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Año V. /
De mujeres y hombres

Hasta hace relativamente muy poco, la mujer sólo era vista en función del varón; y éste veía a la mujer según seis modelos: el de madre, el de hija, el de esposa, el de amante o “querida”, el de sierva y el de puta. La mujer carecía de poder en todos estos modelos, pero, paradójicamente, en el de puta, dependiendo de lo elevado de su posición, la mujer podía alcanzar cierta independencia del varón, y hacerse con cierto grado de poder manipulativo.

La sociedad de varones no veía a la mujer de ningún otro modo fuera de esos seis patrones; lo malo es que la sociedad de mujeres, tampoco. Si una mujer osaba verse a sí misma fuera de esos roles y con capacidad de alcanzar independencia, prestigio y poder, era expulsada del ámbito social tanto por los varones como por las mujeres, quienes sólo podían verla como desviada o loca. Una mujer que por su inteligencia, por sus conocimientos, por su arte o por lo que fuera, destacara, era inmediatamente integrada en el prestigio de algún varón, ya fuera su padre, su amante, su esposo, su hijo, etcétera; quien recibía el reconocimiento en su lugar. De ello tenemos múltiples ejemplos a lo largo de la historia; ejemplos que dan cuenta del sistema y de la invisibilidad forzada de las mujeres en los diferentes campos del saber, de las artes, y demás ámbitos públicos. En algunos momentos a lo largo de la historia, algunas mujeres valientes que no quisieron renunciar a sus vidas, a su libertad, y a su lucha contra el sistema, debieron hacerse pasar por hombres para lograrlo; valga como ejemplo el caso de Concepción Arenal, quien tuvo que vestirse de hombre para acceder a la universidad, y de esto no hace tanto tiempo: finales del siglo XIX. (Cliquen aquí para leer su biografía).

Actualmente, muchas cosas han variado -si bien no todas, ya que la discriminación salarial y de otros tipos, persisten en nuestra cotidianeidad- y, lentamente, las mujeres vamos ocupando el lugar de igualdad que nos corresponde, aunque la ocupación de estos lugares no siempre se haga preservando nuestra identidad, sino transformándonos en monas de imitación del varón, lo cual nos denigra, ya que renunciar a la propia identidad es lo peor que le puede suceder a alguien; pero volviendo a la discriminación y a lo que nos queda,  es en las tareas domésticas y en las áreas ejecutivas en donde vamos con más retraso. En las primeras -tareas domésticas-, escucho una y otra vez entre las mujeres hablar de “la ayuda en casa del varón”, expresión falaz ya que las tareas no son propias de la mujer, de manera que no hay que buscar “la ayuda del varón”, sino que el varón desempeñe su parte en las tareas del hogar que son de ambos, y que lo haga responsablemente. Y en las segundas –tareas ejecutivas-, tenemos que deshacernos del chip del desvalimiento y de la búsqueda de discriminaciones positivas y luchar desde el esfuerzo, el trabajo, la formación, la dedicación y la competitividad. ¿Cómo es que Concepción Arenal y otras muchas pudieron lograrlo venciendo todos los grandes obstáculos que tenían a su alrededor, y nosotras tenemos que recurrir a leyes y ayudas de discriminación positiva? ¿Tan débiles y pobrecitas somos? ¡Nada de eso!. Si nos asusta la lucha, el esfuerzo o carecemos de inteligencia y talentos, entonces quedémonos en casa de esclavas mantenidas y no nos quejemos; y si la inteligencia y los talentos forman parte de nuestras facultades naturales, cultivémoslos y desarrollémoslos; porque es muy fácil echarle la culpa al sistema de nuestros errores y fracasos o de nuestras incapacidades. De manera que leyes de igualdad sí, pero coraje, valor y constancia en la transformación propia también.

Otra cosa interesante al hilo de lo doméstico es la especialización de la mujer como cuidadora, oficio que la mujer ha desempeñado a las mil maravillas en todos los modelos arriba reseñados. La dinámica del cuidado ha sido el campo de desarrollo por excelencia de la mujer en función de las necesidades del varón, incluyendo el cuidado propio. Las mujeres somos expertas en cuidados, lo hemos sido siempre; desde que el mundo es mundo hemos sido las cuidadoras por excelencia: cuidado de los hijos, del esposo, de los padres ancianos, de los clientes del prostíbulo… Y también de nosotras mismas… Y no está mal esta superespecialización en el cuidado. Cuidar es algo necesario para el bienestar físico y emocional de los demás y propio… Lo que ya no está tan bien es que lo de cuidar se haya convertido en un monopolio de la mujer en función del hombre mientras que el varón va por ahí descuidándolo todo, descuida a los hijos, a sus padres, a su esposa, y hasta a sus calzoncillos… Es muy positiva esta faceta y virtud del cuidar, pero deberíamos aprender a educar a los niños varones en ella también, porque, admitámoslo: las normas y pilares del sistema machista son transmitidas principalmente por nosotras mismas, y si no dejamos de ser agentes transmisores de tan nefasto sistema, éste seguirá perdurando eternamente. Además, ¿acaso no es una función del varón saber ser padre, hijo, esposo, amigo, él mismo? Pues el ejercicio de esa función implica necesariamente también el conocimiento y la aplicación del arte de cuidar. Si los varones supieran cuidar de sí mismos, de sus parejas, de sus hijos, etcétera, como saben cuidar de sus aficiones y cosas, ya sean aparejos de caza y pesca, armas, coches, deportes, trabajos, etcétera, la vida sería mucho más grata para todos.

Decía que lo del cuidar es algo muy valioso para la mujer, y es cierto, pero deberíamos ejercer los cuidados en función del bienestar y la felicidad propia y ajena en lugar de ejercerlo en función del descanso del guerrero. Y no estaría mal que “los guerreros” aprendieran a hacer lo mismo. En nuestras manos está.

LQSomos. Hannah. Abril de 2007
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