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Año V. /
Entre líneas: cocaína, música y literatura

… con gente que pierde la calma con la cocaína…
Joaquín Sabina

Como el que se caga justo en el momento de bajarse los pantalones —¿no había hablado antes César Vallejo, en Los heraldos negros (1918), de un pan que se quemaba al momento de abrir el horno?— la caca se regó por el piso con la primera línea que trazaron, en 1494, los católicos de mierda (yo también lo he sido desde 1493): la de Tordesillas, en 1494, es hasta la fecha la línea más dura que ha pasado por los tabiques nasales de la América que todavía habla español. ¡Mierda!, ¿la América católica de Rubén Darío? Me cago en Dios y en la Virgen, esa puta que, gracias a Dios, tan bellamente santificó Joaquín Sabina en “Una canción para la Magdalena.” ¡Que Dios bendiga a los buenos ateos como Joaquinito!

Entre líneas, hay muchas diferencias, igual que entre narices hay muchos Quevedos: no es lo mismo una línea de cocaína —en Puerto Rico, a la coca se le dice perico , sobrenombre también de un personaje popular, sordo, que no oyó el tren cuando iba a cruzar las vías, y de un trompetista fabuloso — no es lo mismo una línea de perico que una línea en el teclado y otra, finalmente, en la escritura. Ojo: el cacao no es lo mismo que la caca, el coco, el cuco y el culo son diferentes monstruos. ¿A qué católico no le gusta por el chico? Y si no, que le pregunten a José Donoso o a uno de los Goytisolo.

En la línea del perico , que, por otro lado, tanto le gustó a Sigmund y a Diego, no se deben confundir las dos tradiciones que se entrecruzan por la nariz de Quevedo: la de la coca y la de la cocaína. En la primera tradición, el mundo prehispánico rebosa en sabiduría: la coca es una hoja divina, medicinal y cotidiana. Antes de Pizarro, seamos claros, el gustito no pasaba por la nariz de Dios. En la segunda tradición, la cocaína está bañada de biopoder: la Guerra Fría, las compañías, los militares, el capitalismo cocainómano, las democracias en calzoncillos, los ejecutivos, los hampones, todos apuntaban, como buenos herederos de Lutero, hacia las fosas nasales de Dios, de donde colgaban, como estalactitas divinas, los mocos de Calvino y muchos siglos después, la flema verde de Ronald Reagan, una diarrea protestante, una entidad non grata para el ambiente y la ecología. Una cagada tóxica, como la de Bush ¡No, por Dios!, antes que esos mocos ilustrados de la tradición luterana, que nos ahogue la mierda del Dios contrarreformista. Sí, que él se cague en todos nosotros desde la filosofía escolástica cuando le falte papel para limpiarse el culo. ¡Que me caiga a mí toda la ira de la caca divina! Con Calle 13 , me bato a puro gargajo con cualquiera de los santos. ¿Dónde están los come mierda?

La línea que tantas veces aspiró la nariz de Erick Clapton , como una frontera entre países enemigos, se prefiere larga y gruesa; la línea del pianista, por su parte, aunque debe ser larga, no puede ser muy gruesa. Para moverse de una punta del teclado a la otra, como si fuera un pájaro que vuela por las 88 notas sin ninguna interrupción, la línea del pianista tiene que ser ágil, rápida, incluso, si se quiere, ingrávida. Una línea como la de Gonzalo Rubalcaba parece naturalmente ininterrumpida; y sin embargo, sabemos que es una construcción cultural, llena, a nivel microscópico, de espacios vacíos, de lagunas que separan una nota de la otra. El efecto del buen pianista es precisamente ése: hacernos aspirar, como hace Danilo Pérez, todos los espacios que separan a una nota de la otra, igual que hacía Miguel Piñero con la cocaína que se metía, como filósofo y poeta, en las calles del Lower East Side en Manhattan . Como la línea de perico , la del piano de Michael Camilo se mueve de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, hasta que no deja ni un solo puntito de polvo blanco sobre el teclado, espejo de una euforia química. Más gruesa, aunque igual de ágil, resulta la línea de Chucho Valdés, que a veces, por la inercia que genera desde la mano izquierda, parece una línea que se quisiera salir del teclado, como si estuviera drogada y no pudiera someterse, por la adrenalina, a la disciplina de las 88 notas. ¿Es la del buen piano una línea que, como la de perico , siempre quiere más notas?

Vuelvo a cagarme en Dios, pero esta vez por algo mejor: aunque no haya querido plantearse como una línea larga e ininterrumpida —la cosa no va por ahí— las que se mete el piano de Chano Domínguez con las congas de Jerry Gonzalez en “Rumba pa' Jerry,” le sacan la caca a cualquiera que, distraído, sacándose quizás los mocos, no esté bien parado: no te pierdas el video en You Tube ( http://www.youtube.com/watch?v=o3umjbh5Mc4 ).

En la literatura, la mejor línea no es, como la del perico y la del piano, larga e ininterrupida; en vez, como dijo hace poco Lisandro Otero de la línea de Scott Fitzgerald , la más potente en términos literarios es la corta: esa frase que, como la de Octavio Paz o la Borges, organiza la complejidad en una oración contundentemente breve. Aunque corta, esa línea literaria no tiene que ser por eso mismo apolínea; puede ser, como la de Severo Sarduy, alucinógena, o, como la de Bukowski , alcohólica. Como la de Luis Rafael Sánchez, la línea corta puede ser guarachera e irrespetuosa; y, como en el ensayo de Rubén Ríos Ávila, que sea corta y prístina, económica y ecologista, calibrada y poética no quiere decir que sea una línea desprovista de teoría. Para nada; una línea corta como la de Regis Debray en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada (1998), va totalmente cargada: el menor giro en la dirección de una coma o un punto, arranca de raíz toda una manera de mirar el mundo.

En la escritura, la línea corta pega más duro que la línea larga y gruesa de perico , capaz de sacarle los mocos al más guapo, y que la línea larga y mágica que busca salirse del piano, capaz de embaucar al lúcido más racionalista. Lo sabe Michael Onfray : la línea corta del filósofo o del poeta opera en dirección opuesta a la del diletante, que busca en la acumulación lo que el escritor sabe que se encuentra en la poda. Por eso, la línea literaria es la más radical de todas: altera el sentido que hegemonizan la cocaína, el piano y las fronteras. De ahí que, desde la oración, menos sea más. A buen entendedor, pocas palabras. El escritor de línea corta es un anticristo; en vez de llenarnos el cuerpo de mierda, limpia la lengua de toda la caca que se les acumula a las palabras durante, según Onfray , dos siglos ininterrumpidos de cristiandad. Por eso, para el filósofo francés, es importante andar con el culo limpio, aunque uno tenga las manos hasta los cojones de caca.

Entre líneas: algo que no se dice directamente pero que se infiere.

LQSomos. Francisco Cabanillas. Noviembre, 2007
Bowling Green State University
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