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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Individualismo tutelado Jorge es una persona libre. Se levanta por las mañanas a eso de las ocho (deja que el despertador le dé dos o tres avisos, es que tengo tanto sueño …). Desayuna su café (por que si no, no soy persona ). Jorge, el individuo libre, mira en un armario repleto de ropa y busca una camiseta – mierda, se está lavando, ahora no me la podré poner para hoy -; ligeramente decepcionado, se pone otra camiseta y corona su atuendo con una gorra (no hace ningún sol ese día) de una marca muy conocida, la misma que la de la camiseta que no ha conseguido encontrar. El joven coge las llaves, la cartera y una carpeta: las clases le esperan. Las calles rebosan de tráfico. Nuestro protagonista conduce escuchando una conocida emisora de radio-fórmula. Las bromas del programa lo distraen de la frustración que supone avanzar tan lentamente en un atasco…, hasta que llega a la facultad. Aparcado el coche (ardua tarea), Jorge saluda de lejos a algunos conocidos que se cruzan con él. Pero ella está al fondo. Jorge busca con la mirada a la escuálida joven objeto de sus maquinaciones mentales nocturnas. El saludo entre ellos, demasiado frío ( mierda, si hubiera llevado la camiseta buena ), dará lugar a una espera de otros días que llevarán a un encuentro similar. Elena, el objeto de los planes de Jorge, es una chica muy atractiva, pero jamás se sentirá satisfecha: está demasiado gorda. Además, su piel no merece ver directamente la luz del sol y por eso la tiñe de incontables cremas (todas anunciadas en TV ) y productos de maquillaje. Me ha saludado así porque me ha visto gorda, o despeinada, o tengo legañas, o no voy bien vestida . A pesar de la hora, la joven parece arreglada para una puesta de largo: los tacones acabarán siendo agujas al final de un día tan duro como éste. Ambos entran en distintas clases de la misma facultad, la de Económicas por ejemplo, en la que aprenderán, durante horas, variantes del único modelo de crecimiento tolerado en la actualidad. El día siguiente conocerá a un Jorge y a una Elena similares al anterior –siempre vestidos de modo distinto, para mostrar un estilo que marque respeto y, con suerte, tendencia-. El domingo por la mañana los recibirá probablemente con dolor de cabeza, pues el obligatorio botellón ( es que si no, no me lo paso bien ) se cobra sus intereses unas horas después del mejor momento. El día siguiente es el lunes, por lo que hay que planear vestuario, incluso frases, miradas, forma de andar y todo tipo de estrategias para mostrarse deseables. La anterior narración pudiera parecer exagerada, y bien podría encuadrarse en una sociedad absolutamente planificada. Pero no, estamos en nuestra democracia, cuna de libertades y de opciones. La supuesta libertad individual parece, en muchos casos, limitada por un tribunal que estrecha el abanico de oportunidades. A la libertad para decidir le suple la posibilidad de elegir entre distintos modelos y marcas de ropa, y de coches, y de bebidas,… y también de ideas. Todos son variantes, pero similares entre sí. Ésta es la superestructura creada por una sociedad en la que la competitividad salvaje es el rasgo principal. Podemos hablar de individualismo, pero sólo en apariencia: éste se reconducirá siempre por el poder, de modo que pueda ser provechoso. De este modo, individuos tan libres como Elena y Jorge seguirán, sin saberlo, siendo meros spots publicitarios, anunciados o no por televisión. LQS Andrés Villena. Junio 2006 |