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Año V. /
El fútbol: ¿un partido entre la modernidad y la premodernidad?

A Lionel Messi, por repetir el prodigio de Maradona, deidad argentina más poderosa que Borges y Cortázar juntos"
Advertencia

"Creo que el fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies.”
Milán Kundera.

El sociólogo mayor ha determinado que hablar equívocamente sobre el fútbol, como en el caso de la religión y la política, puede ser perjudicial para la salud pública. Ande con cuidado, aconseja el letrado, si piensa abrir la boca: ponga claramente las cosas sobre la mesa. Al pan, pan; y al vino, vino. No olvide que José Martí habló de vinos agrios y que muchos consideran la Contrarreforma como un garrafal traspié político; su error futbolístico perjudica a los demás, sobre todo a los jóvenes. Si no tiene claro lo que va a decir, no escriba: la sociabilidad popular, sobre todo masculina, le agradecerá esa prudencia. Otras sociologías le ruegan que mire bien para ambos lados antes de cruzar el campo; el hecho de que un tipo como Julio Cortázar no fuera futbolero, no elimina la posibilidad de que, desde algún lateral imprevisto, salga a toda velocidad un texto de Albert Camus, de Eduardo Galeano, de Mario Benedetti, de Rafael Alberti, o incluso alguna canción de Joaquín Sabina o de Calamaro. No olvide que el fútbol ha sido estudiado por los científicos sociales: si no sabe lo que dice, no subestime la ciencia, háganos el favor de no hacerse la paja. Para eso está la literatura: déjele el asiento a los que se han mojado el culo, como Antonio Berni en la pintura argentina.

La pasión del fútbol, como la de cualquier ortodoxia, funciona a altas temperaturas: una mala jugada en este partido enciende el pueblo en llamas, creando una hoguera que ni siquiera un novelista como Juan Rulfo, experto en pirotecnia mexicana, podría apaciguar. No se lamente después de lo que se puede prevenir ahora : píenselo bien, una crítica mal hecha puede provocar golpes duros, como los del odio de Dios , según decía César Vallejo. Déjele las propuestas fuera de foco —navajitas de afeitar en un arte que sublima la violencia— al proyecto de Adal Maldonado en El Puerto Rican Embassy ( http://www.elpuertoricanembassy.org ). El que juega con fuego se quema; el que se acuesta con niños amanece cagado. No hable mierda, mire que la única caca inodora la escribió hace mucho tiempo Gabriel García Márquez. No revuelva las heces, que en la cultura de los herederos del barroco —¡nosotros!, diría Octavio Paz— la nariz hizo en ocasiones el papel de ojo, tal como testimonió poéticamente Don Francisco de Quevedo, un conservador inquieto de nuestro gusto y devoción. Que Mario Vargas Llosa —Torquemada Part II— haya legitimado la proximidad del intelectual con el deporte en alguna columna periodística; que Edgardo Rodríguez Juliá publicara un ensayito sobre el béisbol boricua, Peloteros (1996); que el barbadense Edward Kamu Brathwaite historiara la política del críquet en la isla; que un crítico literario como Roberto González Echevarría le dedicara más de quinientas páginas a la historia del béisbol cubano en The Pride of Havana / El orgullo de la Habana (1999); que el cine argentino beatificara a Maradona en El camino de San Diego (2006); nada de esto, óigalo bien, lo excusa de decir babosadas. Ajústese bien los pantalones si tiene la pluma en la mano: en guerra anunciada sólo mueren los poetas que no miran para el frente cuando escriben. En caso de dudas, ¿no preferiría usted leerse un cuentito de Jorge Luis Borges, Némesis del literato futbolero?

Testimonio

Y miren qué hay de hospitales, y los grandes perdones que tienen, y la santa casa de Nuestra Señora de Guadalupe, que está en lo de Tepeaquilla, donde solía estar asentado el Real de Gonzalo de Sandoval cuando ganamos a México: y miren los santos milagros que ha hecho y hace de cada día, y démosle muchas gracias a Dios y a su bendita madre nuestra señora por ello, que nos dio gracia y ayuda que ganásemos estas tierras, donde hay tanta cristiandad.
Bernal Díaz del Castillo

Quien hace esta reflexión sobre el balompié no es un sujeto futbolero, deporte que, por la dimensión colectiva, nunca le interesó a Cortázar. A Julio, cuya voz se escucha en estos días en la televisión española promoviendo un reloj —¡el tiempo Cortázar, mirá vos !— le interesaba más el individualismo del boxeador que el gregarismo del fútbol, igual que a Sabina le interesa más la osadía del torero que el virtuosismo de Pelé o Maradona, y que, según La isla que se repite (1989), los caribeños se destacan en deportes indivudualistas. ¿Le interesan a Fernando Botero los futbolistas más que los toreros? En cualquier caso, por tratarse de una mano —ésta que escribe— boricua, establecemos que, respecto del sustrato deportivo, escribe un sujeto imantado, por cultura, hacia el imaginario beisbolero, al que, con mucha más soltura que la literaria, se ha volcado la música popular puertorriqueña y hasta el jazz latino de su más robusto saxo tenor, David Sánchez, en algún tributo que le rinde al más grande de los mártires beisboleros de la pelota boricua, Roberto Clemente, quien, en 1972, perdiera la vida en un accidente aéreo con destino a Nicaragua, adonde viajaba el astro desde San Juan para repartir la ayuda que el pueblo puertorriqueño les enviaba a las víctimas del terremoto, doblemente agredidas por el zomocismo que comercializó el desastre alrededor de su propio bolsillo, igual que en octubre de 1998, según Naomi Klein en “ Disaster Capitalism ,” el neoliberalismo se le tiró encima a la desgracia centroamericana del huracán Mitch.

El que hace esta reflexión sobre el balompié se ampara, sin embargo, en la tradición de Bernal Díaz del Castillo, quien, en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568/1632), validó la perspectiva del hombre común: el soldado que, por haber estado en la batalla, se sentía con derecho a escribir desde su punto de vista, en ocasiones —¡para beneficio nuestro!— muy diferente al de los protagonistas como Hernán Cortés. Con esta salvedad: el que habla ahora no ha jugado al balón ni lo ha pateado —si bien intenta cabecear, en el sentido en que Luis Rafael Sánchez habló de cerebrar — no obstante, el que escribe ha visto y ha leído con sus propios ojos . ¿No había dicho Régis Debray, en Vida y muerte de la imagen (1994), que lo visual era un entorno bajo control? Pues a ello apuntamos: a hablar de esa visualización futbolera, incluso cuando ésta haya sido mayormente mediada por la televisión, esa aliada de la Revolución Cubana durante su fase épica, que, por otra parte, fue también cómplice de la primera guerra posmoderna contra Irak, en 1991, cuando EL PADRE, ¿sin saberlo?, marcaba los pasos que daría EL HIJO doce años después. ¿Daba vuelcos en la tumba el Ismaelillo de Martí?

Como sujeto a pie, que sabe que, además de un deporte en el que se le pega a una balón con los pies y la cabeza —¡que espanto tuvo que provocarle a Borges la realidad de pegarle a un proyectil de cuero que viene con fuerza y desde lejos, nada más y nada menos que con el intelecto!, quizás por eso, pocos años antes de morir, el escritor de prosa fina le negó dimensión estética al balompié— el fútbol, como constatan a quemarropa Brasil y Argentina, ha sido también una política, ¿cuándo no, si el deporte, en general, es una metáfora de la guerra?, nos asomamos al universo del balompié en este ensayo para marcar dos dinámicas que nos parecen asombrosas, tanto o más deslumbrantes que un paisaje de Tarsila do Amaral o que el cubismo de Emilio Pettoruti.

Primero, como si se tratara de una frontera imaginaria que, en vez del Papa a finales el siglo XV, la trazara un negro en Brasil o un pibe en Argentina a partir de la segunda mitad del siglo XX, hablamos de la geografía del cuerpo futbolero para fotografiar —¿con el ojo de Andres Serrano?— la dinámica de su flujo libidinoso, un cosquilleo también dotado de desafío político.

Segundo, como si se tratara de un diálogo entre la modernidad evocada desde el ensayo de Octavio Paz —en el que la modernidad protestante y la antimodernidad católica rivalizaban hasta en la muerte, una realidad ésta que el protestante ignoraba y que el católico sensualizaba— y la colonialidad del poder evocada desde la sociología de Aníbal Quijano —en la que, como un black whole , la modernidad se politiza desde una violencia eurocéntrica— escuchamos y amplificamos en esta segunda mitad del ensayo lo que oímos de esa conversación figurada —¿a gritos, como el llanto que pintó David Alfaro Siqueiros en Eco por un grito (1937)?— entre la modernidad y la colonialidad del poder, un drama que, desde el último juego de pelota prehispánico que se jugó en Tenochtitlán, se viene jugando en el estadio occidental, donde, desde entonces, la modernidad ha venido pateando a su adversario emblemático —la premodernidad oscura— con una suerte de goles no exclusivamente futbolísticos. ¿Cómo se dramatiza en el fútbol este juego de la modernidad y la colonialidad del poder?

De geografías y goles

Los ideólogos de la “lírica futbolística” tienen una relación por lo menos confusa con la verdad, tanto la de sus propias ideas como la de los hechos. Allí están, como muestra, las insoportables sanatas de Ángel Cappa, que llega a teorizar sobre un supuesto “fútbol de izquierda” —que sería el suyo, el “lírico”— y un fútbol de derecha, utilitario y poco vistoso.”
Horacio Fiebelkorn

Primero que nada, está el espacio; más tarde vendrá el tiempo, el verbo, la dirección, si se trata de una patada o de un taquito: la geografía del fútbol se plantea desde un espacio en el que, como en tantos otros juegos, se reduce la dimensionalidad a un movimiento entre dos planos, el de la derecha vs. el de la izquierda, el oriental contra el occidental, y viceversa, un movimiento sobre una horizontalidad para nada aristotélica, pues en la cancha de fútbol el punto medio implica, en vez de una negociación virtuosa, una cancelación de las fuerzas: el peloteo infructuoso que, de un lado de la cancha al otro, jamás se materializa en gol, ¿una caída de Altazor que nunca llega al suelo? Desde esta horizontalidad espacial —como si se tratara de un realismo desinteresado, un retrato indiferente a la significación del movimiento hacia la izquierda o hacia la derecha, hacia el oriente o el occidente— la geografía del fútbol resulta absolutamente intrascendente: ese desplazamiento horizontal en una o en otra dirección no significa, a pesar de los goles o por ellos mismos, nada. En ese movimiento pendular, el balompié no se pronuncia ni como izquierdista ni como derechista, ni como occidentalista ni como orientalista; la pelota va y viene y en ese movimiento, por otro lado fundacional, sólo parece haber, como en algún CD de Sabina, física y química , nunca política ni filosofía (aunque haya, por supuesto, bastante gracia estética). Aquéllas sólo surgen en la segunda geografía futbolera: la del cuerpo político y filosófico.

Como verticalidad, el cuerpo añade dos dimensiones a la geografía futbolera. Por un lado, está la dimensión política entre el norte (la cabeza) y el sur (los pies); por el otro, la dimensión filosófica entre lo alto (la Cultura) y lo bajo (la cultura), también política en sus vueltas, por supuesto. En ambas dimensiones, la verticalidad del cuerpo en la horizontalidad del fútbol, como un buen texto, está siempre emitiendo significados que nunca son neutrales, mensajes que en muchas ocasiones, como en el caso de Maradona, que se tatuó un rostro del Che y otro de Fidel Castro, desdicen o contradicen a un primer nivel la verticalidad de la colonialidad del poder. Desde el cuerpo futbolero se narra el drama de la modernidad consigo misma como un partido que se desdobla en dos equipos fuertes: el de la premodernidad a pie y el de la modernidad logocéntrica.

En cuanto a la verticalidad política, el cuerpo futbolero parecería privilegiar el sur antes que el norte; con esa movida hacia abajo, se da el endoso de una panoplia de valores contrarios a la colonialidad del poder eurocéntrico: los pies del corredor antes que la cabeza del político, la patada balística o el toque rococó antes que la racionalidad verbal y conceptual, la periferia del cuerpo en movimiento antes que la centralidad del logos contemplativo y conceptualmente manipulador. Desde esa verticalidad política, el fútbol se mueve siempre hacia el sur del cuerpo, sobre todo aunque no exclusivamente hacia la parte más baja, ésa desde donde se celebra y cerebra el protagonismo del bípedo que luego, con el tiempo, potenciará la creatividad de las manos. En cuanto a la verticalidad filosófica, el fútbol parecería privilegiar lo bajo, el suelo y los pies, una propuesta pegadita al césped, desde donde se endosa la cultura popular antes que la alta cultura de las manos, el cielo y la racionalidad logocéntrica, la cual, desde la pulsión platónica o la ciudad letrada, se ha cagado en la materialidad del cuerpo como chapucería, copia o pecado. El mundo desde abajo, he ahí la propuesta filosófica: el de las buenas patadas que, como en una oda nerudiana, reverencian la inmanencia de los pies antes que la trascendencia del mundo alto, ese mundillo —el de la cabeza de arriba— de la razón instrumental que, como en una movida de ajedrez, ¿como en una cagada positivista o, vox populi , en una errancia a lo Donald Rumsfeld ?, lo calcula egocéntricamente todo antes de patear.

En vez, la verticalidad filosófica privilegia la pasión popular que, desde la piel, los pies, las piernas y de rebote, al final, como jaque mate, desde una cabeza sudorosa que establece la verdad a cabezazos, define al cuerpo futbolero desde un gregarismo antecesor y posibilitador de la individualidad, una herejía moderna que, en el siglo XVI, habría matado de un golazo el individualismo de Martín Lutero, ese loquito de patada larga —¡un obseso de botines grandes!— a quien se le arqueaba el balón hacia la derecha con la distancia, hasta que, varios siglos después, esa patada curva derivó en el golazo obtuso que fue el Destino Manifiesto de 1848, desde el que la Guerra Mexicoamericana —final del experimento republicano usamericano y comienzo, según Gore Vidal, del imperio yanqui— prefaciaba a quemarropa el gold rush californiano, una jugada que confundió al barbudo de Marx, quien a raíz de la guerra de 1848 endosó la geografía norteña y logocéntrica como golazo necesario para el advenimiento comunista.

Una sociabilidad que pone a la modernidad patas arriba, la que marca el cuerpo futbolero — desde una mirada como la que se instala en todos los cuentos de Cortázar: es decir, cómplice— contraría, desde su flujo libidinosamente sureño y a ras de suelo, la geografía que delinea la colonialidad del poder, más vinculada al norte de la cabeza —como en la pintura que Francisco Rodón le hizo a Borges— y a la altura de la racionalidad instrumental, una Cultura desde la que el cuerpo sudoroso en movimiento, como decía Kundera en el epígrafe, se asume ante todo como una idea más que como la materialidad crítica que es, una corporalidad reclamada desde la inversión geopolítica que hace de la cabeza un martillo para clavar un gol.

Drama

¿No muero víctima del horror y el misterio de la másextraña de las visiones sublunares?
Edgar Allan Poe

Además del partido en el cual la pelota —¿qué congela el sentido del juego al campo de la horizontalidad?— se mueve de un lado para el otro, sobre una horizontalidad, aunque brasileñamente estética, indiferente —como en un tapiz de Severo Sarduy— al significado de ese movimiento, está el fútbol que se juega en la dimensión de la verticalidad corporal, desde la que el sujeto se torna político y filosófico. En este otro partido de fútbol, como en cualquier cuento de Borges, está en juego el drama de la modernidad contra sí misma, un juego que el cuerpo futbolero protagoniza con rapidez e intrepidez, como si se tratara de un malabarista altermundista presto a socavar la política de la cabeza, norte del atlantismo hegemónico, al igual que la filosofía de la razón instrumental, en tantas ocasiones violenta y letal, como en la invasión de Panamá en 1989. Desde la autorreflexividad cartesiana que la emblematiza —igual que una novela que tematiza su propia narratividad— la modernidad se desdobla en sus dos equipos. Por un lado, el bípedo, corporalidad y elasticidad ante todo, capitanea con los pies en el suelo, firmemente ágil, el equipo de los premodernos, cuyo gregarismo engendra una individualidad satélite, siempre alrededor del grupo; por el otro, el equipo de la modernidad lo capitanea el ilustrado, un cabezón de pies torpes y manos de pensador conservador y egocéntrico, cuyos dedos, ágiles en la imaginación narcisista del mundo, son rápidos en la detonación de cualquier gatillo: ¿gol?

Desde el campo de los premodernos, el bípedo se levanta como radicalidad contra el ilustrado, esa racionalidad cuyas manos de pensador conservador y egocéntrico, con dedos ágiles y filosos, queda terminantemente prohibida en el partido del bípedo, pues en éste sólo valen los pies fuertes, las piernas rápidas, el pecho arqueado —que hace de mano cuando para la pelota— y el buen cabezazo que apunta —¿y escribe?— el gol de la victoria. Desde ese protagonismo bípedo, el fútbol dramatiza el ritual que la premodernidad escenifica contra el imaginario moderno, un desafío que le devuelve a las piernas su importancia vetusta, la misma importancia que la modernidad condensó en la cabeza del ilustrado, un futbolista lento, demasiado etéreo (y prejuicioso) para el entrejuego sudoroso —¿húmedo?— de piernas que requiere el balón sobre el césped, ese peloteo distante de la cabeza áulica, del intelecto ambicioso con gatillo fácil. Desde el campo de los modernos, siempre arrogantes, el fútbol plantea un universo patas arriba, ¡manipulado con los pies!; el horror de los políticos, un ritual en el que, para colmo, la modernidad pierde todos los partidos que juega contra la corporalidad antropológica y poética de la premodernidad gregaria y bípeda. ¿Por qué?

¿Es el fútbol el único juego en el que, como en el realismo mágico, la premodernidad le gana siempre a la modernidad? ¿Qué gana la modernidad cuando pierde al fútbol? ¿La cabeza? ¿Qué pierde la premodernidad cuando gana con una patada poética o con un taquito contundente? ¿Su política? ¿Su filosofía? A este nivel del balompié, en el que, como subtexto del duelo, los pies desafían a la cabeza —¿puro quijotismo?— la premodernidad gana siempre a cabezazos, justo porque se trata de un partido, como en la conservación de un ecosistema, que la modernidad se plantea a sí misma, para, desde una memoria pública, desde un ritual colectivo, perpetuarse frente a todos, convenciéndonos, mientras se convence a sí misma, de su humanismo autorreflexivo, paródico y deportista, predicado, sin embargo, sobre una montaña de cuerpos muertos que no esconde aunque soslaya, como todos los muertos del siglo XX, al que les corresponden todos los caídos en la actual guerra en Irak.

El drama de la modernidad, a este nivel —ahora subterráneo— del fútbol, hay que planteárselo de esta manera: el triunfo de los pies sobre la cabeza que tanto celebramos en la cancha o en la sala de la casa frente a la televisión, politiza, en serio, una verdad con la que, en la superficie, la modernidad nunca ha querido jugar abiertamente: el hecho de que la razón instrumental, el apio de los ilustrados, dependa a fin de cuentas, es decir, al nivel más pegado al suelo, del cabezazo brutal que golea a la oposición, y que por eso mismo, el logos, dios de la modernidad, nunca ha sido, como ha pretendido, autosuficiente, pues en verdad ha fundado la verdad a golpes, valiéndose de una violencia, su incontestable flujo libidinoso, seductora y emprendedora, una pelotita con la que ha venido jugando la razón instrumental desde hace siglos: a nombre del progreso, un patada desde cualquiera de los dos laterales, el derecho o el izquierdo, el occidental o el oriental. ¿Sería por eso que Goya, al pintar la guerra que le tocó vivir, no distinguió entre la violencia de un bando y la del otro?

El fútbol, espacio en el que el pie —¿un logos podiátrico?— hace de mano y de cabeza, es un partido que la modernidad, desde un solipsismo emblemático, juega consigo misma, igual que Dios juega, según Fernando Savater, con el diablo, desde esta nostalgia: la de una corporalidad poética que se desplaza por un espacio rectangular lleno de obstáculos, que les toca a las piernas —primero que a la cabeza— ágiles y fuertes, firmes y rápidas, como metáforas de una deidad lúdica, evadir o confrontar, desde un gregarismo popular que la razón instrumental, en función de su individualismo posesivo, deja siempre sentado en el banquillo, para que la pelota ruede, conceptualmente, de un arco al otro sin alterar nunca el partido. Por eso, cuando la modernidad pierde en un partido de fútbol —¡todas las veces que juega!— a otro nivel más underground , gana, pues a este nivel triunfa la propuesta emblemática de Kundera en el epígrafe: el balompié como una idea que se juega más con la cabeza que con los pies.

El triunfo de la premodernidad en la horizontalidad del campo de juego, esa alegría del cuerpo sudoroso que todos vanaglorian desde la patada poética que escribe versos con los pies frente a la multitud, según Kundera, no es en verdad real, sino una sombra; el roce de piernas, las patadas poéticas, la violencia que empuja la materialidad de los cuerpos, es sobre todo una idea, no una corporalidad enardecida. La victoria de la premodernidad bípeda que celebramos todos cada vez que un cuerpo ágil o una cabeza dura marca un gol, es en rigor un simulacro de triunfo —sí, ¡nos engañan!— la ficción de que, desde los pies ágiles y poéticos, se puede, en la modernidad instrumental —¿en la posmodernidad militarizada?— levantar una propuesta en serio, un juego que a la modernidad, demasiado logocéntrica, le encanta jugar. La idea de la poeticidad bípeda es, en verdad, una mentira que la colonialidad del poder nos hace creer con pasión: ¡gol!

LQSomos. Francisco Cabanillas. Mayo, 2007
Bowling Green State University