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Año IV /
De poetas y torturadores

Cierto es que, en la actualidad, la inmensa mayoría de intelectuales, periodistas y charlatanes varios de radio-TV, así como el total de las instituciones de la monarquía, niegan la existencia de la tortura en el Reino de España. La niega, la ocultan y, de manera más o menos vergonzosa, la aprueban, pues aprobarla es ocultarla o negarla.

La tortura, esa lacra milenaria de los poderes públicos, sistematizada por la Santa Inquisición católica y elevada en nuestro país (aunque no mío) a una de sus cumbres más brillantes por Franco y sus numerosísimos y aun vigentes seguidores, continua siendo actualidad. Véanse los informes de Amnistía Internacional, bastante morigerados por otro lado.

Ocurre que esos intelectuales y periodistas aludidos y que (otros como ellos) en algún momento la denunciaron, hoy han renunciado a ese deber cívico. ¿Por qué? Por que piensan que mientras se torture a quienes consideran sus enemigos o los enemigos de quienes les dan de comer y de beber (whisky de malta, please), la cosa no está tan mal y los torturados no son sino farsantes.
Pero no son estas unas líneas para reprochar nada a nadie. Cada cual actúa según sus intereses, como ya hemos apuntado, sino para estimular a los eminentes personajes aludidos con un antecedente de singular significación.
Me refiero al poeta nacional argentino, buen poeta pese al título, don Leopoldo Lugones, fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), nacido el 13 de junio de 1874.

Estricto católico, la Virgen le bendiga, el 6 de septiembre de 1930, propició y apoyó el primer golpe militar argentino, (el del general José Félix Uriburu y sus compinches contra el presidente Hipólito Irigoyen), y la dictadura subsiguiente.
Uriburu encargó a Lugones, consagrado escritor y poeta, que redactase la “declaración revolucionaria” de la cuadrilla golpista uniformada. El entusiasmo del poeta fue tal que los propios militares, al leer los exaltados párrafos lugonescos le pidieron que revisase el texto y le diese un tono más moderado.
Por entonces, su único hijo, Polo Lugones , nacido en 1897, regentaba un Reformatorio para niños desamparados y jóvenes delincuentes. Casualmente en 1930, el fervor reformador de Polo le llevó a que se abriese contra él un expediente por abuso de menores. Pero papá estuvo al quite y habló con su amigo el general Uriburu y el molesto expediente, por el que podían haberle condenado a veinte años de cárcel, terminó en alguna patriótica papelera.
Rehabilitado, a Uriburu y a papá se les ocurrió que Polito podría servir para un alto puesto de sacrificado servicio a la patria y le nombraron nada menos que Jefe de la Policía.

Polo vio la luz y se dijo “aquí puedo ser yo mismo”. En tan honorable puesto demostró su imaginación y su inquebrantable disposición para servir a la patria. Y ya se sabe que la patria exige mucho. “Todo por la patria”, dice la divisa de uno de los cuerpos que más torturadores ha dado a nuestra historia pasada y presente.
Desde su relevante y poderosa responsabilidad, Polo Lugones aportó a la causa de la humanidad y de Argentina una nueva forma de tortura, la famosísima Picana eléctrica: esa potente batería, con manivela y electrodos (hay diferentes modelos) que se aplican a genitales masculinos y femeninos, a vaginas, pezones y demás zonas sensibles de los enemigos de la patria y el cristianismo.
Hay quien dice que no fue él el inventor (su especialidad era tocar la entrepierna a los niños, no la electricidad). Sea como fuere, nadie le niega el mérito de su aplicación y desarrollo generalizado en comisarías y centros militares de interrogatorio.

El artefacto tuvo un éxito inmediato entre las policías del mundo y prácticamente todas lo adoptaron y aun lo mantienen. La Gestapo, la Brigada Político Social, la CIA, los Servicio Secretos de aquí y de allí, en fin, lo que se dice un superventas.
“Ha llegado el tiempo de los sables” había exclamado el padre. “Ha llegado la era de la Picana”, remachó el hijo.
Pero Leopoldo Lugones, el poeta, no disfrutó demasiado las mieles de su victoria. Y decidió, con gran sentido de su deber hacia la humanidad, el día 18 de febrero de 1938, atizarse un cóctel de su invención y de un solo uso y quitarse merecidamente de en medio. Por si a alguno de nuestros torturadores o de quienes ocultan su actividad, le tienta, el cóctel estaba compuesto de whisky y cianuro.

A Polo Lugoens le esperaba, ya en su vejez, un caprichoso destino.
Tenía una hija, Piri Lugones, mujer cabal y progresista que, tras de un nuevo golpe de Estado militar, el de Videla en 1976, se enroló en las filas de la guerrilla Montonera (peronistas de izquierda).
Piri Lugones fue detenida, torturada con el invento de su padre y desaparecida. Una más entre los más de treinta mil argentinos desaparecidos, víctimas de la picana y la muerte bajo tortura.
El viejo Polo debió acordarse del primer y último favor que su padre había hecho al mundo y se suicidó también en 1977.
Que el dios de los cristianos le haya acogido en su seno, pues por la civilización cristiana luchó toda su vida.

Así que ya saben los intelectuales a los que nos hemos referido al principio, que no se acomplejen. Las buenas plumas, el buen verso, la riqueza de vocabulario y la capacidad de narrar y largar en prensa y radio no está reñida (bien lo sabemos todos) con la complicidad con la tortura, sobre todo con la tortura a nuestros enemigos.

LQSomos. Kevin Vázquez. Diciembre de 2007
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