La Calle
Los especiales de LQSomos
Campaña: Apoyo a los juicios contra los genocidas en Argentina
La Gavilla Verde
Creative Commons License
Envía esta página
Escribe el e-mail:

MP3
Año V. /

Murió Fukuyama, renació Gramsci

Cuando en la infortunada década del '90 los idólatras del neoliberalismo pregonaban, exultantes de macartismo y menosprecio por las ciencias sociales, “el fin de la Historia” y el triunfo definitivo del “pensamiento único”, -tal como los positivistas de fines del siglo XIX que creían en la fórmula del progreso constante e ininterrumpido-, ni siquiera tuvieron en cuenta que algunos íbamos a exhumar los textos del gran “Nino” Gramsci, proyectando la seriedad de sus escritos literarios y filosóficos hacia el socialismo del siglo XXI.

Como siempre, azuzados por la necesidad de una reconstrucción teórica ante situaciones límites y similares a las que vivió el intelectual italiano en su tiempo: la guerra imperialista y el capitalismo salvaje, cuya envoltura política es el denominado “neo liberalismo”. De esta manera se nos impone repensar el futuro mediato e inmediato.

Y Gramsci, en el sentido que estamos describiendo, es unos de los principales teóricos del pensamiento alternativo , en contra de una ficticia fabricación industrial, a favor del consenso para que creamos que el concepto de libertad que “ellos” divulgan y que la concepción de sociedad abierta es la única posible en un mundo globalizado. Pero la resistencia a esos falsos valores también está generalizada. El mundo está globalizado para defensores y detractores.

Para “nosotros” –en contra de “ellos”- es un desafío la superación del plano regional, llevando la lucha contra el imperialismo más agresivo que ha vivido la historia de la humanidad a un marco internacional. Y aquí otra vez se vuelve a ver la postura obstinada de Gramsci: el internacionalismo proletario. Las luchas aisladas no sirven ante semejante enemigo que parece estar rasguñando su última oportunidad de pervivir. Y no es una expresión de deseos.

Ante el manejo de los medios masivos de comunicación por nuestros enemigos de clase, la alternativa que plantea “Nino” es continuar defendiendo como modo de interpretación y de transformación societaria al socialismo marxista leninista, pero desde una perspectiva que vaya al fondo de la cuestión, a la raíz, donde la batalla cultural contra la hegemonía de los medios por parte de la clase dominante se torna decisiva en el proceso internacional de la lucha de clases, que es la que dinamiza a la historia (en contra de las creencias tristemente célebres del más tristemente célebre Fukuyama).

Antonio Gramsci es el que aporta una mirada remozada de los soviets, apenas a dos años de su presentación inaugural en la Historia del siglo XX. Él, por su experiencia de trabajador en la fábrica automotriz Fiat retoma la idea con el nombre de consejos obreros , que en mi país (Argentina), puede tomar la forma de la recuperación de una fábrica por parte de los obreros –como pasó con Zanón y tantas otras-, dándole la forma orgánica de cooperativa y demostrando que para trabajar y producir no es necesaria la figura omnipresente del capitalista.

Gramsci agrega otro condimento interesante el intelectual sardo: que el único enemigo no es la patronal burguesa detentadora de los medios de producción, sino que también hay que luchar contra la burocracia y el interesado reformismo de los sindicatos tradicionales, y la moderación y pulcritud de los partidos de apariencia “progresista”.

Pasando la primera mitad de 1920, ya Gramsci plantea la necesidad de crear una defensa militar obrera, porque subraya que “la ocupación pura y simple de las fábricas no resuelve el problema del poder”. Perdón por esta cita, aunque caiga mal en castos oídos pseudopacifistas, está demostrado que a los dueños del poder no los aquieta asesinar a trabajadores y maestras (Fuentealba, el docente asesinado en Neuquén por los esbirros del gobernador Sobisch, es una doloresa demostración de ello). Siempre van por más… si se los deja. Entonces hay que defenderse, es todo lo que plantea esta cita textual.

Tal vez allí esté la explicación de la derrota del movimiento huelguístico en las fábricas de Italia de principios de 1921. No triunfó la tesitura de Gramsci e hizo de antesala al fascismo en ciernes.

Otra de las conclusiones que extrae Antonio Gramsci de la derrota del consejilismo en Italia (1919-1921), es que los obreros insurrectos del norte no lograron imponer hegemonía sobre los campesinos del sur. Entonces los trabajadores urbanos quedaron aislados y fueron fácilmente derrotados. Repensemos por favor esto para nuestros países con una formación socioeconómica fundamentalmente agrícologanadera, donde todavía está en su etapa incipiente el proceso industrializador, tantas veces postergado por personajes siniestros –en el caso concreto de Argentina- como los corifeos de la Sociedad Rural y sus empleados militares que configuran la “hegemonía” de la clase dominante, aunque aparentemente hayan perdido las decisiones políticas.

Es en este punto donde Gramsci ataca al excesivo “economicismo” de algunas corrientes de interpretación marxista que, curiosamente son coincidentes con los niveles de análisis del positivismo y del culto por las ciencias naturales que parecen “determinar” en forma imperativa a lo ideológico y a lo político. Se realiza un reduccionismo contraproducente para la comprensión del problema global: todo empieza y termina en las reivindicaciones económicas, y lo demás vendrá mecánicamente –hasta casi mágicamente- solo. Esta distorsión impide a los trabajadores fabriles ver más allá de los reclamos inmediatos en sus puestos de labor cotidianos.

Gramsci ataca una y otra vez las limitaciones economicistas del reconocido como socialismo “ortodoxo”. Por eso desde sus célebres Cuadernos de la cárcel denunciará persistentemente a los jerarcas de la URSS, que luego de la muerte de Lenin, desestimaron completamente dar una batalla ideológica y cultural por la vitalicia hegemonía socialista. Creo que la estruendosa caída de ese régimen, ante la multiplicidad de causas que lo provocaron, se debe –y acá tenemos alguna de suma importancia- a las que enseguida advirtió el intelectual italiano.

“Nino” es el mentor, dentro del socialismo, para que su incesante desarrollo no quede en la mera teoría, de la constante crítica y autocrítica de las diversas praxis, a la que están obligados a efectuar sus intelectuales orgánicos.

Gramsci les cuestiona a los interpretadores –aunque casi nunca transformadores- del socialismo tradicional su falta de capacidad y creatividad, en tanto es el marxismo la teoría de la historia más abierta de todos los tiempos filosóficos, entonces les enrostra su determinismo económico, su economicismo político y su incompresible materialismo metafísico.

Es importante la lucha por las reivindicaciones económicas, pero esa lucha debe ir acompañada de una educación que concientice a los obreros en los valores del socialismo, hecho que deben comprender la clase trabajadora, los campesinos y (obligatoriamente) los intelectuales.

También ataca lo pernicioso del determinismo que no se diferencia demasiado de la escuela clásica liberal, en el sentido de que la sociedad está regida por reglas y leyes económicas, que actúan dislocadamente, independientemente de la lucha de clases. Llegando a la conclusión de que el capitalismo caerá solo –por lo que llaman los supuestos “ortodoxos”: contradicciones económicas objetivas-, es decir no habrá necesidad de derrocarlo, bastará con que esperemos sentados que se agudicen esas contradicciones, desprecian la intervención activa del sujeto colectivo de lucha.

El materialismo metafísico es bastante parecido a la conclusión general a la que arribó Fukuyama: se terminó la historia. Es decir de una manera unicausal se privilegia la regularidad supuestamente objetiva, llamándose inclusive “natural”, en que se desarrollan los acontecimientos históricos, despreciando la acción política y práctica de los actores sociales. Si es así, la Historia ¿para qué?.

Gramsci marca que esto puede derivar, perniciosamente, en una actitud política pasiva, quedándonos esperando con los brazos cruzados la crisis terminal del capitalismo. Por eso la clase trabajadora debe saber que tiene que tomar la iniciativa en la lucha de clases.

Por supuesto que su destino (en el sentido griego del término) revolucionario le marcará a Gramsci su futuro nefasto de ser un preso del régimen fascista, negándose dignamente a recibir el indulto, puesto que consideraba que el pensar –y sobre todo, distinto a otro- no configuraba ningún delito, por lo tanto ¿de qué lo tenían que perdonar? Lo importante fue que “las rejas no lograron aprisionar su cerebro” .

“Nino”, desde la prisión, evoluciona en su pensamiento revolucionario –desde el consejismo juvenil hasta un estudio sobre la cuestión meridional italiana-, pero a su vez aplaza la táctica (lo inmediato) para abocarse al desarrollo de una política estratégica (a largo plazo) sobre la revolución en Occidente, la cual deberá ser necesariamente y parcialmente independiente, autónoma, de la coyuntura inmediata y circunstancial de la Italia fascista.

Gramsci llega a escribir tres mil páginas en la cárcel, que luego serían muy difíciles de reconstruir por sus antólogos. Reflexiona sobre la complejidad de la lucha anticapitalista en Occidente, la problemática de la hegemonía, la concepción del poder, la sublimación (aunque de una manera muy realista) de la resistencia popular, la cotidiana e irrenunciable lucha ideológica y la conceptualización exacta, sin titubeos ni claudicaciones, de la dominación cultural. Estos temas son de una actualidad desbordante en lo que llamamos el movimiento anticapitalista global que, como verdaderos hongos revolucionarios, van creciendo universalmente.

El intelectual italiano no es sólo el referente más importante en Occidente del desarrollo de la teoría marxista de la Historia y la Cultura. Su pensamiento libertario y evolucionista no sólo penetró en la verdadera izquierda revolucionaria, sino también en los movimientos de liberación nacional y social (que no siempre son de origen exclusivamente marxista), en la teología de la liberación, en la educación popular que sustenta Paulo Freire y en otras disciplinas (la crítica cultural, la historiografía de las clases subalternas y la sociología de los procesos políticos).

Quisiera dar fin a estas disquisiciones didácticas con un pensamiento que desarrolló, escuetamente desde la cárcel, el gran intelectual italiano y que podría titularse: Internacionalismo y política nacional .

“… según la filosofía de la práctica (en su manifestación política) […] la situación internacional tiene que considerarse en su aspecto nacional. Realmente la relación ‘nacional' es el resultado de una combinación ‘original' única (en cierto sentido) que tiene que entenderse y concebirse en esa originalidad y unicidad si se quiere dominarla y dirigirla. Sin duda que el desarrollo leva hacia el internacionalismo, pero el punto de partida es ‘nacional', y de este punto de partida hay que arrancar. Mas la perspectiva es internacional y no puede ser sino internacional. Por tanto, hay que estudiar exactamente la combinación de fuerzas nacionales que la clase internacional tendrá que dirigir y desarrollar según la perspectiva y las directivas internacionales. La clase dirigente lo es sólo si interpreta exactamente esa combinación, componente de la cual es ella misma, y, en cuanto tal, puede dar al movimiento una cierta orientación según determinadas perspectivas. […] El concepto de hegemonía es aquel en el cual se anudan las exigencias de carácter nacional, y se comprende bien que ciertas tendencias no hablen de ese concepto o se limiten a rozarlo. Una clase de carácter internacional, en cuanto guía sociales estrictamente nacionales (los intelectuales) e incluso, muchas veces, menos aun que nacionales, particularistas y municipalistas (los campesinos), tiene que ‘nacionalizarse' en cierto sentido, y este sentido no es , por lo demás, my estrecho, porque antes de que se formen las condiciones de una economía según un plan mundial es necesario atravesar múltiples fases en las cuales las combinaciones regionales (de grupos de naciones) pueden ser varias. Por otra parte, no hay que olvidar nunca que el desarrollo histórico sigue las leyes de la necesidad mientras la iniciativa no pasa claramente de parte de las fuerzas que tienden a la construcción según un plan de división del trabajo pacífica y solidaria. Los conceptos no-nacionales (o sea, no referibles a cada país singular) son erróneos, como se ve por su absurdo final: esos conceptos han llevado a la inercia y la pasividad de dos fases bien diferenciadas: 1) en la primera fase, nadie se creía obligado a empezar, o sea, pensaba cada uno que si empezaba se encontraría aislado; esperando que se movieran todos juntos, no se movía nadie ni organizaba el movimiento; 2) la segunda fase es tal vez la peor, porque se espera una forma de ‘napoleonismo' anacrónico y antinatural (puesto que no todas las fases históricas se repiten de la misma forma). Las debilidades teóricas de esta forma moderna del viejo mecanicismo quedan enmascaras por la teoría general de la revolución permanente, que no es sino una previsión genérica presentada como dogma, y que se destruye por si misma, por el hecho de que no se manifiesta fáctica y efectivamente”.

LQSomos. Daniel Alberto Chiarenza. Abril de 2007
Buenos Aires. Argentina

70 años después: Gramsci la llama que no cesa
http://www.loquesomos.org/lacalle/losotrosyyo/Gramsci/Gramsci.htm