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Año V. /
Eros, Tánatos y la carretera

Lo grueso del periodo vacacional ha terminado y todos hemos vuelto a nuestros trabajos, a nuestros hogares, a nuestras “rutinas”… ¿Todos? ¡Lamentablemente, todos no!. Muchos se han quedado en el camino de ida o de regreso, envueltos en hierros retorcidos, sin vida; y otros tantos, no han vuelto aún porque siguen en la rehabilitación para el manejo de sus sillas de ruedas. Otros, corporalmente han vuelto, pero en un estado vegetal y enajenado que los mantendrá ausentes para siempre…

Parece que no tenemos remedio. Nos empeñamos en matar y matarnos; y si las armas no están permitidas, entonces empleamos automóviles como subrogados. Pareciera que nos gusta morir y matar y lo hacemos de un modo absurdo. Ni siquiera porque seamos nihilistas y la vida nos aburra y pretendamos ponerle fin así. No, morimos y matamos porque sí; sin más, sin convicción y sin ni siquiera habérnoslo propuesto; es como sí ese principio de muerte, el Tánatos, fuera el rector de nuestras acciones y nos condujera irremisiblemente hacia él, venciendo sobre el Eros o principio de vida. Lo grave del asunto es que a veces, por más que nos empeñemos, no morimos ni matamos, ya que sólo logramos quedarnos parapléjicos, tetrapléjicos o vegetales, para toda nuestra existencia. ¿Saben de qué estoy hablando? ¡Justamente de eso: de los accidentes de tráfico!.

Ciertamente que las carreteras, o al menos muchas de ellas, están en estados deplorables. Y no es menos cierto que en nuestro país, las señalizaciones están, no para indicarnos por dónde ir, sino para desalentarnos y confundirnos cuanto más mejor. Pero me pregunto si ello justifica realmente las muertes en carretera. ¿Lo hace? Pienso que no, porque esos dos factores, más allá de que si las instituciones correspondientes los subsanaran, sería algo loable y justo, sabiéndolo como lo sabemos, tienen una fácil solución: circular más despacio y con mayor prudencia. Pero no señor, la realidad es que nos distraemos con mucha facilidad y parece que en vez de programar los viajes con el cerebro lo hacemos con los pies; cuando no con alcohol, drogas y otros elementos; lo que nos regresa a ese instinto masoquista y de muerte que impera en nosotros cuando nos sentamos frente a un volante y que nos hace olvidar el objetivo de habernos sentado ahí, trastocando ese objetivo en luto y sufrimiento propio y ajeno.

¿Cuál es la solución? ¿El carné por puntos? ¿El aumento de sanciones y penalizaciones monetarias y carcelarias? ¿El aumento de la vigilancia policial? ¿Los letreros de advertencias y de consejos? ¿El arreglo de señalizaciones y carreteras? Todo contribuye, es verdad; nada es despreciable y todo ello parece que disminuye el número de accidentes; pero hay algo primordial sin cuya presencia se hace todo un inútil. ¿Qué es? ¡Nosotros!. Nuestra toma de conciencia y asunción de los hechos, nuestra responsabilidad, nuestra educación cívica para la vida, y, en suma, nuestra madurez. Porque la ausencia de este factor humano, tanto individualmente como colectivamente, seguirá propiciando accidentes graves y mortales.

Se me ocurre que este hecho, el de nuestra nefasta conducta vial, nos refleja bastante como pueblo adormecido e inmaduro que siempre está a la espera de que las soluciones vengan de afuera: de las instituciones, del Estado, de los gobiernos, de las Iglesias, etc. Que vengan de todas partes menos de nosotros mismos, que seguimos actuando como niños irresponsables y rebeldes, inmersos en juegos de muerte. Pero claro, ¿qué se puede esperar de un pueblo que ha estado sumido en el letargo secular de que pensar por sí mismo es peligroso? ¿Qué se puede esperar de un pueblo que ha estado durante siglos sumergido en la doctrina de que sólo tras la muerte será felizmente recompensado y en la doctrina de que el sacrificio, el sufrimiento, y la infelicidad son buenos porque conducen, tras la muerte, a la Gloria Eterna? ¿Qué se puede pensar de un pueblo que ha sido educado en la sumisión y en la esclavitud? ¿Qué se puede esperar de un pueblo al que se le ha dicho que la vida sólo es posible en blanco y negro porque hasta los colores son pecado? ¿Qué se puede pensar de un pueblo que ha sido machacado, durante siglos y siglos, con lo de la perversidad y malignidad de la carne y sus placeres, con la prohibición de los goces de la vida, y del sexo?

Un pueblo que durante siglos ha crecido en la exaltación del sufrimiento, del sacrificio, del todo es pecado, del todo está prohibido –incluso pensar y más aún hacerlo por sí mismo-, en la negación del placer y en la negación de la vida, sólo puede sentir una hostilidad profunda y unos sentimientos de culpa enormes dentro de sí. Hostilidad y sentimientos de culpa que lo hacen inmune al disfrute del placer. Que lo llevan a un disfrute desorbitado por lo único plausible: el poder. El convertirse en amo; hasta el extremo de que no se siente placer con el disfrute, sino que se disfruta con la obtención del poder y la negación de la vida. Y eso es algo cuyo trasunto encontramos cada día en las carreteras, y si me apuran, también en la política además de en todos los órdenes de la vida cotidiana, pero esto será otro tema.

Quizá, con la implantación de esa asignatura calificada de “diabólica” por la ultra derecha y por la Conferencia Episcopal Católica Española, me refiero a la asignatura “Educación para la ciudadanía” , este pueblo salga de ese secular letargo de esclavitud y surjan generaciones que libres de hostilidad y de sentimientos de culpa, puedan acercarse libremente al disfrute del placer y de la vida. Generaciones para las que la vida y el respeto por la misma lo sea todo y el poder sólo una posibilidad, un medio colectivo de mejorar la vida para el bien común. Quizá entonces, los accidentes de tráfico pasen a ser historia, las carreteras estén en buen estado, las señalizaciones indiquen adecuadamente los caminos, la vigilancia policial, los carteles de advertencias y de consejos dejen de ser necesarios, y todo ello porque nos habremos hecho conscientes de que disfrutar del placer de vivir, y de los placeres que tiene la vida, y hacerlo en libertad, igualdad y justicia, es nuestra mayor prerrogativa de salud, de adultez, de bienestar, de humanidad y de responsabilidad.

LQSomos. Hannah. Septiembre de 2007
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