ¿un Quijote demasiado atento a la dialéctica del capitalismo? Un sujeto que, desde esa mirada bien calibrada, parece que nos aplaude cuidadosamente por algo que espera que hagamos, o mejor, por algo que está seguro que vamos a hacer. Segundo canje, complemento del que se tramitó antes desde la ropa. Ahora, al trueque del militar vestido de verde por el político vestido de negro sotana, corresponde un trueque temporal: no se trata del pasado en el que se inscribe la longevidad del político que nos mira en silencio, sino del futuro que agencia la mirada del santo laico que nos compele a actuar en consonancia con las manos. De ahí, por supuesto, el elocuente silencio del político, inclinado hacia la izquierda. De Cortázar a Fidel pasando por MarxIncapaz de luchar contra tanto pasado abrió lo ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída vertical sobre el mar. Julio Cortázar En plena relectura de “La isla al mediodía” (1966), recordé la vez que, en la primera mitad de 1970, leí de adolescente El manifiesto comunista (1848). Si en el cuento de Cortázar la obsesión —una patología lúcida— del azafato terminaba salvándolo de la muerte —el avión se estrellaba justo el día en que el hombre convertía en realidad su obsesión de quedarse a vivir en la isla que sobrevolaba a menudo — mi lectura de Marx se estrellaba a media noche, en el sueño de otra isla donde lo que caía de la oscuridad borrosa y ectoplásmica no era un avión cortazariano, como en la isla griega, sino la cabeza de Fidel. Bajo el terror del adolescente que, al leer a Marx, sabía que convocaba a los demonios de lo prohibido, el rostro de Fidel me salió al paso desde un sueño la noche que terminé de leer el libro del comunista decimonónico, mirándome, sin barba y sin dientes , desde una cara que gesticulaba algo que no se podía escuchar ni descifrar. Como en una aparición lenta y espesa, la extraña cara de Fidel que me hablaba parecía sumergida en aceite. El rostro de Fidel trataba de decirme algo desde una lentitud íntima, pero yo, ofuscado en el escándalo de la cara sin pelo y de la boca sin dientes —¿un esperpento lezamiano o sarduyano?— lo único que escuchaba eran los latidos de mi corazón. Sí, el susto, el miedo de una pesadilla en off en la que el tiempo —una duración breve pero densa— se movía en cámara lenta. ¡Coño: Fidel sin barba y sin dientes, diciéndome algo inaudible e indescifrable! En esa chapuza se transformó el terror del joven que soñó al líder cubano desde un rebote provocado por el ensayo de Marx, un manifiesto que apenas entendía el impúber políticamente excitado que lo leyó con el rabo entre la patas. ¿Le temía el joven nominalmente democrático a la libertad de expresión que se profesaba en su país? Una pesadilla adánica, una aparición más fuerte que el propio miedo: ¿fue la de aquella pesadilla comunista una culpa católica? Fidel sin cuerpo, sin uniforme y sobre todo, colmo de todos los males, mellado y sin barba: una cara horrorosa que me había escogido a mí —¡yo que no era nadie!— para decirme algo en off . Un rostro sin cuerpo que, a pesar del susto, el miedo y el terror, consolaba simultáneamente al adolescente exacerbado con los pelos de punta. Pues aquella cara que le hablaba desde una lentitud aceitosa, no esclarecía si gesticulaba el santo evocado en el cuadro de Guayasamín o el militar eternamente de verde. ¿A quién pertenecía aquel rostro espantoso? Ni santo laico ni orfebre político, ni cura encubierto ni militar ontológico, aquella cara desmembrada y desfigurada de Fidel, ¡una pesadilla clasemediera!, lo borraba todo en su lentitud ectoplásmica: incluso la voz del político que me miraba como si fuera —¿él o yo?— una alucinación de la Guerra Fría. Imaginado desde una cara sin barba —¿y sin política?— sin dientes —¿y sin praxis?— Fidel asustaba al muchacho de una clase media que, desde 1952, buscaba, desde un consumo progresivamente acrítico y violento, asegurarse un protagonismo en la historia de Estado Libre Asociado de Puerto Rico; por otro lado, sin cuerpo y sin uniforme — ni de santo ni de militar— Fidel se tornaba en una propuesta más ambigua y por eso mismo menos temblorosa, a través de la cual el impúber asustado se dejaba llevar por una indefinición que lo absolvía de todo lo que precisara claridad. El soldado con anteojos de intelectualDel millón de fotos que retratan al militar, sólo ésta cabe ahora: la del soldado con anteojos de intelectual, una de las fotos más dramáticas —¿no es perfecta?— del hombre que cambió la historia de Cuba y que, como consecuencia de esa movida drástica, puso a América Latina en el mapa de la creación política y artística de la segunda mitad del siglo XX. Sí; todo un emblema del revolucionario visto de la cintura para arriba: ¿la mitad del cuerpo que más cuenta para el cambio que, a pesar del uniforme militar, persigue mucho más que la violencia del soldado? Ropa, anteojos, barba, boina, habano y estrella colgante. En esta foto, a pesar del aroma a futuro que la envuelve, Fidel encarna el ideal de Cervantes: el soldado escritor que fue Miguel era ahora el militar visionario —por eso los anteojos gruesos y grandes— que fue Fidel, ¿un poeta político o un político poético? Ante la imagen de Cervantes con la espada a la cintura y la pluma en la mano, este retrato de Fidel con los anteojos gruesos —¿su mejor espada?— y el habano en la boca. Un revolucionario que parece un poeta vanguardista o un músico de bebop: ¿no hay una carátula de Thelonious Monk vestido de guerrillero? En esta imagen emblemática del revolucionario abocado al futuro, se superpone la mirada del intelectual, siempre abocado a las causas, que mira para atrás. Por eso, el militar no nos interpela. Sus ojos buscan algo —¿una esencia?— que nos precede a todos. ¿O se trata, en el mejor de todos los casos, de una mirada que busca un sustrato desde el cual reorganizar, sobre esas placas históricas, la realidad de Cuba? Para una mirada fulminante como ésa —angular y profunda, quieta pero cargada, clara y oscura— unos anteojos gruesos y grandes que la encuadren en la teleología del militar, cifrada en la estrellita que le cae del cuello al visionario, como si se tratara de un segundo corazón que palpita en el pecho del revolucionario. Una estrellita desde la que sube una línea que conecta la punta del habano —¡la ensoñación!— con la esquina superior izquierda de los anteojos y la boina, justificando desde ese flechazo angulado la inclinación hacia la izquierda desde la que se encuadra la foto: este militar con anteojos de intelectual será, debido en parte a esa inclinación, mucho más que un soldado visionario. Vestido de militar, joven y fuerte, Fidel mira hacia atrás con los ojos de un filósofo —¿dónde quedaron las manos del orfebre político?— seguro de lo que busca para transformar el presente y de esa manera construir un futuro: una realidad a la que el visionario apuesta desde la estrellita que le cuelga del cuello como una bandera de triunfo. El estadista con barba de revolucionario Transformado en estadista laico —¿también en estadística neoliberal?— liberado del uniforme militar y de los anteojos románticos, Fidel, un político de pocas telas, no confunde a nadie con ese uniforme de ejecutivo. Sin boina y sin habano, con un traje negro —¡nunca una sotana!— le habla al mundo con el dedo en alto que tantas veces levantó el político uniformado de verde, constatando de esta manera drástica el vórtice de la globalización en plena rotación finisecular: un coletazo de la historia que, como un vuelco o un precipicio imprevisto, obligó al comandante a cambiar el verde tropical y militar del guerrillero por el negro neoclásico y empresarial del ejecutivo. ¿Se transformaba Fidel, desde el nuevo atuendo, en un orador de cuello blanco? Ni santo ni hacedor —ni visionario ni músico de cubop— el guerrillero de antaño se tuvo que vestir de CEO para hablarle a un mundo dominado por una política del mercado a quemarropa. Frente a la ONU, Fidel se quitaba de encima los trapos de la Guerra Fría —¿otra sotana?— y, a calzón quitado, pero todavía desde la barba rebelde, le metía pecho al mundo unipolar de la posguerra hirviente, un calentamiento político en el que, ¿como testimoniaba Daniel Ortega?, se habían quemado algunos revolucionarios. ¿Salud? Vestido de CEO excéntrico —¿quién ha visto en la revista Forbes a un ejecutivo con cara de Fidel?— hablándole a un mundo en el que, según Emmanuel Wallerstein, encontraba al capitalismo en estado de caos, el revolucionario tantas décadas al mando de su imagen —uno de los tres piratas del Caribe de Tariq Ali— pulseaba ante la presión del sistema triunfante que no le daba tregua, exigiéndole a rompeculo que se quitara el traje de militar que lo había cohesionado desde 1950. ¿Destiempos o contratiempos? Fidel se vestía de negro justo cuando su Némesis —armada hasta los dientes— justificaba la movida militar más aparatosa de la historia. ¿No fue retratado Bush en 2003 vestido de piloto militar? Disfrazado de CEO, por osmosis inversa, ¿parecía Fidel un ejecutivo de lengua aséptica? ¿Otro profesional de la mentira neoliberal? ¿Un vendedor de cuentos bien vestidos? ¿Un mago más del free market ? ¿Otra voz sin cuerpo? ¿Vox populi? Después de tantas décadas de verde, desde el traje negro —¿cómo en la pintura de Guayasamín?— Fidel tuvo que canjear la ropa del guerrillero por el traje oscuro de tantos politiqueros que ni siquiera se atreverían a luchar por lo que piensan. El deportista con barba de revolucionario Si la enfermedad de Fidel se mantuvo como un secreto de estado, su recuperación y consiguiente reaparición pública fue dramática. El muerto que todos daban por perdido repuntó, para sorpresa de muchos, vestido de atleta nacional. Del negro monacal, neoclásico y neoliberal, Fidel se pasó a una paleta más deportiva y local: blanco, rojo y azul, colores de una cubanidad que, desde el endoso de Adidas, el atleta convaleciente inscribe en la historia del político que no sólo ha vencido la enfermedad que se lo quería llevar, sino que también ha sido, desde el periódico que nos muestra, reivindicado por la historia. ¡Doble cura! Más que un atleta, la propuesta deportiva de este Fidel recuperado es clara: se trata sobre todo de un triunfador al cuadrado, un jugador implacable que no se da fácilmente por vencido. Ni el santo de mirada filosófica ni el orfebre político de dedos largos, en esta nueva aparición de Fidel —¿su última carta?— lo que domina es el suéter deportivo del político invencible, quien, no obstante el triunfo, posa sentado. Nada puede competir con los colores victoriosos del deportista, tonos que, en su afán de triunfo, se quedan con todo lo demás: la mirada del convaleciente, la barba del revolucionario y las manos del orfebre —ahora lector— un triunfador que, a pesar de la victoria, se sabe, sin embargo, más vulnerable que nunca. Hay una propuesta de triunfo en el retorno de Fidel vestido de atleta, sin lugar a dudas; el militar y el político le han ganado por lo pronto a la muerte, enemigo que el deportista minimiza desde su atletismo victorioso. Pero también, en el fondo de esa mirada seca que parece haber superado el temor a la muerte, hay cierta opacidad. Sentado y leyéndose a sí mismo, Fidel nos mira como nunca nos había interpelado antes: desde un uniforme que, en apariencia, no concuerda con la mirada solemne y trascendental de un político como él, demasiado firme y persistente para el deportismo light que promueve, desde el chándal Adidas, la tardomodernidad atlética. Tanto color desde un rostro opacado por la enfermedad, choca, como si se tratara de un triunfo que es necesario, porque tiene también algo de déficit, corroborar y legitimar mediante la imparcialidad que introduce la prensa. De militar a deportista, el atletismo al que ha devenido el político tras la enfermedad que lo sacó de la política lo aleja de un tirón de todo lo que habíamos visto antes: el Cristo politizado, el soldado con anteojos de intelectual y del CEO barbudo. Ante nuestros ojos, vestido con suéter nacional Adidas, aparece el retrato de un coach viejo que se lo ha jugado todo al honor de sus barbas canosas, cuya presencia, sin embargo, no es ya suficiente para legitimar la centralidad del político que fue Fidel. Por eso el deportista se mira en la foto del militar que cambió la historia. Fidel vestido de coach no debe satisfacernos con la entrega literal del político cansado, casi muerto, que ha ganado la primera batalla de una guerra larga, en la cual, por ley biológica, perderá el hombre canoso. Hay que pedirle más al retrato del político más persistente del siglo XX latinoamericano, un sujeto que, tras vencer una enfermedad peligrosa en su octava década de vida, regresa ¿vestido o disfrazado? de coach cubano. Veamos cómo la duplicidad del sujeto que se mira a sí mismo en el periódico que lo inmortaliza, se bifurca a su vez en dos lecturas superpuestas que necesitamos subrayar. Por un lado, como la propuesta más grotesca, surge la imagen del político que, ante el cagazo de la muerte —¿una diarrea olímpica?— se ablanda ideológicamente y, como un chocolate caliente, se derrite ante la presión neoliberal. Inmediatamente, según esta lectura demoledora, aparece el octogenario deportista endosado por las grandes compañías del deporte, muchas veces sedientas, como Adidas, de mano de obra infantil y barata. En este caso, el político vestido de coach habría que verlo más bien como un moribundo disfrazado de gloria light : en verdad, un atleta hecho mierda que se tiene que contentar con el pasado. Una lectura demoledora que, por su parte, Francisco Umpierrez Sánchez ha polemizado de esta manera: “ Ante las pirámides de Egipto el burgués sólo ve al faraón que las mandó a construir, mientras que el marxista ve a los esclavos que las crearon. Igual sucede con el chándal de Adidas [de Fidel]: el ideólogo burgués sólo ve a los propietarios de la empresa, mientras que el marxista ve a los trabajadores que lo crearon. Por lo tanto, mientras que el burgués de pensamiento superficial ve en el chándal de Adidas usado por Fidel Castro una victoria del capitalismo sobre el socialismo, el marxista sólo ve el disfrute de un producto del trabajo por parte de uno de los grandes representantes mundiales de los intereses de los trabajadores .” Por otro lado, desde la lectura más radical, aparece la imagen diluida de un político descomunal que, ante la mortalidad inaplazable, regresa de una enfermedad seria vestido de coach intrascendente, para lograr así, con la buena leche de una deidad pagana, un objetivo importante que el político de siempre —sí, Fidel— necesita plantear antes de tirar los guantes y cagarse de una vez y para siempre en todos los dioses. Propio de la intensidad existencial que lo caracteriza, está la propuesta filosófica del político: ese viejo vestido de coach que nos interpela sin pedir mucho a cambio, no es ningún baboso senil. ¡Atención! Desde su colorido vibrante nos demuestra cómo desmontar la solemnidad ante la muerte —el sentido trágico de Unamuno— valiéndose del deportista como una metáfora del maestro que, desde sus canas, reivindica la praxis revolucionaria como última legitimidad de la materia presta a hacer lo que le corresponde por ley natural: transformarse en parte de la Nada. No hay nada trágico ante la finitud de la historia personal, nos dice Fidel vestido de coach : uno hace lo que tiene que hacer y se va satisfecho de haber sido absuelto por la historia, último arbitrio del tiempo que tenemos para jugar a cambiar el mundo. Por eso la propuesta del deportista resulta central: la praxis vital siempre le ganará a la desaparición inexorable del sujeto individual, asegura el coach desde una certeza un tanto seca pero segura de su talante. Lo importante es cambiar la historia, única oportunidad que se nos da para jugar a la creación de una realidad en principio, según el politico deportista, mejor. Una vez socavado el sentimiento trágico de la vida, vestido en chándal de Adidas, la inmanencia del deportista nos mira desde el protagonismo de los colores nacionales: un actor de la materialidad, a ese coach está claro que no le traumatiza la inevitable finitud de la corporalidad del deportista. Un partido jugado, un partido ganado: no hay tiempo para más. El jugador que llegó a coach hizo lo que tenía que hacer: la historia lo ha declarado campeón. Es todo lo que se puede hacer en ocho décadas de vida. Porque estamos jugando entre mortales, nos recuerda el coach desde el periódico, en política es importante ganar. Para el deportista que encara sin tragedia su mortalidad —¡un político viejo!— el triunfo del coach implica la victoria de la colectividad que lo sobrevive: Cuba. En este sentido, la muerte, aunque sea dueña del tiempo del atleta, no tiene la última palabra: el octogenario deportista testimonia la política triunfadora del soldado con anteojos de intelectual. Un político de cuatro uniformesLa imagen compacta que nos creamos con la ropa responde a nuestras diferentes situaciones existenciales, pero en su materialidad también se incrusta en forma simbólica los profundos conflictos emocionales y las divisiones de nuestro ser . Encarnación Juárez-Almendros Entre el santo laico, el soldado, el CEO y el deportista, medio siglo de ajetreo político ha reclamado dos atuendos de Fidel: el del militar de verde olivo y el del CEO de negro. ¿Quién se queda con la palabra, el santo laico que se imaginó Guayasamín o el deportista que siempre ha palpitado en las entrañas del político beisbolero? Fidel se enfrenta al último episodio de su vida, con lucidez mental, vestido de coach cubano, una manera liviana, demasiado liviana de terminar la biografía política más intensa del siglo XX latinoamericano. ¿Gesto de reciprocidad ante la historia que lo absuelve desde la prensa cubana? Alejado de cualquier remilgo trágico o melancólico, el soldado con anteojos de intelectual asume sin ningún drama, como contragolpe ante la edad, la materialidad del octogenario vestido de entrenador nacional. A calzón quitado, el político apuesta todo lo que le queda al dinamismo del coach victorioso, poco tentado por el deseo de divinidad política que le inyectó el ecuatoriano que lo canonizó para siempre. Desde el chándal de Adidas, Fidel, un jugador de Historia, se cura en salud frente a la única religión que lo ha guiado siempre: el periplo de Cuba interpretado para la Revolución. LQSomos. Francisco Cabanillas. Junio, 2007 |